22/10/2020
Pero ¿qué broma es esta?

Todo por el espectáculo

  • A
  • a
Todo por el espectáculo
Gallardo

Cuando vivimos momentos iniciáticos, según proclaman insistentes los nuevos apoltronados, es ocasión de tomar nota de cómo llegan para cumplir los deberes de homologación requeridos por el Congreso de los Diputados, de cómo visten las clámides de la nueva política y de cómo se peinan, prueba inequívoca de que, como los hoplitas que defendían el paso de las Termópilas, van a batirse hasta morir. Aparecen impulsados por los de abajo, mostrando la marca de los plebeyos luciendo la camisa a media manga y el canesú ad hoc desafiando a los patricios establecidos de chaqueta y corbata. Dispuestos a dar espectáculo, aunque fuera solo visual, a robar fotos de portada y a dar que hablar. Lo consiguieron. Como gustaba escribir Anson en las páginas de huecograbado del ABC verdadero, muchos días después no se hablaba de otra cosa y la centralita (entonces telefónica) estaba bloqueada.   
 

Reconozcamos que desde el Antiguo Régimen hasta esta misma mañana, en política captar la atención es condición necesaria para ser tenido en cuenta, adquirir corporeidad y existir más allá del ámbito de los entes de razón. Y está comprobado que la atención es el recurso más escaso, siempre amenazado de desistimiento, de volatilidad  y de fragmentación en aras de asumir multitareas de manera simultánea. Ahora, que alguien dedique atención exclusiva a un interlocutor o a un asunto cualquiera ha pasado a ser excepcional. El número de quienes se disputan nuestra atención es cada vez mayor y la agresividad con la que proceden para lograrla crece de manera logarítmica. Como escribía un buen amigo periodista en su columna de La Vanguardia, todos saben que tanto en la arena política como en la circense o en la mediática quien no consiga captar la atención queda sin más arrumbado por el viento de la historia a la playa de la insignificancia (Julio Cerón dixit). 

Los dirigentes de Podemos eran conscientes de que llamar la atención, como sea, constituía el objetivo elemental para ser tenidos en cuenta por los de la casta, los de arriba o, si se prefiere, los del patriciado. Mi reino por un caballo, París bien vale una misa y un desnudo oportuno abre puertas tan principales como la de ocupar una portada o convertirse en viral en las redes sociales. O sea, que se trata de suministrar estímulos capaces de desencadenar sacudidas mediáticas. Y la  ley de Weber y Fechner nos asegura que los estímulos han de crecer en progresión aritmética para que las sensaciones, los impactos, lo hagan en progresión geométrica, exponencial. Esta búsqueda insaciable de atención abre el camino a la política del espectáculo, que para su despliegue requiere como condición sine qua non la cooperación de los medios de comunicación. El problema que plantea hinchar el perro es que obliga a seguir soplando indefinidamente. 

Lo explica bien el profesor Bernardo Díaz Nosty en su ensayo sobre “La banalización del periodismo” aparecido en el número 31 de Cuadernos de Periodistas bajo el amparo de la Asociación de la Prensa de Madrid. Dice nuestro autor que el periodismo se adultera cuando se ponen en el mismo plano, y con los mismos enmarcados y lenguajes argumentales, el espectáculo, el entretenimiento y el discurso de lo público, y concluye que así el perro guardián de la democracia se convierte en el chucho malabarista del mercado. Se diría que estamos en un esquema que reinventa el orden de lo noticiable de modo que a partir del conocimiento del consumo de contenidos, en busca de “lo que vende”, se sacrifica el carácter de referencia y se llega al “todo por el rating”. Espanta el fenómeno de la competencia hacia la degradación y cómo se unen cada vez más medios de comunicación a la fiesta con su producción continua de historias aportadas a la tormenta perfecta de la gossip communication (comunicación de cotilleos), con gran alborozo del coro de las redes sociales y el logro de una convergencia polifónica pulverizadora del nunca bien ponderado pluralismo de partida. Estamos ante el progresivo vaciado de opinión en la prensa de referencia, que criticaba el profesor Vidal-Beneyto, especialmente de aquellas reflexiones que cuestionaban el discurso dominante. Y por ahí, como él decía, aparecía la senda de la esterilización de la crítica y de la fumigación de la inteligencia.   

Puede que estemos dando cumplimiento a la leyenda que El Roto ha puesto a su viñeta de El País del miércoles día 20 según la cual “Quizás cambiemos de dirigentes para no cambiar de dirección”. Pero con nuevos rostros suenan explicaciones trucadas. Sin que sea posible entender por qué para el mejor acomodo del conglomerado de Podemos era imprescindible que se les dejara constituir cuatro grupos parlamentarios en el Congreso de los Diputados; por qué cualquier objeción a esa pretensión merecía la descalificación para quedar en el rinchi o mejor en el búnker; por qué a la hora de pasar por el registro ni siquiera han presentado la solicitud y por qué Íñigo Errejón dio cuenta del resultado sin explicar el cambio de criterio adoptado, con admirable malabarismo dialéctico a favor de las ventajas logradas.

“Queremos mentiras nuevas”, rezaba una pancarta desde otra viñeta de El Roto un primero de año de cuya fecha no quiero acordarme. De modo que la novedad compensaba la mentira y la hacía soportable. Así que las mentiras antiguas encienden la indignación, pero las verdades nuevas siguen pendientes de ser enunciadas porque han dejado su sitio a los atuendos y a los estímulos noticiosos que garanticen eco en los medios de comunicación. Shakespeare en el Timón de Atenas hace decir al poeta que quienes eran sus compañeros hace un instante, algunos de los cuales valían más que él, se ponen inmediatamente a seguir sus pasos, van a hacer antesala en sus vestíbulos, vierten en sus oídos una lluvia de cuchicheos colmados de devociones, hacen un objeto sagrado de su mismo estribo y no respiran sino con su licencia. Cuidado. 

En resumen, por el momento, más que convocar a los medios de comunicación para que sean beligerantes en la construcción de los pactos, bastaría con exhortarles para que se despojaran de anteojeras y enfocaran bien su atención en la descripción de las realidades observables. Sería su mejor contribución.