19/11/2018
Análisis

Cuando PP y PSOE perdieron a los jóvenes

Los partidos viejos no han conectado con una generación socializada en el “No a la guerra”, el “Nunca Máis”, el 15-M y la crisis económica

  • A
  • a
Cuando PP y PSOE perdieron a los jóvenes
Manifestantes contra los recortes en educación. Jorge Guerrero / AFP / Getty

Se ha hablado mucho de la brecha generacional del voto en los últimos meses. Desde que empezaron a despuntar, Ciudadanos y, sobre todo, Podemos arrasan entre los votantes jóvenes, mientras que el PSOE y especialmente el PP se nutren básicamente de un electorado de mayor edad. La interpretación más simple es que los partidos viejos ya solo interesan a los votantes viejos. En buena medida la interpretación es correcta, pero olvida que existen otros elementos importantes. Es cierto que cuando se analizan las preferencias políticas de los electores las diferencias por edad es uno de los pocos elementos que se mantienen si se tienen en cuenta simultáneamente otras características individuales como la posición socioeconómica, el género o el nivel educativo. Sin embargo, la brecha generacional en el voto tiene raíces más profundas.

Ahora hay diferencias muy marcadas entre grupos de edad en las preferencias políticas, pero en el pasado esta brecha generacional en el voto era prácticamente imperceptible. Hace unos años, cuando la oferta partidista era más reducida, el apoyo electoral a PP y PSOE era bastante parecido en el electorado de todas las edades. Desde diciembre de 2015,  en el voto que recibe cada una de las formaciones políticas se observa que se ha abierto una brecha generacional. Si el apoyo a un partido dentro de un grupo de edad fuera como el de los apoyos totales en la población, el valor sería de 1. Es lo que sucedía en 2008 y en gran medida en 2011. Solo en 2004 el PSOE se perfiló como un partido con algo más de apoyos relativos entre los jóvenes. Ahora, sin embargo, la fractura parece clara: el PP tiene entre los mayores un nivel de apoyo de casi el doble de lo que tiene en el conjunto de la población, mientras que en Podemos (y Ciudadanos) sucede lo mismo pero con los votantes jóvenes.

Es fácil identificar esa brecha en el voto a los viejos y nuevos partidos. Lo que resulta más complicado es explicar por qué está sucediendo. Nuestra hipótesis es que en parte puede deberse a un efecto generacional (un efecto cohorte), pero otra parte puede explicarse por el olvido estructural hacia los jóvenes que se ha producido en la política española en las últimas décadas. No es que los jóvenes no se estén interesando por los partidos viejos. Es que los partidos viejos no se han preocupado de verdad por los jóvenes.

Edad y socialización política

Cuando alguien pone en relación el comportamiento electoral y características como la edad, la situación económica personal o el género de los votantes es porque presupone que las líneas de conflicto político en la sociedad se reflejan en las fracturas demográficas. Dicho de otro modo, porque existe una hipótesis de que las mujeres votan de forma diferente por el hecho de ser mujeres, los pobres por el hecho de ser pobres o que los jóvenes y los mayores hacen lo propio porque las características individuales tienen una repercursión en las fracturas políticas. O al menos debería existir una hipótesis al respecto de por qué sucede. Cuando miramos las preferencias de voto por edad, género o educación deberíamos suponer —implícita o explícitamente— que esos atributos personales son raíces del comportamiento político.

El PP tiene en los mayores el doble de apoyo que en el conjunto del electorado. Podemos, en los jóvenes

Sea como fuere, el problema de analizar el efecto de las variables demográficas como la edad es que nunca vienen solas. Los jóvenes son mujeres u hombres, son empleados o desempleados. Pero no solo eso, cada grupo de edad se ha enfrentado a condiciones que le son específicas: es mucho más improbable encontrar a una mujer licenciada de más de 60 años que a una de menos de 25. Pero en este caso la edad no sería la diferencia, sino la cohorte a la que pertenecen y el contexto en el que se socializaron.

Sus preferencias políticas pueden no deberse únicamente a la edad o el nivel educativo, sino al mundo político en el que se criaron. Dicho de forma más práctica: puede que el PP no sea un partido de mayores, sino que los mayores son más conservadores o que nuestros mayores se criaron políticamente en una época en la que es más probable que fuesen conservadores. La asociación entre edad y voto al Partido Popular sería un epifenómeno de la relación entre edad (y cohorte) e ideología.

Este tipo de explicaciones conducirían a pensar en un “efecto cohorte” que en realidad va más allá del mero “efecto edad”. Desde 2008 el PP ha perdido 3 millones de votos y el PSOE casi 6 millones, prácticamente la mitad de su electorado. Muchísimos votos en escasos ocho años, pero no todos de jóvenes. Han dejado de recibir apoyos de jóvenes porque muchos de sus votantes se han hecho mayores, pero su electorado se ha envejecido sobre todo porque han tenido grandes dificultades para conectar con toda una generación socializada en el “No a la guerra”, el “Nunca Máis y el 15-M y que trata de incorporarse al mercado de trabajo en un contexto de crisis económica y percepción de una corrupción política generalizada. Importa la edad, pero sobre todo la cohorte y su socialización política.

La otra brecha generacional

En las dos últimas décadas ha habido un incremento generalizado de la desigualdad en todos los países de nuestro entorno. España no ha resultado ajena a este proceso, aunque a diferencia de otros países aquí el aumento de la desigualdad ha sido a la baja: en España la desigualdad ha crecido por el empobrecimiento de los más desfavorecidos más que por el enriquecimiento de los ricos. Hace unas semanas se publicaron los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida de 2015. Los datos permiten actualizar la serie y comprobar que la tasa de riesgo de pobreza ha crecido progresivamente desde 2008 para toda la población. Sin embargo, si entramos a comparar por grupos de edad, lo que observamos es que son los jóvenes los que han empeorado más. En agregado el riesgo de pobreza ha aumentado, pero ha aumentado más para algunos (jóvenes y niños) y se ha reducido para otros (mayores de 65 años).

