18/8/2019
Ideas

Galileo, 400 años de herejía

Galileo desafió a los teólogos al demostrar la teoría copernicana y rebatir así la idea de que la Tierra era el centro del universo

Toni Pou - 18/03/2016 - Número 26
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Galileo, 400 años de herejía
Galilei mostrando al dux de Venecia el telescopio. Óleo de Giuseppe-Bertini.
En una de las salas del Palazzo Castellani, un edificio del siglo XI situado en el centro de Florencia, se expone una urna que contiene un dedo momificado. Hace cuatro siglos ese dedo contribuyó a materializar una prosa insólita con la cual se escribieron libros que cambiaron el mundo. Contribuyó también a pulir vidrio de Murano y crear lentes que permitieron descubrir valles y montañas en la Luna, los satélites de Júpiter y las estrellas que forman la Vía Láctea. Además, ese mismo dedo se alzó con insolencia ante tribunales religiosos, sostuvo miles de copas de vino toscano y pellizcó las nalgas más turgentes de los burdeles de Venecia. Ese dedo corazón perteneció a la mano derecha de Galileo Galilei (Pisa, 1564 - Arcetri, 1642), protagonista del conflicto que se ha convertido ya en símbolo de una de las mayores tensiones que sufre siempre cualquier civilización: la tensión entre el poder que emana de la tradición y las nuevas ideas que surgen del talento. Y todo empezó con un invento aparentemente simple, el anteojo.

Un invento cambió el mundo

Que el anteojo fue un artilugio que cambió el mundo no lo duda nadie. Lo que no está claro es quién lo inventó por primera vez. Tradicionalmente se ha fechado su invención a principios del siglo XVII y se ha atribuido a tres holandeses, Hans Lippershey, Jacob Metius y Zacharias Jansen, pero también hay documentación que indica que un óptico de origen francés, Joan Roget, ya construía anteojos en su taller de la judería de Girona a finales del siglo XVI. En cualquier caso, el primero que observó la luna con un anteojo de seis aumentos fue el astrónomo británico Thomas Harriot.  Durante sus observaciones, descubrió irregularidades en la luna, que en esa época se consideraba un cuerpo perteneciente al mundo de los astros y, por lo tanto, inmaculado y perfecto. A pesar de dibujar lo que vio, las observaciones de Harriot quedaron sepultadas entre sus manuscritos y no tuvieron repercusión.

Galileo utilizó anteojos construidos por él mismo para escudriñar el cielo nocturno

Galileo supo en 1609 que un artesano flamenco, Lippershey, había construido un instrumento con el cual los objetos lejanos se veían como si estuvieran cerca. Supo también que Lippershey se encontraba en Venecia para presentar el aparato al dux y a las autoridades. La reacción de Galileo al conocer esa noticia es una buena muestra de la ambición y la destreza que daban forma a su carácter. En primer lugar, utilizó los contactos de su buen amigo Paolo Sarpi —según el propio Galileo, la persona más sabia de Europa— para retrasar la reunión entre Lippershey y el dux. A continuación se puso a trabajar durante 48 horas seguidas para construir él mismo un anteojo que presentó al dux antes que Lippershey. Desde la torre de San Marco, el príncipe apreció maravillado la Torre de Santa Justina de Padua, a más de 50 kilómetros. Galileo salió de la reunión con una recompensa equivalente a su salario anual y una duplicación de sueldo.

Durante los meses siguientes, Galileo utilizó anteojos construidos por él mismo para escudriñar el cielo nocturno y descubrir irregularidades en la Luna, los anillos de Saturno, los satélites de Júpiter, las fases de Venus, las manchas solares y el hecho de que la Vía Láctea está formada por estrellas. Fue probablemente su dominio de la técnica pictórica del claroscuro, que había enseñado en una academia para artistas en Florencia, lo que le permitió interpretar que las irregularidades que veía en la Luna correspondían a valles y montañas. Ahí se produjo la primera ruptura: los astros dejaron de ser entidades perfectas e inmaculadas para convertirse en objetos irregulares e imperfectos como la Tierra. La segunda ruptura consistió en darse cuenta de que las fases observadas en Venus eran incompatibles con un modelo en el que la Tierra ocupaba el centro del universo y todo lo demás giraba a su alrededor. Según Galileo, las fases de Venus solo se podían explicar si se suponía que la Tierra y el resto de planetas giraban alrededor del Sol, tal como Copérnico había propuesto 60 años antes. Esta explicación implicaba abandonar una idea profundamente arraigada tanto en la tradición cultural como en la religiosa, según la cual el ser humano, por designio divino, ocupaba un lugar y un estatus privilegiados en el universo.

