19/5/2019
FDL 2016

Como una ola (romántica)

Dos ensayos estudian la música de amor: el primero habla de la eterna cuestión del gusto, el segundo reivindica el romance como acto subversivo

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Como una ola (romántica)
La cantante canadiense Cèline Dion. Emanuele scorcelletti / pHOTO12 / CONTACTo
Desde que la crítica musical del siglo XXI se ha visto superada por las circunstancias de una industria en caída que busca esa luz al final del túnel que ilumine la redefinición de su estructura económica, los estudios culturales y, sobre todo, la figura de Pierre Bourdieu han tomado nuevo aliento. Será cuestión de tiempo saber si tal aproximación teórica inaugurada por Richard Hoggart en la posguerra británica o los postulados de Bourdieu sobre el capital cultural a la hora de formar el gusto han servido para responder a los cambios en el acceso y consumo de la música popular surgidos con nuevos canales (como internet y sus derivaciones), pero al menos en el proceso de pregunta y respuesta habrán dejado ensayos vistosos.

Es el caso de Música de mierda. Un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop (Blackie Books, 2016), en el que el periodista y crítico musical canadiense Carl Wilson cuestiona el buen gusto del que hace gala la crítica musical de pop-rock tomando como baremo su propia experiencia con la música de Céline Dion, la última gran artista de la canción para las masas toda vez que Michael Jackson o Madonna comenzaron a desvanecerse como astros de los mastodónticos tours mundiales a mitad de los años 90. El libro, cuyo título original Let’s Talk About Love: Why Other People Have Such Bad Taste cita una canción de la propia Dion y da más pistas sobre hacia dónde se dirigen los dardos del periodista, pertenece originalmente a 33 1/3, de la editorial anglosajona Continuum, una colección nacida para explorar más o menos en profundidad discos que han marcado la historia del género y la música independiente —del Forever Changes, de Love, al 69 Love Songs, de The Magnetic Fields—, para establecer, así, un cierto canon. Haber incorporado en esa antología el disco más emblemático de Dion, el que incluye su martilleante éxito “My Heart Will Go On”, un iceberg melódico que rompió récords junto al Titanic de James Cameron, podría parecer un acto de sabotaje contra esa enciclopedia de lo indie. Algo de boicoteador tiene el volumen 52 escrito por Wilson, a pesar de que su objetivo no sea reivindicar a Dion como tótem musical, sino, como le suele suceder a buena parte de la crítica, más bien hablar de sí mismo. Con bastante cinismo y algo de gracia, todo sea dicho. 

Los Oscar de 1998 explican la polarización cultural que se vivía entre masivo y alternativo

Wilson arranca su ensayo con la ceremonia de entrega de los premios Oscar de 1998, una gala en la que competían por el premio a la mejor canción original Dion con “My Heart Will Go On”, y Elliot Smith, uno los artistas más venerados por la crítica y paradigma del poeta maldito, con la íntima balada “Miss Misery” para la película El indomable Will Hunting, de Gus Van Sant, entre otros artistas. Eran dos contrarios que en ese momento explicaban de manera tajante la polarización cultural entre masivo y alternativo que vivió la música popular en los años 90. Quizá la pregunta que tenía que haber respondido Wilson es cómo demonios llegó Smith a esa ceremonia (o cómo la película de acción Con Air se coló en los premios de la Academia con la canción romántica “How Do I Live”, interpretada por Diane Warren), pero el periodista pasa algo de puntillas sobre ese interrogante para centrarse en el odio visceral que sintió cuando Madonna abrió el sobre que dio por triunfadora a la cantante de Quebec.

 

Una vida dickensiana 

Lo que pocos saben, y Wilson nos recuerda, son las dificultades, por decirlo suavemente, que Dion tuvo que superar para llegar a ser la reina de la canción romántica. Su vida, sin duda, podría competir con las complicaciones existenciales de cualquier alma apesadumbrada del indie: nacida en un barrio francófono y católico de Quebec, la artista es la más pequeña de una familia de 12 hermanos y en su casa eran tan pobres que tenían que compartir cama. Puro Charles Dickens. Con cinco años Céline Dion ya cantaba, alentada por unos padres necesitados de ingresos, y no tardaron en enviarle pruebas del talento de la chica al productor René Angélil, quien como un Pigmalión contemporáneo la moldeó y después la transformó en su esposa. Un matrimonio que Wilson, por cierto, tilda en las páginas de Música de mierda de “repulsivo” sin venir demasiado a cuento. Quizá no le perdona que hiciera del don vocal de Dion una máquina de hacer dinero en vez de convertirla en una artista “auténtica”.

