18/11/2019
Opinión

Deconstruir búnkeres, abrir sociedades

En una sociedad abierta el guion de la obra se escribe entre todos y su desarrollo es abierto porque es fruto de la interpretación de todos

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Deconstruir búnkeres, abrir sociedades
álvaro valiño
A veces necesitamos llegar al extremo para comprender un fenómeno, para adquirir conciencia del riesgo de que corrientes que atraviesan todas las sociedades devengan ríos que todo lo arrastren. Recordar a George Santayana cuando nos decía que quienes olvidan el pasado están obligados a repetirlo. Recorrer el proceso de construcción de casi 800.000 búnkeres impulsado por Enver Hoxha en una Albania de poco más de dos millones de habitantes no solo para a partir de él captar, comprender y aprehender la Albania contemporánea, su historia y su epopeya colectiva, sino, al tiempo, el poder, la libertad y la condición humana.

Poder de bunkerizar todo un país, implicar en ello a toda una sociedad, mas no solo ni principalmente: también y, sobre todo, de determinar y dirigir lo que hacen todos sus habitantes. Lo que hacen y lo que crean, lo que pintan los pintores, escriben los escritores o filman los cineastas. De prohibir ninguna otra fuente de poder, y para ello hacer de Albania el único Estado constitucionalmente, y confesionalmente, ateo de la historia. De aislar en las cárceles o en las aldeas de reeducación a quienes se resisten y no se dejan encerrar el alma en un búnker.

La transformación del poder totalitario no radica en su eliminación y su sustitución por el vacío

¿Quién escribe y cómo se escribe el guion de la obra colectiva que interpretamos en la historia? La respuesta a esta pregunta nos señala en buena medida la diferencia entre la sociedad cerrada y la abierta, entre el totalitarismo y la democracia. En un Estado totalitario, el autócrata tiene vocación de gran escritor y quiere escribir el guion de todo lo que pasa, de lo que hacen los individuos en la sociedad. En una sociedad abierta escribimos entre todos el guion de la obra a interpretar entre todos, y el posible desarrollo de ese guion es abierto porque es fruto de la interacción de todos, siempre respetando ciertas reglas de juego en la elaboración de esa escritura colectiva. En el primero, el detentador del poder cae en la que Popper denomina la tentación platónica del filósofo-rey: pensar que, a golpe de poder, en una generación se puede cambiar totalmente un país. Imaginar que la sociedad es un papel en blanco y se puede, por ejemplo, decretar constitucionalmente la inexistencia de Dios, y que ese mero hecho puede producir una amnesia colectiva respecto a una tradición religiosa de muchos siglos. Popper nos recuerda frente a ello que la sociedad es un lienzo ya pintado. Poco a poco, delicadamente, hay que ir transformando esa pintura, añadiendo pequeños trazos que son asumidos con naturalidad por esa sociedad. Esa pintura es una pintura colectiva, coparticipada y en evolución constante, en busca de mayor bienestar colectivo. Nos define con ello el cómo del poder en la sociedad abierta, y el verdadero arte de la política.

Poder de construir un búnker para cada albanesa y cada albanés, mas sobre todo de construirlo dentro de cada uno y cada una. Un búnker que les aprese el alma, y les haga ver el mundo y la vida a través de los ojos de su constructor, de su rendija. Constituye la construcción de los búnkeres interiores el objetivo último del poder, y por ello su deconstrucción el de la libertad. Por ello en definitiva es el alma el objeto del pulso, la pugna entre uno y otra.

Abrir sociedades es deconstruir búnkeres. ¿Cómo conseguir esa alquimia, promover esa transformación, la transición a la democracia y la sociedad abierta? Empieza el cambio en uno mismo, en cada uno, en la toma de conciencia de que si el otro tiene el poder es porque se lo damos, porque aceptamos interpretar el guion por él escrito. Hasta que llega el momento en que el niño del cuento o alguien dice que el rey está desnudo, y la esperanza desborda al miedo, todo parece posible, y el búnker caído, y derribamos la estatua de Enver Hoxha, y se desmoronó el régimen, se desencadenó el rechazo y la huida de lo que hasta entonces había sido, hasta de la propia Albania. Constituye el de esta un caso extremo de cambio de régimen por desmoronamiento, de sustitución del poder por el vacío. Vacío, también, de uno mismo, en uno mismo: angustia del papel en blanco, nostalgia de lo sencilla que era la vida cuando otro escribía el argumento de la obra a interpretar en ella. Un caso extremo de confianza en la destrucción creadora y el buen hacer de la mano invisible del mercado para promover el crecimiento que no había permitido una economía planificada, que conllevará la emigración de un tercio de la población —recordemos las imágenes de los buques abarrotados a la deriva en el estrecho de Otranto— y el colapso del Estado tras la crisis de las pirámides financieras de 1997. El mayor éxodo experimentado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El único Estado fallido en Europa tras la caída del comunismo. Pasado que nos interpela al mirarnos en el espejo del presente de Europa. Que nos enseña, también, que Europa puede ser la que fue: la que acogió a los albaneses que huían, como estos acogerían después a sus hermanos kosovares; la que lanzó la operación Alba de la OTAN para poner orden en la anarquía y hacer posibles las elecciones que darían lugar a la elaboración de la constitución, la instauración progresiva de la democracia y el desarrollo del Estado de derecho. La que ha acompañado e incitado la transformación de Albania con la perspectiva de su integración europea, hasta considerarla candidata a la adhesión. La que ha cooperado y la ha asistido en su camino hacia la sociedad abierta, y le ha señalado los desvíos, carencias y tropiezos en este, y la manera de superarlos. El camino por recorrer, y que en el camino andamos. Que nos enseña, en fin, que el reto de la transformación del poder totalitario no radica en su eliminación y su sustitución por el vacío, sino en su transformación progresiva en el quiénes, el para qué y el cómo, esa transformación del pintar en el lienzo de la sociedad y de la historia de la que nos habla Popper.

La transformación del poder totalitario no radica en su eliminación y su sustitución por el vacío

Nos muestra las posibilidades equilibradoras y catalizadoras de la Unión Europea, su potencialidad de anclaje y referencia, de encarnar una meta y un sueño. Mas al tiempo el riesgo del efecto placebo del factor internacional, de que no se trata de hacer las cosas porque lo diga y como lo diga la comunidad internacional, por ser frente al otro, sino frente a uno mismo. Nos decía María Zambrano que la adolescencia es la edad del yo que se afirma frente al otro, y la madurez la del yo que se afirma frente a sí mismo. La construcción de la sociedad abierta y la democracia es un reto de madurez, de recorrer el camino por uno mismo y para uno mismo. Reto no solo de crear unas instituciones y un sistema político siguiendo el manual de instrucciones, sino también de profunda transformación de la cultura política.

Nos lleva ese vacío, esa angustia a la que nos referíamos, a darnos cuenta de que, de la misma manera que los búnkeres se construyen hacia fuera y hacia dentro, la libertad no es solo la del individuo frente al poder, sino también frente a sí mismo. La posibilidad de buscar, frente al papel en blanco que nos invita a escribir con la vida en la historia y en la vida, en el alma universal que en cada uno habita lo que somos, queremos y podemos llegar a ser, y hacia fuera sacarlo y compartirlo. No se deconstruyen por ello solo ni del todo los búnkeres derribando al poder que los construyera ni afirmando la libertad frente a él, sino deconstruyendo los búnkeres que nos habitan por dentro y nos apresan el alma.

¿Dónde está hoy el alma de Europa? ¿Cómo hacerla emerger a la luz y que en ella y hacia ella nos guíe?