18/7/2019
Ciencia

Dawkins, un intelectual contra el relativismo

El científico británico publica el segundo volumen de sus memorias, que se abre tras el éxito de El gen egoísta, publicado en 1976

Roger Corcho - 18/03/2016 - Número 26
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Dawkins, un intelectual contra el relativismo
Richard Dawkins. MURDO MACLEOD / CONTACTO
La primera parte de las memorias de Richard Dawkins (Nairobi, 1941), Una curiosidad insaciable (Tusquets, 2014) llegaba hasta la publicación de El gen egoísta (1976). La decisión de dividir su vida en dos partes justo por ahí no parece dejada al azar: el impacto que causó dicho libro afectó directamente a su propia carrera profesional. Todo lo que se explica en esta continuación de su autobiografía solo puede entenderse a raíz de ese éxito rotundo.

En el título que lleva este segundo —y con seguridad último— volumen, Una luz fugaz en la oscuridad, resuenan ecos de Shakespeare (“Out, out, brief candle! Life’s but a walking shadow…”). Esta referencia culta ilustra el afán perfeccionista e ilustrado del autor. Se cita con frecuencia a Keats o Shakespeare, en lo que podría ser una (más que) legítima reivindicación de su condición de intelectual. La preocupación por el buen estilo y por prestar una atención desmesurada a la forma de explicarse ha sido una constante en su vida.

Dawkins se ha preocupado de mostrar que la ciencia, además de poderse expresar bellamente y con gran claridad —lo que le sitúa entre los mejores escritores de su generación— y ser una forma cultural más, es también la única vía para comprender el mundo. Siguiendo la estela de Carl Sagan, ha combatido el prejuicio de que los científicos —al contrario que los humanistas— son personas prácticas que rehúyen los problemas profundos. Dawkins ha desmontado esa visión asegurando, por ejemplo: “Concentrarse solo en la utilidad de la ciencia es un poco como celebrar la música porque es un buen ejercicio para el brazo derecho del violinista”.

El libro no sigue un estricto orden cronológico, se decanta por agrupar las distintas facetas de su vida en capítulos, una elección con la que logra imprimir un mayor ritmo narrativo. Por debajo de estas divisiones puede reconocerse siempre la escritura aguda del autor, que teje el texto con ese hilo de inteligencia que le ha permitido tener una vida plena y privilegiada al servicio del conocimiento. Guarda un espacio para recordar los numerosos momentos de su vida en las que se mostró especialmente brillante o ingenioso, o lo fueron las personas que lo acompañaban.

Dawkins no pretende ser conciliador: para él, las ideas o son buenas o son malas y tienen una jerarquía

Como profesor adjunto en el New College de Oxford, Dawkins explica que tenía que entrevistar a los aspirantes a biólogos, planteándoles preguntas como: “¿cuántos antepasados cree que tenía hace dos mil años, en tiempos de Cristo?”, o bien “¿por qué los animales tienen cabeza?”. Buscaba así averiguar no tanto la capacidad retentiva del potencial alumno, si no su educabilidad y  capacidad de razonamiento y pensamiento lateral. También explica con detalle una de sus principales aportaciones a la ciencia —que en los manuales se estudia como la falacia del Concorde—, basado en el estudio de unas abejas que luchan contra otras abejas para proteger su montón de comida. Recuerda algunos de los congresos a los que asistió, como el celebrado en Washington, donde estudiantes izquierdistas expresaron su odio a la sociobiología arrojando un vaso de agua sobre Edward Wilson, que iba con muletas. 

Dawkins ha desplegado sus dotes divulgativas en documentales y libros. También explica cómo acabó en manos del agente literario
John Brockman, impulsor de la noción de tercera cultura, etiqueta con la que ha logrado atraer a los mejores escritores científicos del momento.

Habla de los debates públicos a los que ha sido invitado y confiesa que ya no aceptaría debatir con creacionistas para no crear lo que denomina como “la ilusión de la equiparabilidad: se engaña a los espectadores por la presencia de dos sillas cara a cara en la tarima y la asignación de tiempos iguales a ‘ambas partes’, se los induce a creer que realmente hay dos ‘alternativas’, y que hay un tema de debate con auténtica sustancia”. En su lugar, prefiere los tutoriales mutuos, diálogos constructivos públicos con otro intelectual o científico.

“Nunca me he desviado de mi camino para buscar enemigos, pero ellos a veces parecen surgir de la oscuridad en la carretera recta que tengo por delante”, explica en otro momento de su narración. Cuando defiende sus ideas, Dawkins no pretende ser conciliador. Para él, las ideas o son buenas o son malas y tienen una jerarquía. Ha sido uno de los principales combatientes del relativismo. Cita en su libro, por ejemplo, a un defensor de medicinas alternativas que tras fracasar al mostrar la efectividad de su tratamiento acabó confesando: “¿Ves? Por eso ya  nunca hacemos pruebas de doble ciego. ¡Nunca funcionan!”. Plasmó sus ideas sobre la religión en El espejismo de Dios, libro que lo convirtió en adalid del nuevo ateísmo.

Dawkins confiesa que es posible que perdiera el entusiasmo imprescindible para hacer sus tutorías como profesor adjunto del New College. “Tenía la impresión positiva de que quizá pudiera contribuir a un mundo mejor si dedicara el resto de mi carrera a explicar cosas a un público más amplio, fuera de los muros de Oxford.” El mecenas e informático millonario Charles Simonyi accedió a financiar una cátedra de comprensión pública de la ciencia en Oxford a perpetuidad. Dawkins se convirtió en el primero en ocuparla hasta su jubilación.

Hay una única concesión a la intimidad, cuando narra la muerte de la que había sido su segunda esposa. En ese momento, el lector se entera de que Dawkins tenía una hija, Juliet, de 10 años, a la que apenas había podido ver tras separarse de su madre. Dawkins escribió una carta a su hija en la que le da consejos para pensar mejor.

Hay una única concesión a la intimidad, cuando narra la muerte de su segunda esposa

Al final del volumen repasa los libros que ha publicado, dedicando especial atención a El fenotipo extendido, que considera su mejor obra. Dawkins —que sufrió un ataque al corazón en febrero— ha escrito una autobiografía brillante en la que se recoge también el que podría ser el mayor halago que ha recibido, escrito por Daniel Dennett en el prefacio a uno de sus libros: “¿Es [El fenotipo extendido] ciencia o filosofía? Es ambas cosas; es ciencia, desde luego, pero también es lo que la filosofía debería ser y solo es de manera intermitente: una argumentación escrupulosamente razonada que abre nuestros ojos a una nueva perspectiva, clarificando lo que estaba turbio y mal comprendido, y ofreciéndonos una nueva manera de pensar sobre temas que ya creíamos entender”.

Una luz fugaz en la oscuridad
Una luz fugaz en la oscuridad
Richard Dawkins
Traducción de
Ambrosio García Leal
Tusquets,
Barcelona, 2016,
440 págs.