27/5/2020
Cine

David Foster Wallace. Cronista de una sociedad a la deriva

Una película lleva a las pantallas a uno de los escritores estadounidenses más influyentes de los últimos tiempos cuando se cumplen 20 años de la publicación de La broma imfinita. La soledad, la ironía y la reflexión sobre la sociedad son algunas de las constantes de su obra

Joaquín Torán - 05/02/2016 - Número 20
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David Foster Wallace. Cronista de una sociedad a la deriva
Jesse Eisenbeg encarna a David Lipsky, el periodista que acompañó durante una semana a Foster Wallace, interpretado por Jason Segel. Sony Pictures
The End of the Tour (James Ponsoldt, 2015), que apenas ha aguantado dos semanas en las carteleras españolas tras su rutilante paso por los festivales independientes de Sundance y Saratoga, cuenta un fracaso periodístico. Hacia finales de 1996, la revista Rolling Stone envió a su colaborador David Lipsky a seguir al escritor David Foster Wallace durante la última semana de la gira promocional de La broma infinita. La informal entrevista, realizada en restaurantes de comida rápida, en moteles o durante las pausas de firma de ejemplares, jamás se publicó: otros asuntos de actualidad se impusieron y las cintas con las conversaciones quedaron relegadas al fondo de un armario. Pocos años después de la muerte del escritor —que se ahorcó en su garaje en 2008—, Lipsky las rescató y dieron pie al  libro Although of Course You End Up Becoming Yourself, base para el guion de The End of the Tour, firmado por el dramaturgo Donald Marguiles.

El interés de Rolling Stone por el escritor estaba más que justificado: Foster Wallace acababa de publicar un monumental libro de más de 1.000 páginas y más de 300 notas (recortadas hasta lo sustancial por el editor) que reflejaba con minuciosidad la idiosincrasia estadounidense. Sirviéndose de una aguda ironía y de un irreverente humor negro, construyó una sociedad futurista que era un incontestable reverso de su país. La broma infinita era una reflexión sobre el estado anímico de una sociedad alienada, hipócrita, surrealista, absurda, agresiva y antiempática. Sus críticas, que pueden funcionar como alabanzas, se convirtieron en modos y motivos a lo largo de toda su producción. También se extendieron al encuentro entre Lipsky y Foster Wallace: periodista y escritor hablaron de cultura popular, de la doctrina del éxito que todo lo corrompe, de la soledad.

Casi podría decirse que la soledad es el tema principal de la película. Muchas escenas y diálogos inciden en mostrar a un Foster Wallace a la contra del resto de sus congéneres. Ponsoldt sabe magnificar esas sensaciones de aislamiento, como ya hizo en Aquí y ahora (2013) y Asignatura pendiente (2006), películas en las que mostraba la necesidad humana de completarse a través de la relación con los demás.

En 1996, Rolling Stone envió a David Lipsky a seguir a David Foster Wallace durante una semana

Las almas gemelas son una constante en su cine. Para construirlas con un ápice de credibilidad, se necesitan buenos actores, y The End of the Tour los tiene: Jason Segel (Marshall Eriksen en la popular serie Cómo conocí a vuestra madre) le pone bonhomía a su David Foster Wallace, de manera que su contradictoria personalidad, a veces tranquila, a veces titubeante y siempre sarcástica, resulta muy cercana. Jesse Eisenberg (Mark Zukerberg en La red social [David Fincher, 2010] y próximo Lex Luthor en el cross-over sobre Batman y Superman) es un David Lipsky más carismático que su original. Eisenberg acarrea el peso de la veneración, y también de la competencia, con el envidiado Foster Wallace. Para construir a ambos, Eisenberg y Segel escucharon una y otra vez las cintas de la entrevista seminal. El origen teatral del guionista Marguiles se aprecia en una puesta en escena en la que los lugares resaltan la dimensión solitaria de los personajes, dos sombras en busca de luz.

Nacimiento como escritor

Foster Wallace no dudó en definir  su obra maestra como “profundamente triste”. Consignaba un vacío interior que iba creciendo progresivamente. “Desde un punto de vista materialista —declaró en una entrevista— Estados Unidos es un buen lugar para vivir. La economía es muy potente y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas.” El autor había descubierto a lo largo de su carrera las heridas del alma estadounidense. La suya no era una queja moral, era una llamada de auxilio espiritual.

