25/4/2017
Análisis

El declive de la socialdemocracia: ¿crisis de oferta o problema de demanda?

Los votantes socialistas son hoy más heterogéneos, están más divididos, defienden intereses mucho más diversos y tienen más obstáculos para articular colectivamente sus demandas

El declive de la socialdemocracia: ¿crisis de oferta o problema de demanda?
El líder del SPD, Sigmar Gabriel, el presidente francés, Francois Hollande, el presidente alemán, Joachin Gauck, y, detrás, el presidente del Europarlamento, Martin Schulz. Sean Gallup / Getty
La mayor parte de las interpretaciones sobre la crisis de la socialdemocracia contemporánea suelen concluir, de forma implícita o explícita, que el problema es esencialmente “de oferta”. La socialdemocracia está en crisis porque ha dejado de ofrecer algo atractivo para las capas de población que la votaban en el pasado. Una primera versión de esta explicación (a mi juicio la intelectualmente más perezosa de todas): se trata de una crisis “de liderazgo”. Los partidos socialistas pierden votantes, representantes y gobiernos porque hay un déficit de talento en sus cúpulas, no hay líderes tan preparados y hábiles como los prohombres (sí, apenas había mujeres) del pasado. Las causas del déficit actual son varias, pero la mayor parte de los analistas acaban citando los opacos y disfuncionales procesos de selección y promoción interna de los partidos modernos: ¿cuántas veces hemos escuchado aquello de que “no ascienden los más aptos, los más capacitados, sino los que no tienen prometedoras carreras laborales fuera de la política”? Como los líderes que llegan son mediocres, el mensaje socialdemócrata no llega con suficiente fuerza a los votantes, que van progresivamente abandonando el barco elección tras elección. Si eso fuera todo, bastaría con sustituir los políticos de ahora con otros mejores. Háganse, por tanto, las gestoras, oposiciones, o concursos de méritos que hagan falta. Si la crisis es de líderes, cambiémoslos, y problema solucionado.

El argumento de la crisis “de liderazgo” pasa por alto que no parece que en la edad de oro de la socialdemocracia los líderes se eligieran de manera más meritocrática que en la actualidad, que la variedad de modos de elección de líderes con la que los partidos socialistas experimentan en la actualidad (primarias abiertas, cerradas, con diferentes grados de influencia de los cuadros, militantes y votantes…) no parecen corregir su declive y, sobre todo, que si el problema es solo de líderes, es curioso que cueste tanto encontrar partidos socialdemócratas que no hayan logrado resolver este problema. Aunque fuera solo por casualidad, entre tanto partido socialdemócrata y tanta sucesión de líderes, ¡algún líder más o menos homologable a los del pasado tendría que haber aparecido ya! 

¿De dónde sacar los recursos para corregir la desigualdad si los votantes exigen pagar menos impuestos?

Otros analistas son escépticos respecto a la centralidad de los líderes en la explicación de la crisis de la socialdemocracia, y hacen más énfasis en la carencia de ideas. Para estos, el problema sigue siendo “de oferta”, pero no de personas, sino de proyecto, o, como se ha puesto de moda decir entre los comunicólogos, de “relato”.  Es la ausencia de una visión clara de futuro sobre cómo ha de ser la sociedad que la socialdemocracia aspira a crear lo que provoca que los programas de gobierno con los que los partidos socialistas concurren a las elecciones sean percibidos como erráticos, paquetes de medidas más o menos bienintencionadas, más o menos practicables, más o menos coherentes entre sí, pero sin un objetivo final claramente definido. A diferencia de la sociedad igualitaria y del Estado “asegurador de riesgos” que prometía la socialdemocracia clásica, los partidos socialistas hoy tienen dificultades para presentar un modelo de sociedad que aspiran construir. ¿Exactamente, cómo quieren los socialdemócratas que seamos? ¿Existe algún ejemplo en el que fijarnos? Difícil entusiasmar a la ciudadanía en las elecciones si el conjunto de políticas con las que se construye el programa electoral no sirven para proyectar una imagen clara de la sociedad que se aspira a construir.

Restricciones por el euro

Otros defienden la tesis de que este problema “de oferta” se ve además agravado por el contexto institucional y económico actual, que restringe de manera notable el margen de maniobra político de los gobiernos nacionales. Estas limitaciones en la capacidad de proponer políticas son especialmente agudas en el grupo de países que se han incorporado a la moneda única y que con ella han adoptado las reglas de gobernanza asociadas a la Unión Económica y Monetaria. Existe un debate muy relevante sobre en qué medida estas limitaciones impiden diferenciar de forma creíble las propuestas socialdemócratas respecto de las de los partidos liberales o conservadores moderados,  y es indiscutible que a los ojos de muchos votantes las políticas económicas de la izquierda y la derecha han sufrido un acelerado proceso de convergencia en los últimos años. Pero es importante recordar que aquellos países con supuestamente menos ataduras institucionales, como los que están fuera del euro, no han logrado esquivar la crisis de la socialdemocracia: también allí los votantes dan hoy más la espalda a los partidos socialistas que en el pasado.

Las interpretaciones “de oferta” son muy populares por dos motivos. Primero, porque satisfacen nuestra necesidad de identificar responsables claros, a veces hasta con nombres y apellidos. Y segundo, porque apuntan hacia soluciones más o menos factibles: cambiar de secretario general, contratar nuevos expertos en marketing que construyan mejores “relatos” y organizar infinidad de seminarios y mesas redondas sobre el futuro de la socialdemocracia con la esperanza de que en alguna de ellas alguien dé con la varita mágica de las ideas que saquen a los partidos socialistas de su declive.

