18/9/2019
Internacional

Taiwán y la diplomacia china de vecindad

Pekín necesita un entorno pacífico para desarrollar sus estrategias económicas, complementarias de su reforma interior

Xulio Ríos - 13/11/2015 - Número 9
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Taiwán y la diplomacia china de vecindad
Los presidentes de China (D) y Taiwán en el Shangri-La Hotel de Singapur. EPA / FAZRY ISMAIL / EFE
El histórico encuentro celebrado en Singapur entre los máximos líderes de China continental y Taiwán, Xi Jinping y Ma Ying-jeou, muestra una significativa dimensión bilateral pero también de alcance regional y global. De una parte, el Partido Comunista de China (PCCh) sale en auxilio del viejo enemigo, el nacionalista Kuomintang (KMT), a fin de intentar mejorar sus expectativas electorales demostrando ante la opinión pública que es el partido idóneo —frente al soberanista Minjindang de Tsai Ing-wen— para manejar las siempre delicadas relaciones bilaterales. Desde la derrota electoral de noviembre de 2014, el KMT arrastra una grave crisis de liderazgo. Los sondeos de opinión de cara a las elecciones legislativas y presidenciales de enero vaticinan un fiasco mayúsculo que supone también un revés considerable para la estrategia continental de acercamiento, que tiene en el KMT su principal punto de apoyo. 

Por otra parte, el PCCh, ante las previsibles dificultades que implicaría una presidencia taiwanesa en manos no tan amigas, decidió dar un paso al que se resistía para cerrar la estructura de las conversaciones, aunque su futuro final es incierto. Subyacen dos mensajes. Primero, la apuesta por el diálogo para resolver las diferencias; segundo, dicho diálogo debe basarse en el llamado Consenso de 1992 (solo existe una China, aunque cada parte la interpreta a su manera), que rechazan los soberanistas. 

Xi Jinping pretende sentar las bases para abandonar el ambiguo statu quo surgido tras la guerra civil china


El problema de Taiwán es clave en la política china. No existe sueño chino sin Taiwán. Y la modernización del país, aun cuando China lograra la supremacía mundial, estará incompleta si este asunto, asociado a las humillaciones derivadas del periodo de declive (cesión de la isla a Japón en 1895 por el Tratado de Shimonoseki), no se sustancia con la vuelta de Taiwán al regazo de la Gran Tierra. Lo que Xi Jinping pretende es sentar las primeras bases para abandonar el ambiguo statu quo actual surgido tras el final de la guerra 
civil china. 

Cara y cruz de una estrategia

Taiwán forma parte de los intereses centrales de China, al igual que otros enclaves territoriales situados en unas costas por donde históricamente penetraron las fuerzas de países rivales que la precipitaron en la decadencia. Para satisfacer sus ambiciones, China ha trazado una doble estrategia que complementa los intereses económicos con los relacionados con la seguridad. La diplomacia de vecindad es una de las grandes novedades en la política exterior china en tiempos de Xi Jinping: un trampolín para dar el salto a la supremacía global.

Los conflictos territoriales en los mares de China son bien conocidos. Los principales la enfrentan con Japón (islas Diaoyu/Senkaku) y con Vietnam y Filipinas (islas Spratly/Nansha y Paracel/Xisha). China continental (República Popular China) y Taiwán (República de China) defienden idénticas posiciones en este aspecto, pero son incapaces de una coordinación política de sus reclamaciones. Antes de reunirse con Ma Ying-jeou, Xi Jinping visitó Vietnam para evitar que Hanoi se sume a un frente antichino al que podría unirse India, con quien tiene pendientes algunos litigios fronterizos.

China ha trazado una doble estrategia que complementa los intereses económicos con los de la seguridad


En las aguas meridionales, China viene desarrollando en los últimos años una estrategia de consolidación de lo que considera sus derechos de soberanía mediante la transformación de arrecifes y el afloramiento de islas artificiales de uso militar potencial. Estas acciones son vistas con recelo por parte de sus vecinos, quienes temen que una China más poderosa sea también una China más agresiva.

Pekín prima la utilización de la economía como arma esencial para desanudar estos problemas y evitar que se compliquen al tiempo que consolida posiciones de influencia. Desde la llegada al poder de Xi Jinping (2012), la revitalización de la ruta de la seda, con sus versiones terrestre y marítima, constituye el proyecto estrella, avalado por diferentes mecanismos de financiamiento, incluido el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII).
Además las autoridades chinas contemplan la puesta en marcha de diversos corredores económicos que enlazarían el país con Rusia a través de Mongolia, con Eurasia, con Asia Central y Occidental, con la península de Indochina, con Brasil y con Bangladésh pasando por India y Birmania.

Con estas iniciativas, Pekín pretende realizar millonarias inversiones para construir infraestructuras, incrementar sus lazos con el resto de Asia y con Europa y reforzar su posición como centro comercial de la región. Todo ello le granjeará una mayor influencia regional y global.

La hipoteca de la seguridad

El signo del siglo XXI se decidirá en Asia. La estrategia estadounidense de reequilibrio de la región con el doble ariete del Acuerdo Transpacífico o TPP —que excluye a China— y un reforzamiento de su presencia militar en la zona con un papel más activo en los litigios territoriales que enfrentan a Pekín con algunos de sus vecinos, representa un importante desafío para el Partido Comunista. La visita de Estado de Xi Jinping a EE.UU. el pasado septiembre no despejó dudas y mantiene las espadas en alto.

La estrategia china de respuesta es multilateral. Contempla tanto la mejora sustantiva de sus capacidades militares, especialmente marítimas, como el impulso de nuevos acrónimos como la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Confianza en Asia) o la RCEP (Asociación Económica Integral Regional) —una plataforma económica que excluye a EE.UU.—, o la firma y mejora de diversos tratados de libre comercio (con los países de ASEAN, con Japón y Corea del Sur, etc).

China necesita un entorno pacífico para desarrollar sus estrategias económicas, complementarias de su reforma interior. La transformación de su modelo de desarrollo es inseparable de la apertura de canales externos para drenar sus excesos de capacidad en numerosos sectores. Existe un claro hilo de continuidad entre ambas políticas. El agravamiento de las tensiones territoriales puede perjudicar la consecución de dichos objetivos. Es por ello que China deberá conducirse con extrema prudencia, utilizando sus holgadas capacidades tanto para neutralizar hipotéticos bloques de oposición como para desactivar los principales focos de tensión que pudieran nublar las expectativas de recuperación de la grandeza perdida. Para los países vecinos, ese vaticinado regreso triunfal de China a la historia no debiera suponer el retorno de los “reinos tributarios” o cualquier expresión similar de soberanía limitada.