22/8/2019
Política

La resistencia de los partidos tradicionales

Las nuevas formaciones tienen problemas para fidelizar a sus votantes, mientras que las viejas disponen de una identidad colectiva que les permite mantener apoyos en contextos de cambio

La resistencia de los partidos tradicionales
Una mujer prepara su voto el 26-J en una cabina de un colegio de Moncloa-Aravaca . JOSé JORDAN / AFP / Getty
El 26 de junio el Partido Popular obtuvo 7,9 millones de votos, casi 700.000 más que en las últimas elecciones. Fue el único partido parlamentario junto a Esquerra Republicana de Catalunya que, pese a la notable caída en participación, logró obtener más votos que en diciembre. El Partido Socialista, por su parte, pese a los augurios que le situaban en tercera posición o incluso apuntaban a una “pasokización” inminente, perdió solo un 2% del número de votos del 20-D, lo que se tradujo en un ligero crecimiento (siete décimas) en porcentaje de voto válido.

En las elecciones de 2015, la suma de los dos principales partidos logró in extremis sumar más del 50% de los votos (50,7). El domingo pasado el 55,7% de los votantes eligió papeletas de uno de los dos principales partidos del país. ¿Qué ha pasado en estos seis meses que ha fortalecido a los partidos tradicionales? ¿Marcan las elecciones del 26-J una nueva tendencia hacia la recuperación del famoso bipartidismo?  ¿Y, en concreto, cómo es posible que el Partido Popular, a pesar del desgaste, haya logrado tener el apoyo de un 10% más de votantes que los que tuvo hace seis meses?  Pocos días después de las elecciones, es imposible ofrecer respuestas contundentes a estas cuestiones, por lo que todo lo que sigue a continuación ha de tomarse mejor como especulaciones más o menos informadas que como conclusiones cerradas.

La economía

Una primera explicación del éxito del PP el 26-J podría tener que ver con la consolidación durante este último año de la recuperación económica. Aunque estos últimos seis meses no deberían cambiar en lo sustantivo el legado económico del Gobierno de Rajoy, el consenso entre los politólogos es que los votantes tienden a ser miopes a la hora de evaluar la situación económica cuando acuden a las urnas: pesa mucho más la información reciente que la pasada. Esto podría hacer que, dado que en junio de 2016 llevábamos ya un año encadenando tasas de crecimiento interanual por encima del 3%, los votantes podrían tener menos motivos para castigar al PP por su desempeño económico. Sin embargo, los datos de encuesta siembran dudas acerca de esta posibilidad. Primero, porque las series de confianza en la economía del CIS han mostrado no una mejora, sino un deterioro en este tiempo: de diciembre a mayo (el último barómetro disponible), los españoles que evalúan la situación económica como muy mala ha aumentado en ocho puntos (del 30 al 38%). Y se han vuelto además mucho más pesimistas acerca del futuro: cuando les preguntaban en diciembre por cómo creían que sería la situación económica a un año vista, un 28% creía que sería mejor y solo un 12 % creía que peor. En mayo de 2016, esa diferencia se ha evaporado: un 17% cree que de aquí a un año la situación económica será mejor, y un 19% cree que será peor. Resulta pues difícil atribuir al mecanismo del “voto económico” la responsabilidad del aumento de apoyos al PP cuando la evidencia apunta a deterioro de la percepción de la situación económica por la ciudadanía en los primeros meses de 2016.

La recuperación va por barrios

Una versión algo más sofisticada de la tesis de que la recuperación económica podría ser causante del 33% de voto obtenido por el PP es que determinados grupos de votantes —quizá los más afines ideológicamente al partido del Gobierno— estén notando más la mejoría del contexto económico que otros: la recuperación igual va por barrios, como se dice popularmente. Pero de nuevo los datos no parecen dar apoyo empírico a esta suposición: en la encuesta preelectoral del CIS de diciembre, un 46% de los que votaron al PP en las elecciones generales anteriores calificaban la situación económica de España de mala o muy mala. En la preelectoral de 2016, esa cifra asciende hasta el 54% (y eso que los votantes del PP en la preelectoral de 2015 incluyen a los votantes de Rajoy de 2011 que le dieron la espalda el 20-D, con lo que sería esperable que fueran más críticos con la gestión del Gobierno).

