22/10/2019
FDL 2016

Marsé. Un escritor con un juguete

Han pasado 50 años desde la publicación de Últimas tardes con Teresa, la novela con la que ganó el Biblioteca Breve y se convirtió en el novelista de la ciudad de Barcelona

Francesc Arroyo - 27/05/2016 - Número 35
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Marsé. Un escritor con un juguete
Juan Marsé en una calle del barrio de Gràcia. Alberto Estévez
Juan Marsé (Barcelona, 1933) obtuvo el premio Biblioteca Breve en 1966 con una novela que resultaba innovadora: Últimas tardes con Teresa. La obra, la tercera en su trayectoria, aportaba, además, un personaje que ha terminado por constituirse en prototipo: el Pijoaparte, hijo de padre desconocido, andaluz de origen, emigrado para buscarse la vida en la Barcelona de los 50. El Pijoaparte se mueve en la frontera de la ley, pero su voluntad es progresar en la vida como sea, y ve la posibilidad al conocer a una muchacha, Teresa, estudiante universitaria que vive el ensueño de una clase obrera idealizada tras una indigestión de 20 duros de marxismo. La obra recrea, además, la Barcelona de la época con ambientes diferenciados: la del Carmel (entre Horta, Gràcia y el Guinardó), donde viven inmigrantes (kabileños, los llama el narrador) hacinados en casuchas y aun barracas, y la de Sant Gervasi y el Eixample, aposentada y sin necesidades. Una Barcelona en la que un personaje muy cercano al Pijoaparte, pero perteneciente ya a la siguiente novela, La oscura historia de la prima Montse (1970), “se sabe huésped no grato en la hermosa ciudad apestada, capital del desamparo emigrante, cortesía de archivo y de este sutil refinamiento de preclaros mamarrachos que se ha dado en llamar seny”.

Antes de Últimas tardes con Teresa, Marsé había concurrido al premio Biblioteca Breve con Encerrados con un solo juguete (1960), escrita al poco de terminar el servicio militar y tras haber publicado algunos cuentos en revistas literarias. Empezaba entonces su formación de autodidacta. Marsé acudió a la escuela hasta los 13 años y luego se puso a trabajar en un taller de joyería. No lamentó dejar el colegio. “Era un suplicio —cuenta—. Pasar a un taller era lo que hacíamos todos los chavales del barrio. Terminabas los estudios y te ponías a trabajar. Muy pocos hacían el bachillerato. Algunos estudiaban una cosa que se llamaba Comercio. Aprendían contabilidad, mecanografía y un poco de francés para trabajar en una oficina.”

El cine y la ciudad

Aquel chaval que leía lo que caía en sus manos “sin distinguir entre las aventuras de El Coyote o Stevenson” buscaba un lugar desde el que mirar el mundo y lo encontró en el cine. Su padre tenía un trabajo relacionado con la salubridad de las salas y gracias a su trato con los acomodadores, estos permitían al joven Marsé entrar gratis a las proyecciones.

Cuando se habla de su padre conviene matizar. Marsé tuvo un padre biológico, Domingo Faneca, y otro adoptivo, Josep Marsé. En realidad, para él, el padre real fue el segundo. “A mi padre biológico apenas lo vi un par de veces y no puede decirse que ser adoptado me afectara porque ni siquiera lo sabía.” Pero la ausencia del padre es un Guadiana en su narrativa: no pocos personajes ignoran quién es su progenitor o se halla ausente por motivos diversos. En El amante bilingüe (1990), el protagonista se mueve en el límite de la esquizofrenia y unas veces se presenta como Juan Marés y otras como Juan Faneca. Un apellido que aparece también atribuido a un soldado en uno de sus cuentos más notables: Teniente Bravo.

Marsé pasea a sus personajes por toda la ciudad, pero los paisajes no son neutros

El cine, como se ha dicho, fue una fuente de inspiración. En sus novelas y cuentos es una referencia constante, tanto las películas como las salas. Su última obra se basa en unos hechos ocurridos en el cine Delicias, pero el cine Roxy es una presencia repetida en su escritura. Uno de sus relatos se titula “El fantasma del cine Roxy”. Tiempo después, Joan Manuel Serrat le dedicaría una canción. El Roxy estaba en la plaza de Lesseps (hoy es un banco); el Delicias, en la Travesera de Gràcia. Dos puntos que marcan el perímetro de la Barcelona literaria de Marsé. “De crío, la Travesera era casi el límite de las correrías”, explica. Pero la zona más frecuentada era la del Carmel, menos poblada que hoy, y también la plaza de Rovira (allí había otro cine) y las calles Cerdeña (apenas urbanizada entonces) Escorial y Verdi, además de la avenida Virgen de Montserrat.

