28/9/2020
Opinión

Japón, ¿futuro para Europa?

Con un 3,4% de paro, el empleo temporal ha aumentado hasta el 40%. El crecimiento y la productividad son bajas y el consumo languidece, pero hay paz social y poca desigualdad

Andrés Ortega - 11/03/2016 - Número 25
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Japón, ¿futuro para Europa?
FEDE YANKELEVICH
¿Es Japón un modelo de futuro para Europa? Su economía lleva sin crecer prácticamente dos décadas, pero es una sociedad dinámica. Su población se reduce y envejece. Pero es un país rico, que mantiene una gran estabilidad social. ¿Cuál es su secreto? Hay mucho que aprender de este Japón para los europeos. Los reyes de España lo descubrirán si la situación política en España no frustra su importante visita de Estado a Japón preparada para abril.

Las aceras de Tokio y otras ciudades están muy limpias, entre otras razones porque no hay colillas al estar prohibido fumar en la calle (pero muchos restaurantes tienen zonas de fumadores). Es un pueblo disciplinado. Sus calles son de las más seguras del mundo. Reina la confianza y es muy raro ver a pobres por la calle solicitando limosnas. La manera en que su gente se comportó tras el tsunami de marzo de 2011 fue ejemplar y un factor para que Tokio se llevara los Juegos Olímpicos de 2020.

Según el adelanto oficial del último censo, Japón ha perdido un millón de habitantes en los últimos cincos años, situándose en 127,1 millones (España en este periodo ha perdido en torno a 200.0000). Aunque los trenes y los metros a las horas punta siguen yendo tan abarrotados como siempre. Casi una tercera parte de la población tenía más de 65 años en 2015, y según las proyecciones será un 40% para 2050. Europa va por un camino similar, y también España.

Compartimos problemas. Menos soluciones. Japón apuesta por la robotización no solo de sus industrias, sino también del cuidado de sus mayores y en general de la sanidad. Este es un elemento esencial en la Nueva Estrategia Nacional de Robots de Japón, un país que, a diferencia de España (y de buena parte de Europa) tiene una estrategia industrial.

Japón apuesta por los robots no solo para su industria, también para el cuidado de sus mayores y la sanidad

La tasa de paro en Japón está en un 3,4%, lo que es la envidia de Europa, aunque en los años 80 era aún más baja, en torno al 2%. En parte se debe al envejecimiento de la población y la consiguiente falta de trabajadores. Lo que lleva, por ejemplo, a que las grandes corporaciones —Toyota es la mayor— no fabriquen más coches en Japón por falta de mano de obra y abran fábricas en otros países asiáticos o de otros continentes. Incluso el número de nuevos robots industriales instalados cada año, en un país que los fabrica e impulsa su implantación, ha disminuido también por ello, pues los robots aún necesitan humanos. Los exportan a fábricas en toda Asia y, sobre todo, en China. El sector manufacturero está a la baja, como la productividad, según señala en Tokio Hisashi Yamada, economista jefe del Japan Research Institute, un grupo privado.

El 97% de los jóvenes que acabaron sus estudios encuentran empleo (datos de abril de 2015, pues en ese mes empieza el año empresarial en Japón). Pero como explican expertos, y el propio Yamada, un 40% son temporales (eran un 20% en los 90). La idea de pertenecer de por vida a una misma gran empresa, tan propia del sistema japonés, es ya cosa del pasado. Y, añade Yamada, ha habido una caída continua en los salarios nominales. No es pues tan diferente de Europa. El gobierno de Shinzo Abe intentó que sindicatos y empresarios aumentaran los salarios, pero aunque algo ha logrado, la respuesta de la patronal fue que había que aumentar entonces también la productividad. Yamada cree que es necesaria una reforma laboral que permita facilitar el despido y la contratación y reforzar a la vez la red de seguridad social. Mismo debate en todas partes.

Europa y España han suplido, al menos temporalmente, sus carencias demográficas con la inmigración. Salvo para un número limitado de coreanos y chinos, Japón siempre se ha resistido, aunque empieza a tener que hacerlo. Las labores de reconstrucción de la devastación causada por el tsunami han requerido mano de obra importada, aunque con contratos limitados en el tiempo para evitar que se queden de forman permanente. En las calles de Tokio, Osaka y otras ciudades se ven más malayos o indonesios que importan unos hábitos, como el pañuelo en las mujeres y una religión monoteísta (el islam), ajenos a la cultura japonesa. La inmigración es necesaria pero nada fácil de aceptar por la diversidad que supone en una sociedad con una fuerte cohesión cultural.

Habría otra solución: que trabajasen más mujeres japonesas. Japón tiene una de las tasas más bajas de los países avanzados de participación de la mujer en la fuerza laboral: 49%, según los datos del Banco Mundial, frente a 53% en España o 56% en Estados Unidos. La cuestión de la mujer pesa en una sociedad muy conservadora al respecto. Las mujeres jóvenes estudian como los hombres, y con la misma presión, pero muchas dejan de trabajar al casarse y tener hijos. Crece el número de ellas que se resisten a dejar sus empleos para casarse —la edad para ello también ha aumentado— y se quedan a vivir en casa de sus padres. Y las que se casan, mucho más tarde que antes, tienen pocos hijos. Una forma de protesta de género. La tasa de fecundidad está en 1,4 hijos por mujer (aunque aún mayor, otro paralelismo, que la española de 1,32).

La paz social se debe también en parte a un sistema de seguridad social, aunque muchos querrían reforzarlo, y a una menor desigualdad, medida por la OCDE ya sea por el índice de Gini o por el peso del 10% más rico frente al más pobre. Es de los pocos países donde se había reducido, aunque últimamente esté aumentando. La horquilla de ingresos es de las más estrechas de la OCDE, mucho menor que la media europea y desde luego que la norteamericana. Y eso se ve en el tipo de automóviles o en la falta de urbanizaciones de superlujo. Es un país rico, pero no un país de ricos. Aunque los hay, claro.

El japonés puede ser el modelo a seguir por una Europa estancada, envejecida y sin confianza en el futuro

Japón tiene una deuda pública desbocada, sobre todo desde que el actual primer ministro Shinzo Abe lanzó una política de estímulo fiscal y otras reformas (la política conocida como Abenomics), y el Banco de Japón ha introducido tipos de interés negativos. El tamaño de la deuda importa menos desde el punto de vista internacional porque un 99% está en manos japonesas. El problema, explican expertos consultados, es que el Gobierno gasta pero las empresas y los ciudadanos no. Las empresas son ahorradoras netas, asentadas sobre enormes reservas de liquidez. Y si las empresas no gastan, no aumentará el consumo, explican.

El consumo languidece. Los hogares ahorran, incluso con tipos negativos. Los jóvenes, antes de los más consumistas, ahora se han vuelto más conservadores en el gasto, al no tener un empleo asegurado de por vida. Y eso mantiene la deflación. No cambian tanto de móvil y, como en otras partes de Europa o incluso en EE.UU., a los jóvenes ya no les interesa tanto tener un automóvil. Los que empiezan a gastar sus ahorros, a la fuerza, son los nacidos entre 1946 y 1949 que se están jubilando.

El japonés, con la gran diferencia de la inmigración, puede ser parte del modelo que tenga que seguir una Europa en estancamiento secular, que no crece, pero es rica (si bien mucho más desigual), también envejecida —y cuya población disminuye—, que no encuentra los técnicos formados que necesita, que se está robotizando y que tiene una juventud que confía poco en el futuro, pues va a tener menos garantías vitales que sus padres.