17/9/2019
Economía

El BCE pide reformas para asegurar la salida de la crisis

Bruselas propone combinar políticas estructurales, fiscales y monetarias para estimular el crecimiento y la inflación

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El BCE pide reformas para asegurar la salida de la crisis
Draghi, frente a una imagen del economista italiano Padoa-Schioppa, en el Foro de Bruselas. JOHN THYS / AFP / Getty
Parece que no ha sido suficiente, después de todo. Cuatro años después de la celebérrima frase de Mario Draghi (“El BCE hará todo lo necesario para sostener el euro. Y créanme, eso será suficiente”) que neutralizó los ataques contra la moneda única, y a pesar de adoptar medidas expansivas alejadas de la ortodoxia que define a la institución, el BCE no ha conseguido cumplir su principal objetivo: que la inflación se aproxime al 2%, como claro indicador de que la eurozona ha recuperado la senda del crecimiento. Y ahora pide ayuda. Lo hizo en el Foro Económico de Bruselas organizado por la Comisión Europea el pasado día 9 en la capital belga.

A Draghi le pesa la impaciencia de los agentes económicos, para quienes los efectos de su ultralaxa política monetaria tardan en llegar: “La política monetaria no existe en el vacío”, afirmó. Aunque sea independiente, el Banco Central Europeo es “interdependiente”, añadió. Draghi reclamó un cambio de signo de las políticas de consolidación fiscal, basadas en su mayoría en la subida de impuestos. Pidió coraje político para acometer una nueva tanda de reformas estructurales que liberalicen sectores protegidos y allanen el terreno para crear empleo a medio y largo plazo. Y apostó por impulsar la inversión en sectores claves como la energía o las nuevas tecnologías. Todo ello con el propósito de que Europa, dedicada en los últimos años a solventar la crisis del euro y de la deuda soberana y a sanear su banca, aún frágil pese a todo, oriente sus recursos y esfuerzos a recuperar la competitividad perdida. “Hay muchas razones políticas para aplazar las reformas estructurales, pero muy pocas buenas razones económicas para hacerlo. El coste de seguir retrasándolas es simplemente demasiado alto”, sentenció el presidente del BCE.

Nuevo mantra económico

“Reformas estructurales 2.0”, “crecimiento incluyente”, “competitividad”… Es el nuevo mantra adoptado por la Comisión Europea. Ya no se habla de recortes o de consolidación fiscal. Aunque haya algunos países miembros, como España o Portugal, que se han alejado alarmantemente de sus objetivos de reducción del déficit. Eso ya no parece ser lo que preocupa. En el que se supone el evento económico anual más importante del Ejecutivo europeo, donde se dan cita políticos, empresarios, académicos y representantes de la sociedad civil —y donde hubo una clamorosa ausencia de delegados españoles entre los cerca de 30 conferenciantes y panelistas—, la Comisión recogió el guante lanzado por Mario Draghi. Decidida a pasar la página de la crisis y los impopulares recortes, propuso varias medidas para consolidar el frágil crecimiento y recuperar la competitividad.

“Las políticas antipopulares son la mejor fábrica de populistas”, afirma Euclid Tsakalotos

Además del ya conocido Plan Juncker de inversiones, que, según los datos facilitados, ha conseguido movilizar hasta ahora 100.000 millones de euros, entre dinero público y sobre todo privado, de los 315.000 previstos para tres años, la Comisión propone a sus 28 miembros actuar en tres frentes: adoptar una segunda generación de medidas estructurales, avanzar en la arquitectura institucional europea para mejorar su gobernanza y responder mejor a futuras crisis, y aprender de los errores de los planes de ajuste impuestos a los países más afectados por la crisis. Unos esfuerzos que, como reconocieron varios de los participantes, tienen que vencer dos grandes obstáculos: el creciente euroescepticismo, alimentado por los populismos de los partidos más radicales de la derecha y la izquierda europeas, que quieren recuperar la soberanía cedida a Europa, y la posible salida de Reino Unido de la UE.

