25/2/2020
Fotografía

Juana Biarnés. «La foto importante siempre es la que vas a hacer»

El documental sobre la primera fotorreportera española, Una entre todos, puede verse dentro de la programación de El Documental del Mes. Es el retrato de la singularidad de Biarnés, que llegó al oficio casi por casualidad y que protagonizará una de las muestras de PHotoEspaña

AHORA / Aloma Rodríguez - 08/04/2016 - Número 28
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Juana Biarnés. «La foto importante siempre es la que vas a hacer»
Paul McCartney. El retrato de una época. Las fotos de Biarnés muestran el lado alegre y naíf de unos años oscuros.
Juana Biarnés (Terrasa, 1935) es la primera fotorreportera española, la primera mujer que se colgó una cámara y se empeñó en dedicarse al oficio, a sabiendas de que no iba a ser fácil: ha contado en numerosas ocasiones cómo se enfrentó al árbitro durante un partido de fútbol, que fue momentáneamente suspendido por su presencia en el campo. Sus fotos, vistas hoy, agrupadas en una entrega de la colección Photobolsillo, son una imagen naíf de la España de la época, quizá porque son la cara alegre del momento: fotos de estrellas como Raphael, Carmen Sevilla, Lola Flores o Marisol, Orson Welles, The Beatles, Roger Moore o Rudolf Nuréyev. AHORA estuvo charlando con ella cuando viajó a Madrid a presentar el libro.

Una vocación sin estridencias

“Aprendí a ser fotógrafa gracias a los consejos de mi padre sobre los fallos que cometía, o antes de cometerlos. Entonces, como era analógico, la mayoría de los problemas de luz se solucionaban en laboratorio. La técnica, la base, me la enseñó mi padre, que fue mi maestro”, recuerda Juana Biarnés. “Para él, nunca fue un negocio. Trabajaba en la mina pública de aguas de Tarrasa, en las oficinas, pero como había que ganar dinero, montó el laboratorio en casa y venían los aficionados a pedirle consejo. En realidad, ingresé en el mundo de la fotografía porque no había nadie más en casa y mi padre necesitaba un ayudante”, cuenta.

Se inscribió en la Escuela de Periodismo de Barcelona, donde tuvo como profesor a Manuel del Arco

Antes de empezar a hacer fotos no había nada de ese mundo que le apasionara: “Es más, a mí no me atraía la fotografía. Había visto siempre fotógrafos en casa, aficionados, y lo entendía muy bien, pero aquello de sentir en la piel que lo que estás haciendo es una maravilla no me había pasado. Fue la necesidad lo que me puso en el camino y como vi que mi padre estaba tan contento y tan orgulloso, iba intentando ayudarle todo lo que podía. Y así empecé. Hasta que ya fui a los campos de fútbol, donde se produjo aquel gran escándalo, que no se ponía en marcha el partido si yo no me iba. Te puedes imaginar: la gente enloquecida por que empezara el partido que estaba parado porque había una señorita sentada al lado de la portería”.

La dedicación de Biarnés a la fotografía se produjo de casualidad y, al mismo tiempo, de una manera natural: “Un día vino un grupo de excursionistas a casa a pedirle a mi padre si podía ir con ellos porque un perro que se llamaba Llest (listo en catalán) había descubierto una sima, un agujero en la tierra. Bajaron y encontraron algo tipo las Cuevas del Drac de Palma de Mallorca, lleno de estalactitas y estalagmitas, precioso. Vinieron a buscar a mi padre para que fotografiara aquello, pero no podía porque tenía que ir a cubrir varios eventos deportivos. A mí me sacudió un poco porque, además, éramos muy excursionistas en casa, así que les dije a los chicos que me pasaran a recoger a mí. Me dijeron que pasarían a las 5:30 de la mañana y le pedí una cámara a mi padre. Le dije que así aprovechaba para caminar y ver la sima, y que haría lo que pudiera con las fotos. Salieron estupendas: el sitio ya era magnífico y lo que había ahí dentro era espectacular, resultaron unas fotos muy bonitas y le di una gran alegría a mi padre. Entonces, colaboraba mucho con El mundo deportivo de Barcelona y decidió llevarlo porque al fin y al cabo el descubrimiento de la cueva era una noticia deportiva. Lo publicaron y fue la primera vez que firmé un reportaje. Ponía ‘Fotos: Juanita Biarnés’. Debió de ser en el año 55, era muy jovencita”.