Los votantes del PP tienden a exonerar a su partido de la situación econ´omica y de la parálisis política

Que la evidencia no apunte a que la mejora económica durante esta efímera legislatura no esté detrás del incremento de apoyos al partido del Gobierno no quiere decir, por supuesto, que la economía sea totalmente irrelevante: con toda seguridad un parón en la economía y un hipotético aumento del desempleo hubiesen dañado enormemente su imagen. Pero dado que las circunstancias no han cambiado sustancialmente entre diciembre y junio (y en todo caso, ha sido a peor) resulta muy problemático atribuir el crecimiento del PP a la recuperación prolongada, tan celebrada por el Gobierno.

¿Y si en lugar de la situación económica la clave estuviera en la percepción de la situación política? En cierto sentido, esa ha sido la baza que ha jugado en buena medida el PP en la campaña: durante estos meses en los que la iniciativa política ha estado en manos de los restantes tres partidos nada se ha logrado, ni siquiera investir a un nuevo presidente. La comparación entre las encuestas preelectorales de diciembre y de junio es aquí también ilustrativa: antes de las elecciones de 2015, un 68% creía que la situación política del país era mala o muy mala. Antes de las de 2016, era ya un 80%. La diferencia fundamental es que la atribución de responsabilidades es ahora discutible. Así, los votantes populares, que son abiertamente críticos (un 68% de ellos creen que la situación política es mala o muy mala), tienden a exonerar a su partido.

Un dato curioso es que el electorado popular es el que tiene una visión más positiva de la actuación de su partido en las negociaciones de los últimos meses: mientras que un 32% de los votantes del PSOE, un 23% de los de Podemos y otro 23% de los de Ciudadanos valoran como mala o muy mala la actuación del partido al que votaron, solo un 17% de los votantes populares evalúan a su partido negativamente. Tenemos pues algunos indicios para una posible explicación: mientras que las negociaciones sirvieron para desgastar a los otros tres grandes partidos, que fueron en última instancia percibidos por el electorado como corresponsables de su fracaso, el PP logró salir indemne de todo este proceso y culpar de ello a los demás partidos. El previsible aumento de la preocupación por la parálisis política en una parte de los votantes regaló un activo electoral al PP.

Brexit y corrupción

A día de hoy solo podemos especular sobre las consecuencias de la victoria del Brexit en el referéndum británico celebrado a solo cuatro días de las elecciones. Pero es fácil imaginarse cómo un evento que hace que los votantes tengan más en consideración la incertidumbre política —esta vez en el plano internacional, pero con evidentes repercusiones nacionales— puede contribuir a reforzar al partido en el Gobierno en la misma dirección que la señalada antes. Cuanto mayor sea la preocupación por la inestabilidad, más atractivo se hace —al menos para determinados votantes— el partido menos asociado con la parálisis sufrida durante los últimos meses.  

Puede que resulte sorprendente que estas consideraciones tengan más peso que la persistencia de casos de corrupción o la pésima imagen que tiene su líder en la opinión pública. Pero todos estos factores ya estaban descontados el 20-D. ¿Es razonable pensar que alguno de los escándalos de estos meses cambiara el juicio de los votantes, después de lo que hemos conocido durante la legislatura pasada? Probablemente no. Y sobre la tesis de que los españoles no castigamos este tipo de conductas, yo sería algo más cauteloso: el Partido Popular perdió más apoyos en diciembre de 2015 que el PSOE en la histórica debacle de 2011. Y la recuperación del pasado domingo solo atenúa muy levemente esa pérdida estructural de votos. Después de todo, tras el 26-J el PP sigue teniendo tres millones de votos menos (una caída de un 27%) que en noviembre de 2011.

