24/5/2017
Fotografía

La Barcelona de los 60 vista por Miserachs

El MACBA acoge una exposición basada en el libro Barcelona, blanco y negro

Francesc Arroyo - 09/10/2015 - Número 4
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La Barcelona de los 60 vista por Miserachs
Fiestas de Gracia, 1964. Colección MACBA / Donació Agrolimen / Herederos de Xavier Miserachs
La exposición sobre la obra del fotógrafo Xavier Miserachs (1937-1998) que puede verse en el MACBA tiene como eje central su libro Barcelona, blanco y negro, publicado en 1964. Miserachs fue uno de los fotógrafos más influyentes de Cataluña. Su trabajo, como el de sus colegas ligeramente mayores, Català-Roca u Oriol Maspons, está claramente influido por dos corrientes: la del neorrealismo italiano, a través del cine,  y la que se prolonga desde las segundas vanguardias en el grupo Dau al set. En los años en los que se centra la exposición, el realismo social había entrado ya en decadencia, pero aún mantenía cierta fuerza, sobre todo en narrativa. En poesía, en cambio, se atisbaban ya nuevas tendencias, como las que representan Gil de Biedma, Pere Gimferrer o Vázquez Montalbán.

La Barcelona de Miserachs se reproduce en la exposición a través de la proyección de  todas las páginas del libro. Hay otras dos partes de la muestra que han sido elaboradas a partir de esas mismas imágenes, recortadas y ampliadas. Una de ellas ofrece retazos de la ciudad y sus personajes, tomando la escala humana pero respetando el blanco y el negro, salvo en el resalte luminoso de algunos silueteados;  la otra combina esas mismas imágenes en color y sobre un juego de espejos que acaban por integrar al propio espectador. Quizás se pueda reprochar al museo, depositario del fondo de Miserachs, que incluye más de 60.000 negativos, que no haya incluido parte de ese material, pero el conjunto de la exposición se sostiene por sí sola. Es un viaje a la ciudad de principios de los 60. Era una ciudad en blanco y negro pero también inmensamente gris. Gris de suciedad. Entonces, los camiones que cargaban y descargaban en el puerto cruzaban la calles céntricas dejando en los edificios una gruesa capa de humo y grasas. Hasta los 80 no se inició un proceso de limpieza de esos edificios.

Su trabajo está influido por dos corrientes: la del neorrealismo italiano y la de las segundas vanguardias

Era también gris porque sus ciudadanos vivían bajo el temor de los “grises”, así llamados por el color del uniforme de la Policía que entonces se apellidaba Armada.

Pese a ello, apuntaban ya unas inmensas ganas de vida, de sacudirse el yugo que figuraba, junto a las flechas, en no pocos edificios construidos por el régimen no en barrios pobres, al contrario: en zonas residenciales y reservadas para los amigos de los gerifaltes (o para los propios gerifaltes). El tercer gris que gravitaba sobre la ciudad era el del cemento, que aún no lo cubría todo. Barcelona tenía en aquellos años espacios abiertos en los que se podía jugar a la pelota o plantar hortalizas. Ambas imágenes pueden verse en la exposición, pero ya con un fondo amenazante de estructuras de bloques de viviendas que acabarían por devorarlo todo. La especulación inmobiliaria en Barcelona fue tan fuerte que acabó con el suelo. 

Pero la ciudad no era una foto fija, sino un proceso de transformación. La exposición sobre Miserachs recoge ese proceso: en sus paisajes y en las personas que lo vivieron. De hecho, es como si hubiera congelado el tiempo en cada fotografía, pero el paso de una a la otra permite ver, también, el paso de ese mismo tiempo. Por ejemplo, la segunda parte del libro relata el año entero. Por sus imágenes desfilan desde las nieves de febrero hasta la bienvenida del año nuevo, la que hacían los ricos y la que hacían los pobres. Era un tiempo sacro, marcado por la Iglesia católica. El carnaval se abría con el Miércoles de Ceniza que daba paso a la Cuaresma, llegaba luego la Semana Santa (con sus procesiones, sus caperuzas, sus bandas más o menos militares).

La ciudad no era una foto fija, sino un proceso de transformación, que la muestra recoge

Las verbenas que abrían el verano permitían alegrías porque estaban bajo las advocaciones de los santos Juan, Pedro y Pablo.

Las fiestas mayores de los barrios acostumbraban (y acostumbran) a coincidir con la festividad católica de la Ascensión y el otoño se iniciaba en la ciudad bajo la advocación de la Virgen de las Mercedes (una de las dos patronas de la ciudad, la otra es santa Eulàlia). Era un tiempo de uniformes, de sotanas, de monjas que educaban (decían ellas) a niños y niñas. Sí, lo vio bien la cámara de Miserachs: un tiempo en blanco y negro.

Pero Miserachs no vio solo la Barcelona oficial, vio también la otra, desde la de las muchachas con o sin flor que lucían el palmito o se iban a la playa, cosa que empezaba a dejar de ser pecado, hasta la de las prostitutas, pasando por la de los mozos osados que se realizaban en el carpetovetónico piropo. No dejó de lado —después de todo Barcelona es tan mediterránea como Italia— imágenes que parecen tomadas de un filme de Vittorio De Sica, como el hombre que toma el fresco en el balcón en pantalón de pijama y camiseta sin mangas. Vio la Barcelona que se entregaba a la fiesta en tiovivos de barrio o en la propia calle, que bailaba al compás de una orquestina, y también una Barcelona que llegaba en tren, con maletas de cartón y fardos al hombro, que carreteaba cajas o bultos o lo que fuera que había que trasladar, que compraba y vendía, que expresaba en sus rostros tanto miedo como esperanza.

Todo eso hay en las imágenes que agrupa la exposición. Habrá quien pueda verla con la mirada del historiador, aunque seguramente le sería más útil la del antropólogo. Otros, en cambio, pueden verse en los demás y mirar desde la nostalgia de la ciudad que era y ya no es. Percibir el latido del tiempo y recordar que eso se fue para no volver. Sí, se fue la ciudad gris. Vale la pena verla en el MACBA, vale la pena apreciar la belleza de algunas de esas imágenes, vale la pena disfrutar a través de la visión que nos ha legado Miserachs.