22/5/2022
Arte

Exposición. Júlia, el esplendoroso deseo de Ramon Casas

El Círculo del Liceo de Barcelona abre sus puertas para mostrar los cuadros que cuentan su relación

Francesc Arroyo - 20/05/2016 - Número 34
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Exposición. Júlia, el esplendoroso deseo de Ramon Casas
‘Júlia en granate’, alrededor de 1908. Círculo Ecuestre de Barcelona
Júlia Peraire era en 1905 una chiquilla de 17 años que vendía billetes de lotería en la plaza de Cataluña de Barcelona cuando atrajo la mirada de uno de los pintores más famosos de la ciudad: Ramon Casas (1866 - 1932). Quedó prendado y le propuso que fuera su modelo. Ella aceptó y se inició una relación que duró hasta la muerte de Casas. El fruto de ese idilio, que se inicia con el arrobo, sigue con la pasión y se agosta con el tiempo y las circunstancias, puede verse ahora en un espacio insólito: el Círculo del Liceo de Barcelona. Un club privado habitualmente cerrado al público. Son algo más de medio centenar de obras que cubren todos los años en los que ambos estuvieron juntos. Casas tenía 22 años más que Júlia y la relación entre ambos no fue bien vista por la burguesía de la época. Empezando por la madre del pintor, Elisa Carbó, con quien el artista compartía una casa burguesa en el paseo de Gràcia, y que condenaba sin paliativos lo que consideraba una infausta aventura. Solo cuando murió, en 1912, decidió Casas trasladarse a una nueva residencia en Sant Gervasi y vivir con Júlia, lo que no sirvió para que ella fuera aceptada por la sociedad de la época.

Casas, sin embargo, decidió que aquella mujer debía estar presente en Barcelona y la utilizó como modelo de anuncios de jabón, de competiciones de coches e incluso para el cartel de los juegos florales de 1908. Paralelamente, la retrataba para sí en todo su esplendor: vestida, desnuda, insinuante, pasional, deseada. Todo eso traducen las pinturas, muchas de ellas procedentes de colecciones privadas, que se ofrecen ahora en panorámica en la exposición del Círculo del Liceo.

El pintor reprodujo la imagen de su musa, Júlia Peraire, de todas las maneras y con todos los atavíos

Casas reprodujo la imagen de su musa de todas las maneras y con todos los atavíos. La coronó con el murciélago (símbolo de la corona de Aragón), la hizo monja en el monasterio que la familia había adquirido y reformado en Sant Benet de Bages, la dibujó al carbón y la pintó al óleo. La vistió de chulapa, de flamenca, de muchacha moderna y de señora burguesa. La cubrió con armiños y con mantones de Manila. Experimentó con ella en las composiciones y con diversas técnicas que evocan con claridad algunas de las influencias más notables de Casas. Un pintor calificado de modernista, y que lo fue, pero que conocía y apreciaba a Velázquez, al Greco, a Goya y a no pocos renacentistas italianos, además de a los impresionistas franceses, Renoir especialmente. Algunos de los cuadros de la exposición muestran la voluntad de Casas de conectar con la tradición. Así, el goyesquismo que se traduce en la palidez de algunos de los rostros o el empleo del llamado “amarillo Greco”.

La 'sargantana' y la doble moral

Pero la obra central de la exposición, tan potente que ha sido elegida para el cartel de la misma, es La sargentain. Los barceloneses de principios de siglo llamaban a Júlia con la traducción catalana del término: sargantana. Significa lagartija, pero se jugaba también con la proximidad de la expresión “sargentona” para insinuar que era ella el elemento dominante en la relación y que Casas se limitaba a ceder a sus exigencias.

Lo único que no hizo él hasta poco antes de su muerte fue, sin embargo, algo que ella ansiaba: casarse, de modo que Júlia siguió siendo el centro de Ramon Casas y la periferia de sus allegados. El rechazo de la sociedad bienpensante barcelonesa a Júlia solo se explica por la doble moral burguesa de la época. Cuando ella aceptó la propuesta de Casas de actuar como modelo, se ganaba la vida como lotera, pero no era una “paria social” sino que procedía de una familia relativamente acomodada y de formación liberal. Su padre fue un industrial que falleció en una explosión en su fábrica. Júlia tuvo hasta ese momento una formación similar a la de las muchachas acomodadas de la época.

La visita a la exposición solo puede hacerse de forma guiada, ya que las salas que la acogen no están pensadas para este tipo de menesteres, lo que no deja de tener su encanto en tiempos en los que se cuestiona la función del museo. Se mire como se mire, el Círculo del Liceo no actúa esta vez como almacén de obras de arte. La posible incomodidad que el poco espacio genera queda compensada con creces por lo adecuado del entorno, que conserva casi íntegra la decoración de la época, y por la visita a la salita La Rotonda, que fue utilizada durante años como fumador por los socios del club.

La decoración de esta sala fue un encargo del Círculo del Liceo a Ramon Casas en 1901. Ya la entidad había comprado antes, en 1896, una pintura del artista: Baile de tarde. Pero es una obra hecha antes de su estancia en París donde se empapó, sobre todo, de la influencia de Renoir perfectamente apreciable en los 12 murales de La Rotonda.  Casas diseñó también el tipo de luz que debía ser utilizada para la iluminación de estos murales que reproducen imágenes de las sesiones teatrales, de actividades campestres, de bailarinas de ballet, de majas e incluso de un impresionante coro de monjas.

La exposición se completa con el documental Júlia, de Emiliano Díaz Cano.

 

Júlia, el desig.
Júlia, el desig.
Ramon Casas
En el Círculo del Liceo de Barcelona hasta el 20 de julio