18/9/2019
Opinión

¿Guerras culturales?

Asistimos a un acontecimiento mediático que convierte a los políticos en objeto de escándalo más propio de una democracia de espectadores

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¿Guerras culturales?
ÁLVARO VALIÑO
Durante las últimas semanas hemos observado en la escena política una serie de cambios estéticos, protocolarios, discursivos y simbólicos que se han presentado como “batallas culturales”. Otra indumentaria, con rastas o sin ellas, otras formas, otro vocabulario político marcan el terreno sobre el que librar esas batallas culturales. Pero también la activación de otros temas que, como el atuendo de los reyes magos, generan polémica y parece que desvían la atención sobre las políticas centrales que deberían acaparar la energía de nuestros representantes, que son compartidas en términos de intereses por la mayoría de la ciudadanía y, por tanto, no la dividen.

Basar la política en mera activación de políticas públicas que garantizan el bienestar general es eliminar la política misma y reducirla a pura gestión de expertos. La política, además de gestión, es poder, lucha por el poder, y en ese camino los contrincantes deben desplegar sus tácticas para lograr tal fin. No estamos, sin embargo, ante  “luchas culturales” que anuncian la quiebra de una época, como la que supuso Mayo del 68, por ejemplo. Nos encontramos más bien ante meras estrategias de economía de la atención mediática que confirman una tendencia anunciada por grandes expertos en Ciencia Política y que nos hablan de un modelo de democracia basado en la “democracia de audiencia”.

Quien no sale en la tele no existe, y de esta forma las reglas televisivas acaban moldeando la política

Esta “democracia de audiencia” alude a una transformación que tiene que ver con el espacio privilegiado en el que se desarrolla la política, esto es, los medios de comunicación. Y de cómo ese “medio”, convertido en mensaje, ha terminado afectando a la naturaleza misma de la política. Este fenómeno de “política-espectáculo” encaja con un modelo estadounidense que se ha ido trasladando progresivamente a Europa. El dominio de la televisión para llegar a un público amplio, los sondeos inmediatos para acaparar y mantener esa atención mediática, las tertulias-espectáculo, las valoraciones rápidas que convierten en acontecimiento político cualquier anécdota, etc. A partir de aquí, merece la pena detenerse en ciertas preguntas.

Dentro de este modelo, ¿por qué se activan temas que polarizan? Primero, hay que tener presente que la competición política se basa en una lucha por acceder a las instituciones, y que ese acceso a las instituciones, o la mayor o menor presencia en ellas, depende de la capacidad de movilizar a los votantes. Los analistas llevan tiempo observando que solo se moviliza a través del conflicto, esto es, cuando hay rivales y se perciben diferencias entre ellos. Un candidato “no tiene solo que definirse a sí mismo, ha de definir también al adversario”. De esta forma, “cuando se presenta a sí mismo, presenta una diferencia”, dice Bernard Manin.

Por tanto, los políticos necesitan esas diferencias para movilizar a sus votantes. Como consecuencia de ello, la crítica al hecho de activar lo que polariza a los votantes deja paso a una pregunta más relevante para la Ciencia Política: ¿por qué los políticos buscan esas diferencias en temas como el aborto, la cabalgata, o el callejero antes que en programas económicos? La respuesta tiene que ver nuevamente con una lógica del poder. En un momento en el que el poder deja de estar en manos de la política y sigue concentrado en flujos globales de capital, la fantasía de la “acción política” se despliega sobre temas en los que es posible intervenir y que cumplen con esa función movilizadora para que un candidato pueda ganar unas elecciones.

¿Pero es suficiente con la movilización? Cuando los medios de comunicación se convierten en el espacio privilegiado de la política, todo lo que queda fuera de esos medios es mera marginalidad. Sabemos que en la actualidad la gente recibe información y moldea su opinión esencialmente a través de los medios de comunicación. En este terreno, las encuestas indican que la gente obtiene la mayoría de las noticias sobre cuestiones nacionales e internacionales a través de la televisión. La lección que se deriva de esto para los políticos es que quien no sale en la tele no existe. Y de esta forma las reglas televisivas acaban moldeando la política.

¿De qué reglas estamos hablando? Fundamentalmente de una economía de la atención antes que de una “guerra cultural”, de gestos resultones que en un proceso de competición y saturación de información mediática sean capaces de destacar sobre el resto. Por ejemplo, que Bescansa lleve a su niño al Parlamento es un gesto (que puede ser feminista) de captación de la atención. Pero ni es nuevo —las verdes alemanas ya lo hicieron hace 20 años— ni supone una revolución cultural. Lo sería si se estuviera poniendo en jaque al patriarcado mismo como sistema de dominación masculina, de igual modo que con Mayo del 68 desaparecieron distintas formas de autoridad ejercidas por la iglesia, el Estado y las instituciones educativas.

Como consecuencia de estas pautas, ¿qué transformaciones sufre el proceso de comunicación política? La más importante quizá es que para pasar el filtro de los medios deben adaptarse al mismo medio y, por tanto, transformar su propia naturaleza. Por ejemplo, cuando se simplifican mucho los mensajes y se hacen ambivalentes de forma que puedan encajar en la opinión de más gente. Sigue sin estar claro lo que es un “gobierno reformista”, pero Pedro Sánchez no deja de utilizar ese mantra, como si no fuera propio de los gobiernos hacer reformas.

Otras veces solo se llega al público cuando una noticia se convierte en infoentretenimiento y desvirtúa la propia naturaleza del problema político. Lo estamos viendo estos días con las noticias que atañen a temas de corrupción. Antes que provocar una reflexión profunda sobre los mecanismos de rendición de cuentas o la transparencia en los procesos políticos de decisión, asistimos a un acontecimiento mediático que convierte a los políticos en objeto de escándalo  más propio de una democracia de espectadores (como dijo Byung-Chul Han).

¿Cuáles son por tanto las implicaciones para la naturaleza misma del sistema político? Sin lugar a dudas, la “democracia de audiencia” (Castells), la “telecracia” (Esprit) o la “democracia de espectadores” tienen consecuencias importantes sobre los partidos políticos, sobre el fenómeno de personalización de la política y sobre el proceso de selección de las élites políticas. El papel de los partidos es secundario cuando la gente comienza a sentir simpatía por un líder que le genera confianza o que despierta sentimientos positivos en ella. Las personalidades restan protagonismo a los partidos porque la televisión les confiere ese realce y fuerza esa individualidad.

El papel de los partidos es secundario cuando la gente siente simpatía por un líder que le genera confianza

Durante las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, el porcentaje de votantes que conocía a Iglesias era sustancialmente mayor que el que conocía a Podemos. Por eso su imagen acabó plasmada en la papeleta. Pero para salir en la tele debes ser competitivo en términos de audiencia. Si no lo haces, corres el riesgo de quedarte fuera. La consecuencia es que el hombre de partido cede paso al hombre mediático, provocando una transformación en el proceso de selección de élites políticas, pero de élites en todo caso. Se habla de “guerras culturales”, pero estas formas de escenificación del conflicto y de lo adversarial, que seguramente tienen más que ver con la práctica imposibilidad de ofrecer una alternativa al statu quo de la Europa tecnocrática y de los mercados, se libran sobre lo “superestructural”. Confrontados sobre lo periférico, lo nuclear permanece imbatible.