27/5/2020
Economía

El gran salto

Las exportaciones españolas de bienes acumulan un fuerte crecimiento 30 años después de la entrada en Europa

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Las buenas noticias no son noticia, dice una máxima periodística no escrita. Sin embargo, en el año en que se conmemora el 30 aniversario de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, el espectacular éxito del sector exterior español obliga a quebrantar esa regla. Las exportaciones de mercancías crecieron un 2,4% en los dos primeros meses de 2016 y el año pasado superaron los 250.000 millones de euros, rozando ya el 25% del tamaño de la economía española —el 34% si se incluyen las exportaciones de servicios—. La apertura comercial —sumando importaciones de mercancías y servicios— supera el 75% de la economía. La tasa de cobertura —que mide la relación entre las importaciones y exportaciones— subió hasta el 91,2% en 2015. Por cada 100 euros importados se exporta por valor de 91.

¿Quién dijo fácil?

La adhesión, sin embargo, fue dura en los primeros años. Al principio las importaciones de mercancías se dispararon y la cobertura comercial se hundió desde el 81% en 1985 al 61% en 1989. Pero a mediados de los 90 se recuperó el 80% de cobertura, según un estudio de Josep María Jordán, catedrático de Economía de la Universidad de Valencia. La mayor parte de este crecimiento se ha producido la última década, más del 35% desde 2006. En 2007 —antes de la última crisis— la cobertura comercial era del 65% y las exportaciones de mercancías representaban apenas el 19% del producto interior bruto.

Hoy son 147.000 las empresas que exportan, cuando hace una década eran 97.000, según la Secretaría de Comercio

Hasta mediados de los años 80 del siglo pasado pocas empresas exportaban. Algunos economistas y empresarios preconizaban que la entrada en Europa sería una especie de suicidio programado para las empresas españolas. Era habitual entonces recibir premios de la Administración por exportar, algo que hoy parece exótico. Y también era frecuente recurrir a la exportación cuando no se vendía lo suficiente dentro del país y abandonarla cuando las ventas en España mejoraban. Ayudaban a esto las devaluaciones de la peseta (siete desde la superdevaluación del 40% en 1959, que situó el dólar a un cambio de 60 pesetas). Las devaluaciones servían para ganar competitividad de forma artificial  abaratando la moneda. La exportación también tenía el incentivo de la desgravación fiscal, que permitía pagar menos impuestos. No faltaron picarescas para beneficiarse de ella, como pasó en el caso Matesa, destapado en 1969 en medio de una batalla entre azules y tecnócratas opusdeistas dentro del régimen franquista.

Tras la etapa de aislamiento y poca competitividad de la posguerra, el primer propulsor de las exportaciones fue el Acuerdo Preferencial con Europa de 1970, que redujo aranceles por ambos lados. España era una autarquía. Había intentado entrar en el Mercado Común unos años antes pero no pudo al no ser un país democrático. El ingreso de verdad se pidió en julio de 1977, al mes de las primeras elecciones democráticas. Ocho años después, en julio de 1985, tuvo lugar la firma de la adhesión. En 1986 empezaron a desaparecer los cupos y a caer las barreras arancelarias. La mayoría cayeron por ambos lados en los siete años posteriores.

Europa, destino principal

Hoy en día, vender fuera es una práctica generalizada. Hay 147.000 empresas que exportan cuando hace una década eran 97.000, según el censo de la Secretaría de Estado de Comercio. Pero hay un dato más significativo: las que exportan de forma habitual (durante cuatro años seguidos como mínimo, a tenor del criterio que utiliza la Secretaría de Comercio) son 47.782, un 23% más que hace una década. Las firmas españolas se han convertido en las séptimas de Europa en volumen de exportación. Por detrás de Alemania, Holanda, Francia, Reino Unido, Bélgica e Italia y por delante de los otros 21 países europeos, según Eurostat. El grueso de las exportaciones se concentra en Europa (el 70,5%) y en cuatro sectores: maquinaria; automóvil; alimentación, bebidas y tabaco; y productos químicos, que suman el 65% del total. Casi el 60% de las ventas al exterior proceden de cuatro comunidades: Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid y Andalucía.

