18/7/2019
Opinión

El ojo de la paloma (o la impunidad del débil)

¿Qué ocurre cuando el presuntamente débil desafía abiertamente al Estado sabiendo que sus propias leyes le mantienen a resguardo?

Hurgando en una vaga protohistoria, el verdadero pecado primigenio,  la primera transgresión moral genuinamente humana, tal vez sea la del abuso de poder, la violencia del fuerte sobre el débil sin otra razón que un injustificado determinismo inherente a la posesión de la fuerza, como si esta precisara alcanzar su plenitud conceptual en el hecho mismo de machacar al que carece de ella.

Así se han ido produciendo los comportamientos humanos, tanto individuales como colectivos,  durante  millones de años hasta nuestros días, solo atemperados por  tres actitudes compensatorias: una, la piedad, que desde su trascendencia religiosa,  movía  a la magnanimidad, al perdón y al socorro del débil para mayor gloria de Dios. Otra, la astucia, la sagacidad del David contra el Goliat que doblegaba con maña, inteligencia y finura la tosquedad de la fuerza bruta. Pero la mejor de todas, aquella en la que más y mejor podemos reconocernos como seres racionales es, sin duda alguna, el descubrimiento del Derecho, es decir, ese artificio surgido del libre acuerdo entre los mortales para garantizar la protección del  individuo indefenso frente a la tentación abusiva del poder, ya sea divino o terrenal. Es, sin duda, una hermosa historia la del recorrido que la humanidad ha seguido desde la civitas romana hasta las más sutiles, y a la vez sólidas, expresiones del Estado de derecho en nuestras democracias actuales, y nunca dejarán de emocionarnos los episodios protagonizados por personas, instituciones, grandes corrientes filosóficas e incluso revoluciones, que le arrancaron jirones a las razones de la fuerza para sustituirlas por las fuerzas de la razón.

El Estado impone, pero sus métodos son sabidos, no así los de las minorías a su amparo

El Estado de derecho es, pues, en sí mismo un rabioso testimonio de dignidad humana,  lo que no impide apreciar en el término una dimensión paradójica: por un lado el Derecho es la razón de ser del Estado,  la garantía de que, con su monopolio de la violencia y de la fuerza, está ahí para proteger nuestras libertades individuales en tanto que miembros de una colectividad. Pero, por otro lado, es el mismo Derecho el que embrida y racionaliza ese monopolio frente a la tentación de su desbordamiento abusivo. Dicho en otras palabras, es el Estado de derecho el que delimita en sus justos términos los derechos del Estado.  Así las cosas, ¿dónde radicaría hoy la Fuerza, nos preguntaría un adicto a la moderna mitología de Star Wars? ¿En el Estado, con sus lados luminoso y oscuro, o en los individuos, grupos y minorías, teóricamente débiles pero con  el enorme poder  que les confiere  saberse  totalmente protegidos por él? 

Para aclararnos: nuestro país, con sus convulsiones, vive hoy un régimen de libertades único en nuestra historia aunque imperfecto, porque del Estado seguimos padeciendo abusos, no tanto desde la institución en sí como desde  las concretas fechorías de algunos de sus servidores. Pero justo es decir —de nuevo la paradoja—  que poco a poco y mal que bien estos  fraudulentos vicarios  del mandato público van cayendo bajo la presión del propio Estado, comprobando esperanzadamente que quien la hace la paga, y ahí está el desafecto electoral hacia quienes han abusado del mismo desde un sentido turbiamente patrimonial, o el desvelamiento gota a gota de los casos de corrupción, sin que ante la justicia se libre nadie por el momento. La máquina chirría, pero funciona.

De qué se pavonea quien deja a los reyes desnudos a partir de mensajes privados
 

Pero ¿qué ocurre cuando es  el presuntamente débil el que desafía abiertamente al Estado sabiendo que sus propias leyes —empezando por la férrea libertad de expresión— le mantienen a resguardo como los barrotes de un león enjaulado?  Hemos dejado media vida, y lo seguiremos haciendo, para que existan esos barrotes protectores, pero ¿no existe un poco de impúdica impunidad en desafiar a quienes sabemos que no pueden responder por mucha fuerza institucional que detenten?  Por ejemplo, ¿cuánto tiempo ha aguantado el Estado las provocaciones —deslegitimadas por su violencia física o verbal— de unas minorías nacionalistas sabedoras de que su reacción iba a ser la del Derecho y no la del código de Hammurabi?  ¿De qué mérito se pavonea  un “humilde” reportero por dejar  a los reyes desnudos saqueando su intimidad a partir de unos mensajes privados filtrados por mano interesada?  ¿Desde qué burladero puede alguien escribir un libro titulado La desfachatez intelectual  en el que se criminaliza a los más vigorosos intelectuales de nuestro país consciente de que la libertad de su sulfúrica opinión será tan protegida como la de las tropas de refresco que le han reclutado? ¿Desde qué suerte de aforamiento puede la alcaldesa de Barcelona echar literalmente a dos coroneles del Ejército de su estand en una feria educativa y escaparate de oportunidades de empleo sabiendo perfectamente que estos dos dignos representantes del Estado jamás podrían devolverle la grosería, so pena de un arresto o algo peor?

El Estado impone, a la vez que tranquiliza, pero sus métodos son sabidos y están históricamente codificados. No así los de los individuos y minorías a su amparo. Y a veces su debilidad  es una fuerza tan siniestra que produce el mismo desasosiego, si no espanto, que el ojo sin pestañas de una delicada e inerme paloma.