26/11/2020
Literatura

Fin de época. Nostalgias imperiales

La caída del Imperio austrohúngaro provocó un cataclismo que puede verse en la obra de algunos escritores centroeuropeos, además de en la de Zweig y Roth

Fin de época. Nostalgias imperiales
Alrededor del año 1928, mujeres de clase media hacen cola con su equipo de limpieza tras haber sido avisadas de que había vacantes. Hulton / Getty
En su exilio parisino, a mediados los años 30 del siglo XX, Joseph Roth flirteó con el catolicismo, frecuentó las iglesias y proclamó que había renegado del judaísmo convirtiéndose a la fe cristiana. Nunca estuvo claro si fue real aquella mudanza: su amigo Soma Morgenstern creyó que era el fruto combinado del alcoholismo, que le impulsaba a obrar como un histrión, y la búsqueda inquieta de sus raíces en las ruinas del Imperio austrohúngaro, que le llevó también a pretender la restauración monárquica.

Por entonces también se hizo católico Bruno Schulz, otro escritor judío nacido en 1892, dos años antes que Roth, en su misma Galitzia austrohúngara. Resulta tentador asociar ambas crisis de fe a las tribulaciones de la comunidad judía centroeuropea en la Europa de entreguerras, sumergida en una perenne reflexión sobre su identidad, acosada por el avance del antisemitismo, perdida en el tráfago de las construcciones nacionales. Pero en 1923 se había convertido al catolicismo Alexander Lernet-Holenia, protestante, nacido en Viena en 1897 en el seno de una familia aristocrática. Y en 1940 trocó la fe evangelista por la católica Heimito von Doderer, también vienés, de 1896, vástago de una dinastía burguesa. Quizás esta serie generacional de conversiones fuera casual. Pero quizás también revele otra cosa: la caída del Imperio austrohúngaro fue un cataclismo de tal magnitud que décadas después aún removía las convicciones más íntimas de quienes lo vivieron.

“Las puertas estaban abiertas y la marea había atravesado Europa.” Así describe Heimito von Doderer en Los demonios (Acantilado, 2009) el maremoto provocado por la Gran Guerra. Marcado a fuego por aquella catástrofe, al igual que otros escritores centroeuropeos, Doderer participó de un género que gozó de notable éxito mediado el siglo XX: la literatura sobre el finis austriae, sobre el derrumbe del imperio.

Son novelas que recrean la vida de la Corona austrohúngara en sus últimos años o evocan aquel mundo perdido

Las obras de esta especie recrean la vida de la Corona austrohúngara en sus últimos años o evocan en páginas teñidas de melancolía aquel mundo perdido. Pasado que estos autores no consideraban perfecto, pero sí mejor que el presente dislocado y violento que en las décadas siguientes remplazó a la paz imperial, la “edad de oro de la seguridad”, el “mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas” que describió Zweig en su autobiografía El mundo de ayer.

El éxito que cosechó la última versión española de este libro (Acantilado, 2001; 21 ediciones desde entonces) es un buen punto de partida para datar el interés renovado de los lectores por esta narrativa sobre la decadencia, impregnada de saudade, cuya pieza maestra es La marcha Radetzsky, escrita por Joseph Roth en 1932. Zweig o Roth, cuya obra se ha editado casi por completo en los primeros años de este siglo, desbrozaron un camino seguido después por autores desconocidos en España hasta la fecha u olvidados durante décadas.

Testigo del desplome

Alexander Lernet-Holenia, poeta, dramaturgo, novelista y guionista de cine, fue uno de los escritores aquejados de melancolía imperial. Hijo de la baronesa Boyneburgk- Stettfeld, casada con el oficial Lernet, circuló el rumor de que su padre era un archiduque Habsburgo, filiación incierta que le marcó de por vida. Luchó en las dos guerras mundiales: como voluntario en la primera y movilizado unos días al comenzar la segunda, y volcó su experiencia bélica en varios libros.

El estandarte (Libros del Asteroide, 2013), novela crepuscular del imperio escrita en 1934, es una obra de ritmo fluido y trepidante, que hibrida el relato de aventuras, el folletín romántico y el cuento de misterio en una narración amena, pero no por ello simple. Un breve prólogo introduce al lector en la magnitud del drama vivido en Centroeuropa: en 1928 su protagonista, el oficial Menis, es un hombre atormentado, marcado a fuego por la Gran Guerra, que recorre las calles de Viena auxiliando a excombatientes devenidos en mendigos. Las secuelas de la tragedia aún impregnan la sociedad austriaca: “Los desaparecidos y los muertos” siguen conformando un “ejército invisible”.

A continuación la novela da un giro: retrocede 10 años, hasta finales de 1918, y la historia deriva en drama romántico pues Menis, alférez casi adolescente, se enamora perdidamente de una joven en la Ópera del Belgrado ocupado por los austriacos. La sociedad quebrada de posguerra da paso al lujo y oropel aristocrático y burgués, y a través de la historia de amor Lernet describe en breves pinceladas el mundo elegante, cosmopolita y singular que pronto sucumbirá, ya que —avanza Menis— llega “el momento de las cosas comunes”.

