30/4/2017
Arte

Contracultura. Objeto de museo

Dos grandes muestras en el Pompidou, París, y en el Victoria & Albert, Londres, ahondan en la fascinación por la generación beat y por las revoluciones juveniles de los 60 como iconos culturales

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Contracultura. Objeto de museo
El vestido de Souper, 1966. Kerry Taylor subastas
¿Quién tiene derecho a definir el significado de negro y blanco, de masculino y femenino, de joven y viejo, de loco y cuerdo? ¿Qué autoridad nos asigna tales roles? ¿A qué intereses sirve el que interpretemos esos guiones ya preparados? ¿Cuándo nos apoderaremos de nuestras propias vidas, para vivirlas, para hacer con ellas lo que decidamos?”, se interrogaba Theodore Roszak, el principal teórico de la contracultura,  en su obra Persona/Planeta (1978), señalando, a su pesar, lo constreñida que se encontraba a su juicio la sociedad estadounidense incluso después de las diferentes revueltas civiles, juveniles y políticas que sacudieron el país la década anterior. Fue en esos años de cambios y convulsiones cuando Roszak acuñó el término contracultura para definir aquella acción, fuera del tipo que fuera, por la cual los nacidos entre las almohadas de toda sociedad industrial se oponían a los valores dominantes. A pesar de la ambigüedad del concepto, o quizá por ello, la idea de la contracultura y todo lo que surgió de esta hizo fortuna. En más de un sentido.

Hoy, como entonces, el término contracultura continúa siendo muy elástico, y en este se incluyen realidades y movimientos muy diversos,
El término contracultura incluye movimientos muy diversos, a veces contradictorios
a menudo contradictorios. También hoy como en el pasado la contracultura es un territorio prolijo tanto a nivel creativo como en calidad de espacio desde el que teorizar acerca de las subculturas juveniles contemporáneas o sobre las diversas derivas de la izquierda política. Literatura hay para todos los gustos —desde el clásico teórico de Roszak El nacimiento de una contracultura (Kairós, 2005) a obras afines a trazar genealogías contraculturales más o menos acertadas como La contracultura a través de los tiempos. De Abraham al acid-house (Anagrama, 2006), de Ken Goffman o Rastros de carmín: una historia secreta del siglo XX (Anagrama, 2005), de Greil Marcus; aunque también se han dado ensayos combativos como Rebelarse vende (Taurus, 2004), de Joseph Heath y Andrew Potter, o Contra Debord (Melusina, 2005), de Frédéric Schiffter—; libros que si algo demuestran son las muchas y distintas posiciones sobre el fenómeno desde su mismo origen. De lo que no se duda en las obras citadas, por otra parte, es del enorme atractivo (económico) y de la estupenda fotogenia de la que gozó la contracultura y que sigue manteniendo; un aspecto conflictivo que tampoco fue pasado por alto por el propio Roszak en su obra teórica sobre el movimiento contracultural: “Los que se deciden a protestar de manera radical han de estar invenciblemente dispuestos a evitar el ser exhibidos en cualquier escaparate comercial, como si fuesen una fauna exótica traída expresamente del corazón de la selva virgen... por Time, Esquire, David Susskind, etc. […] Vanessa Redgrave, veterana del comité de las 100 sentadas en Whittehall, que viste de verde oliva fidelista para cantar baladas revolucionarias cubanas en Trafalgar Square, también presta su talento a la refinada pornografía playboy de películas como Blow-up”.

Fotogénicos y huidizos, reivindicativos a la par que individualistas, aquellos que ayudaron a germinar y participaron en los movimientos contraculturales supieron dar forma a un relato cultural alternativo a la par que personal en unos años caracterizados por el crecimiento económico, por la expansión de las técnicas de reproducción visual y escrita, pero también por los conflictos sociales e internacionales. Ahora, dos grandes muestras, una en el Centro Pompidou de París dedicada a la generación beat, otra en el Victoria & Albert de Londres centrada en las culturas juveniles de la década de los 60, tratan de ahondar en cómo los rebeldes de la posguerra trenzaron literatura, música, drogas y activismo y dejaron un legado irrepetible.

