15/12/2019
Cine

64 Festival de San Sebastián. El certamen más equilibrado

La edición de este año es la sexta que dirige José Luis Rebordinos. Ha aumentado el presupuesto, el número de espectadores y busca consolidar su categoría

Carlos Reviriego - 16/09/2016 - Número 51
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64 Festival de San Sebastián. El certamen más equilibrado
‘A monster calls’, de J. A. Bayona. Festival de cine de san sebastián
Cuando José Luis Rebordinos (Rentería, 1961) tomó las riendas del Festival de Cine de San Sebastián, en enero de 2011, el prestigio y el tamaño consolidados por la cita donostiarra parecían difícilmente superables. Categorizado como uno de los 14 festivales de la máxima categoría (A) alrededor del mundo —junto a los de Berlín, Cannes y Venecia—, su futuro en tiempos de crisis y devastación cultural, bajo un Gobierno que manifiestamente ha dado la espalda a la industria del cine, parecía abocado a la frágil supervivencia. Además, debía mantener el tipo en un sector cada vez más inestable y competitivo, en el que citas muy próximas a su calendario como las de Toronto y Locarno ganaban terreno y se hacían más y más fuertes. “Encontré que de alguna forma el festival respondía a las necesidades de ese momento —recuerda Rebordinos para AHORA—, pero era consciente de que la estructura y la función de los festivales de cine iban a cambiar a gran velocidad en los próximos años. Había que pensar en el futuro, plantearnos hacia dónde íbamos.”

La 64 edición del festival, que arranca este viernes, la sexta que dirige Rebordinos (un tipo de mirada inteligente y chispeante, de contagiosa y genuina pasión por el cine; enérgico, amable y determinado), acogerá una envidiable nómina de estrellas del firmamento cinematográfico: Sigourney Weaver y Ethan Hawke serán el centro de atención de los focos al recibir el premio Donostia (creado en 1984, con la concesión a Gregory Peck, como tributo a la carrera de un actor), y a lo largo de los días irán desfilando por la alfombra roja Oliver Stone, Richard Gere, Joseph-Gordon Levitt, Hugh Grant, Monica Bellucci, Javier Bardem, Isabelle Huppert, Ken Watanabe o Ewan McGregor, entre otros. Dice Rebordinos que en sus 20 años formando parte de la organización del festival, solo la 60 edición fue comparable a la de este año en cuanto a presencia de celebridades: “Todo depende un poco de la coyuntura, pero lo cierto es que en los últimos años hemos resuelto muy bien esa papeleta. Ha coincidido que muchas grandes películas han hecho su gira internacional a finales de año, en las fechas de nuestro festival, pero también hemos trabajado conjuntamente con distribuidoras para organizar giras promocionales a partir de San Sebastián”.

En busca del  balance ideal

En los años 90 del despilfarro y la sobreabundancia no había ayuntamiento en España que no quisiera un festival de cine para sí mismo. Para la inmensa mayoría de ellos —que han ido desapareciendo de forma tan fulgurante como se crearon—, el cine era apenas un pretexto para desenrollar la alfombra roja y hacer la foto del alcalde posando con la estrella invitada. San Sebastián está muy por encima de todo ello. La alfombra roja, el glamour, los focos mediáticos que siempre le han acompañado —léanse las jugosas memorias de Diego Galán en las trincheras del certamen, Jack Lemmon nunca cenó aquí (Plaza & Janés, 2001)— no eclipsan la genuina función por la que nació el festival: traer a la ciudad el mejor cine que se está haciendo en esos momentos. “El perfil de nuestro festival, que cuenta con muchos patrocinadores privados, tiene que responder a una serie de servidumbres mediáticas —explica Rebordinos—. Tiene que haber glamour, tiene que haber negocio, tiene que haber buen cine… si todos los elementos están equilibrados, el festival funcionará. En la búsqueda de ese equilibrio es donde volcamos nuestros esfuerzos.”

“Tiene que haber glamour, negocio, buen cine…”, dice Rebordinos sobre el festival ideal

Ante la incomprensión generalizada, Rebordinos dijo al tomar el relevo a Mikel Olaciregui en la dirección —quien hizo una importante labor por reforzar la presencia de cine americano en el certamen, y que desde su marcha ha dirigido la Cineteca de Matadero Madrid— que el festival tenía que seguir creciendo aun a pesar de la crisis. “Muchos no me entendieron, pero yo estaba convencido de que debíamos hacernos más grandes para sobrevivir y mantener nuestra relevancia.” La historia del certamen es también la de una resurrección, un gigante que luchó con uñas y dientes a principios de siglo para recuperar su gloria pasada —es decir, la categoría A—, que supo crecer a pesar de la situación política vasca, y que se ha consolidado como un proyecto levantado por la tenacidad y la pasión de un grupo de personas.

