18/11/2019
Libros

Gallina al sprint

En su debut, Anna Ballbona sortea el costumbrismo con ingenio y originalidad

Gonzalo Torné - 01/07/2016 - Número 40
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¿Qué fue del costumbrismo? ¿Qué pasó con todas aquellas novelas que levantaban acta de la continuidad de fiestas juveniles y de los desvelos del artista sumido en la parálisis del fin de la historia? Aquel mundo encantado y estático quedó barrido por la crisis, y hoy por hoy un escritor joven (el costumbrismo prefiere manifestarse en el terreno de la incipiencia) ya no puede limitarse a describir sus vagabundeos nocturnos y su ennui sin parecer un marciano o un rentista. Pero no se deje engañar: aunque el mundo ha cambiado, el costumbrismo sigue allí. La crónica gris, la mirada chata, la planicie expresiva… se han trasladado al registro de las nuevas penurias económicas y laborales; refugiado en la literatura social, el costumbrismo sigue levantando sus pesadísimas actas. La misma tristeza artística, el conformismo vital de siempre.

Viene todo esto a colación porque Anna Ballbona ha escrito una novela sobre las condiciones laborales y sus prolongaciones afectivas y psicológicas en el inmediato presente, y ha logrado esquivar el peligro del costumbrismo de una manera no solo ingeniosa, sino también resueltamente artística.

El foco narrativo se centra en Dora, una joven periodista (como la autora, según se informa en la solapa) que vive de escribir pequeños breves pseudoculturales en un medio de Barcelona, ciudad a la que tiene que desplazarse a diario en tren. Tanto en su precario trabajo como en sus tediosos viajes en transporte público Dora testimonia los efectos lesivos de la negra fiesta de la burbuja económica, sin recurrir a una catástrofe: se trata de una molestia que entorpece todos los movimientos hasta comprometer los objetivos vitales.

Con dos estrategias Ballbona evita ahogar la novela en el costumbrismo hacia el que se inclina de manera natural el tema: por un lado la voz narrativa, por lo general casi fundida con la conciencia de Dora, se distancia en ocasiones para abrir un espacio de reflexión irónica sobre las decisiones del personaje. En segundo lugar, la novela está tejida por una serie de situaciones recurrentes, una red casi simbólica (una fiesta infantil, el viaje a Dublín, una vida rural tan en retroceso que apenas sobrevive como fantasmagoría de la memoria, el miedo a reflejarnos un día en el discurso de los enfermos mentales…) que va estrechándose hasta revelarse en una epifanía (de ahí Joyce) cómica y amarga: nuestra condición gallinácea y la exigencia, si es que queda una gota de sangre, de rebelarnos.

El trazo de la gallina supone uno de los grandes logros de la novela. La gallina es un ser incapaz de darle un sentido profundo a su vida y que no solo ha renunciado a la acción sino a cualquier movimiento reivindicativo. Su horizonte vital es cumplir con el papel de comparsa, asumir calladito su figura ridícula. La amputación de las ambiciones (circunscritas a los lances amorosos, algún viajecito y el desahogo etílico) no es gratuita, el drama es que por mucho que nos esforcemos por actuar como gallinas no vamos a dejar de ser humedecidos a diario por la fuente de las aspiraciones. El riesgo, ejemplificado en la novela por las amenazantes voces de los locos que viajan en el mismo Rodalies, es resbalar por la pendiente de la neurosis o la depresión (de los ansiolíticos multicolor): el tenebroso repositorio dispuesto para las gallinas que no logran adaptarse a su condición de obediencia silente.

De regreso de su epifanía Dora está decidida a cambiar, pero no encuentra apoyos: quienes la rodean están instalados en el optimismo fácil de la autoayuda o en un cinismo de feria. Para escapar de este cloqueo disconforme en el vacío, sin esperanza de apoyaturas en una acción colectiva, Dora decide ponerse en movimiento sacudiendo los músculos (sale a correr, se compra una moto) a la espera de encontrar un modo más profundo de desperezarse que llega cuando, inspirada por Bansky, decide vehicular la vieja frustración en una serie de acciones callejeras, levemente vandálicas, en la urbanización de los pijos más cercana a su domicilio.

En el tramo final de la novela se resuelve la peripecia (una secuencia de divertidas viñetas narrativas menos lograda que la formidable primera sección), a estas alturas ya se acumulan motivos más que suficientes (su finta al costumbrismo, la intensidad de la denuncia, la audacia de describir el agonizante mundo rural abducido por la cercanía de Barcelona, el gusto por un idioma tenso y sensual) para justificar la lectura de este sorprendente relato sobre la liberación, por la vía estética, de una gallina. Sorteados los peligros de una primera novela, ojalá Anna Ballbona insista en la original alternancia de rabia y reflexiones de rara intensidad abstracta, en la reivindicación íntima. Ahí es donde parece afianzarse y más ocasiones tiene de prosperar su talento.

Joyce y las gallinas
Joyce y las gallinas
Anna Ballbona
Traducción de Mari Paz Ortuño Anagrama,
Barcelona, 2016,
200 págs.