La resistencia socialista

Casi tan llamativo como el crecimiento en votos y escaños del PP es la resistencia del electorado socialista. A pesar del fracaso de su intento de formar gobierno, de la compleja situación interna, de la polarización asociada a la campaña y la incertidumbre ante la política de coaliciones que seguirían sus líderes tras el 26-J, el PSOE ha logrado mantener sus apoyos y permanecer como el segundo partido en votos y escaños.

De nuevo, es pronto para extraer conclusiones, pero un dato interesante es que algunos de los sesgos que caracterizaron el voto al PSOE el 20-D (que resistía mejor en municipios pequeños y en las comunidades autónomas del suroeste español) han disminuido, en un clásico proceso de “reversión a la media”. Es un fenómeno estadístico bien conocido: resultados extraordinarios en una dirección tienden a ser seguidos por resultados que corrigen esas desviaciones en la dirección contraria. Así, el 26-J el PSOE perdió votos en el municipio medio menor de 50.000 habitantes, pero creció (ganó en media casi un 5% de votos respecto a los votos de diciembre) en las ciudades de más de 200.000. Y si comparamos por comunidades autónomas, las únicas en las que el PSOE tiene un porcentaje de votos más bajo que en diciembre son las del sur peninsular: Extremadura, Castilla-La Mancha, Andalucía y Murcia.

El PSOE perdió voto en municipios pequeños, pero lo ha ganado en ciudades de más de 200.000 habitantes

Que el PSOE haya sufrido esta regresión a la media es síntoma de su capacidad de recuperación incluso en aquellos entornos en los que la competición con los nuevos partidos le había relegado al tercer o incluso cuarto puesto en las elecciones pasadas. En las encuestas previas a las elecciones ya era fácil detectar algunos indicios de esta capacidad de resistencia del votante socialista: percibía cada vez como más distante a Podemos, y aunque una parte de sus votantes compartía con el partido de Pablo Iglesias cierta afinidad ideológica, eran cada vez más los que declaraban que nunca votarían por él. Es cierto que en este ciclo electoral el PSOE está en unos niveles históricamente bajos, pero ha logrado estabilizar a su electorado en un contexto de alta volatilidad.

Acabo con dos cuestiones finales. La primera: ¿hay algún punto en común en el éxito relativo de los partidos tradicionales el 26-J? Una de las posibles enseñanzas que nos acabe dejando la votación del domingo es que los nuevos partidos tienen problemas para fidelizar a sus votantes. Los partidos tradicionales tienen aquí una ventaja: disponen de una identidad colectiva (que se manifiesta en afinidad con ciertos líderes, discursos y visiones del mundo) que los nuevos, a día de hoy, están todavía construyendo. En ciertos momentos, esta identidad puede imponer rigideces y actuar como un lastre para el partido, pero en otros proporciona un importante recurso para mantener un cierto nivel de apoyos en contextos de cambio.

Los nuevos crean su identidad

Y la segunda: ¿significa esto que el sistema de dos partidos hegemónicos tocó fondo en 2015 y veremos a partir de ahora un retorno al equilibrio bipartidista que caracterizó la competición política en las últimas décadas? Nada está escrito, pero creo que habría que ser algo escéptico respecto de esta lectura. Primero, porque los partidos nuevos se han consolidado entre grupos de votantes que siguen resultando de difícil acceso para los partidos tradicionales. Y segundo, y quizá más importante, porque gracias a los excepcionales niveles de apoyo que han logrado los partidos nuevos en sucesivas convocatorias electorales (pese a la caída de Podemos y Ciudadanos nunca habíamos tenido tercer y cuarto partidos tan grandes) es muy posible que estén creando esas identidades partidistas entre sus votantes afines que, como hemos visto en los partidos tradicionales, pueden ser claves para sobrevivir a la competición política en el largo plazo.