Beats: la experiencia del viaje

En la peliculita Pull my Daisy (1959), de Robert Frank y Albert Leslie, el espectador amanece en la casa neoyorquina de un trasunto de Neal Cassady para ser testigo de todo lo que sucede a lo largo de una jornada en ese apartamento: aparecen Jack Kerouac o Allen Ginsberg entre otros ilustres poetas de su generación y dilatan las horas mientras beben, fuman, recitan poemas o estropean una cena de compromiso de su amigo Cassady. Filmado en el máximo apogeo del movimiento beat, el cortometraje de Frank y Leslie ilustra a la perfección no solo el método creativo del grupúsculo literario, sino también el espíritu de colaboración en el que se sostenía. Frank y Leslie filman, pero el guion, no tan espontáneo en su día como se creía, es de Kerouac, y quienes salen en pantalla son sus amigos y colegas de correrías literarias y noctámbulas. Nueva York, el be-bop, las veladas aparentemente anodinas bañadas en palabras y alcohol y alargadas hasta el amanecer del día siguiente en cualquier tugurio de la ciudad: todo eso cabe en la cinta de Frank y Leslie, y alrededor de este filme se articula, no en vano, el primer escenario de la exposición Beat Generation, que desde el pasado 22 de junio y hasta el próximo 3 de octubre ocupa buena parte del Centro Pompidou de París.

Pull My Daisy from Altarwise on Vimeo.

 

Epicentro del terremoto beat, la Gran Manzana es, por tanto, el punto de partida de una muestra que sobre todo hace hincapié en la experiencia del viaje como elemento clave para comprender la mitología de este movimiento literario. De Nueva York se viaja a California, de ahí a México, a Tánger y, obvio, a París. El material expuesto es, así, amplísimo y recoge desde textos (revistas, críticas de obras, poemarios, etc.) a fotografía y películas organizados geográficamente. Tras Nueva York, la ruta mira hacia el oeste y entra en la librería City Lights, de San Francisco, visita obligada. También hay piezas de Bruce Conner y filmes de Christopher Maclaine, Stan Brakhage o Larry Jordan. En México y Tánger la exposición ahonda en las drogas expansivas, la psicodelia y el interés por las culturas atávicas a través de la mirada de William Burroughs o Paul Bowles. En París, finalmente, están las fotografías de Harold Chapman en los pasillos del Beat Hotel enseñan a Ginsberg o Gregory Corso, expuestas junto a ejemplos literarios de la técnica del cut-up, desarrollada por Brion Gysin, William Burroughs y Antony Balch, mientras se evoca el encuentro de parte de los beats con Man Ray o Marcel Duchamp, para entonces ya respetadas figuras de la otrora vanguardia parisina.

La exposición de París indaga en las drogas expansivas, la psicodelia y el interés por las culturas atávicas

Pero el viaje en el imaginario beat no solo tiene que ver con el concepto de experiencia iniciática que se dibujaba en En el camino (1957), de Kerouac. O al menos eso intenta recordar la muestra del Pompidou. Con las idas y venidas de Kerouac, Burroughs y Ginsberg, entre otros, comienza a forjarse la idea de una cierta simultaneidad en el tiempo y en el espacio, al menos en Europa y América, que explosionaría apenas unos años más tarde con las revoluciones sesentayochistas que parecieron estallar al mismo tiempo (Berkeley, el Mayo francés, la Primavera de Praga, México, etc.). Los beats aprovecharon y experimentaron con los nuevos aparatos de reproducción de voz y de imagen: adaptaron la literatura a los ritmos del jazz o juguetearon sobre el papel con las conversaciones y derivas poéticas grabadas con nocturnidad en un viejo magnetófono, pero también construyeron un relato que podía viajar junto a ellos, ser impreso, proyectado, repetido una y otra vez, y aunque no sustituye la experiencia de asistir al famoso recital de Howl [Aullido] en la Six Gallery, ayuda a difundir su propuesta. La literatura beat, entroncada por su ánimo romántico con los anhelos de la generación perdida, puede entenderse, no obstante, como un movimiento también sostenido por el uso de aparatos: tocadiscos, máquinas de escribir, magnetófonos, radios, cámaras de fotografía y de cine, también presentes en las vitrinas del Pompidou, recuerdan de dónde salían algunas de las fuentes de inspiración de los beats y la rapidez, dispositivo mediante, con la que comenzaron a circular sus palabras allende Estados Unidos.