La advertencia

A partir de esas primeras observaciones, Galileo empezó a difundir sus conclusiones. Era consciente de que se trataba de un tema especialmente sensible, pero estaba convencido de que la investigación científica se tenía que desarrollar con independencia de la teología. Pensaba que las verdades demostradas científicamente podían contribuir a aclarar cuestiones teológicas complejas, un punto de vista que para nada era compartido por las autoridades religiosas de la época. Todavía hay quien defiende que entre Galileo y los representantes de la iglesia católica se produjo un debate sobre estas cuestiones. Pero lo cierto es que nunca se dio un debate real porque los argumentos esgrimidos por unos y otros se situaban en planos completamente distintos. Sus enemigos, entre los que destacaba el cardenal Roberto Bellarmino, que había dirigido el proceso contra Giordano Bruno, eran incapaces de comprender los argumentos de Galileo. No tenían conocimientos técnicos ni interés alguno en adquirirlos. El principal argumento de Bellarmino en contra de la rotación de la Tierra alrededor del Sol era de una gran ingenuidad, cuando no directamente prefilosófico: el Sol giraba alrededor de la Tierra porque así lo demostraba la observación inmediata.

Recibió una admonición para abandonar las opiniones favorablesal heliocentrismo

Con argumentos de esta naturaleza y amparándose en la autoridad de las Sagradas Escrituras, hace 400 años Galileo recibió una admonición (una advertencia) de Bellarmino en la que se le pedía abandonar las opiniones favorables al heliocentrismo, una teoría que sería declarada herética por la iglesia unos días después. Si Galileo se negaba, el papa Pablo V había dado instrucciones para que, mediante un precepto (una prohibición), se le ordenara no sostener, enseñar o defender, ya fuera de palabra o por escrito, que la Tierra giraba alrededor del Sol. Galileo acató la admonición, de manera que no fue necesario utilizar el precepto.

El mejor prosista italiano

En 1632 Galileo publicó Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolemaico y copernicano, un libro en el que tres personajes discuten acerca de la validez de las propuestas heliocéntrica y geocéntrica. Diálogo es un libro extraordinario que sin duda merece un puesto en la estantería de las grandes obras de la historia junto al Quijote, el Ulises o El origen de las especies. Galileo muestra el proceso de construcción del conocimiento científico, donde radica la verdadera emoción de la actividad científica. La emoción yace en la inducción de las leyes generales a partir de observaciones, datos y experimentos, es decir, en el salto de lo particular a lo general. Este proceso, además, se escenifica mediante la palabra, mediante la creación de argumentos y metáforas que sirven para enriquecer y confrontar los distintos puntos de vista. Tal es el uso de las palabras y del lenguaje en el Diálogo que el escritor Italo Calvino afirmó que Galileo Galilei había sido el mejor prosista italiano de la historia. Según Calvino, el estilo de Galileo es elegante, preciso, y utiliza la lengua con plena consciencia literaria, con la voluntad de capturar el mundo y la imaginación que lo interpreta con la máxima expresividad posible.

Además de obras científicas, Galileo también escribió teatro y poesía. Sin embargo, los argumentos de sus comedias son tan enrevesados que muchas acaban sin ninguna resolución satisfactoria. Sus poemas están repletos de lugares comunes y arrebatos pueriles sin efecto expresivo alguno. Solo cuando lo embriagaba el sentimiento de maravilla ante el mundo que lo impulsaba a comprenderlo mediante la razón era capaz de articular un discurso verdaderamente literario.

Talento y poder

El resultado del debate que se plantea en el Diálogo es favorable al heliocentrismo. No todos los argumentos que aportaba Galileo a su favor eran igualmente sólidos. De hecho, algunos eran incorrectos. Aun así, en el libro quedaba claro que los razonamientos en los que se apoyaba la visión geocentrista de la iglesia no tenían ningún fundamento. Aunque el Diálogo recibió el permiso de publicación de la censura eclesiástica, cuando el papa Urbano VIII lo leyó detenidamente se le heló la sangre. Que Galileo hubiera puesto los argumentos papales en boca de Simplicio, un personaje evidentemente necio, probablemente lo enardeció. Y el hecho de que, como último garante de los mecanismos de la censura, la responsabilidad de la publicación fuera suya, lo acabó de enfurecer. En ese momento el papa cayó en la cuenta de que Galileo, siguiendo las instrucciones que él mismo le había dado con arrogancia y cierto desprecio, había construido un artefacto demoledor, un libro que lo ridiculizaba personalmente y que desballestaba uno por uno los argumentos que la iglesia esgrimía a favor de la inmovilidad de la Tierra como centro del universo. Incapaz de hacerle sombra en el plano intelectual, el papa actuó con rapidez y activó el único mecanismo con el que lo podía derrotar: el poder.

