19/7/2019
Opinión

Cuba, ¿para cuándo?

Editorial - 20/05/2016 - Número 34
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Desde el nombramiento de Raúl Castro como presidente en 2008, se han ido produciendo algunos cambios interesantes en Cuba. Las reformas a ritmo cauteloso han encontrado una enorme resistencia por parte de muchos de los veteranos del Partido Comunista, que temen perder sus descarados privilegios en un país depauperado, pero es innegable que la isla ha iniciado en el ámbito económico una apertura a la iniciativa privada de los propios cubanos, a la inversión extranjera y fluye más información para quienes pueden permitirse internet. La reciente visita de Barack Obama ha tenido carácter de símbolo de la nueva atmósfera que, si los planes del presidente estadounidense son acertados, debería  ir creciendo en alcance.

Se estima que Raúl Castro trata de salvar la economía de su país mediante la aplicación de unas lentas y temerosas reformas, ideadas como paliativos al fracaso generado por décadas de cerrazón. Pero el país sigue siendo una dictadura asfixiante bajo un líder octogenario sin ninguna credencial democrática. El movimiento de Obama rectificaba decenios de una aproximación contraproducente por parte de Washington a la deseada democratización de Cuba, pero los cubanos siguen sin gozar de las libertades que merecen. La observación atenta indica que Cuba seguirá siendo durante un tiempo indeterminado un país sin reconocimiento a la pluralidad ideológica y política, aunque vaya adoptando algunos de los rasgos —no necesariamente los mejores— del capitalismo, como ha sucedido en China o Vietnam, ajenos a las reglas del juego liberal. El Partido Comunista intenta seguir siendo la única opción legal en la isla. Puede que los más jóvenes miembros de la élite cubana, liderados por el anciano Raúl Castro, quieran modernizar el país, pero parecen inasequibles al desaliento en la defensa de su monopolio sobre la vida pública, y muchas veces privada, cubana.

A Raúl Castro se le presenta como hombre realista en contraste con su hermano Fidel, erigido en dique infranqueable, pero sigue ignorando por completo las ideas de tolerancia, respeto a las minorías y alternancia en el poder propias de cualquier sociedad decente. Su empecinamiento en mantener el carcomido sistema político cubano no le ha impedido apreciar que necesita una actualización urgente. Nadie debería quedar satisfecho con esa situación. Mucho menos nuestras autoridades, que habrían renunciado a la tradicional influencia ejercida sobre sus homólogos cubanos y que asoman ahora dispuestas a darlo todo por la oportunidad de una foto reparadora. Pero a los españoles nos sobran motivos y compromisos para empujar a favor de que Cuba pueda transitar hacia una democracia.