Más allá de la ‘memorabilia 60s’

El próximo 10 de septiembre, tomando el testigo de la exposición del Pompidou casi por azar, el Victoria & Albert de Londres inaugura la muestra You Say You Want a Revolution: Records & Rebels 1966-70, que pretende explorar el papel de la cultura juvenil como catalizador de los diferentes cambios sociales que se dieron en los últimos años de la década de los 60, especialmente en Reino Unido, y su reflejo en el presente. La contracultura, en suma, en todo su esplendor: el Swinging London de Carnaby Street, la California de Woodstock, las exposiciones universales de Montreal y Osaka o las barricadas del París del 68.

La muestra de Londres explora el papel de la cultura juvenil como catalizador de los cambios sociales

Para articular la exhibición y alejarla del concepto memorabilia 60s, los comisarios Geoffrey Marsh y Victoria Broackes, el mismo equipo que diseñó la exitosa muestra también del V&A David Bowie is…, han encontrado en la vastísima colección musical del fallecido periodista John Peel el hilo conductor con el que guiar el relato de su propuesta: “La exposición explora un periodo en el que la sociedad y la música iban de la mano; la música era una forma vital de comunicación entre la gente joven, y la música estará de manera integral en la muestra”, señalaba Broackes en la presentación del proyecto el pasado febrero en declaraciones recogidas por The Guardian. De este modo, acompañada de las melodías de The Beatles, The Rolling Stones, Pink Floyd, The Zombies, Sam Cooke, Joan Baez, Jimi Hendrix o The Doors, por citar algunos clásicos que se evocarán en el V&A, You Say You Want a Revolution: Records & Rebels 1966-70 investiga la eclosión contracultural en relación a los avances sociales y legales del periodo —en 1967 la homosexualidad se descriminalizó en Reino Unido, las mujeres solteras comenzaron a poder solicitar la píldora anticonceptiva y la interrupción voluntaria del embarazo fue asimismo legalizada—, pero sobre todo insiste en los elementos culturales disruptivos —la interacción de otras músicas, modas y diseños— que provocaron una nueva manera de concebir el mundo que había llegado para quedarse, para bien y para mal.

Entre los más de 350 objetos y curiosidades de la época que ocuparán parte del V&A hasta el 26 de febrero de 2017 hay ítems que harán las delicias de los fetichistas de esos años: desde el traje de color rosa que vestía George Harrison en la portada del disco Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (1967), obra de Peter Blake y Jann Haworth, que se expone al lado del traje amarillo de John Lennon, a la silla en la que posó la modelo y cabaretera Christine Keeler, amante del ministro de la Guerra John Profumo, para el fotógrafo Lewis Morley en lo que fue el colofón del escándalo Profumo (1963); púas de guitarra de Jimi Hendrix; un trozo de roca lunar proveniente de los depósitos de la NASA junto al traje de astronauta que William Anders llevaba cuando fotografió la salida de la Tierra desde la Luna durante la misión del Apolo 8 (1968); obras de Richard Hamilton; la colección de discos de Peel; una lista de la compra escrita durante las revueltas estudiantiles del Mayo francés; ejemplares de la revista underground londinense Oz (1967-1973); uno de los primeros modelos del Apple 1 o una réplica del primer ratón para ordenadores que se fabricó, junto a un filme de 1968 en el que se puede ver a su inventor, Doug Engelbart, confesar: “Hemos llamado a este aparato ratón, pero de manera momentánea. Estoy seguro de que con los años alguien se inventará un nombre más adecuado”. Y aunque tiempos pasados siempre parecen mejor vistos hoy, la muestra del V&A no pretende quedarse anclada en el optimismo del boom contracultural, sino que se detiene asimismo en cómo de fugaz fue ese sueño: los asesinatos de Charles Manson (1969), las muertes por sobredosis de alcohol y drogas de Morrison, Hendrix o Janis Joplin, la separación de los Beatles o cuestiones políticas como la elección de Richard Nixon, la crisis del petróleo de 1973 o el terrorismo de la banda Baader-Meinhof marcaron el canto del cisne de ese idealismo juvenil que pensó que con una canción podía cambiar el mundo.

Beat Generation
Beat Generation
Comisariada por Philippe-Alain Michaud
En el Centro Pompidou de París hasta el 3 de octubre
You Say You Want a Revolution: Records & Rebels 1966-70
You Say You Want a Revolution: Records & Rebels 1966-70
You Say You Want a Revolution: Records & Rebels 1966-70
En el V&A Museum desde el 3 de septiembre