22/8/2019
Opinión

Corea del Norte: nuclearización y conculcación de derechos humanos

Es hora de que la comunidad internacional se ocupe y preocupe por los caprichos nucleares y por la tiranía de los Kim

Corea del Norte: nuclearización y conculcación de derechos humanos
Álvaro Valiño
Acaba de celebrarse en ese atribulado país el congreso del Partido (por supuesto único) de los Trabajadores. Treinta y seis años después del anterior, organizado por el abuelo del actual déspota dirigente, Kim Jong-un. Tuve ocasión en 1978 de conversar en su palacio-fortaleza con el abuelo déspota, Kim Il-sung, el así llamado, por obligación, “estimado y querido líder, comandante de acero”, pero la conversación no viene ahora al caso. Kim Il-sung fue aupado al poder, al terminar la Segunda Guerra Mundial, por Stalin, con la cooperación de Mao, tras el reparto de la península coreana entre comunistas y capitalistas. Tras unos años de dictadura militar en la actual Corea del Sur, esta devino democrática. El Norte se consolidó como Estado de partido único, bajo una  dictadura de carácter familiar y mafioso, que inició el abuelo déspota, continuó el hijo déspota, de nombre Kim Jong-il, y heredó el nieto déspota Kim Jong-un, que aún no había nacido cuando el abuelo (para salvar las formas) organizó un congreso del partido en 1980. Todo esto ocurría en el país más aislado (autoaislado) del planeta. Y en esta situación de autoaislamiento que comentamos ha tenido lugar el cónclave partidario, que puede calificarse de parto de los montes (nunca más apropiada la palabra cónclave, como es sabido derivada del latín cum clavis —encerrados con llave— y donde se ha permitido acceder a una treintena de los 130 periodistas extranjeros autorizados a ingresar en el “reino ermitaño” y solo cuando las deliberaciones habían concluido).

Eso sí, importantes decisiones  han sido adoptadas: el actual tirano al mando, Jong-un, ha ascendido en el partido (en todo lo demás se hallaba ya en la cúspide) de primer secretario a presidente secretario general. No obstante, con el propósito de no ofender la memoria histórica de la dinastía, el abuelo Kim conserva su título de presidente-eterno y el padre Jong-Il el de secretario general eterno.

Una investigación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU relató los horrores del régimen norcoreano

Todo esto tiene lugar en un sui generis país cuya dirigencia cultiva el arte de armarse nuclearmente hasta los dientes y el de someter a sus súbditos, que no ciudadanos, a todo tipo de crímenes atroces. Un Gobierno que firmó el Tratado de No Proliferación de armas nucleares (TNP) para obtener beneficios económicos y comerciales y del que se retiró cuando le vino en gana. Un Gobierno tiránico, miembro de las Naciones Unidas —que toma el pelo a estas con la complicidad y apoyo, hasta ahora, de China y Rusia— al incumplir las obligaciones jurídicas vinculantes que asumió voluntariamente como Estado parte en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer.

Un régimen que ha llevado a cabo cuatro pruebas nucleares (2006, 2009, 2013 y 2016) desafiando la opinión del Consejo de Seguridad onusiano, que le ha impuesto sanciones. Pyongyang afirma que el último ensayo ha sido de hidrógeno, algo no del todo verosímil, pero que le ha ocasionado las sanciones más duras, en esta ocasión coimpulsadas por Pekín, que empieza a temer que su patrocinado está adoptando una actitud demasiado provocadora que puede hacer peligrar el inestable equilibrio en Asia suroriental. Ciertamente, la tensión político-militar viene agravándose desde inicios de este año. La cuarta prueba de enero de 2016 y los continuos lanzamientos de misiles, también de prueba, por parte de Kim Jung-un son la causa. La consecuencia ha sido la aprobación unánime de la resolución 2270 (02-03-16) del Consejo de Seguridad que impone un fuerte régimen de sanciones. Lo significativo es que EE.UU., Rusia y China han actuado sincronizadamente porque en el asunto nuclear comparten opinión y preocupación, no así en el de los derechos humanos, como veremos después. Moscú y Pekín se preocupan por el bienestar de la población de curiosa manera. No aluden a la  situación estructural, esto es, los Kim han impuesto un régimen total de terror. Se refieren a lo coyuntural inmediato derivado de la aplicación de las sanciones. Así, el ministro ruso de Exteriores, Lavrov, en conversación telefónica con su homólogo americano Kerry, le advirtió de que “el instrumento aprobado no debe ser utilizado para empeorar las condiciones económicas y humanitarias del país”, al tiempo que Hong Lei, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, afirmaba que “la resolución 2270 persigue detener el plan nuclear y misilístico de Corea del Norte sin afectar a las necesidades humanitarias del pueblo”.

