19/4/2018
Fotografía

El incansable buscador de encuadres

Carlos Pérez Siquier (Almería, 1930), fue Miembro del grupo afal, revolucionó la fotografía española de posguerra y se volcó en el color de las playas de Almería. Ha depurado su mirada sin envejecer

Érika Goyarrola - 16/09/2016 - Número 51
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El incansable buscador de encuadres
‘Viaje en tren’, 2001. pérez siquier
El mundo del arte tiende a valorar las trayectorias artísticas que permanecen coherentes estilísticamente en su evolución. La obra del fotógrafo Carlos Pérez Siquier (Almería, 1930) se inscribe dentro de dos estilos bien diferenciados que responden más a las circunstancias históricas que vivió España a partir de los años 60 que a una falta de rigor discursivo del fotógrafo. El primero corresponde a un estilo documental propio de la época, el segundo es una completa ruptura de este clasicismo fotográfico, pero también supone una transgresión no restringida estrictamente a este medio adquiriendo características de otras disciplinas artísticas.

En el registro documental de su primera época se inscribe el trabajo titulado La Chanca, sobre el arrabal homónimo situado en Almería y cuyo origen se remonta al siglo XI. A partir de 1956 y durante 10 años, Pérez Siquier visitó con su cámara este barrio que vivía al margen de la ciudad. En aquella época, el autor trabajaba en un banco y utilizaba su tiempo libre para dedicarse a lo que más le gustaba: explorar lugares con la cámara. Esta afición había surgido cuando era un niño, cuando contemplaba la magia que esconde el revelado fotográfico en el laboratorio que su padre, amante del medio, tenía en la buhardilla de la casa familiar. Años más tarde ingresó en la Escuela de Artes de Almería para estudiar fotografía. Sin embargo, debido a la precariedad que ya en aquella época implicaba el oficio fotográfico decidió continuar con su trabajo en el banco.

Esta primera obra nació como un proyecto humanista en la línea del espíritu que la exposición The Family of Man, comisariada por Edward Steichen en el MOMA de Nueva York en 1955, había difundido. La muestra reunía imágenes de numerosos fotógrafos que hacían hincapié en la experiencia humana e incluyó fotografías del grupo Afal, al que Pérez Siquier pertenecía. Sus imágenes muestran la vida de un barrio humilde de cuevas y casas blancas situadas en la ladera de La Alcazaba, donde sus habitantes, en su mayoría gitanos, vivían formando una comunidad en condiciones míseras, que permanecen en la actualidad.

Las primeras fotografías de este trabajo, realizadas en blanco y negro, en torno a la temática de un entierro de un vecino del barrio, fueron expuestas en una muestra que, junto con el resto del grupo Afal, y el club fotográfico parisino Les 30x40, se realizó en la embajada española de París en 1959. España comenzaba, lentamente, a vender al exterior una imagen de modernización y, por miedo a que el trabajo se interpretara en los controles fronterizos como contrapropaganda franquista, Pérez Siquier decidió enviar los negativos a Francia a través de una amiga. Desgraciadamente, el regreso de las imágenes no tuvo tanta suerte, por lo que solo se conservan algunas hojas de contacto y las reproducciones que incluía el catálogo de la exposición. Como cuenta Laura Terré —la historiadora que más ha profundizado en la obra de este autor—, el trabajo sobre el entierro fue tachado de sensacionalista tanto en el ámbito conservador como en el más progresista; además, la crítica parisina solo reparó en cuestiones formales. Sin embargo, para el fotógrafo, el reportaje sensacionalista es el que “se encuentra al servicio de una verdad ajena a la imagen” y esta obra no responde a ideas preconcebidas.

El neorrealismo y la crudeza

Quizá por la influencia del libro también titulado La Chanca de Juan Goytisolo, en el que se muestran las miserias y la esclavitud a la que los hombres de este barrio estaban sometidos, las fotografías de Pérez Siquier han sido consideradas como un trabajo de denuncia. A Goytisolo, que escribió este libro en 1956 pero que no pudo verlo publicado en España hasta 1981, le conmovieron el subdesarrollo, la violencia institucionalizada y la discriminación económica que sufría Almería y, en concreto, este barrio. Aspectos que también se dejan ver en este trabajo fotográfico realizado de manera directa, sin artificios, a medio camino entre el cine neorrealista italiano y la crudeza del trabajo Spanish Village, en el que el fotógrafo Eugene Smith había mostrado el atraso en el que vivía parte de la población española en 1950. 

En los años 60 introdujo el color y sustituyó el misterio del blanco y negro por una realidad más directa

La obra de Pérez Siquier recuerda también a las imágenes de Walker Evans que retratan la pobreza rural de Estados Unidos. Tanto el fotógrafo estadounidense como el español, a través de una hábil construcción estética y una gran sencillez clásica, muestran la dignidad de los protagonistas a pesar de las condiciones desfavorecidas en las que viven. Los trajes negros de luto que llevan muchas de las mujeres retratadas contrastan con la luz blanca reflejada en las casas, consiguiendo enaltecer las figuras femeninas. La cercanía y complicidad con el retratado y la simplicidad y elegancia formal ayudan también a realizar una aproximación a la cotidianeidad de los personajes desvelando su intrínseca solemnidad. En estas imágenes los objetos y los edificios, así como las formas, adquieren cada vez mayor importancia. Estas primeras fotografías en busca de una abstracción de las formas recuerdan al trabajo en blanco y negro de autores como Harry Callahan o Aaron Siskind.