Rebordinos, que dirigió durante 21 años la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián antes de tomar las riendas del certamen vasco, dispuso en su primer año de un presupuesto de 6,7 millones de euros. Cinco años después ha conseguido amasar 7,8 millones para el evento. “El aumento de más de un millón de presupuesto procede de patrocinadores privados [Gas Natural y Movistar+, sobre todo], porque el dinero público sigue siendo prácticamente el mismo, unos tres millones.” Lejos de los presupuestos que manejan Cannes o Berlín —alrededor de los 20 millones—, Rebordinos asegura que la misión del Festival de San Sebastián no pasa por competir con ellos. “Nuestro perfil es otro. Tenemos que conseguir llegar a los 9 millones para afrontar los desafíos y los objetivos que queremos poner en marcha. No necesitamos ser más grandes que eso, pero tenemos que seguir creciendo. No nos podemos conformar con lo que tenemos.”

Industria y público

Uno de los empeños de Rebordinos en su gestión ha sido consolidar el festival como un lugar de paso obligado para la industria internacional, algo que tradicionalmente nunca fue así, sobre todo en comparación con la Berlinale y Toronto, que es eminentemente un mercado, más que un festival. “Si queremos tener prensa internacional y una amplia gama de películas, necesitamos implementar también las actividades industriales que permitan que se cree negocio, que se compren y vendan películas.” En 2010, el número de acreditados para el Foro de Industria —que tiene lugar en el Museo San Telmo— no llegaba a los 700 profesionales; hoy son casi 1.500. “Esto ha permitido que el festival se revitalice, que vengan a la ciudad fondos de inversión, productores, distribuidores extranjeros, que se haga negocio y muchas grandes decisiones pasen por aquí.”

No hay nada más triste que un festival de cine con las salas desiertas. Ciudad de enorme tradición cinéfila, la integración del público local en las actividades y programación de Donosti siempre ha sido envidiable para cualquier certamen. Es prácticamente imposible que un festival sobreviva muchos años si no cuenta con el apoyo y la complicidad de sus ciudadanos, algo que también supieron conquistar citas como las de Valladolid (Seminci), Gijón o Pamplona (Punto de Vista), y en lo que parece volcado José Luis Cienfuegos al frente del Festival de Cine Europeo de Sevilla. En 2011, Zinemaldia tenía una media de 150.000 espectadores, pero Rebordinos temía que con la crisis se perdieran unos cuantos miles, sobre todo los que viajaban expresamente a la ciudad en esas fechas. San Sebastián no es una ciudad barata, de hecho es de las más caras de España. “Tenía mucho miedo, sinceramente, así que trabajamos la programación para no perder espectadores, pensando en ofertas atractivas y en un cine de carácter más comercial. Pero lo cierto es que cada año nos hemos ido superando respecto al anterior, hasta llegar a los 175.000 espectadores del año pasado, que está muy cerca del tope de aforo que ofrecen nuestras salas.”

Festival de festivales

En las salas del festival repartidas por toda la ciudad se proyectan, en realidad, varios festivales. Es un lema para Rebordinos y una consigna para su equipo de programadores: “Somos un festival con muchos festivales dentro”. Aspiran a la selección equilibrada, en la que cada espectador encuentre el cine de sus gustos. Parece fácil, pero con una selección de alrededor de 200 títulos, de no menos de cuarenta nacionalidades, la tarea no es sencilla. La parrilla se divide en varias secciones, atendiendo a los intereses del espectador: Competición (estrenos mundiales a concurso por la Concha de Oro), Zabaltegi (el cine audaz y diferente, “lugar abierto” en euskera), Perlas (ganadoras de otros grandes festivales), Horizontes Latinos (el cine en español), Nuevos Directores (las voces a descubrir), Zinemira (el cine vasco), retrospectivas (dedicadas este año a Jacques Becker y al cine contemporáneo sobre la “violencia global”), etc. “Los espectadores entienden el cine, la vida y el mundo de formas diferentes, y para todos tiene que haber espacio en el festival. El cine es un lugar de encuentro y un festival también tiene que serlo”, asegura Rebordinos. El cartel de este año, de hecho, expresa esa noción del certamen como un punto de encuentro, allí donde creadores, industria y público confluyen. Un buen festival de cine siempre ofrece una mirada al mundo, una radiografía de las imágenes que lo radiografían.

