17/11/2019
Cine

Prohombres de cine

El biopic es una celebración de los grandes héroes masculinos cuya ética y compromiso hacen mover la historia. Los que se centran en mujeres, en cambio, presentan personajes apesadumbrados y sufridores

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Prohombres de cine
Una escena de El puente de los espías. 20th. Century Fox
En El puente de los espías, Steven Spielberg sumerge al espectador en la guerra fría a través de un abogado de seguros cuya intervención como mediador político entre el bloque soviético y el estadounidense se reveló como fundamental para que el conflicto no incrementara su amenaza global. El ardid narrativo de Spielberg, ayudado por Matt Charman y los hermanos Joel y Ethan Coen en el guion, es de una eficacia abrumadora: dividida en dos tramos, la película primero presenta al personaje secundario, un espía soviético en Washington a quien juzgarán por alta traición y espionaje, para después poner en escena al verdadero héroe del largometraje durante sus aventuras en el Berlín de la RDA a causa del incidente del U-2 (1960), Jason Donovan (Tom Hanks), el letrado sobre el que cae la responsabilidad de sostener y hacer prevaler el sistema cuando este no puede asumir los retos de la historia.



No es la primera vez que Spielberg se detiene en el individuo, sea anónimo o figura pública, como prohombre de la historia, en su fuerza ética como material de ficción. Lo hizo en El imperio del sol (1987), sobre la infancia del escritor J. G. Ballard, en la oscarizada y controvertida La lista de Schindler (1993), en el melodrama a la Frank Capra La terminal (2004) y, por supuesto, en Lincoln (2012), uno de los biopics más complejos de los últimos años, en los que este tipo de largometrajes basados en personajes reales y en relatos más o menos hagiográficos han sido especialmente abundantes. A excepción del filme sobre el presidente de Estados Unidos, un retrato casi escultórico construido desde los claroscuros del poder, los biopics de Spielberg suelen sobrepasar el molde del género, abandonar la idea de sucesión de hitos biográficos y tratar de abrazar el concepto de filme histórico, a pesar de que la postura moral de sus personajes es uno de los grandes atractivos del melodrama biográfico practicado por el cineasta.

Pero en general, los buenos biopics intentan modular al personaje que muestran más allá de la enumeración de hechos con el fin de ir en busca de su verdad biográfica. O al menos eso asegura Dennis Bingham en Whose Lives Are They Anyway? The Biopic as Contemporary Film Genre (Rutgers UP, 2010). “En el corazón del género del biopic se encuentra la urgencia de dramatizar la actualidad y de encontrar en esta la verdad que pueda surgir de la mirada del director. La función del personaje del que es objeto el biopic es la de contar al espectador una historia y la obligación del género —explica Bingham— es la de hacer entrar a su protagonista en el panteón de la mitología popular, sea como sea, y la de explicar por qué ha logrado llegar hasta allí.”

Nostalgia y celebridad

Las cifras confirman la percepción general del aumento del número de biopics que se estrenan. En el listado de la categoría biografía de la base de datos online IMDB se observa que de los casi 4.000 títulos categorizados como biografías, buena parte son producciones de los últimos 15 años: en la década de los años 40 se encuentran algo más de 200 trabajos biográficos registrados, desde 2010 el número sube hasta 1.695 producciones. Los datos, sin embargo, son orientativos. Primero porque desde 2005 hasta la actualidad existen registros más exactos que los de hace 60 años; segundo, porque la categoría “biografía” de ese portal de cine hace referencia tanto a películas documentales como a obras de ficción, por lo que el número total es en realidad algo menor.

Pero aun como datos no definitivos sirven para reforzar la idea de la hegemonía actual de los biopics en la producción cinematográfica.
Los buenos biopics intentan modular al personaje más allá de la enumeración de hechos
El gusto de hoy por este tipo de películas subraya un par de evidencias sobre el imaginario cultural: en primer lugar, revela un acusado sentimiento de nostalgia, y en segundo, y vinculado con lo anterior, aparece el culto a la personalidad. De hecho, los biopics son solo una muestra más de la cultura de la celebridad en la que estamos inmersos, señala Bingham, aunque, insiste, hay diferencias entre los personajes, su vida y obras que son material de biopic y la manera en que el cine se ha acercado a ellos.