La paradoja del euro

La paradoja, como señaló el gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, es que, a pesar de ese creciente euroescepticismo, el apoyo al euro sigue siendo mayoritario. En España, por ejemplo, solo un 47% de los encuestados por Pew Research dice apoyar la pertenencia a la Unión Europea. Son datos publicados hace unos días. En 2007, antes de que empezara la crisis, lo hacía un 80%. Aunque no gustan las instituciones que lo amparan, el euro, sin embargo sigue contando con un apoyo mayoritario (61% en España y una media del 75% en el resto de Europa según el último Eurobarómetro). Ante esta dicotomía, la Comisión busca la manera de “hacer de nuevo popular a Europa y vencer a los populismos”, en palabras de su comisario de Economía y Finanzas, Pierre Moscovici.

El socialista francés presentó un plan de reformas que aspira a devolver a Europa la competitividad perdida y conseguir que el crecimiento, tras los arrasadores efectos de la austeridad, sea socialmente “incluyente”. “Para luchar contra el persistente débil crecimiento, la inflación cercana al 0% y el alto desempleo, necesitamos combinar políticas estructurales, fiscales y monetarias”, explicó Moscovici.  En su opinión, la crisis no solo ha debilitado la demanda agregada, también “ha rebajado el potencial de crecimiento de la UE”. Y eso es motivo de preocupación. La inversión, pública y privada, que condiciona efectivamente ese potencial, sigue por debajo de los niveles anteriores a la crisis.

Hasta ahora el foco de las reformas se ha puesto en la devaluación interna (la reducción de los salarios) para recuperar competitividad vía precios, esfuerzo al que la depreciación del euro frente al dólar ha contribuido sobremanera. Pero ahora, en opinión de Moscovici, toca invertir en el capital humano y en el desarrollo y la innovación. “Las reformas no deben tratar solo de flexibilizar el empleo y moderar los salarios, sino de formar a los parados y fomentar el empleo vocacional.” La palabra clave para las nuevas reformas estructurales 2.0 es “productividad”. ¿Por qué? “Porque una mayor productividad trae mayor prosperidad”, afirmó Moscovici. Y concluyó: “Estamos embarcados en la recuperación y hay que dar por concluidas las reformas 1.0. Es hora de que la gente se sienta orgullosa de las reformas promovidas por Europa”.

La discordancia griega

La nota disonante a este diagnóstico, compartido por la mayoría, la puso el ministro griego de Finanzas. Euclid Tsakalotos, doctor por la Universidad de Oxford, lanzó, en un inglés deslumbrante, algún que otro dardo a los asistentes: “¿Segunda generación de reformas?”, se preguntaba. “La respuesta es sí.” Todos los economistas están de acuerdo en que la globalización es algo bueno, dijo, “pero la cuestión es cómo se reparten los beneficios de la misma”. En su opinión, alejada del tono aleccionador de su predecesor, el mediático Yanis Varufakis, las reformas 1.0 han tenido efectos buenos y malos. “La clave está en encontrar el equilibrio: las políticas para flexibilizar los mercados laborales y aumentar la productividad necesitaban de políticas sociales que compensaran sus efectos, y no las ha habido”. Y añadió: “Creo que no podemos tener solo criterios macroeconómicos para medir la integración económica europea, hay que usar valores que tengan también en cuenta la inclusión social, como el índice Gini de igualdad”.  En su opinión, las políticas antipopulares como las que se han adoptado en esta crisis son “la mejor fábrica de populistas”. Para Tsakalotos, “solo se puede hacer frente al populismo con una Europa más social y democrática.”

Sabe de lo que habla. Grecia, aún dependiente de los préstamos de la troika y sin visos de poder volver a pedir prestado en los mercados internacionales, ha visto su PIB reducido un 25% desde 2008 y su deuda, lejos de reducirse, como estaba programado, sigue subiendo y supera ya el 175% del PIB. Un fracaso en toda regla. Y aun así continúa el proceso de “extender” los préstamos para “pretender” que la situación está bajo control. Solo el FMI se ha atrevido a decir que la solución pasa por hacer una quita de la deuda. Su propuesta ha caído de momento en saco roto.