Wilson, sin embargo, poco a poco va poniendo en tela de juicio esa actitud resabida y esnob de las primeras páginas —llega a decir que el repertorio de Dion es “un tibio caldo con el sello de aprobación de Oprah Winfrey, ideal para el alma consumista”—, es decir, la conducta prescriptiva que abunda en el grueso de la crítica musical, para abrirse a descubrir el valor subversivo inherente a la manifestación de los sentimientos y reinterpretar así la música de Dion como un catálogo de “lucha por sostener una realidad emocional, de la fidelidad, la fe, la vinculación afectiva y la supervivencia”; valores que se oponen a los de la realización personal, la negación social y la deslegitimación de los valores tradicionales, en la actualidad fagocitados estos últimos, recuerda Wilson, por la imparable industria de la publicidad. ¿Son, así pues, los sentimientos y el melodrama la expresión más pura de la transgresión artística?

Baladas subversivas 

A esa pregunta se enfrenta el musicólogo Ted Gioia en Canciones de amor. La historia jamás contada (Turner, 2015), quien rastrea en los orígenes de las melodías románticas para proponer una historia que tiene más que ver con la represión, la subversión y una subcultura en lucha contra el orden establecido que con esa imagen de ñoñería que solemos atribuir a las baladas de bailar pegados.

Para Gioia, el erotismo que antes se localizaba en las letras de la lírica romántica se desplaza hacia lo visual

No le cuesta mucho a Gioia descubrir el carácter agitador de la lírica romántica, y las fuentes conservadas y estudiadas de las diversas etapas históricas que recorre cimientan su teoría. Aunque quizá lo más interesante de su análisis son sus hipótesis sobre cómo tal o cual corpus romántico de la antigüedad ha sido enmendado, eliminando si no su contenido erótico, sí reinterpretando su significado en términos de alegoría política o religiosa. Un ejemplo que no por obvio resulta menos enigmático es el del Cantar de los Cantares, el misterioso poema repleto de besos, perfumes, piel y vino que a más de un lector de la Biblia ha dejado, como mínimo, desconcertado. Gioia, a la luz de un buen número de estudios, sitúa este bello cantar atribuido a Salomón dentro de la tradición de cantares sumerios nupciales y explica, a su vez, los distintos disfraces con las que se ha intentado enmascarar la alegre lujuria que despiertan sus versos. 

Gioia no va a descubrirle ahora a cualquier amante de la literatura que esas composiciones, junto con las cantigas de amor, las jarchas o la poesía trovadoresca, fueron los precedentes que auparon la construcción cultural del amor como objeto artístico, pero su tesis, por fortuna, va más allá de una elaboración diacrónica del fenómeno. Su objetivo es trazar el relato de una resistencia y, de nuevo con los parámetros metodológicos de los estudios culturales como guía, el autor atribuye ese vaivén de opresión y resistencia a la batalla entre la moral patriarcal y la subrepticia transmisión de las canciones de amor a través de los marginados sociales. Es decir: mujeres, esclavos, prostitutas, gitanos, músicos ambulantes, homosexuales, desclasados.

Las canciones de amor, sostiene Gioia, han sobrevivido hasta nuestros días venciendo todo tipo de puritanismos que han intentado desactivar el mensaje de la celebración carnal, sea con mensajes que subrayan la joie de vivre o que lamentan la ausencia del amado o la amada, aunque el ensayista no puede más que sentir cierto desaliento cuando llega a nuestro presente, una época dominada por “la asexualidad” y por los “bajos niveles de excitación”. Para el ensayista, el eros que antes se localizaba en las pícaras letras de la lírica romántica se ha desplazado hacia lo visual, y tanto los vídeos musicales como la puesta en escena de conciertos y espectáculos se han apoderado de la transgresión antes literaria y musical. ¿Hemos vuelto al punto de partida?, se pregunta Gioia cuando revisita un panorama en el que los meneos y la fisicidad de Miley Cyrus en el escenario han sustituido la creatividad con la palabra y la partitura. ¿A los ritos de fertilidad de la antigua Mesopotamia, a los elementos sexuales exacerbados, a los mensajes directos que eliminan de un plumazo el flirteo y el cortejo? La respuesta es complicada porque, tanto entonces como hoy, existen cuestiones del corazón, y de más abajo, que la razón sigue sin entender del todo.

Canciones de amor
Canciones de amor
Ted Gioia
Traducción de José Adrián Vitier
Turner,
Madrid, 2016,
440 págs.
Música de mierda
Música de mierda
Carl Wilson
Traducción de Manolo Martínez
Blackie Books, Barcelona, 2016, 216 págs.