17/11/2019
Análisis

Grecia 2016: ¿Vuelta a la casilla de salida?

El FMI considera que los objetivos de déficit fijados para el país son casi imposibles de cumplir

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Grecia 2016: ¿Vuelta a la casilla de salida?
El primer ministro griego, Alexis Tsipras, en una sesión en el Parlamento en Atenas. MILOS BICANSKI / GETTY
Grecia se prepara para otro verano caliente. Al igual que sucediera el año pasado, en julio tiene vencimientos de deuda millonarios y no podrá afrontarlos sin los fondos del tercer rescate, que asciende a 86.000 millones de euros pero que se van liberando poco a poco, a medida que el país va aprobando duras reformas y ajustes. Como Grecia lleva desde noviembre sin aprobar el examen trimestral de la troika, no ha recibido los desembolsos previstos y podría quedar de nuevo expuesta a un impago.

Por lo tanto se avecinan, una vez más, meses de tensión y duras negociaciones. Atenas acaba de aprobar las reformas pendientes y espera obtener a cambio la ansiada reestructuración de su deuda, a la que siempre se han opuesto los acreedores, sobre todo Alemania. Pero, en esta ocasión, parece que el Fondo Monetario Internacional (FMI) está de su lado. Se ha filtrado una carta de su directora gerente, Christine Lagarde, en la que afirma que los objetivos de déficit fijados para el maltrecho país son casi imposibles de cumplir, y que si no hay reestructuración de deuda el Fondo no continuará participando en el programa de rescate (recordemos que el FMI solo puede prestar a países con problemas de liquidez, no de solvencia; es decir, que si el subjetivo análisis de sostenibilidad de la deuda que haga el Fondo concluye que el país es insolvente, solo podrá mantenerse en la troika si previamente se reduce la carga de la deuda). Al otro lado, Alemania, Holanda, Austria y Finlandia han dejado claro que si el FMI abandona la troika, el rescate dejará de estar en vigor, lo que hundiría a Grecia (algo que no está claro que importe demasiado a los alemanes), pero que también devolvería a la zona euro a la inestabilidad (algo que sin duda sí preocupa a todos los europeos).

Grecia aprendió en el pasado verano que si no quiere salir del euro no tiene más remedio que seguir tragando

Por lo tanto, el choque de trenes que se avecina esta vez es más complejo que el del verano pasado. En aquella ocasión la posición negociadora griega era muy débil porque su amenaza de salir del euro no era creíble, y por eso terminó tragando. Sin embargo, ahora tenemos a un FMI cuyos países miembros no europeos están hartos de meter dinero en un país que piensan que tiene un problema de solvencia que se maquilla para que parezca de liquidez porque los países europeos tienen la mayoría de los votos en el Fondo y su directora gerente es francesa. Y, además, enfrente tenemos a una Alemania más acorralada, con un discurso menos hegemónico en asuntos europeos tras sus vaivenes en la crisis de los refugiados y que se enfrenta a una zona euro más crítica con las políticas de austeridad. 

Esta endiablada situación aboca a los europeos a presenciar un complejo juego de estrategia que a nadie conviene que concluya mal, porque el guion previsto decía que el tema del verano en Europa sería el referéndum del Brexit, no la enésima crisis griega. 

¿Cómo se ha llegado aquí?

La crisis griega ha salido del foco mediático. Atrás parecían haber quedado los órdagos de Syriza del año pasado, los que siguieron a su llegada al poder en enero de 2015, que desembocaron en el referéndum sobre los ajustes de la troika (que Tsipras ganó), en el corralito y en un peligroso flirteo con la salida del euro. Al final, la situación se recondujo. Hubo un nuevo rescate, Tsipras fue reelegido primer ministro en septiembre (lo que demostró que el referéndum era más una estrategia de consolidación política interna que un pulso a Bruselas, Berlín y Fráncfort) y el Gobierno fue aprobando a regañadientes algunas de las medidas exigidas, que luego han tenido una implementación que deja mucho que desear, algo que ya viene sucediendo desde 2010 por la limitada capacidad de las instituciones griegas.

Grecia aprendió el pasado verano que si no está dispuesta a salir del euro (y según las encuestas, más del 65% de la ciudadanía rechaza esta opción), no le queda más remedio que seguir tragando, y la mayoría de sus ciudadanos prefiere hacerlo con un líder fresco, nuevo y que “dio la batalla” (aunque la perdiera) que con los partidos tradicionales, a los que se asocia la corrupción, el clientelismo y la oligarquía. Sin embargo, según pasan los meses y los ciudadanos ven que no hay alternativa a las políticas de ajuste porque cualquier país del euro bajo un programa de rescate ha perdido de facto su soberanía económica, el apoyo a Syriza va bajando y el de Nueva Democracia (el partido tradicional de centroderecha) va subiendo (recordemos que Syriza se comió al PASOK en el espacio de la socialdemocracia, que es lo que Podemos aspira a hacer con el PSOE en España). Los neonazis de Amanecer Dorado, con su discurso xenófobo antirrefugiados, también suben, pero por fortuna no demasiado.