En las fotografías posteriores, las de los años 60, el autor introdujo el color, y el misterio que podía esconder el blanco y negro de las primeras imágenes es sustituido por una realidad más directa que evidencia aún más la condición de miseria del lugar. Además, la abstracción de formas ya iniciada en el blanco y negro continúa con la incorporación de elementos plásticos como los ángulos de las casas y sus formas geométricas de colores vivos perfiladas contra el cielo, anunciando la siguiente etapa de Pérez Siquier. De esta primera línea estilística documental se puede destacar también La Isleta del Moro, un trabajo realizado en 1970 en este pequeño pueblecito de casas blancas del Cabo de Gata. Las fotografías, hechas con una asombrosa delicadeza, muestran la atemporalidad y el aislamiento de esta aldea de pescadores.

En 1963 comenzó a trabajar para el Ministerio de Información y Turismo como fotógrafo independiente para promocionar el turismo a nivel internacional. Las fotografías de la costa habían sido prohibidas durante la posguerra hasta que en 1965 se hizo una reforma de la ley de prensa para moderar esta censura. En paralelo a este trabajo de encargo, que permite a Pérez Siquier recorrer todo el litoral español, el fotógrafo va gestando su nueva serie, La playa, en la que retrata una nueva identidad mediterránea a partir de la figura del veraneante e inaugura su nueva etapa.

Bañadores estampados

El color adquiere aquí un protagonismo central adelantándose a numerosas tendencias artísticas de finales del siglo XX. Realiza encuadres novedosos cortando diferentes partes del cuerpo y crea un trabajo de enorme plasticidad en el que lo anecdótico adquiere una gran importancia. El fotógrafo recorta las imágenes hasta generar formas abstractas y ángulos novedosos a la manera de William Egglestone. Los cuerpos bronceados o todavía pálidos se convierten en masas de carne adornadas por las divertidas y coloridas telas de los bañadores. Surgen analogías entre esa corporalidad que se impone en las imágenes y las formas que el autor consigue al fotografiar masas de color que encuentra también en arquitecturas, pinturas monocromas, dibujos de muros, vallas publicitarias o en las lonas que protegen los coches del sol.

Se adelantó a las imágenes irónicas de Martin Parr sobre la cultura de playa en Reino Unido

La torsión de los cuerpos, la concentración y seriedad con la que los protagonistas toman los baños de sol y su inevitable caracterización otorgan al trabajo un sentido del humor e ironía poco usual en aquel momento. Celulitis, obesidad y varices se vuelven protagonistas del encuadre fotográfico. Asimismo, el tratamiento pictórico de los estampados de las telas, los colores estridentes del mar, toallas y cuerpos; la fragmentación de estos cuerpos que pone en primer plano partes, a priori, secundarias, así como la provocación constante lo vinculan con el pop art estadounidense, que en esta misma época despuntaba con fuerza. Además, el trabajo se relaciona con uno de los más recientes de William Klein, en el que, realizando un análisis del barrio de Brooklyn, repara en los colores y formas de la playa y del parque de atracciones de Coney Island. Igualmente, la obra de Pérez Siquier se adelanta a las imágenes irónicas, directas y con un gran uso del color realizadas por Martin Parr sobre la cultura de playa en Reino Unido, una serie comenzada en los años 80 y que después ha extendido a países de todo el mundo, dando lugar a diferentes fotolibros.

Hacia nuevos lenguajes

Pérez Siquier es uno de los fotógrafos españoles más importantes del siglo XX. Su trayectoria ha sido reconocida con numerosos premios, como el Nacional de Fotografía en 2003, la Medalla de Oro de Andalucía en 2005 o el Bartolomé Ros de PhotoEspaña en 2013. Un aspecto clave para entender su carrera es que es uno de los impulsores, junto a José María Artero, del mencionado grupo Afal, un colectivo que consiguió revolucionar la fotografía de posguerra en España a mediados de los años 50 primando la autenticidad de la imagen por encima de la técnica. La revista del mismo nombre, AFAL, difundió la fotografía española de aquel momento —Ramón Masats, Gabriel Cualladó, Oriol Maspons…— más allá de las fronteras, estableciendo contacto con otros grupos internacionales, como la Subjektive Fotografie de Otto Steinert, y organizando diferentes exposiciones por Europa. Actualmente, el museo Reina Sofía de Madrid presenta la exposición Humanismo y subjetividad en la fotografía española de los años 50 y 60. El caso Afal. La muestra, comisariada por Laura Terré, pone de manifiesto lo que supusieron para la fotografía española de aquellas décadas tanto el grupo como la publicación.

Pérez Siquier continúa indagando en nuevos lenguajes fotográficos, como muestra la publicación del fotolibro Mi sombra y yo, una colección de imágenes en las que se autorretrata a partir de la proyección de sus sombras, dejando ver una etapa más introspectiva. La mirada vuelta hacia lo cotidiano, la explosión del color después del uso sosegado de la luz en las fotografías de corte documental, las composiciones cuidadosamente estudiadas y novedosas en las diferentes etapas estilísticas y la ruptura temática sitúan la obra de Pérez Siquier entre aquellas que son reconocidas por haber revolucionado y renovado el mundo fotográfico a comienzos de la segunda mitad del siglo XX.