15/10/2019
Opinión

El eterno retorno del trabajo

Profundos cambios en la naturaleza del empleo y en la estructura social obligan a una regeneración para que el sistema sea eficiente

Marcos Peña - 18/03/2016 - Número 26
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El eterno retorno del trabajo
MIKEL JASO

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Recomendaba Pascal que “lo primero es comprender” y continuaba con otra afirmación, quizá más arriesgada: “Todo lo que he comprendido está bien”. Ambas cosas nos vienen al pelo porque es absolutamente insensato gestionar una realidad que ignoramos, y melancólico alumbrar una respuesta desde la incomprensión. Hay que esforzarse en registrar la realidad y, más aún, en alcanzar un diagnóstico concertado, ya que no hay problema que se pueda resolver si, previamente, no somos capaces de delimitarlo. Habrá que abandonar un poquito el yo y acercarnos en lo posible al ello. Y la verdad es que las cosas no están para echar cohetes. Veamos algunas de ellas. Lo primero que habría que apuntar es que no parecen ser las campeonas de audiencia del debate político.
 
• En Europa vive el 7% de la población mundial, que consume el 50% del gasto social del planeta. Aquí, en el viejo continente, y desde luego en España, ya no estamos en la fase de mejorar el Estado de bienestar, sino en la de aliviar el Estado de malestar. Las tres vigas maestras —pensiones, sanidad y educación— están agrietadas.

No hace mucho la población activa en nuestro país prácticamente duplicaba a la pensionada. Los datos de 2015 indican que esta ratio se ha desmoronado: 17,5 millones de ocupados frente a 13 millones que perciben algún tipo de pensión o ayuda. En algunas comunidades autónomas, la relación entre ocupados y pensionistas es inferior a uno por uno. En Europa, de seguir este ritmo, en 2050 el número total de trabajadores en activo se habrá reducido en 48 millones y el de personas en edad de jubilación aumentará en 58 millones.
 
• Según algunos estudios, la robotización puede provocar a medio plazo un descenso de los salarios de entre un 18% y un 36%, lo que significa que la población activa reducirá alrededor de un 25% su aportación a la bolsa de las pensiones. Según un estudio de la London School of Economics, el uso creciente de la robótica rebajará sobre todo la masa salarial de los trabajadores menos cualificados y en menor medida la de los que tienen una especialización media.

•  El 60% de los niños que hoy están en la guardería estudiarán una carrera que no existe en la actualidad. En España hay un desajuste brutal entre lo que se estudia y lo que la sociedad necesita.
 
• El sistema sanitario requeriría un test de estrés, como los bancos. La ausencia de mecanismos de coordinación y de economía de escala es tremenda. Aquí también es evidente la falta de cooperación y de lealtad institucional. Hay comunidades que gastan 1.900 euros por habitante y año en materia sanitaria y otras no llegan a 1.200. No existe un diagnóstico concertado en esto, ni en pensiones, empleo o educación.

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 Ante datos como estos urge volver a hablar del trabajo, porque el trabajo —la cultura del trabajo— es un elemento imprescindible para comprender y también para afrontar estos problemas. Sí, la cultura del trabajo, aunque parezca algo pasado de moda desde hace tanto tiempo.

Seguro que estaba equivocado Elio Petri cuando nos contó, allá por 1971, que la clase obrera iba al paraíso. Las consecuencias de la sociedad posindustrial ya eran entonces visibles y pronto fueron evidentes. No ha sido fácil registrar esta realidad ni ser conscientes del decaimiento de la cultura industrial, con el consiguiente desplazamiento de la centralidad del valor del trabajo.

Consciente o inconscientemente, venimos influidos por dos presupuestos marxistas de corte clásico. El origen de nuestra sociedad, de nuestra cultura, de nuestra forma de ser nacía con la triple concentración: los mismos trabajadores, en el mismo sitio, haciendo las mismas cosas. Clase obrera, fábrica, producción en masa. La “jaula de oro”, como diría Sennett. Y estas relaciones

El trabajo socializaba, nos permitía formar parte del proyecto y era el primer derecho de ciudadanía

industriales generaban unas “relaciones sociales de producción” que marcaban nuestro comportamiento social y el comportamiento de nuestra sociedad, desde la ordenación del tiempo de trabajo y el tiempo de ocio hasta la existencia de sindicatos, partidos políticos o patronales.

Se consideraba que el trabajo era el factor estratégico, y que la única manera de “corporización social” era la que el trabajo nos ofrecía. El trabajo nos socializaba, nos permitía “acceder al cuerpo social”, formar parte del proyecto. Era el primer derecho de ciudadanía. De ahí la afirmación de Romagnoli: “Quien no trabaja no solo no tiene. Quien no trabaja, no es”. Una sociedad, pues, edificada sobre el trabajo y animada por sus valores esenciales: mérito, esfuerzo, solidaridad…

Este desplazamiento de centralidad se ha mantenido durante los últimos 40 años produciendo una cierta degradación –—en terminología de Moisés Naím— social, institucional y económica. Una degradación cada día más difícil de gestionar en una economía global que limita notablemente la soberanía de los estados nación y en unos estados nación en declive, como señala Axel Honneth, “ante la pérdida de identidad”, consecuencia del crecimiento imparable de la complejidad y heterogeneidad de nuestras sociedades.