Menis será protagonista y testigo del desplome. Destinado al frente tras un incidente protocolario, poco a poco se obsesionará con la idea de llevar la bandera de su regimiento en la batalla. Acabará lográndolo, aunque no en una acción heroica, sino al caer muerto el alférez que porta el estandarte durante la insurrección de los soldados austrohúngaros, que huyen en desbandada. En medio del caos, Menis defiende con su vida la insignia, transmutada en símbolo imperial. Pero cuando llega a salvo al Palacio de Schönbrun no encuentra a quién entregarla: el emperador ha huido y su reino ya es historia.

Fantasmagoría bélica

Por momentos El estandarte exuda un aire fantasmagórico, común a otras novelas de Lernet- Holenia: abundan las profecías sobre la muerte, las discusiones sobre el más allá, las presencias espectrales… No obstante, el aura misteriosa es aún más intensa en Marte en Aries (Minúscula, 2010). La novela fue secuestrada por los nazis en 1941, debido a su descripción cruda y derrotista del inicio de la Segunda Guerra Mundial y a que derrocha simpatía por la “desdichada, derrotada y devastada Polonia”. La versión definitiva no apareció hasta 1947.

Las páginas iniciales marcan el tono fantástico: en agosto de 1939, en vísperas de la invasión de Polonia, el conde Wallmoden, su protagonista, charla con otros oficiales sobre espiritismo, bilocaciones y fantasmas. Después, parte de la trama transcurre en palacios oscuros donde se congregan en conciliábulos secretos personajes rodeados de un halo enigmático. Todo ello confiere a la obra el aire chocante de novela gótica, género demodé a estas alturas del siglo.

La fantasmagoría que impregna Marte en Aries se acentúa poco antes de que comience la campaña bélica, cuando las tropas avanzan hacia el frente polaco por un espacio extraño, indefinido, sumido en una suerte de limbo; desconcierto espacio-temporal que Lernet describe combinando dos dimensiones: aquel territorio “no era un mundo. Era algo así como un interregno”. Esta sensación de atemporalidad viene acentuada por el contraste entre la información que los lectores tienen sobre la Europa de septiembre de 1939 y lo que el autor cuenta —o no cuenta— al respecto. El Imperio austrohúngaro se rompió tras la Gran Guerra, el Tercer Reich anexionó Austria en 1938 y el ejército nazi invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939.

Pero en Marte en Aries, Wallmoden es oficial de un ejército que invade Polonia, aunque en ningún momento hay referencias al Anschluss, ni al Tercer Reich. Y aunque Checoslovaquia estaba entonces emplazada entre Austria y Polonia, las tropas avanzan en una suerte de continuum por tierra abierta, sin fronteras, como si todo aquel espacio formara aún parte de un mismo Estado. Borradas las claves del presente, lo que resta es un espectro del pasado: la sombra del imperio como una aparición inquietante, sobrenatural.

La nostalgia también impregna Los demonios, obra cumbre de Heimito von Doderer, que le valió el Premio Nacional de las Artes austriaco. Doderer, considerado hoy uno de los grandes autores austriacos del siglo XX, pertenecía a una familia de la gran burguesía vienesa empobrecida tras la Gran Guerra, contienda en la que luchó como voluntario. Capturado por los rusos, tras la Revolución de Octubre y en el tráfago de la guerra civil rusa acabó perdido en Siberia. Vagaría varios años por un paisaje de imperios en ruinas: no regresó a Viena hasta 1920.

Una novela-río

Quizás su experiencia en la Rusia soviética y el temor a la revolución —que en estos años empujó a muchos aristócratas y profesionales liberales hacia posiciones conservadoras, tradicionalistas o autoritarias— influyeran en su decisión de adherirse en 1933 a la rama austriaca del Partido Nacionalsocialista. O quizás fue porque la quiebra del patrimonio familiar comportó una suerte de desclasamiento. O quizás por mero oportunismo. En cualquier caso, cabe interpretar tal decisión en el contexto más amplio de una crisis personal que le llevó también a convertirse del evangelismo al catolicismo, religión imperial. Sometido a un proceso de desnazificación tras la guerra, no pudo publicar hasta 1947. Para entonces ya llevaba casi dos décadas trabajando en Los demonios, aunque el libro no vería la luz hasta 1956.

Se trata de una novela novela-río que fluye a lo largo de 1.600 páginas describiendo minuciosamente la vida vienesa en los meses previos a la revuelta de julio de 1927, punto de fuga hacia el cual se orienta la acción. Para Doderer aquel episodio, que enfrentó a militantes de la izquierda obrera con la extrema derecha nacionalista y se saldó con el incendio del Palacio de Justicia y cerca de un centenar de muertos, fue un punto de no retorno a partir del cual la violencia política se enseñoreó de Austria: aquellas barricadas, escribe en Los demonios, fueron “un símbolo” que “marcaba la caída de una época, señalaba su declive”.