Desde los años dorados de Hollywood el biopic más común en el cine es el que celebra al prohombre como motor de la historia. Aunque con variaciones. George F. Custen investigó al respecto en Bio/Pics: How Hollywood Constructed Public History (Rutgers UP, 1992), analizando 300 biopics realizados entre 1927 y 1960 con el fin de definir los patrones narrativos y estéticos de un género que al hilvanar un relato de una vida prestigiosa, la fama de una estrella y la marca del estudio de cine provocaba que a ojos del espectador “el espíritu capitalista de la compañía se identificara con los mitos fundacionales de Estados Unidos”. Custen trata de responder a cómo los biopics conforman ciertos discursos ideológicos. Se basa en las conclusiones de Leo Lowenthal, miembro de la Escuela de Fráncfort, de su ensayo Biographies in Popular Magazines, en el que exponía que los relatos biográficos que se publicaban en revistas populares pasaron de tener como protagonistas a “ídolos productivos” (políticos, empresarios o científicos) a fijarse en personajes del mundo del entretenimiento o el deporte, “ídolos de consumo” —según la definición de Lowenthal— unidos a la esfera del ocio y el tiempo libre.

Custen traduce las observaciones del pensador alemán al ámbito de la biografía cinematográfica, aunque el crítico opta por no despreciar las historias sobre celebridades y gente del espectáculo. Los considera modelos aspiracionales relacionados con el mito americano del éxito, pero también cree que justifican la lógica económica de la industria del cine (o de otros ámbitos culturales), personificada en la fotogenia que luce tanto dentro como fuera de la pantalla la estrella protagonista. Según Custen, los biopics reforzarían los valores de la democracia y el capitalismo mediante el retrato ensalzador de sus figuras prominentes, ya fueran verdaderos ídolos productivos o iconos cuya fuerza productiva reside únicamente en su glamour y en el atractivo de su vida privada.

Algunos hombres buenos

El análisis de Custen en torno al biopic podría ayudar a entender el auge de obras sobre prohombres, y en ocasiones mujeres, que tuvo lugar durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Este auge coincidió con los años dorados de Hollywood, cuando se hicieron películas sobre estadistas como Alexander Hamilton (1931) y El joven Lincoln (1939), soldados como El sargento York (1941), artistas como Rembrandt (1936), científicos como Louis Pasteur en La tragedia de Louis Pasteur (1936), Alexander Graham Bell en El gran milagro (1939) o Thomas Edison por partida doble en El joven Edison (1940) y Edison, el hombre (1940), e incluso sobre Madame Curie (1943) para ir menguando con notables excepciones a lo largo de las décadas siguientes. Todos responden a una retórica muy sencilla, puesta en escena mediante una voz en off introductoria y haciendo uso del flashback. Según Custen, se basa en la estructura novelesca practicada por el biógrafo victoriano Lytton Strachey, en la que el protagonista debe luchar contra una serie de rígidos escollos institucionales o sociales, sortear ambiciones egoístas de malos consejeros y quebrar valores establecidos.
 
De las casi 4.000 películas biográficas que aparecen en IMDB, muchas son de los últimos 15 años
Las reflexiones del crítico también sirven para comprender los motivos del escándalo que rodeó el estreno de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941). La controversia, explica, no se debió tanto por haber escogido Welles la figura del poderoso W. R. Hearst como protagonista de su película, sino porque no lo presentaba como un prohombre según el canon del biopic de la época. Lo hacía más bien como un ser vacío cuya inquietante personalidad se va construyendo a medida que avanza el largometraje.