Y ahora, ¿qué?

Esto significa que, aunque el ánimo de los griegos está por los suelos (su renta per cápita ha pasado de 31.862 dólares en 2008 a 18.863 dólares en 2015 y la economía sumergida se estima ya por encima del 50%) y no se ve salida al final del túnel porque harán falta décadas para bajar la tasa de desempleo, el actual Gobierno seguramente podrá continuar. Se evitarían así unas nuevas elecciones que nadie quiere porque elevarían el nivel de incertidumbre política y podrían desencadenar tensiones en los mercados financieros que obligarían al Banco Central Europeo (BCE) a volver a actuar, lo que volvería a levantar las iras de Alemania, que se opone a unas políticas monetarias tan expansivas. 

La renta per cápita de los griegos ha pasado de 31.862 dólares a 18.863 desde el principio de la crisis

En la reunión del Eurogrupo del pasado 9 de mayo se comenzaron a acercar posturas. Por una parte, el Gobierno griego puso sobre la mesa el paquete de reformas recientemente aprobadas por el Parlamento tras varias huelgas generales (recortes de las pensiones, reforma fiscal y un mecanismo automático por el cual, si el déficit público es mayor del previsto, se activarán recortes en el gasto), que deberían permitirle “aprobar” con seis meses de retraso el examen del programa de rescate y volver a recibir fondos.

Además, y esto es lo más importante, estas medidas le permiten aparecer como un buen alumno, que se habría ganado el derecho a que se debata (veremos si se acuerda) una reducción de la deuda. Y ahí es donde entra en juego el FMI, que insiste en que los ajustes previstos no son ni realistas ni deseables (sí, han leído bien, el FMI está en contra de tanta austeridad) y en que hay que reestructurar la deuda si no se quiere que la economía griega se siga autoconsumiendo por la contracción de la demanda interna, la deflación y las dificultades para generar crecimiento a largo plazo. Esto deja la pelota en el tejado de Alemania, cuyo todopoderoso ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, siempre se ha mostrado contrario a la reestructuración (Angela Merkel aparentemente sería más flexible porque es mucho más pragmática), y del BCE, que no puede aceptar que la deuda que tiene en su balance se reestructure porque esto equivaldría a una monetización del déficit, que está prohibida.

Reestructuración sin quita

Las razones para que los gobiernos de los países acreedores del norte se resistan a la reestructuración son poderosas. Primero, no quieren parecer “blandos” ante sus electorados, porque eso alimenta el apoyo a los partidos de extrema derecha que están ganando fuerza a gran velocidad. Segundo, no quieren aceptar una quita en los préstamos a Grecia —otra cosa sería rebajar aún más los intereses, alargar los plazos e introducir periodos de carencia— porque ello implicaría un aumento del déficit público que forzaría a ajustes en sus propias economías (aquí, los acreedores de Grecia del sur de Europa, como España, también se suman al rechazo a la reestructuración y hacen frente común con los alemanes). Y, tercero, no quieren sentar un precedente que permita a partidos como Podemos reclamar una reestructuración equivalente por los préstamos (mucho menores) que ha recibido España o abrir el debate sobre el impago de la deuda, que generaría nuevos problemas en los bancos europeos. Alemania, muy en su tradición legalista, utiliza además un argumento jurídico para decir que la quita sería ilegal porque el artículo 125 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea no permite que unos estados se hagan cargo de la deuda de otros, algo que algunos juristas consideran que es una interpretación demasiado rígida de la legislación. 

Por lo que sabemos, se ha acordado comenzar a hablar de la reestructuración de la deuda, que no de una quita. Si todo va bien entraremos en la batalla de los números y al final tendremos cierta reestructuración que permita al FMI mantenerse dentro del programa y a los acreedores vender a sus electorados que prácticamente no han cedido. La posición de los acreedores es algo más débil que en el pasado y, además, dados los múltiples problemas que enfrenta la Unión Europea, una reestructuración sin quita podría pasar desapercibida y, según cómo se diseñe, podría no tener que pasar por los parlamentos nacionales de los países acreedores para su aprobación. Pero todavía hay muchas cosas que pueden salir mal de aquí al verano.