El despertar a esta realidad fue duro y brusco. Pasó una infancia hedonista y autocomplaciente en la que destacó su pasión por el tenis (escribió un artículo para The New York Times sobre Roger Federer, uno de los textos de referencia del género), del que llegó a ser mediocre jugador. En la facultad, inscrito en Filosofía, mientras coqueteaba con las asignaturas de Lógica, de Matemáticas, de Semántica (que afilarían sus capacidades analíticas, su clarividente precisión y su estilo inclasificable) tuvo una doble epifanía que condicionó su carrera: leyó a Donald Barthelme, exponente de una generación de autores inconformistas, y vio Terciopelo azul (1986), de David Lynch.

La lectura, hasta entonces un pasatiempo, se convirtió en una necesidad. Empezó a interesarse por los escritores contemporáneos. Se hizo íntimo de Jonathan Franzen y de Don DeLillo, con los que cruzó una copiosa correspondencia. Y, casi sin pretenderlo, se erigió en punta de lanza de la Next Generation, un grupo de escritores que, en palabras del integrante Franzen, “cultiva un tipo de escritura que está viva porque se mantiene en contacto con el presente”. David Foster Wallace no fue un posmoderno: estimó esta corriente en cuanto punto de referencia (“lo más interesante para mí es que sus autores y textos eran por primera vez conscientes en tanto que autores y textos, conscientes de los efectos que la narración tenía sobre sus lectores y del hecho de que los lectores lo supieran”,dijo), pero su militancia literaria fue más bien autóctona. Foster Wallace no pretendía aspirar a otras etiquetas más a que a la de sí mismo.

Su tesis literaria acabó transformándose en La escoba del sistema (1987), inmediata antecesora de La broma infinita, igualmente divertida e igualmente apabullante. La abundancia de estilos, de descripciones y de monólogos convive con un muy respetable corpus de notas a pie de página. Foster Wallace buscaba la verosimilitud absoluta. Las formas literarias se le quedaban cortas a la hora de intentar plasmar lo que veía: “Para mí la realidad, al menos la que yo vivo, está fragmentada actualmente. La dificultad de hablar de esa realidad es que el texto es muy lineal, homogéneo. Por eso distribuyo tantas notas, que son muy adictivas, como una segunda voz. Son una manera de fragmentar el texto sin desorientar al lector”.

Dolor moral por EE.UU.

En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), Foster Wallace cristalizó su visión de país y de sociedad en un conjunto de ensayos que son perfiles personales. En el texto que da título al libro escribe sobre un crucero y sobre la cantidad de actividades derivadas que imaginó (solo salió de su camarote para pisar la biblioteca de a bordo) y acabó siendo una reflexión sobre la superficialidad. En “E Unibus Pluram: Televisión y narrativa americana”, el espectador Foster Wallace, inveterado consumidor catódico, amante de Expediente X y The Wire, comparó la ficción seriada televisiva y la ficción literaria estadounidense y concluyó que la una influye y determina a la otra.

El escritor definió su obra maestra, La broma infinita, como “profundamente triste”

En “David Lynch conserva la cabeza”, una de las siete piezas que componen Algo supuestamente divertido..., exploraba su filmografía hasta el momento, después de compartir con él tres días de rodaje de Carretera perdida (1997). “Para mí hay muy pocos directores estadounidenses realmente interesantes. Lynch es uno de ellos. Terciopelo azul me ayudó mucho en mi trabajo. Es ‘lyncheana’, grotesca y banal. Es una confluencia muy extraña de un material muy oscuro, surrealista, violento, un material muy estadounidense, absolutamente banal”, escribió Foster Wallace.

Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999) es una selección de 23 relatos que siguen las pautas modales y formales del resto de su obra. El libro ahonda con exasperación, con una fruición enfermiza, en la descripción psicológica de seres marginales a partir, casi siempre, de anécdotas mínimas. Dos piezas, “La persona deprimida” y “El suicidio como una especie de regalo”, profundizan en la autodestrucción como la única forma posible de escapismo.

David Foster Wallace vivió demasiado tiempo con un monstruo (como un monstruo) y, aterrorizado por su contemplación, quiso marcharse antes de que fuera demasiado tarde.

Although Of Course You End Up Becoming Yourself
Although Of Course You End Up Becoming Yourself
David Lipsky
Broadway Books, 2010, 352 págs.
La broma infinita
La broma infinita
David Foster Wallace
Traducción de Marcelo Covián Literatura Random House, Barcelona, 2002, 1.208 págs.
The End of the Tour
The End of the Tour
Dirigida por James Ponsoldt
Escrita por Donald Margulies
Basada en el libro de David Lipsky