La brecha generacional se produce por razones importantes, que van más allá de las propias de la edad

Conviene tener presente que la tasa de riesgo de pobreza relativa es una medida de desigualdad. Y esto, de hecho, la hace especialmente atractiva para comparar la situación económica entre diferentes grupos. La tasa de riesgo de pobreza mostrada en el gráfico, comparable con la que se usa en el resto de países europeos, se refiere al porcentaje de personas por debajo del umbral de la pobreza. Este umbral de la pobreza, Eurostat lo sitúa en el 60% de la media de los ingresos anuales.

No es casual tampoco que la brecha en el riesgo de pobreza relativa entre jóvenes y mayores sea más alta cuando en lugar de tener en cuenta los ingresos corrientes se mide considerando el alquiler imputado, es decir, cuando para calcular la renta disponible se imputa el valor de mercado de la residencia principal de quienes son propietarios o viven en una vivienda cedida gratuitamente o alquilada a un precio inferior al de mercado. En España hay más propietarios de viviendas que en otros países europeos y los jubilados son propietarios de casas en mayor proporción que los jóvenes. Una pensión de, por ejemplo, 800 euros no es muy alta, pero desde luego cunde más que un sueldo de 800 para un joven que tenga que pagar el alquiler o la hipoteca del piso en el que vive. En España usar la medida del alquiler imputado, lejos de reducir las diferencias entre generaciones, lo que hace es acentuar el problema de desigualdad. Que mejore la situación de los mayores es una buena noticia. Pero no debería haber tanto optimismo si se deja una parte de la población fuera.

Solo preocupan las pensiones

El problema de la brecha entre generaciones emerge en toda su amplitud cuando la competición política tiende a la particularización de las demandas en colectivos específicos en lugar de preocuparse por todos. En un libro muy recomendable, Age in the Welfare State. The Origins of Social Spending on Pensioners, Workers, and Children (Cambridge University Press, 2006), Julia Lynch, de la Universidad de Pennsylvania, analizó exhaustivamente cómo y por qué varían las políticas y el gasto a diferentes grupos de edad en un conjunto de 20 países desarrollados. En su libro observaba que el gasto relativo dedicado a los mayores es mucho más elevado en países como Japón, Estados Unidos y regímenes “familistas” del sur de Europa como Italia, Grecia o España. Por el contrario, en Dinamarca, Suecia, Finlandia o Países Bajos no existen estas diferencias tan marcadas por grupos de edad. En estos últimos países el Estado se preocupa prácticamente por igual de niños, jóvenes y mayores, mientras que en los primeros hay un sesgo claro en favor de los mayores. No se trata solo de la cantidad de gasto público, que es muy diversa entre todos estos países, sino en cómo se reparte el pastel entre niños, trabajadores y ancianos.

En España los jóvenes se han empobrecido más que los mayores desde que empezó la crisis en 2008

La explicación de Lynch sobre por qué varían entre países las políticas dirigidas a diferentes grupos del edad descansa en dos factores interrelacionados: por un lado, en cómo se desarrollaron los estados de bienestar a principios del siglo XX y, por otro lado, en la forma en que se desarrolla la competición política (más “particularista” en unos casos o más “programática” en otros). Italia y Países Bajos son dos ejemplos paradigmáticos de cada uno de estos modelos, a los que Julia Lynch dedica un exhaustivo análisis de sus políticas para afrontar el desempleo, de apoyo a la infancia y a los grupos de mayor edad.

El libro sugiere que más allá de las orientaciones ideológicas de los partidos, las preocupaciones de los políticos por distintos colectivos sociales y los resultados del Estado del bienestar tienen mucho que ver con la manera en que compiten por los votos y los puestos de poder. Mucho más de lo que nos imaginamos. Y esto sirve en buena medida para entender lo que ha sucedido durante los últimos años en España, en los que las pensiones han ocupado un lugar central en el debate político de los candidatos de todo el espectro ideológico. Todos prometían que subirían las pensiones. Todos prometían que los jubilados no perderían poder adquisitivo. Y todos, absolutamente todos, alertaban de una manera más velada o más abierta del riesgo de que si los adversarios ganaban “os van a quitar las pensiones”.

Reducción de cotizantes

Que se hable de pensiones es una buena idea. Pero el debate de las pensiones, su sostenibilidad y el modelo hacia el que vamos son cuestiones tan relevantes que merecerían ser abordadas en toda su extensión. El problema es que hasta ahora la competición política y el debate electoral sobre las pensiones ha sido esencialmente “particularista”, por seguir la terminología de Lynch, y en gran medida, por qué no decirlo también abiertamente, bastante clientelista. Se ha buscado siempre contentar a una fracción del electorado apelando a su propio interés, pero poco se ha hablado de cómo se financia.

La culpa no es de los pensionistas por preocuparse de que sus intereses legítimos se vean defendidos. Pero esta dinámica de competición política es peligrosa. El peligro de obviar algo tan evidente como que el modelo actual es de reparto, no de capitalización, y por tanto las pensiones se basan en un pacto intergeneracional implícito. La reducción de cotizantes en la población activa (joven y en edades intermedias) pone en riesgo la sostenibilidad de las pensiones presentes (de los mayores de ahora) y las pensiones futuras (de quienes ahora están en edades intermedias). No se trata de abrir una lucha entre generaciones, sino de avanzar juntos para hacer que las mejoras lleguen a todos. Quien se preocupe de las pensiones debería también preocuparse del futuro de los jóvenes.