Pero ¿y si los problemas de la socialdemocracia no tienen que ver tanto con la incapacidad de sus cuadros de ofrecer algo atractivo a su electorado, sino con el hecho de que ese electorado es hoy más difícil de atraer por un único proyecto de transformación social? ¿Y si el problema no es “de oferta”, sino “de demanda”?

Hay varios motivos por los cuales la “demanda” de políticas socialdemócratas puede que esté dañada hoy de manera estructural: los sindicatos, tradicionales proveedores estables de votos a los partidos socialdemócratas, son cada vez más débiles y están más fragmentados, en parte como consecuencia de las transformaciones posindustriales de nuestras economías. Las carreras laborales de los individuos son más inestables, los centros de trabajo están más atomizados, la polarización salarial es mayor y las condiciones laborales de los trabajadores menos cualificados, más precarias y vulnerables a la integración internacional de los mercados de bienes y a la movilidad de los factores de producción. En resumen, los votantes tradicionales de la socialdemocracia son hoy mucho más heterogéneos, están mucho más divididos, defienden intereses mucho más diversos y tienen muchos más obstáculos para articular colectivamente sus demandas. Será complicado que compren un mismo programa político.

Es momento de pensar en cómo lograr que amplios sectores compartan una política que priorice la igualdad

A la mayor heterogeneidad de las bases sociales tradicionales de la socialdemocracia se le suma una dificultad añadida: las políticas sociales con las que la socialdemocracia tradicionalmente ha protegido los intereses de sus votantes no solo no mitigan, sino que puede que hoy sirvan incluso para exacerbar muchas de esas diferencias, particularmente en un contexto de bajo crecimiento y fuertes restricciones fiscales. ¿Es posible atender a las nuevas desigualdades (familias monoparentales, jóvenes precarios, pobreza infantil…) sin tocar las grandes partidas de gasto como pensiones o subsidios al desempleo para los trabajadores con trayectorias laborales estables? ¿En qué medida se pueden reorientar las políticas públicas para atender las necesidades de los grupos que hoy están desatendidos sin dejar de atender a los tradicionales beneficiarios de las partidas “clásicas” del Estado del bienestar? ¿De dónde extraer los recursos necesarios para corregir las nuevas desigualdades si una parte de tus votantes  exigen pagar cada vez menos impuestos?

‘Insiders’ y ‘outsiders’

En un trabajo académico publicado hace tres años, los politólogos Johannes Lindvall y David Rueda (“The Insider-Outsider Dilemma”, British Journal of Political Science, 2013) discuten cómo las demandas contradictorias procedentes de diferentes grupos de electores a los que los socialdemócratas aspiran a representar crean un dilema electoral para estos partidos. Si desatienden a los trabajadores precarios, los excluidos, los desempleados (los que la literatura sobre el mercado de trabajo llama outsiders), es posible que emerjan nuevos partidos radicales que aspiren a representar a estos votantes. Si por otra parte desprecian las demandas de los trabajadores estables, con mayores ingresos, de mayor edad (los insiders), muchos de estos votantes, que han sido el caladero natural de los partidos socialdemócratas, estarán tentados de votar por partidos más a la derecha que tengan en el centro de su agenda la estabilidad del orden social existente. Lindvall y Rueda argumentan que el programa pro-insiders de los socialdemócratas suecos en los años 90 explica la aparición de nuevos competidores en la izquierda en ese periodo, y que los intentos de los socialdemócratas por reorientar sus propuestas hacia los intereses de los outsiders en la década siguiente hizo emigrar a muchos de sus antiguos votantes hacia los partidos de centro y de derecha, lo que supuso que la socialdemocracia sueca permaneciera en la oposición ocho años, lo que no ocurría desde principios de siglo XX.

El conflicto entre insiders y outsiders en el mercado de trabajo no es el único que divide a los grupos de votantes que la socialdemocracia necesita convencer para volver a tener los porcentajes de voto del pasado: cuanto más peso tienen en la agenda los debates sobre inmigración, cosmopolitismo o apertura económica, más contradictorias son las demandas políticas de los sectores que antes votaban socialista. Tomemos un ejemplo reciente: Brexit. Es cierto que los laboristas británicos son el primer partido en algunas de las áreas más cosmopolitas del país donde la opción de permanecer en la Unión Europea ganó holgadamente (Londres, Manchester). Pero no es menos cierto que los partidarios de salir de la UE ganaron en dos de cada tres distritos uninominales ganados por los laboristas en las elecciones de 2015. ¿En qué medida existe un discurso capaz de competir exitosamente contra el nacionalismo xenófobo de UKIP en el norte de Inglaterra pero que siga siendo atrayente para los votantes laboristas cosmopolitas de las grandes ciudades?

Así pues, es posible que la socialdemocracia esté en crisis no porque le falten líderes, falle el relato o esté escasa de ideas, sino porque la estructura social y económica que generaba amplias solidaridades de clase entre segmentos muy diferentes de población y que proporcionaba altas tasas de fidelidad de voto a los partidos socialistas hoy no existe. Igual es el momento de dejar de quejarse de la falta de carisma de los líderes actuales y de abandonar la búsqueda efímera del santo grial programático que devuelva a la socialdemocracia el 40% de los votos. Quizá es el momento de empezar a pensar en qué políticas contribuyen a reconfigurar la sociedad de tal manera que amplios segmentos de población puedan compartir una misma agenda política que priorice la defensa de la igualdad económica. No es una tarea nada fácil, pero si los problemas de la socialdemocracia contemporánea tienen menos que ver con la ausencia de una oferta programática atractiva, y más con la debilidad estructural de una demanda social de políticas igualitarias, puede que esa sea la estrategia socialdemócrata más sensata en el medio plazo.