En 1956 se inscribió en la Escuela de Periodismo de Barcelona, donde tuvo como profesor a Manuel del Arco, que “tenía una columna bastante ácida y era un hombre que escribía muy bien y al que todo el mundo temía”. Otros de sus profesores fueron Néstor Luján, Luis Marsillach, el padre de Adolfo Marsillach, Luis Ezcurra y Pablo Negra.

Años de formación

Pero fue Del Arco el que la puso a prueba. “Cuando pasé el examen de ingreso me preguntó si me gustaban los toros y le dije que no, porque la sangre me espantaba”. La mandó al matadero a hacer un reportaje como primer encargo de prácticas. “Se me helaron las piernas —confiesa—. Cuando llegué a casa, mi padre me dijo que no iba a ser capaz, que no iba a poder porque era muy duro. El ‘no podrás’ siempre fue un acicate. Eso y ver a mi padre tan orgulloso de que yo ingresara en la Escuela de Periodismo. Decidí hacerlo, ahora, cómo lo pasé ni te lo cuento. No era solamente la peste que había ahí dentro, los animales gritando, los matarifes mirándome porque era una chavalina con las piernas largas, porque crecí de repente —me miraban como diciendo ‘ahora viene esta a hacer el gili’—. Pero lo hice. Me impactó tanto y cogí una energía tan extraña que después el encargado me llevó al museo y ya me hice todo”, recuerda.

“Cuando fui a entregar el trabajo —continúa—, Del Arco tenía un rictus como de media sonrisa sarcástica. Y me dijo: ‘Está muy bien su trabajo. Y esto tiene un premio: hay un veterinario que está haciendo un estudio y escribiendo un libro sobre la manera de matar actualmente a los animales. Le va a comprar este trabajo’. Me pagaron 200 pesetas, me parece. Fue mi primer sueldo, la primera gratificación al trabajo. Y Del Arco me dijo: ‘Juanita, usted será muy buena reportera’.”

“Vine a Madrid después de que Cataluña me hubiera cerrado las puertas por ser mujer”

Todavía estaba por llegar su primer gran reportaje y lo que fue “un golpe terrible que me consagró y me demostró que tenía la fuerza suficiente para soportar muchas cosas: la gran riada que hubo en el Vallés oriental en el año 62. Mi padre y yo salimos de madrugada. No había ni luz ni agua ni coches ni trenes ni nada: estábamos completamente aislados. No se sabía lo que había pasado hasta que salieron en televisión las fotos que hice. Todo sucedió durante la noche. Por la mañana el desastre de ver niños ahogados, familias enteras arrastradas por el lodo… espantoso. Solo en Terrassa hubo casi 500 muertos. Me fui a la carretera e hice autoestop. Me llevaron hasta Barcelona, revelé en casa de un amigo de mi padre, Antonio Campañà, y cuando vio las fotos llamó a TVE, en aquel momento estaba Federico Gallo. Fui para allá y con esas fotos abrieron el telediario”.

Recuerda que fue entonces cuando su padre le dio un consejo: “‘Has entrado en un terreno, has elegido una carrera muy difícil, estamos con un gobierno que no entiende que las mujeres pueden evolucionar, lo vas a pasar muy mal. Solamente lo podrás soportar o vencer a base de hacer un trabajo muy bien hecho, a base de imponerte, de demostrar que puedes. Así tal vez los obstáculos sean más llevaderos, porque aunque digan que eres mujer, verán que trabajas muy bien y que eres una persona seria’. Siempre me inculcó los valores del respeto y de las cosas bien hechas. Tanto es así que cuando hacía una foto de la que me sentía orgullosa y se la enseñaba, le decía: ‘Esta foto es muy buena, ¿verdad?’; y él: ‘Es que es lo que tienes que hacer’”.

