19/5/2019
Opinión

Hacia una nueva normalidad

Estas elecciones han constatado que el sistema político español funciona

AHORA / Ramón González Férriz - 21/12/2015
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Hacia una nueva normalidad
Mariano Rajoy se dirige a sus simpatizantes en la sede del PP tras conocer los resultados de las elecciones generales del 20D.Chema Moya / EFE
Los resultados de todas las elecciones permiten diversas lecturas. Los de este domingo permiten infinitas. Así, el PP ha ganado, pero ha perdido tres millones de votos y alrededor de un tercio de sus escaños. El PSOE obtiene su peor resultado desde el inicio de la democracia, pero al menos sigue segundo. Podemos consigue un extraordinario resultado, pero no se convierte en el primer partido de la izquierda. Ciudadanos alcanza una representación muy respetable, pero ve deshinchadas sus desorbitadas expectativas. En cierta medida, ninguno de los cuatro partidos principales ha perdido del todo. Sin duda, ninguno ha conseguido sus objetivos.

Los dos grandes partidos conservan un 60% de los escaños, pero es evidente que se abre un nuevo episodio en la democracia española. Un nuevo episodio más difícil, pero no necesariamente peor. Durante los últimos meses, o quizá años, pero sobre todo durante la campaña, la política ha parecido desarrollarse básicamente en los platós de televisión, y aunque es evidente que debe estar ahí y en todas partes, esas tertulias, que se han querido hacer pasar por debates, han adoptado el papel que en una democracia como la nuestra debe jugar el Congreso de los Diputados (el abuso de la fórmula del decreto-ley por parte del Partido Popular ha contribuido gravemente también a soslayar esa institución durante esta legislatura).

Un sistema multipartidista

Ahora el Congreso asume el espacio central de la disputa política que le corresponde, y aunque las negociaciones para llegar a la formación de un gobierno pueden ser extremadamente complicadas y hasta pueden fracasar, debemos asumir, como afirma Jorge Galindo, editor de Politikon, que España no es desde hoy un país ingobernable, sino simplemente “una democracia parlamentaria con un sistema multipartidista".

“De los 28 estados de la UE, más de 20 están gobernados por una coalición. Aquí no somos distintos”, aseguró anoche Álvaro Imbernón, investigador del programa de riesgos globales de ESADEgeo. En España, es un nuevo episodio, pero es un episodio normal. Como afirmaba Santos Juliá en el último número de AHORA, se trata de un tiempo nuevo que ha podido inaugurarse sin necesidad de reformar la Constitución ni cambiar la ley electoral. En ese sentido, estas elecciones han constatado que el sistema político español, mal que bien, funciona.

Después de la aparición de un importante problema de oferta política que cristalizó en el 15-M, por el que una parte importantísima de la población española sentía que ningún partido ofrecía respuesta a sus intereses o su ideología, han aparecido nuevos partidos que no han tenido ningún problema en sumarse a la contienda política e integrarse en las instituciones. Y casi mejor que eso, se trata de dos partidos que, más allá de las preferencias programáticas, no han apostado por la xenofobia o por el nacionalismo y que, sobre todo en el caso de Podemos, han caminado hacia el centro político en el que está el mainstream español.

Los resultados de las elecciones permiten diversas lecturas. Pero muchas de ellas suelen ser demasiado tajantes. Los votantes no dan un mandato claro a uno u otro candidato, no muestran su preferencia por un Parlamento dividido en dos o fragmentado en trece, no manifiestan estar a favor de una mayoría absoluta o de una coalición. Lo que hacen unas elecciones es agregar las dispares preferencias de los ciudadanos y traducirlas en algo tangible y manejable como es la composición de un Parlamento. Y todo lo que salga de él es legítimo si se hace, como sin duda se hará, conforme a la ley. Ni el presidente tiene por qué ser miembro de la lista más votada, ni hay pactos contra natura, ni existe esa cosa llamada “coalición de perdedores”.

Hay urgencia

Una vez constituido el nuevo Congreso, el jefe del Estado deberá hablar con los líderes de los grupos y proponer a un candidato a la presidencia. Si después de dos votaciones —la primera requiere mayoría absoluta, en la segunda basta con la simple— no consigue ser elegido, el proceso se repetirá. Si en dos meses nadie consigue la aprobación de la cámara, esta se disuelve y se convocan elecciones. Aunque esta probablemente vaya a ser una legislatura corta, no sería bueno que se llegara a este extremo.

Los partidos, los nuevos y los viejos, deberían encontrar la fórmula para que dentro de unas semanas haya un nuevo gobierno. La conformación del nuevo Congreso no permite hablar de un grandísimo cambio ideológico en la democracia española. No siempre es fácil ubicar ideológicamente a los partidos, pero parece que en el que surge de estas elecciones existe un cierto equilibrio entre lo que, en términos generales, consideramos derecha e izquierda.

Los pactos que podrían parecer más fáciles, PP+Ciudadanos o PSOE+Podemos+Unidad Popular, no suman mayorías suficientes. Quizá es la hora de que nuestro Congreso, en esta nueva normalidad, muestre una cierta osadía. Hay urgencia: los problemas por resolver son muchos. Uno de ellos, el del encaje de Cataluña, es particularmente grave.