28/5/2020
Literatura

Canto a mí mismo

Seré un anciano hermoso... es una audaz autobiografía y un estudio de la evolución cultural y social de España

Marta Caparrós - 01/04/2016 - Número 27
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Canto a mí mismo
Manuel Astur.Silex Ediciones
El tercer libro de de Manuel Astur (Grado, Asturias, 1980), Seré un anciano hermoso en un gran país, lleva un subtítulo que lo describe como un ensayo emocional. Sin embargo, bien podría haber caído dentro de ese cajón espacioso, nutrido y actual que es la autoficción, porque es una autobiografía a corazón abierto: la vida vista desde los ojos del niño, del adolescente, del joven y del adulto que es Manuel Astur. A modo de advertencia y de declaración de intenciones, dedica las primeras páginas a enfatizar ese punto de vista totalmente personal apoyándose en citas ajenas. Advierte que su empresa pretende ir más allá: “Os voy a hablar de mi vida para hablaros de España porque no conozco otro país ni otra realidad que la que construyo en mi mente y de la que soy parte y ejemplo. Una España de la experiencia, mía, no de las ideas”.

De lo individual a lo colectivo

Los hitos vitales sirven de hilo conductor, con un esquema propio de la novela de formación. Astur lleva al lector al pueblo asturiano en el que transcurrió su infancia. Después, una adolescencia marcada por el descubrimiento de la música grunge, por los primeros viajes a Londres, por el traslado a Madrid y la fascinación por la capital. Y más adelante se adentra en el mundo de la industria discográfica, del indie, de los trabajos precarios, de la falta de rumbo vital.

Sobre este esqueleto caben experiencias, anécdotas que Astur cuenta con la autenticidad de lo que se ha vivido. Pero también hay lugar para reflexiones y axiomas sociológicos. Explica lo colectivo a través de lo individual: “La historia es una novela que reescribe cada generación. Pero siendo nada, siendo yo nadie, necesito dejar testimonio de esa guerra silenciosa que se ha librado en mi país y dentro de mí en los últimos 30 años”.

Este libro revela a un ensayista concienzudo e inteligente, pero también a un notable impresionista

Paradójicamente, Astur habla de guerra para referirse a los primeros años de democracia en España. Se refiere a batallas diferentes, menos visibles, pero implacables. Con un fino sentido crítico, apunta a los desastres asociados a la explosión del turismo, a la despersonalización de ciudades enteras en pos del progreso, a la eclosión del consumismo como modo de vida, a la implantación del trabajo como religión. Es la España de toda una generación que ha visto el mundo de sus padres transfromarse en muchas ocasiones en algo peor. Es una generación, la de los 80, cuyas expectativas de vida fueron la mejora y el ascenso, y que se ha dado de bruces con una crisis que llegó para quedarse.

Se desmarca del pesimismo generalizado y, sobre todo, de esa costumbre propia del carácter nacional de echar balones fuera. Se interroga sinceramente sobre la falta de apego a nuestra tierra. “Pienso que nunca he sido español. Al menos no para lo bueno. Los éxitos siempre son individuales. Pero los fracasos sí son colectivos. Las heridas sí son España. Hasta el punto de que, como es bastante común en mi generación, me produce bastante vergüenza la palabra España. Y no tengo la menor idea de por qué es así. Quién nos enseñó a negarla. Donde aprendimos a creernos mejor.”

Propone reflexiones llenas de matices. Así, si bien no cae en la tentación ludita de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y es crítico con cierta inocencia socialdemócrata, sí celebra con profundo cariño a la generación de sus padres, sus esfuerzos y sacrificio. Aunque considera que entre la juventud nacida en democracia ha habido una fascinación desmedida por la cultura anglosajona —y en este punto el ensayo se emparenta con Indies, hipster y gafapastas: historia de una dominación cultural, de Víctor Lenore (Capitán, Swing, 2014)—, también reivindica la globalización buena, que ha permitido que él y los de su quinta hayan conseguido viajar y acceder a mayores conocimientos que sus predecesores.

Un ensayo emocional

Astur hace un análisis muy equilibrado tanto de los peligros del nacionalismo unionista como del excesivo regionalismo que surgió como reacción desmedida a la represión del franquismo (“Si quieres acabar con un país, no pongas fronteras ni lo dividas, hazlo crecer, mezclarse con otro hasta que no sepa dónde comienza y dónde acaba y a nadie le importe ya”). Es un ir y venir constante de ideas y experiencias en el que el escritor articula un discurso variado, nada doctrinario. Y en el que, sin resultar inocente o conformista (precisamente por la cantidad de matices que recoge), defiende el espíritu positivo: “No quería que este ensayo emocional se quedara en una gran queja, que es lo que en realidad es toda mi educación y mi pasado, todos mis prejuicios generacionales me empujaran para quedar bien… pues en algún sitio aprendimos la gran falacia de que la amargura y el cinismo son signo de inteligencia”.

Contra el descreimiento, entusiasmo. Este libro derrocha fascinación. No una alegría pirotécnica e impostada, sino la del que observa  con suma atención cuanto le rodea. Seré un anciano hermoso… revela a un ensayista concienzudo e inteligente, pero también a un notable impresionista, a un autor dotado para el detalle, un fino captador de ambientes y sensaciones que regala escenas brillantes, desde las más pequeñas a las más grandiosas sin solución de continuidad. De la belleza de una paloma atrapada en un apartamento al recorrido de un plumazo por toda la península siguiendo el tañido de unas campanas. Son, según Astur las define, “visiones sin tiempo ni porqué”, que engarza como un “funambulista de lo cotidiano” y que plasma a través de un estilo cuidado y expresivo. Este libro es una celebración de una vida y de una tierra, pero también del puro placer de querer y saber contarlas.

Seré un anciano hermoso en un gran país
Seré un anciano hermoso en un gran país
Manuel Astur
Ediciones Sílex,
Madrid, 2015,
200 págs.