“Siempre entré por la puerta principal, disparé primero y después pedí permiso y di mis explicaciones”

La vocación de Juana Biarnés nació sin hacer ruido, pero eso no impidió que buscara referentes: “Me fijé mucho, en la parte artística, en Xavier Miserachs y en Ramón Masats, que era de Terrassa. Cuando era jovencita y todavía no estaba ayudando a mi padre, pero estaba iniciándome, venía a revelar las fotos a casa y los domingos cogía su furgoneta y se iba a Barcelona, al puerto, a hacer naturaleza muerta, sombras, y yo iba con él y toda la parte que tengo así la hice con Ramón Masats. Y luego, en cuanto al reporterismo, seguía mucho a Cartier-Bresson y a los fotógrafos de Paris Match, porque mi marido colaboró con la revista mucho tiempo y cuando íbamos a París o venían ellos a España iba detrás de ellos, me fijaba en cómo presentaban las fotos, cómo interpretaban ellos la noticia”. Al año siguiente de la riada se le abrió una puerta para comenzar su carrera laboral: a partir de un reportaje publicitario para el diario Pueblo, después de mandar el rollo, le mandaron los billetes para que fuera a conocer al director. “Era Emilio Romero, maestro de periodistas como Jesús Hermida, José María García, José Luis Navas, Raúl del Pozo, César Lucas, Raúl Cancio… No es casualidad. Eso era una cantera maravillosa —recuerda Biarnés—. Vine a Madrid después de que Cataluña me hubiera cerrado las puertas por ser mujer. Ya me veía haciendo bodas y bautizos, que ya había hecho para ayudar económicamente en casa.”

Empezó a trabajar en Pueblo, pero con una condición: tenía que ganarse el sitio en la plantilla. Eso suponía “otra provocación. Hacía lo que no hacían los compañeros que llevaban años allí. Por ejemplo, las cosas que pasaban temprano por la mañana, me las encargaban a mí. Poco a poco, haciendo bien el trabajo, revelando en el apartamentito que alquilé, me hice un hueco en la plantilla”.

La ética del oficio

“Entre mis primeros reportajes importantes está el de los Beatles, que hice con Jesús Hermida en el Hotel Fénix, donde dieron la rueda de prensa”, recuerda. Ese fue el reportaje de su consagración, y por el que todo el mundo le pregunta: “Hice una exclusiva mundial. Me metí en el avión con un billete —me molesta mucho cuando dicen que me colé: no me colé, tenía un billete—. Tampoco lo hice en plan paparazzi; llamé a la puerta y me abrieron”, e hizo unas instantáneas maravillosas, frescas y que nadie más tenía. “Siempre entré por la puerta principal, tiré primero, como me decía mi padre, ‘primero disparas y luego pides permiso’. Eso lo hacía, pero después daba mi explicación, terminaba mi trabajo y ya está”, cuenta. Siempre fue respetuosa con la intimidad de los retratados y con los límites: “Cuando alguien, sobre todo del mundo de la cultura, me pedía que no publicara una foto, no la daba, ni siquiera la enseñaba en el periódico. Dentro de mi dosier personal y de mis recuerdos y mis memorias hay muchas historias que nunca contaré, que me llevaré conmigo”.

Ida y vuelta

Joana Biarnés, una entre todos, el documental que ya ha sido estrenado, los preparativos de una gran exposición dentro de PHotoEspaña 2016 y la publicación del libro de La Fábrica le han obligado a revisar su trayectoria: “Dentro de lo que era mi periódico y de lo que había en la calle, trataba de darle una mirada especial, una mirada quizás muy relajada, mi mirada, explicar cómo veía yo los personajes y las cosas. Ahora todo esto es un disparate, hasta la técnica”. El oficio ha cambiado, o eso le parece. Sobre todo la actitud de los fotógrafos hacia su trabajo: “Veo que llegan, aprietan el botón y se van. Es una interpretación muy distinta y esto no me deja ser lo justa que tendría que ser enjuiciando el periodismo de ahora”. Además, confiesa, “hay muchos nombres de fotógrafos importantísimos del mundo periodístico y artístico que no conozco, entre otras cosas porque he estado 22 años apartada”.

