26/11/2020
Libros

Ensayo. Fragmentos de vida

Serés recorre el territorio de su infancia, la Franja, registra todo lo que ha cambiado y descubre la fragilidad de casi todo

Francesc Arroyo - 08/07/2016 - Número 41
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Ensayo. Fragmentos de vida
Vista de Jubierre, en Los Monegros. Turismo de Aragón
Hay quien asegura que el collage es el arte del presente porque parte de que no hay ya visiones generales del mundo. La única posibilidad de reflejar la realidad es unir fragmentos, sabiendo que nunca llegarán a configurar un todo coherente. La obra final reproduce una globalidad rota cuyos elementos se conectan entre sí solo por la mirada del autor. Sea cierta o falsa esta opinión, el collage prolifera en las artes plásticas y en otros ámbitos como la literatura. Es el caso del espléndido libro de Francesc Serés (Zaidín, Huesca,1972) La piel de la frontera, una visión parcial de un todo inalcanzado, según confiesa el propio autor: “Algunos tenemos el absoluto averiado en nuestro sentido de la comunión, por lo que la comprensión total se convierte en algo bastante difícil”.

El volumen recoge textos escritos a partir de recorridos efectuados por Serés en el territorio de su infancia. Una tierra, la Franja, que se extiende por el este de Aragón y linda con Lleida y con la comarca del bajo Cinca en su parte central. La población más importante es Fraga y en otros tiempos el idioma dominante era el catalán, cuestión que gravita sobre el libro, traducción castellana de un original catalán. Pero todo ha cambiado. Y eso es lo que pretende fotografiar Serés: los cambios.

“Los cambios siempre sorprenden”, dice Serés, y persiste en la idea de contarlos como no se ha hecho antes

Han cambiado los cultivos. Las inversiones no siempre proceden del ahorro local. Y las manos que recogen la fruta tampoco han nacido en esa tierra. Son de hombres y mujeres que proceden de mundos distantes: Marruecos, Argelia, Mali, Senegal, Guinea, en África, pero también de los países del este de Europa. Ha cambiado también la lengua común a todos ellos. Cuando Serés, que nutre su trabajo de conversaciones, necesita una lingua franca recurre al francés. Son hombres con una pasado a cuestas, aunque no siempre con futuro. Ni siquiera su presente es estable. Habitan en viejas casas de los pueblos. A veces un edificio lo ocupan varias familias; otras, grupos sin vínculo familiar alguno. Los hay que, más o menos de paso, se refugian en antiguos pajares o en almacenes y naves en desuso, porque la crisis se ha llevado consigo cualquier proyecto de actividad industrial.

Serés habla con esos hombres. A algunos los conoció de niño, cuando empezaban a llegar al pueblo buscando esperanza en forma de trabajo. A otros no los conoce de nada y se los gana con un cigarrillo. Intenta apresar en sus palabras de dónde vienen y saber si han llegado ya a alguna parte o se verán obligados a seguir moviéndose hacia otro presente igualmente inquietante. Porque han recorrido lo que, desde la tierra que dejaron, parece el mundo entero para descubrir que siguen en el mismo sitio.

Es el caso de Raluca, rumana de origen, que se queja de que a su alrededor hay “demasiados búlgaros”. Ella, anota Serés, “quería llegar a un país y se había encontrado en otro. Después de atravesar toda Europa era como si solo hubiese ido al otro lado de Rumanía y hubiese cruzado la frontera”. De ahí que afime: “No me he movido de casa”. Y en ese instante, Serés percibe todo lo que realmente ha cambiado: “Aquí el forastero soy yo, desde los dieciocho años he vivido fuera. Algunos de los del pueblo ni siquiera saben quién soy”.

“Los cambios siempre sorprenden”, confiesa Serés al principio del libro, pero persiste en la voluntad de contarlos y, a ser posible, de forma que no se hubiera hecho antes. La narración evoluciona y el autor descubre que él mismo es espejo de esos cambios. El mundo exterior empieza a mostrarse indolentemente repetitivo, el texto gana en intimismo, en reflexión sobre la propia mirada: “Yo, de hecho, pienso que estoy aquí de la misma manera que podría estar en otra parte. Me pregunto si la vida de los demás responde a un plan predeterminado, porque la mía no”.

La investigación nunca desapasionada se tiñe de melancolía al percibir que “ya no sabes hasta qué punto [el relato] forma parte de la realidad o de la realidad inventada, reposada, solidificada y, finalmente, admitida como cierta”. Ha ido acumulando fragmentos de vida que nunca llegan a consolidarse en un todo. De pronto, ni siquiera está el sujeto que un día le contó aquella parte de una vida rota y Serés se pregunta: “¿Dónde va a parar la gente que desaparece de nuestra vida?”. Y añade: “Lo que descorazona es pensar que una persona que tiene un pasado está casi imposibilitada para tener un futuro, si la dignidad es poder decidir sobre el futuro, él ya no tiene. Pero aún es más descorazonador saber, tener la certeza de que mañana puedo ser yo quien esté en un almacén como este en otro país”.

Excelente ejercicio de compasión, en su sentido etimológico, en el que enlaza con simpatía: padecer con. Bien entendido que en esa dura y cambiada tierra, “la piedad es un pozo cuyo fondo llega hasta África”.

Al libro solo le sobran dos páginas: las últimas, dedicadas a recordar que en Cataluña hay independentistas, en un discurso que parece añadido con pegamento, absolutamente ajeno al contenido y al tono del resto de la obra.

La piel de la frontera
La piel de la frontera
Francesc Serés
Traducción de Nicole D’Amonville Alegría
Acantilado, Barcelona, 2016,
336 págs.