Para entender el resurgimiento del género en estas primeras dos décadas del siglo XXI resulta necesario pensar en las razones de las hagiografías fílmicas en otros términos. El biopic neoclásico que retoma la figura del prohombre, tal y como lo denomina Dennis Bingham, ha conseguido sobrevivir a la irrupción de los autores cinematográficos, a la glorificación del estilo del director por encima de la historia que se narra y a la deconstrucción posmoderna de los códigos del cine. En los últimos años se han hecho películas sobre la vida de Johnny Cash, Steve Jobs, Truman Capote, Alfred C. Kinsey, Alan Turing, Stephen Hawking, Niki Lauda, Nelson Mandela, Lech Walesa, Julian Assange, Pasolini, Alfred Hitchcock, Walt Disney, el pintor Turner, el político y activista gay Harvey Milk o el papa Francisco. Pero también de personalidades a priori más oscuras como el actor (y adicto al sexo) Bob Crane, el productor de Hollywood Howard Hughes, el bróker (y adicto a las drogas) Jordan Belfort, el informático y propietario de Facebook Mark Zuckerberg, el escurridizo Bob Dylan, el mafioso James “Whitey” Bulger o el turbulento director del FBI J. Edgar Hoover.

Son la cara y cruz de un arquetipo muy concreto que resulta óptimo para contar las historias de triunfo, caída y redención que gustan a los estudios para ganar respetabilidad en la Academia de Hollywood y practican directores de cierto prestigio con el fin de concursar en la temporada de premios y llegar al máximo público posible.

En las próximas semanas, pensando en los Oscar, aterrizarán en la cartelera biopics para todos los públicos


Las semanas y meses venideros, en plena carrera hacia los Oscar, aterrizarán en la cartelera biopics para todos los públicos: del funámbulo Philippe Petit (El desafío, de Robert Zemeckis y con Joseph Gordon-Levitt); de Steve Jobs (Steve Jobs, de Danny Boyle y con Michael Fassbender); de los hermanos gemelos mafiosos Ronnie y Reggie Kray (Legend, de Brian Helgeland y con Tom Hardy); de la transexual Lili Elbe (La chica danesa, de Tom Hooper y con Eddie Redmayne); del escritor David Foster Wallace (The End of the Tour, de James Ponsoldt  y con Jason Segel); y del guionista Dalton Trumbo (Trumbo, de Jay Roach y con Bryan Cranston). También para 2015 se prevé el estreno del biopic de Chet Baker (Born to be Blue, de Robert Budreau con Ethan Hawke) y del de Lance Armstrong (The program, de Stephen Frears y con Ben Foster). 

Cuestión de género

Los biopics de mujeres, por el contrario, no suelen ceñirse al arquetipo de grandes valedoras de la sociedad, sino que presentan personajes apesadumbrados y moldeados por el sufrimiento, la victimización o la marginalización, a pesar de que hayan logrado alcanzar el estatus de mito por su trabajo o talento.



Los biopics de Virginia Woolf (encarnada por Nicole Kidman), Camille Claudel (Juliette Binoche) o Edith Piaf (Marion Cotillard) cumplirían esta observación, pero también un personaje de la talla política de Margaret Thatcher. Interpretada por Meryl Streep en La dama de hierro, el punto de partida para revisar la vida de la que fuera primera ministra de Reino Unido es la incipiente pérdida de memoria de la
Los de mujeres suelen ser largometrajes complacientes que festejan espacios y épocas
protagonista. Apenas hay trabajos, según señala Dennis Bingham, que narren las vidas de mujeres de la esfera pública en los mismos términos que las hagiografías masculinas: suelen ser largometrajes complacientes que festejan espacios y épocas (el Mónaco de Grace de Mónaco, con Nicole Kidman, el Versalles de María Antonieta, etcétera) y que ahondan en el parecido físico entre actriz y personaje, como apunta la crítica Violeta Kovacsics en un artículo de la revista Cultura/s. “Los rostros y los cuerpos se solapan: el de la estrella y el de la persona a la que encarna”, detalla. “Al final, la cuestión está en discernir si se trata de una película sobre una figura histórica o sobre la propia actriz.”

En el biopic femenino no predomina la retórica de esos ídolos productivos ejemplares, sino el debate en torno a la mímesis. Como si en ese ejercicio de transfiguración de las actrices, sea a través de postizos, maquillaje e iluminación, se estuviera siendo testigo del misterio romántico de la interpretación.