Juana Biarnés abandonó el fotoperiodismo y montó un restaurante en Ibiza, Cana Joana. Allí fue donde se reencontró con Roman Polanski, protagonista de un reportaje para el que montó “una estrategia” con José Luis Navas: “Nos hicimos pasar por un matrimonio y yo me quedaba en casa haciendo la paella. José Luis y yo ya estábamos de acuerdo en que pasaran por debajo del chalet de sus padres con el fueraborda. Y yo tenía que retratarlo con un 500 mm desde la terraza. Todo vino muy bien rodado porque cuando terminó la excursión José Luis le invitó a comer la paella y vino al chalet. Estuvimos con él y se le hizo la entrevista —salió en portada y cerrando cuadernillo, que era darle una importancia tremenda—”.

Años después se reencontró con el director: “Ya estaba retirada y tenía el restaurante en Ibiza y, ¿quién viene de cliente? Roman Polanski. Vino muchas veces, era muy buen cliente, le gustaba mucho mi cocina, y ya un día no pudimos más y se lo conté, le dije: ‘¿Usted se acuerda de cuando estuvo en Mallorca, hace muchos años, que fue a hacer esquí acuático y salieron unas fotos y usted se enfadó mucho? Pues se las hice yo’”.

“Dentro de mis memorias hay muchas historias que nunca contaré, que me llevaré conmigo”

“Estoy en una nube —dice Biarnés—. Y también en una provocación de nuevo. Porque ahora, para volver a la fotografía no solamente tengo que luchar con todas las cosas que conlleva la edad. Además están la impotencia y el inconveniente de la enfermedad de mis ojos: en uno solo tengo un 30% de visión. Es una paradoja. A veces me preguntan cómo disparo: tiro a ojo, nunca mejor dicho. Puedo porque vengo de una escuela en la que cuando te llevas la cámara a la cara, ya tienes el encuadre en la cabeza. Es la escuela que deja el fotoperiodismo. Con la fotografía digital me llevo mal y con la analógica peor porque no veo. Me he pasado al digital porque no me queda otro remedio.” 

Al preguntarle cuál ha sido la fotografía o el reportaje más importante que ha hecho, Biarnés no duda: “La fotografía la haces hoy y mañana ya es otra, te queda el recuerdo. La importante siempre es la que vas a hacer”. Rescata de su archivo una imagen que usa como ejemplo de que le interesa el lado más humano: “Tengo un retrato de Buero Vallejo, que era un fumador empedernido. Esperé a hacer la foto y aparece con la colilla. Y me parece que esa es la humanidad de este hombre: allí, en aquella foto. Siempre he buscado el gesto o la mirada; el lado humano, incluso positivo. Y eso afecta al tratamiento de la luz y a la composición”.

Joana Biarnés, una entre todos
Joana Biarnés, una entre todos
Dirigido por Jordi Rovira y Òscar Moreno
Consultar pases en
eldocumentaldelmes.com

Fotógrafa con casi todo en contra

Aloma Rodríguez
Juana Biarnés se enfrentó a buena parte de la sociedad para dedicarse al fotoperiodismo. Dio con un director que estaba dispuesto a darle una oportunidad. Lo primero que le dijo a Emilio Romero fue que le sorprendía que “creyera en una mujer fotógrafa”. Ella ya se había enfrentado al machismo y a las cerrazones de la época. En ese sentido, es consciente: “Abrí camino: Queca Campillo, Marisa Flores y la cantidad de fotógrafas que han venido después. Colita y yo estamos ahí ahí de edad, pero ella era l’enfant terrible, es genial. No era la fotografía que yo quería hacer, pero la admiraba. Me distingo de otros porque formo parte de una época, lo mismo que Queca Campillo, que falleció a principios de mayo. Ella entró en la Transición, yo soy de la época franquista”.

Para Biarnés, el fotoperiodismo sigue siendo necesario: “Informar sigue teniendo sentido. Dejé la profesión porque no se dice la verdad ni en fotografía ni en texto. Quizás tengo el gran defecto de que llevo una mochila de satisfacción, de que estaba haciendo bien las cosas”.