A pesar del creciente euroescepticismo, el apoyo al euro sigue siendo mayoritario en la ciudadanía europea

Para complicar un poco más las cosas, Jens Spahn, mano derecha de Wolfgang Schäuble, el temido ministro de Finanzas alemán, introdujo otro elemento. Según él, el gran problema en Europa ahora mismo es la situación de la banca. La combinación de unos tipos de interés cercanos a cero para intentar relanzar la economía, junto con unos requerimientos regulatorios más estrictos, ha reducido la rentabilidad. El valor de los bancos cae a diario en las bolsas europeas al tiempo que se anuncian nuevas reestructuraciones, como hizo el Santander hace poco. La delicada situación del sector, clave en la transmisión de la política expansiva del BCE, puede volverse en contra de los esfuerzos de la autoridad monetaria.

Keynesianismo liberal

De ahí que, ante la falta de crédito pese a todos los esfuerzos de la autoridad monetaria, el Banco Europeo de Inversiones (BEI), “a modo de banco público”, en palabras de su presidente, el alemán Werner Hoyer, haya tomado el relevo para financiar la iniciativa pública y privada en la UE. El brazo ejecutor del Plan Juncker ha aprobado ya la financiación de 64 grandes proyectos de innovación y de infraestructuras (seis en España) y alcanzado más 185 acuerdos para cofinanciar 141.800 start-ups y pequeños proyectos en toda Europa.

El discurso parece estar cambiando en Europa. La necesidad de no perder el tren de la competitividad frente a Estados Unidos y otros socios comerciales aprieta. Según la OCDE, en la eurozona la inversión total ha caído un 15,6% entre 2008 y 2015. El foro económico aprovechaba para rendir homenaje al prestigioso economista italiano Tommaso Padoa-Schioppa, ministro de Economía con Prodi, que se autodefinía keynesiano pero liberal y que ocupó puestos de relevancia en el Banco Central de Italia, el FMI y fue comisario europeo. Padoa-Schioppa hubiera escuchado con agrado el cambio de tono de las autoridades europeas. Que la austeridad haya desparecido de la agenda y que la haya sustituido la inversión pública en forma de Plan Juncker encaja con su legado keynesiano. La nueva generación de reformas, con su lado liberal. Ambas son compatibles. En manos de Europa está gestionar las dos con acierto.

Brexit: salir de la UE y empezar de cero

Victoria Carvajal
Desde el anuncio de la convocatoria del referéndum, la moneda británica ha llegado a perder un 15% de su valor. Aunque los partidarios de abandonar la UE argumenten que esta depreciación los favorece, fue precisamente la devaluación y finalmente la expulsión de la libra del Sistema Monetario Europeo (el embrión del euro), bajo el gobierno de John Major en 1992, lo que supuso una humillación tal que ha servido para alimentar desde entonces el sentimiento antieuropeo dentro del Partido Conservador.

La salida de Reino Unido de la UE y, por tanto, del mercado común supondría tener que negociar de cero los acuerdos comerciales con el bloque europeo y con los socios comerciales de Bruselas, como EE.UU. Una cuestión no menor, pues el 45% de los bienes y servicios que produce Reino Unido se exporta a países de la UE (mucho más que el 16% que exportan los 27 miembros restantes de la UE a Reino Unido). Su siguiente mercado es EE.UU. (11%). Una vez fuera de la UE y según las reglas de la OMC, si los británicos quieren mantener un arancel cero para sus exportaciones a la UE, y a falta de un acuerdo específico con esta, deberán aplicar el mismo arancel a las importaciones no solo de la UE sino de todos los terceros países. La cuestión clave para Reino Unido es cómo asegurarse ese acceso al mercado común, especialmente para vender los servicios financieros de la City y que representan cerca del 22% del PIB británico. Y nada apunta a que la UE, preocupada por el efecto contagio en otros países miembros donde crece también el euroescepticismo, esté dispuesta a hacer inmediatas excepciones en este sentido.

Tampoco parece que lo vaya a hacer EE.UU.  De ahí el polvorín que levantó la reciente visita a Reino Unido del presidente estadounidense. Barack Obama les dejó claro a los británicos que salir de la UE les pondría al final de la cola para renegociar unos tratados comerciales en términos similares a los existentes entre la UE y EE.UU., y les advirtió de que tardarían 10 años en conseguir que “algo” ocurriera en ese frente. Las empresas estadounidenses tienen inversiones por valor de 558.000 millones de dólares y emplean a 1,2 millones de personas en Reino Unido. Perder la puerta de entrada a la UE de sus servicios y productos cambiaría inevitablemente el atractivo de estas inversiones. La advertencia de Obama no es un farol.