Urbano VIII se saltó todos los procedimientos establecidos. Hay pruebas de que falsificó documentos e ignoró las conclusiones de una comisión designada por él mismo, que indicaban que todo lo pernicioso que había en el Diálogo se podía corregir con facilidad. El papa consiguió que Galileo fuera retenido durante un año, interrogado y juzgado. Se le acusaba de haber incumplido el precepto de no sostener, enseñar o defender, ya fuera de palabra o por escrito, que la Tierra gira alrededor del Sol, una prohibición que en realidad nunca se le había impuesto. El juicio no solo culminó con la prohibición del Diálogo y una condena de prisión indefinida, sino que, conociendo el orgullo insolente y la arrogancia de Galileo, el papa lo obligó a arrodillarse y abjurar de aquello que había defendido siempre con vehemencia. Con una docilidad inaudita, Galileo capituló. Se arrodilló y, con un susurro de voz, leyó la retractación.

En ese momento de docilidad, Galileo probablemente tuvo presentes los casos de su buen amigo Paolo Sarpi y del iluminado Giordano Bruno. Sarpi siempre había sido un cura incómodo: ignoraba las normas sobre indumentaria, se saltaba las partes de las plegarias que no le gustaban, frecuentaba judíos, protestantes e incluso ateos, y tenía un carácter inteligente e indómito que lo cuestionaba todo. Una noche, cinco desconocidos le asestaron 15 puñaladas con una daga de estilo romano que dejaron clavada en su mejilla. Milagrosamente, después de semanas en estado crítico, Sarpi se recuperó. Bruno, que había negado la existencia de ningún centro en el universo y, de paso, el carácter escogido del ser humano, no tuvo la misma suerte. Los verdugos de la Inquisición le cosieron los labios y lo quemaron vivo. Una vez calcinado, pulverizaron sus huesos y los arrojaron al Tíber.

La leyenda cuenta que Galileo, después de la abjuración, murmuró el famoso “Eppur si muove (Y, sin embargo, se mueve)”, en referencia al movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Pero lo más probable es que, exhausto y desmoralizado después de un año de juicio, abandonara la sala cabizbajo y en silencio.

El arresto

Finalmente, Urbano VIII conmutó la pena de prisión por un arresto domiciliario perpetuo. Galileo se instaló en su casa de Arcetri, en una de las colinas que rodean Florencia. Tenía casi 70 años y la retahíla de enfermedades que sufría se había agudizado: la artritis, la gota, una hernia y dolores frecuentes en el pecho lo postraron en cama durante semanas. Para recuperar el estado de ánimo, intentó volver a pensar en el movimiento, en los planetas y en el lenguaje de las matemáticas con el que, según él, estaba escrito el gran libro del universo. Repasando papeles viejos, constató con una tristeza insondable que había perdido la lucidez y la agilidad mental de las que siempre había presumido. A duras penas entendía conceptos que había descubierto y demostrado cuando era joven. A todo esto se sumó el deterioro de los ojos, que empezó con un lagrimeo continuo del ojo derecho y acabó con una ceguera completa. Tal como dictó entonces a su ayudante, el universo que había contribuido a ampliar con sus observaciones maravillosas quedaba ahora reducido y oscurecido a los confines de su propio cuerpo.

La leyenda cuenta que Galileo, después de la abjuración, murmuró el famoso “Eppur si muove”

Llegó un momento en que Galileo pasaba la mayor parte de su tiempo sentado o tumbado en silencio. De vez en cuando esnifaba maquinalmente un poco de rapé y se consolaba con los versos de su querido Ariosto. La admiración y las visitas del poeta John Milton y del filósofo Thomas Hobbes tampoco significaron nada más que un entretenimiento efímero. El alto concepto de sí mismo que siempre había tenido lo había protegido contra la necesidad de admiración que, según él, tenían muchas personas corrientes e inseguras. La única necesidad que siempre había tenido era la libertad. Después de haberla perdido y de constatar su decadencia física e intelectual, se abandonó al tedio. En uno de los informes escritos durante una visita protocolaria, un inquisidor certificaba con cierta lástima el estado deplorable de Galileo, a quien calificaba de más vivo que muerto.