Algunos han recalcado que la depreciación del euro ha contribuido al impulso de las exportaciones en los últimos años. Pero suele olvidarse que el 50,4% de las ventas españolas van a los otros 18 países del euro, donde las oscilaciones de la moneda no tienen ninguna incidencia en este sentido. El segundo y tercer mercado exterior de las empresas españolas son Latinoamérica y Estados Unidos, donde se dirigen el 11% de las ventas de mercancías. El resto se reparten por muchos países, entre los que destacan Marruecos, China, Japón y el área de Oriente Medio.

También hay puntos débiles. Uno es la venta de productos de alta tecnología. Aunque ha habido un incremento notable de la capacidad para exportar tecnología y las ventas al exterior han crecido el 54% en la última década (12.391 millones el año pasado), las importaciones tecnológicas son muy superiores (21.873 millones, con una cobertura de solo el 57,7%).

Impacto sobre el empleo

¿Cómo ha afectado el salto exportador al empleo? Según la Comisión Europea, 1,3 millones de empleos están directamente ligados a la exportación en España. Pero en contra de la creencia de que las exportaciones crean empleo neto en el país que las hace mientras que las importaciones equivalen a crearlo fuera, la disminución del déficit comercial no ha evitado que el paro se haya disparado en España por encima del 15% e incluso del 20% en varios periodos como el actual.

Las firmas españolas se han convertido en las séptimas de Europa en volumen de exportación, según datos de Eurostat

Diversos ejemplos demuestran que el nivel de desempleo tiene que ver más con otros factores que con el superávít comercial o por cuenta corriente: las reformas laborales que no han funcionado, la baja productividad y la capacidad tecnológica. Si no fuera así, países con gran peso exportador y con balanzas comerciales o por cuenta corriente en superávit (incluyendo servicios como el turismo) tendrían poco paro y, en cambio, lo tendrían alto los que tienen déficits. Pero hay de todo y Reino Unido y Alemania son los polos opuestos. Los británicos tienen un alto déficit comercial. Su cobertura comercial es del 73,5% pero tienen un paro del 5%, según datos de Eurostat del año pasado. Justo al contrario, Alemania luce un gran superávit comercial que le da una cobertura del 126,5%, y su paro es como el británico: en torno al 5%. La variedad sigue con Francia, que con una cobertura algo mayor que la británica (del 88,3%) tiene en cambio una tasa de paro del 10%. Y con Portugal, que con el 82% de cobertura tiene un 12% de desempleo. Si se toma la corriente (que incluye mercancías, servicios turísticos y no turísticos y las transferencias de renta), España logró un superávit de 15.000 millones en 2015, pero con una tasa de paro todavía por encima del 20%.

El nobel de economía Paul Krugman estudió el asunto hace años. Cuando a mediados de los 80 la economía estadounidense estaba importando mucho y acumulaba un gran déficit comercial, la invasión de productos extranjeros podía parecer negativa, explicaba Krugman en La era de las expectativas limitadas (Ariel, 1998), pero recalcaba que Estados Unidos no había perdido empleo, a pesar del aumento de las importaciones. Al contrario, el empleo global había crecido. Por una parte, se creaban empleos en sectores más protegidos de la competencia exterior. Y, por otra, el nobel de Economía argumentaba que si se pusieran trabas arancelarias a las importaciones para crear más empleos dentro del país, el paro bajaría inicialmente. Pero avisaba al mismo tiempo de que hacer algo así acabaría acelerando la inflación y que el banco central terminaría subiendo los tipos de interés para frenar la economía, con lo que se destruiría el empleo creado y el paro acabaría subiendo.