Pululan por la novela más de un centenar de personajes que discurren en decenas de tramas paralelas. Pero quien marca el tono del relato es el jefe de sección Geyrenhoff, el único que narra parte de la trama en primera persona. Geyrenhoff es un hombre aquejado de morriña, que añora la seguridad del pasado frente a la incertidumbre del presente, que evoca con frecuencia “aquel mundo hundido”, anegado por la marea; que rememora “la riqueza políglota de un Imperio gigantesco, con la enorme pompa de sus viejas formas, a las que uno se sentía unido por sus padres y por sus ancestros”; que invoca la “sociedad despreocupada”, portadora “de una de las culturas más fascinantes de las muchas que nuestro acelerado continente ha alentado… y ha visto hundirse”.

Melancolía imperial

La melancolía imperial aflora en la trilogía transilvana de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide, 2009-2010), integrada por las novelas Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido. Las tres recrean —en cerca de 1.500 páginas— la vida de la aristocracia húngara entre 1904 y 1914.

Nacido en 1873, Bánffy pertenecía a una familia aristocrática transilvana. Fue diputado en la dieta magiar a comienzos del siglo XX. El Tratado de Trianon, que asignó Transilvania a Rumanía tras la Gran Guerra, dislocó su vida: nunca dejó de sentirse húngaro, pero su casa natal y sus propiedades familiares quedaron entre los límites del Estado rumano. En Rumanía le sorprendió el fin de la Segunda Guerra Mundial: no pudo reunirse con su familia, residente en Budapest, hasta 1947. Murió en 1950 y su obra fue prohibida por el régimen comunista hasta 1982.

La trilogía transcurre fundamentalmente entre Koloszvár (hoy Cluj-Napoca, en Rumanía) y las montañas transilvanas, con puntuales escalas en Budapest, capital de la Corona húngara. Escrita entre 1934 y 1940, responde al patrón de la novela naturalista decimonónica y eso hace de ella una pieza extraña. Habitada por una amplia panoplia de personajes secundarios, la trama se articula en torno a las vidas paralelas de los primos Bálint Abády y Lászlo Gyeroffy, aristócratas transilvanos.

Estos autores no creían que el pasado fuera perfecto, pero sí mejor que su presente violento y dislocado

Abády es un modelo a seguir: Bánffy cifra en él los valores que hubiera debido tener a su juicio la aristocracia húngara para impedir la crisis del imperio. Hombre culto, preparado, imbuido de un espíritu moderno, dispuesto a implantar en sus tierras nuevas técnicas de cultivo que alienten el desarrollo económico, combate contra las inercias de la tradición, el caciquismo en el mundo rural y la indolencia de la clase política. Un programa que hubiera podido suscribir su contemporáneo Joaquín Costa, o cualquier otro regeneracionista español.

Abády rige sus acciones por la razón y Lászlo Gyeroffy es un héroe romántico tardío. Músico brillante, a lo largo de la trilogía emprende una rabiosa derrota hacia la destrucción por culpa de un amor no correspondido. Corre su decadencia en paralelo a la del imperio, que como reza el título del primer libro, tiene Los días contados.

A diferencia de otros escritores de la época, Bánffy no cae en el victimismo. Lamenta la suerte de su país, pero no achaca la debacle al destino, ni al enemigo exterior. Viejo liberal de raigambre decimonónica, convencido de que las élites debían dirigir el rumbo de la nación, reprocha su ruina a una clase política incapaz y a una aristocracia despreocupada, que han abjurado ambas de su función rectora.

Bánffy critica la indolencia de sus compañeros de clase social, pero también recrea con cariño sus hábitos y costumbres, la atmósfera y el ambiente de un mundo ya perdido, y deja ver una nostalgia en ocasiones conmovedora hacia los años felices que precedieron a la catástrofe. No obstante, conforme avanza el tiempo el relato se hace más oscuro y tenebrista: terminó de escribirlo en mayo de 1940, cuando dos guerras brutales ya habían laminado los últimos restos de su mundo.

La trilogía acaba con Bálint Abády partiendo hacia el frente. Ya no hay belleza en las montañas transilvanas: son “largas crestas con laderas abruptas” que asemejan “féretros gigantescos, féretros de muchas naciones”; féretros que “inmóviles y majestuosos esperaban bajo el incendio del mundo”.

El estandarte
El estandarte
Alexander Lernet-Holenia
Traducción de Annie Reney y Elvira Martín
Libros del Asteroide, Barcelona, 2013,
334 págs.
Marte en Aries
Marte en Aries
Alexander Lernet-Holenia
Traducción de Adan Kovasics
Minúscula, Barcelona, 2010,
218 págs.
Los demonios
Los demonios
Heimito von Doderer
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
Acantilado, Barcelona, 2009, 1.664 págs.
Trilogía transilvana (Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido)
Trilogía transilvana (Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido)
Miklós Bánffy
Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño
Libros del Asteroide, Barcelona, 2009- 2010, 1.432 págs.