23/6/2017
Libros

Elizabeth Strout. Hay que ser implacable

Me llamo Lucy Barton es una pequeña obra maestra intimista

Laura Ferrero - 07/10/2016 - Número 54
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Una madre —severa, mayor, ya de vuelta de la vida— vela a su hija —escritora, treinta y tantos, dos hijas— en un hospital. A la hija no le ocurre nada grave, pero deberá permanecer nueve semanas en observación debido a complicaciones surgidas de una operación de apendicitis. La madre se queda cinco noches con ella, a los pies de la cama, sin apenas dormir. Echando cabezaditas y contándole historias a la hija. En la habitación hay una ventana y, a través de ella, las luces del edificio Chrysler se filtran en su interior e iluminan el relato de estas dos mujeres que se dicen muchas cosas —casi todas banales— y se dejan muchas por decir —casi todas importantes—. Esta es la historia de una mujer llamada Lucy Barton, una historia llena de amores imperfectos.

Me llamo Lucy Barton es un claro exponente de este boom de la literatura del yo, que cosecha en la actualidad más éxitos que nunca. La autora, la escritora estadounidense Elizabeth Strout (Portland, 1956) deja el registro que había utililizado en obras como Olive Kitteridge, por la que obtuvo el premio Pulitzer en 2009. En esta pequeña obra maestra intimista y confesional —aunque ficticia en este caso— se atiene firmemente al mandato de “menos es más”. No le sobra ni una coma.

Por encima de la vida cotidiana de la protagonista se va tejiendo la otra, su vida en y para la escritura

Escrita de manera fragmentaria y sin orden cronológico, cada capítulo se desarrolla en torno a una escena o anécdota: su niñez en el mísero Amgash, un pueblecito en Illinois, su vida actual en la ciudad de los rascacielos, sus dos hijas o su relación con su marido. Por encima de su vida cotidiana se va tejiendo la otra, su vida en y para la escritura, guiada por el sabio consejo que le dio un vecino cuando supo que ella escribía: “Lucy, tienes que ser implacable”.

Lejos del sueño americano

La presencia de su madre a los pies de la cama hace volver a Lucy sobre un pasado lleno de carencias, en el que ella y su familia vivieron sumidos en una pobreza profunda y hostil en un pueblo solitario de Illinois. Siempre hace frío en la memoria de Lucy, y hubo abusos, miedo, pero sobre todo, dolor: “Ese dolor que los niños aprietan contra el pecho”. Pero de esa época también arrastra las preguntas que se cuelan en la edad adulta: ¿pueden los orígenes humildes difuminarse bajo una capa de saber estar, ropa cara y buenos modales en la mesa? 

La madre le cuenta a Lucy historias para entretenerla. Son relatos de mujeres que ambas conocen, de su oriundo Amgash; “mujeres que acaban mal”. Relatos de miedo, de tristeza; familias rotas o mujeres que abandonaron a sus familias y fueron infelices por siempre jamás.

Me llamo Lucy Barton es, claro, la historia de una relación, la suya, de lo que cuesta interiorizar las separaciones y lo difícil de hacer propio aquel maldito prefijo, el de “ex”, para llamar al que un día fue marido.

Una única historia

Lucy no tiene, aparentemente, nada de implacable. O al menos eso es lo que piensa. A lo largo de este diálogo con la vida comprenderá que no hay nada de malo en ser implacable. Que simplemente significa no conformarse e ir hasta las últimas consecuencias de las cosas, y sobre todo, no quedarse en los sitios en los que no quiere quedarse. Ser implacable es seguir adelante.

Gracias a una novelista llamada Sarah Payne, otro de los personajes clave de la novela, Barton va desentrañando el nudo gordiano de la creación y de la relación entre literatura y vida. Payne le advierte de que todos tenemos una única historia que contar; es inútil rehuir de algo, porque nos acabará encontrando. Quizás uno se pasa toda la vida reescribiendo esa misma historia que le ha tocado en una suerte de extraña lotería.

Me llamo Lucy Barton
Me llamo Lucy Barton
Elizabeth Strout
Traducción de Flora Casas, Duomo Ediciones, Barcelona, 2016, 224 págs.