Así ve la ciudad uno de sus personajes: “Vaya y verá las calles en pendiente […] aunque hoy estén asfaltadas, aunque se alcen modernas casas de pisos y haya más bares y más tiendas, todo sigue igual […] recordará también las fronteras del barrio, los límites invisibles pero tan reales de los dominios de los kabileños y charnegos (separados) de los finolis […] en sus torres y jardines de la Avenida Virgen de Montserrat”. Y el narrador anota: “Con el tiempo y casi sin darme cuenta, el escenario vital de mi infancia se me fue convirtiendo poco a poco en un paisaje moral, y así ha quedado grabado para siempre en mi memoria”.

Marsé pasea a sus personajes por toda la ciudad, pero los paisajes no son neutros. Están los barrios pobres donde viven sus protagonistas, donde sueñan y proyectan; y está el resto de la ciudad, sea la canalla del barrio Chino, poblado de bares y burdeles, sea la zona rica. A ambos lugares se va siempre a hacer algo. Son de paso.

El mundo literario

Cuando en 1960 Marsé llevó Encerrados con un solo juguete a la editorial Seix Barral le dieron un recibo por el original. Días después supo que los editores habían tratado de contactar con él y acudió a verlos. Estaban asombrados. “Me dijeron que mi novela era diferente a las otras y que estaban muy interesados.” Marsé cree hoy, con la distancia, que hubo un segundo factor en aquel interés: “Yo era una especie rara: sin formación universitaria, trabajaba en un taller, era un obrero, en épocas en las que aún se valoraba el realismo socialista. Creo que esperaban de mí que fuera un escritor obrero”. Les decepcionó un poco. Sobre todo a Josep Maria Castellet. Aquel obrero no escribía para hacer la revolución sino para hacer literatura. Años más tarde, Marsé escribió un cuento ironizando con estos hechos: “Noches de Bocaccio”. Narra el equívoco que produce el encuentro entre una muchacha de la llamada gauche divine y un personaje que se parece mucho al Pijoaparte. Por una extraña peripecia, ella cree que el muchacho ha escrito unas cuartillas que resultan rompedoras. Las da a conocer a los amigos del local y unos y otros (por la narración desfilan casi todos los intelectuales de la Barcelona de los 60) se lanzan a la caza del nuevo Proust o Joyce o quizás aún mejor que ambos.

Este cuento muestra una de las características del fino estilista que es Marsé, capaz de una ironía ácida que se prolonga hasta el presente. Así, el narrador del mismo tiene extrañas “pesadillas de subdesarrollo cultural pobladas de Chorizos de las Letras (en sueños, J. J. Armas Marcelo me regala un libro de Salvador Pániker dedicado a Baltasar Porcel con prólogo de Umbral e ilustrado por Cuixart)”. Nótese el parecido estilístico con este fragmento de Esa puta tan distinguida, en el momento en el que reseña el programa de un espectáculo de variedades: “Rufián y Tardà, afamada pareja de payasos volatineros y saltimbanquis […] Pilar Rajola, contorsionista verbal y cómica radiofónica”. 

Pero volvamos a 1960: el inicio de nuevas amistades, largas y fecundas.

Entre los futuros amigos estaba un periodista que trabajaba en un diario del Movimiento, Solidaridad Nacional (fruto de la incautación tras la guerra de la Solidaridad Obrera de los anarquistas): Manuel Vázquez Montalbán. Le hizo una entrevista. “Yo no represento nada”, le dijo Marsé. Y precisaba que no escribía para el futuro sino “para los lectores de hoy”. Finalmente, en referencia al título de la obra (Encerrados con un solo juguete), Marsé afirmó: “Ese es mi juguete”, señalando a la máquina de escribir.

En aquel momento trabajaba en otras dos obras Esta cara de la luna (1962) y Últimas tardes con Teresa. La primera de ellas tenía otro título: Las muchachas del Neckar, el río que pasa por Heidelberg, la universidad alemana a la que habían ido a ampliar estudios algunos de esos nuevos amigos, entre ellos Carlos Barral. Hoy, sin embargo, Marsé no autoriza la reedición de la novela porque no cree que tenga calidad suficiente.

Cuando acudió a la editorial fue invitado a un bar cercano que aún existe en la confluencia de las calles Balmes y Provenza: El Apeadero. El nombre le viene de cuando los ahora Ferrocarrils de la Generalitat unían el barrio de Sarrià y el centro de Barcelona circulando al aire libre. Hoy lo hacen soterrados. Estaban, entre otros, Barral, Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater y Jaime Salinas. Los dos primeros serían amigos suyos hasta su fallecimiento. “Jaime era un tío estupendo, me influyó mucho y me sugirió muchas lecturas.”