Es este el hábitat natural del capitalismo monetario, tan rápido, tan diligente y tan difícil de domesticar. Un sistema de hacer las cosas que consiste en que el valor total de los derivados supere en más de nueve veces el PIB mundial. La ecuación suma de dinero igual al valor de los bienes producidos se derrumba, y la afirmación de Aristóteles de que “la forma dineraria de la mercancía carece de sustancia” se desvanece.

Siendo todo esto verdad, no es toda la verdad. El fin del trabajo no ha pasado de ser un entretenimiento académico. Desde 1995, fecha en la que Rifkin publicara su famoso ensayo, hasta hoy, la fuerza laboral mundial se ha más que duplicado. No es esencial el debate sobre el fin del trabajo o sobre el reparto del trabajo, lo esencial es la transformación del trabajo y la capacidad para gestionar una metamorfosis cuya rapidez escapa a menudo a los límites de la razón.

Han pasado 30 años —poco tiempo en realidad— de nuestro ingreso en la UE. Entonces, el sector primario suponía un 17% de la población ocupada y hoy supone el 4%. La tasa de actividad femenina era del 30%, hoy es del 54%. La población de emigrantes era del 1%, hoy es del 10%. Y la transformación, como es natural, conduce a la confusión. En todo caso conviene recordar que en 1985 se rozaban los 11 millones de ocupados,  que en la actualidad, después de la crisis, los ocupados son 17,5 millones y que antes de la crisis superaron los 20 millones.

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Casi todas las sociedades, casi todas las civilizaciones, padecen un peculiar síndrome crítico. Una especie de narcisismo catastrofista. Nunca habíamos vivido una crisis como la actual. Crisis de valores, económica, social, cultural, humanitaria… Lo que queramos. Siempre andamos cabalgando el cambio categorial, la ruptura epistemológica. Una oleada de indignación que no ayuda a comprender ni a transformar y se limita a suministrar un cierto alivio moral de corte personal, y por lo tanto intransferible. Un sentimiento intransitivo que por su propia naturaleza

La confianza nacida del pacto entre el Estado y la sociedad no acaba de salir de la unidad de cuidados intensivos

contribuye en poco a gestionar los problemas reales de nuestras sociedades.

Y con esto llegamos a Gomá o a Popper. “Para cambiar la sociedad lo primero es quererla”, “Los sistemas que no se aprecian, se desprecian”. El rechazo airado a la desi- gualdad existente conduce a la aspiración de comenzar de cero, la peor ilusión posible, como diría Habermas. Frente a esto, recordemos que si ha habido un cambio categorial en nuestra historia reciente, ese cambio se llama Europa y es un sistema de convivencia, bienestar y cohesión jamás visto hasta la fecha.

Lo primero, pues, es reconocer esto, comprender esto, valorar esto y defender esto. Y ello en el entendimiento de que es saludable hablar de estas cosas sin excesiva retórica, sin excesiva retórica poética y transcendental sobre todo. Al fin y al cabo, lo único que pretendemos con la política es garantizar la convivencia y aliviar el malestar, y para ello cuanto menos sea el glamour y más desapercibida pase la metafísica, mejor.

Quizá el mejor resultado sea el conseguido en Europa, en esa trabajosa construcción llamada Estado social, Estado de bienestar, que ha exigido dos pactos fundacionales, tácitos o escritos. El pacto entre el Estado y el mercado, y el pacto entre el Estado y la sociedad. Se trata, en definitiva, de asociar la cohesión y la confianza con la eficiencia del sistema.

Hablamos de la necesidad de reestablecer, en el mundo globalizado, el pacto entre Estado y mercado, que no solo permite compatibilizar los objetivos de eficiencia económica y cohesión social, sino que también impulsa desde ambos terrenos la consecución de los dos objetivos. Pues bien, este equilibrio pasa necesariamente por la participación de los agentes sociales, de las organizaciones sindicales y empresariales, porque en ellos se da una doble condición que hoy más que nunca conviene subrayar. Los interlocutores sociales representan intereses sociales y económicos que deben ser tenidos en cuenta en los procesos de gobernanza política. Y, a la vez, son agentes, sujetos activos de la actividad económica, precisamente porque representan factores de producción que en la terminología clásica identificaríamos como el capital y el trabajo. Nuevamente, el trabajo.

La confianza nacida de ese pacto tácito entre el Estado y la sociedad y alumbrada por la democracia participativa no acaba de salir de la unidad de cuidados intensivos. La regeneración institucional es un objetivo que supera la ética y alcanza la propia eficiencia del sistema. Cierto es que resultan tediosos los heraldos de la moral, pero no menos cierto que el compromiso, la lealtad, la honradez y el esfuerzo deben constituir el armazón básico de nuestra sociedad. Valores, en realidad, muy relacionados con el trabajo y con la cultura del trabajo. Nuevamente, el trabajo.