23/10/2017
Cine

'Elle'. El deseo no puede juzgarse

La última película de Paul Verhoeven es una mezcla de sex-thriller y sofisticado drama familiar

Carlos Reviriego - 23/09/2016 - Número 52
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'Elle'. El deseo no puede juzgarse
Isabelle Huppert es Michèle Leblanc. SBS Productions / Entre Chien et Loup

No se recuerda otro sex-thriller protagonizado por una actriz de 63 años. Isabelle Huppert impugna todas las edades y apariencias convirtiéndose en el cuerpo del deseo de Elle, la nueva película de Paul Verhoeven, la primera que el holandés errante rueda en suelo francés. Ella es Michèle Leblanc, directora de una empresa que diseña videojuegos, mujer que vive sola en un palacete y mantiene una desapegada pero constante relación con su familia: su madre (y su amante), su exmarido (y su amante) y su hijo (y su mujer). Michèle no tiene la edad que tiene la actriz, como en ninguna de las películas que la francesa ha rodado en este siglo XXI. En una escena de Elle, discute con uno de sus jóvenes empleados sobre la “jugabilidad” del proyecto que están desarrollando, donde el sexo y la violencia (en una fantasía medieval) son sus motores. “Las convulsiones orgásmicas son muy tímidas”, le dice a su empleado. Verhoeven está dispuesto a subir los deciblios de las convulsiones orgásmicas y a expandir el grado de “jugabilidad” de su película, que constantemente desafía las convenciones y expectativas, pues nada es lo que aparenta ser en el tapiz de perturbadas relaciones familiares y perversiones sexuales que pone en juego.

Pocas actrices expresan tanta perturbación en la mirada y complejidad psicológica con gestos tan leves 

El rostro, la mirada, el cuerpo y los gestos de Huppert representan para el cine eso tan francés que es el hastío, la existencia indiferente, la vida que no se da importancia. Pareciera que Huppert cruza la pantalla y desarrolla todo tipo de comportamientos, discutibles o no, como si estuviera a miles de kilómetros de distancia de sí misma, pero al mismo tiempo seduce con una extraña empatía. Los ojos azules y transparentes, la piel pálida sin edad aparente, los movimientos felinos y gráciles. Muy pocas actrices expresan tanta perturbación en la mirada y complejidad psicológica con gestos tan leves. Por eso Verhoeven dio con la horma de su zapato cuando decidió adaptar la novela Oh… de Philippe Djian y mantenerla en París. La idea original pasaba por trasladar el truculento relato a Estados Unidos, como un proyecto hollywoodense más que sumar a su filmografía —Robocop (1987), Desafío total (1990), Insinto básico (1992), Showgirls (1995), Starship Troopers (1997)—, pero el propio cineasta confesó que ninguna actriz de Hollywood estaba dispuesta “a participar en una película tan amoral”. Regresó a Europa con el proyecto bajo el brazo. Allí le esperaba Huppert, que parece que nunca está ahí, que su moral no existe, solo el deseo. Frente a las imágenes a veces incómodas, a veces irónicas, siempre desafiantes de Elle, el secreto deseo del espectador no pasa por apropiarse de su cuerpo, sino de su mente, de su inteligencia retorcida, de su deseo.
 

El primer gesto de Elle ya es lúdico y extravagante. Comprendemos que es un juego que hay que tomarse en serio. El gato de Michèle contempla cómo su ama está siendo golpeada y violada brutalmente por un asaltante de negro que ha entrado en la casa. Lo habitual en cualquier otra película sería que acto seguido entráramos en el drama de la humillación y la rueda de interrogatorios, pero Michèle prefiere tomarse la investigación por su cuenta. Se levanta magullada, arregla el salón, se da un baño, come sushi y regresa a su atareada vida como si nada hubiera pasado. El secreto permanecerá con ella. “La vergüenza no es una emoción tan fuerte como para impedirnos hacer cualquier cosa”, le dice Michèle a su socia, con cuyo marido se acuesta regularmente. Las capas de traición y secretismo en la película son tan transparentes como sutiles, el microcosmos de burguesía que retrata Elle practica una suerte de amoralidad que siempre puede ir más lejos y tocar más fondo en sus intenciones.

Lo que se disputa en la pantalla es precisamente un juego de apariencias que debe ser subvertido

Cuando se oyen los gritos de Michèle al principio de la película con la pantalla en negro, no se sabe si son gemidos de dolor o de placer. Se supone que la imagen de la violación debería despejar todas nuestras dudas. Pero este relato está determinado a quebrar cualquier apariencia, pues de hecho lo que se disputa en la pantalla es precisamente un juego de apariencias que debe ser subvertido. ¿Es Michèle una burguesa aburrida? ¿Obedece a una psciopatía masoquista? ¿Está llevando su plan de venganza hasta el extremo? Acaso, en el fondo, Verhoeven está contándonos lo que ya nos ha contado muchas otras veces. En Vivir a tope (Spetters, 1980) un joven descubría su homosexualidad cuando un grupo de gamberros le violaba. El autor de El libro negro (2006), tal vez la única película sobre el Holocausto que coloca el deseo sexual en un primer plano, puede que simplemente esté retratando el deseo de una mujer que quiere vivir su sexualidad al margen de prejuicios. Es un feminista con una mirada profundamente masculina.

En su anterior filme, Tricked (Steekspel, 2012), que nunca tuvo el dudoso honor de llegar a nuestras pantallas, Verhoeven descomponía en vertiginosos 55 minutos la guerra de fuerzas entre un marido adúltero y su mujer engañada, surcando sobre el cinismo y la malicia de las relaciones familiares hasta llevarlas al paroxismo. Del mismo modo, el cinismo y la malicia gobiernan el tono de Elle, que hibrida el sex-thriller perturbado con un sofisticado melodrama familiar propulsado por la voluntad satírica. Una hilarante, crudísima cena de Navidad, que nos traslada directamente al universo de Luis Buñuel, concentra el placer de la incorrección frente a las hipocresías sociales. Michèle arrastra una infancia traumática que determina los motivos freudianos de su dinámica activo-pasiva respecto a la perversión sexual, si bien Verhoeven no necesita coartadas psicológicas para hacer comprender que bajo la brillante y acomodada fachada del éxito social se ocultan fuerzas tan perversas como retorcidas. El deseo no puede juzgarse.

Elle
Elle
Dirigida por Paul Verhoeven
Escrita por David Birke (basada en una novela de Philippe Djian)
Estreno el 30 de octubre