La directora y actriz francesa Emmanuele Bercot, con la película La doctora Brest, inaugura una selección que destila sobre el papel el empeño de sus programadores por trazar una ecléctica ruta por el cine contemporáneo. Argumenta Rebordinos: “No perseguimos una línea temática o conceptual, como hacen otros festivales, pero sí intentamos que a concurso haya nombres consagrados y descubrimientos, porque descubrir a autores del futuro es una de las grandes responsabilidades de un festival”. Así, las películas más esperadas, como lo último de Bertrand Bonello —Nocturama, inspirada en la novela de Bret Easton Ellis Glamourama, que no seleccionó Cannes para no herir sensibilidades, pues trata sobre un grupo de terroristas que organizan atentados en distintos puntos de París—, competirán por la Concha de Oro con nada menos que seis óperas primas. Entre ellas, el polaco Bartosz M. Kowalski ofrecerá con Playground, según anticipan, probablemente las dos horas más brutales y violentas del festival.

Aspira a la selección equilibrada, en la que cada espectador encuentre el cine de sus gustos

Entre los más altos reclamos del certamen se verán por primera vez en España, y antes de su estreno en salas, las películas que llegan con el sello de calidad de su triunfo en otros grandes festivales. Es el caso de probablemente la comedia más revolucionaria del siglo XXI, Toni Erdmann, de la alemana Maren Ade, así como el filme de Ken Loach premiado con la Palma de Oro de Cannes en mayo, Yo, Daniel Blake, o el documental de Jim Jarmusch sobre The Stooges, Gimme Danger, un verdadero tributo a Iggy Pop y su grupo. El poeta británico Terrence Davies presentará en persona su biopic de Emily Dickinson, A Quiet Passion, una absoluta maravilla, y el cine independiente estadounidense estará representado entre otros por Jeff Nichols (Midnight Special) y Todd Solondz (Wiener-Dog). Para los más osados, la pantalla de Zabaltegi dará cabida a las ocho horas de Hele sa hiwagang hapis, el último desafío del filipino Lav Diaz, que compitió en la pasada Berlinale.

 Pero uno de los grandes propósitos de Rebordinos pasa por dar cuenta del estado del cine español. “Lo que intentamos es combinar el cine comercial de mayor calidad del año con propuestas diferentes, que se salen de lo comercial”, explica. Si hace dos años pudieron convivir en la Sección Oficial La isla mínima, de Alberto Rodríguez, con Magical Girl, de Carlos Vermut (ganadora de la Concha de Oro), este año lo hará el nuevo thriller de Alberto Rodrígez, El hombre de las mil caras, sobre Fernando Paesa y la fuga de Luis Roldán, con la pieza romántica de Jonás Trueba La reconquista. Cineastas del llamado “otro cine español”, aquel que opera en los márgenes de la industria, han contado con el respaldo del festival en los últimos años, que no los arrincona en secciones ocultas, sino en el escaparate a concurso, como a Isaki Lacuesta (Concha de Oro con Los pasos dobles) o a Javier Rebollo (El muerto y ser feliz). 

Encuentro con las películas

Como todas las grandes citas de la galaxia cinematográfica, Zinemaldia ha pasado por el a veces traumático proceso de mutación digital, que ha transformado por completo el modo en que se hace y se proyecta el cine. Al desaparecer la copia física, las ventajas son manifiestas —el transporte, el coste y el almacenamiento de copias ha dejado de ser un problema—, si bien también se ha perdido algo en el proceso. “La proyección digital es movimiento muerto, como si toda la luz de la imagen se la hubiera tragado un agujero negro”, escribe Amy Taubin en Film Comment. Lo que le preocupa a Rebordinos de la reconversión digital es otra cosa, sin embargo. “Algunos festivales grandes ya están ofreciendo parte de su programación online, y eso sí que puede ser una pérdida irrecuperable para los festivales de cine como espacios que celebran el encuentro colectivo con la película y con sus autores. Creo que eso puede ir acabando con la noción de los festivales.” San Sebastián de momento ha restringido los pases en streaming a los profesionales de la industria, no los hay para el público. “Puede ser que con el tiempo tengamos que recular porque nuestro romanticismo ya no tiene lugar, pero de momento nos aferramos a la idea del festival como espacio físico.”