Tras publicar su primer libro y Castellet mediante, Marsé consiguió una beca para París. El dinero le duró un par de meses, luego empezó a trabajar como ayudante de laboratorio en el Instituto Pasteur. Lo dirigía Jacques Monod, “un personaje fascinante”, recuerda. Más tarde obtendría el premio Nobel y una de sus obras, El azar y la necesidad (1970), fue un éxito incluso en España.

Vuelto a Barcelona trató de vivir de la escritura, entre otros motivos porque “yo soy lento escribiendo. Sé que hay escritores capaces de escribir una obra en poco tiempo. A mí me lleva mucho”. Marsé tiene un criterio para dar una obra por terminada: “Tengo que creérmela yo, en caso contrario no puedo pretender que se la crea el lector”. Y el asunto está en que, una vez editadas, si las reedita, trata de introducir nuevas correcciones. “No aprenderé nunca este oficio”, comenta.

“Yo era una especie rara: trabajaba en un taller. Esperaban de mí que fuera un escritor obrero”, confiesa Marsé

Después de La oscura historia de la prima Montse, consiguió vivir de trabajos para el cine. “Fue una época agradable.” Escribía diálogos junto a otro de sus grandes amigos, Juan García Hortelano. En ese momento, dice, se lía “la manta a la cabeza” y termina una novela que sabía que la censura no le iba a dejar publicar: Si te dicen que caí. “Tenía que escribirla.” Efectivamente, no pudo publicarla en España. Lo hizo en 1973 en México, donde obtuvo el premio Internacional de Novela. La primera edición española no llegará hasta 1976, un año después de la muerte de Franco. En esta obra Marsé culmina una técnica narrativa: la narración dentro de la narración, convertida en la “aventi”, la aventura que cuenta alguno de los personajes. La característica de las aventis, a diferencia de las subhistorias, consiste en que siempre están al servicio de la trama principal. Se puede explicar con palabras del propio Marsé aplicadas al cine: “Si en una película aparece una pistola, tiene que ser disparada”. Sostiene que lo aprendió con Hitchcock y que no consiguió transmitírselo a algunos adaptadores de sus obras.

Memoria y reconstrucción

Si te dicen que caí inicia, en cierto modo, la reconstrucción (siempre desde la ficción) de la memoria de la ciudad. Dicho por el escritor que protagoniza su última novela, él escribe “para saber si he sido realmente el protagonista de mi vida”, para comprender esa vida, conectada a la de quienes le rodean en una ciudad dividida entre vencedores y vencidos, pero no solo. Es, sobre todo, una ciudad dividida entre ricos y pobres y el narrador es consciente de las diferencias. Así las cuenta: “Los ricos heredan también esa sonrisa perenne, como los pobres heredan dientes roídos, frentes aplastadas y piernas torcidas”. O, tras una breve reflexión sobre un grupo de universitarios, marca las distancias: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”. No es envidia, es voluntad descriptiva porque Marsé está convencido: “lo que necesita la novela de hoy” son “menos adjetivos y más sustantivos”.

La travesía de la memoria se prolonga con obras diversas Un día volveré (1982); Ronda del Guinardó (1984); El embrujo de Shanghai, que obtuvo el premio Nacional de la Crítica en 1994; Rabos de lagartija, publicada en el año 2000, cuando obtuvo el premio Nacional Literatura; Caligrafía de los sueños (2011), dos años después de haber recibido el premio Cervantes. Antes, en 1978, escribió otra obra en la que la memoria juega también un papel esencial, pero en este caso el punto de partida es la memoria de otro: La muchacha de las bragas de oro, con la que obtuvo el premio Planeta. En ella un viejo falangista con mala conciencia revisa su vida. “El punto de partida fue Descargo de conciencia, las  memorias de Pedro Laín Entralgo.” Y dicho esto se pregunta: “¿Por qué, pasado el tiempo, recordamos las cosas de forma tan diferente?”. Pregunta inquietante, porque muchos de sus personajes se hallan atrapados entre la reconstrucción de la memoria y el deseo de un futuro mejor, aunque en algún momento no puedan dejar de preguntarse, como uno de los personajes de El embrujo de Shanghai: “¿Cuándo se torció el camino, dónde extraviamos la utopía? ¿Por qué tanta fe y tanto vigor moral se trocaron en egoísmo y superchería?”.