Pero el pueblo —sobre todo la mayoría de sus 23 millones de habitantes que viven fuera de la capital— malvive con sus derechos humanos, políticos, sociales y de cualquier otro tipo en estado cuasi comatoso. Y es hora de que la comunidad internacional se ocupe y preocupe no solo por los caprichos nucleares de la dinastía Kim sino también de tal situación, de la que es responsable el régimen y a la que no está dispuesto a poner término. La Cumbre Mundial de la ONU de 2005 oficializó por unanimidad, Rusia y China incluidas, la nueva doctrina de la Responsabilidad de Proteger. Su documento final contiene un capítulo titulado “Responsabilidad de Proteger a las poblaciones del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”. En él se afirma que “cada Estado es responsable de proteger a su población del genocidio, los crímenes de guerra...” (párrafo 138) y que “la comunidad internacional, por medio de las Naciones Unidas, tiene la responsabilidad de... ayudar a proteger a las poblaciones...”, advirtiendo de que “estamos dispuestos a adoptar medidas colectivas... si los medios pacíficos resultan inadecuados y es evidente que las autoridades nacionales no protegen a su población del genocidio, los crímenes de guerra...” (párrafo 139).

Hay varios campos de concentración donde hay 120.000 presos y han muerto centenares de miles en 50 años

Ante la persistente y degradante situación en la  autodenominada República Popular Democrática de Corea, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU estableció en 2013 una comisión de investigación presidida por el jurista australiano de reconocido prestigio, Michael Kirby, que presentó en 2014 un riguroso informe aprobado por la Asamblea General. No puedo en estas breves líneas trasladar los horrores que meticulosamente describe el documento. Baste transcribir que “el conjunto de testimonios demuestra que se han cometido crímenes de lesa humanidad... en  aplicación de las políticas establecidas en el nivel más alto del Estado. Crímenes que incluyen el exterminio, el asesinato, la esclavitud, la violación... la persecución por motivos políticos, religiosos, raciales y de género, el traslado forzoso de poblaciones, las desapariciones forzadas de personas y el acto inhumano de hacer padecer hambre durante largos periodos... se siguen cometiendo crímenes de lesa humanidad porque persisten las políticas, instituciones y pautas de impunidad que constituyen su raíz” (párrafo 75). Hay en el país diversos campos de concentración donde centenares de miles de personas han muerto en cinco décadas y donde se calcula que hay hoy en torno a 120.000 presos.

En el congreso recién celebrado, el déspota reafirmó la estrategia byungjin (supuesta compatibilización de crecimiento de la economía e incremento del arsenal nuclear en uno de los países más pobres del planeta), afirmando simultáneamente que el “objetivo de nuestro partido es construir un mundo libre de la guerra y luchar por la paz y seguridad regional y global...”, pero “necesitamos impulsar una fuerza nuclear autodefensiva mientras los imperialistas persistan en su amenaza nuclear”.  Definió a Corea del Norte como “Estado nuclear responsable” (en la Constitución es definida como “Estado nuclear”) y prometió urgentes conversaciones con Corea del Sur “para abrir un nuevo capítulo para la reunificación”, al tiempo que advertía que “si Seúl opta por la guerra, emprenderemos una guerra justa para barrer sin piedad a las fuerzas antirreunificación”. Ciertamente, el pueblo norcoreano, que brilló por su ausencia en el discurso, (y nosotros también) necesita que se active la Responsabilidad de Proteger lo antes posible.