16/10/2018
Música

Kiko Veneno. Fuegos de un ave fénix

Hijo de militar, nació en Figueres y se trasladó con su familia a Cádiz y luego a Sevilla. Ha buscado su camino y su estilo al margen de las modas

Abel Hernández - 23/12/2015 - Número 15
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Kiko Veneno. Fuegos de un ave fénix
Mikel Casal
Lo primero fue un debut tan radiante que consumió a sus autores. El homónimo álbum publicado por Veneno en 1977 es desde hace algunos años reivindicado por gran parte de la crítica española como el más notable disco de su particular historia del pop. Cuando salió no fue valorado ni por esta ni por el público, de modo que no marcó la música de su época sino la de su futuro y la de nuestro porvenir: su estela sigue proyectándose como uno de esos crucifijos de perspectiva insanamente matemático-cuántica que pintara Dalí.

Su principal artífice fue Kiko Veneno, que había nacido en el 52 en Figueres. Su padre, militar apellidado López nacido en Melilla, había sido destinado a Sidamon en la Plana de Urgel leridana para perseguir a los últimos maquis de esa zona, y allí había conocido a su madre, una chica del pueblo, dependienta de un comercio familiar. Un nuevo traslado del padre llevó al niño de dos años hasta la bahía de Cádiz y luego, cuando la última gran inundación del Guadalquivir, hasta el sevillano barrio de Nervión.

En 1980, casado y con un niño, se refugió del desastre en las interminables playas de Conil

Salvo un breve paréntesis de aventura madrileña, José María López se quedó allí para siempre. Acudió a la Universidad de Sevilla para estudiar Filosofía y aprendió mucho, en especial en las revueltas estudiantiles donde, según los testigos, era de los que más se encaraban (mientras su compañero Alfonso Guerra salía de escena al llegar la policía).

Fue por esa época cuando el mechón blanco en su flequillo le encajó el mote de Kiko (segunda derivada de “cuervo”: primero “Kiriki” y de ahí a “Kiko”). Terminó de encenderse su compromiso político. Su primera aparición pública fue durante una huelga universitaria en 1971. Años más tarde, en versos como los de “Canción antinacionalista zamorana de Veneno”, aún resonará un poco la comuna de Agustín García Calvo, sus panfletos y tertulias con el lenguaje como cosas de todos y de nadie y como zona de rebelión, y sus poemas de versos paradójicos como “La gracia nevando” que cantara Chicho Sánchez Ferlosio.

El viaje iniciático

En 1967 el quinceañero José María había descubierto a Dylan y había sentido que ahí estaba su autopista. Escuchó al maestro Zimmerman en enero de 1974 en Houston, durante un viaje iniciático de siete meses por EE.UU. que lo devolvió a Sevilla hecho un jipi. Con la mochila cargada de contracultura y jaleo de mente se volcó en la música y la poesía para cambiar la realidad. Y lo hizo fijándose en lo que tenía más cerca: en las tabernas y los rinconcitos de la ciudad y el campo, en la cotidianidad de las noticias del diario, los personajes del barrio, las leyendas urbanas, el refrán, la chirigota y todo lo popular.

Pensando alegremente en el doble o nada, se fue a Londres con algunos músicos sevillanos

Eso incluye la música suburbial y, por supuesto, el flamenco. Curiosamente, Kiko había empezado a prestarle atención tras su viaje americano, gracias a un guitarrista judío y a Agustín Ríos, un gitano de Morón a quien conoció en San Francisco y que le transmitió su embelese con Diego del Gastor. En 1975 conoció a Raimundo Amador y se cuadró el primer círculo. El artista bohemio e intelectual contracultural callejero de clase media empezó a fumar sus pipas de la paz con los jóvenes gitanos de las 3.000 viviendas, que también iban buscando a su manera y desde sus circunstancias una cultura a la contra.

Durante dos años el trío tocó hasta conseguir dar con cuerdas que nadie (ni siquiera Smash, Triana, Lole y Manuel o los de El Sonido Caño Roto) había conectado jamás. Lo que sale de esos meses haciendo música y unos pocos días registrándola silvestremente en un estudio de Madrid es una propuesta de flamenco y rock acústico con dejes progresivos y patafísicos. El resultado fue un potaje musical incontestable como conjunto y título por título, cocinado con amateurismo y anarquía. Allí la poética rebelde, callejera y surrealista de Kiko, hecha canción de autor, bañada en blues psicodélico y dylanismos, flota sobre los juegos de guitarras de los hermanos Amador, que pasan el rapto de Hendrix o Clapton por el jadeo flamenco.

Salió ganador: Échate un cantecito es, 15 años después de Veneno, otro disco histórico y decisivo

A los tres se les unió Ricardo Pachón (que venía de hacer tres discos con Lole y Manuel), aliñando la producción, y algún otro músico en estado de gracia como Antonio Romero El Tacita a la batería. Quizá haya una teoría sencilla que permita entender el carácter único de este ingenio: al tiempo que el punk brotaba en Madrid con Kaka de Luxe y en Cataluña con La Banda Trapera del Río, Kiko y los Amador lo arremolinaban en Sevilla con su particular lenguaje.

Saltarse el eje del flamenco

Pero casi nadie hizo caso a la joya discográfica y la ruptura interna llegó pronto. Lo dejaron en 1978 —casi a la vez que los Sex Pistols reventaron en pedazos— tras una fuerte discusión entre Kiko y Raimundo en un concierto en Barcelona. Tras la separación, los Amador, que pasaron a llamarse Pata Negra, se encerraron con Pachón en su casa en Umbrete y grabaron Guitarras callejeras. Poco después, Kiko se reunió allí con el productor para pensar y preparar el disco que sacó para siempre al flamenco de su eje, la culminación de un proceso de desentumecimiento que ha tenido mucha más importancia que continuidad histórica. La participación de Kiko en La leyenda del tiempo de Camarón fue esencial.

Junto a Pachón aportó dirección al viaje, seleccionando poesía ajena guiado por la intuición de la existencia de cierta literatura flamenca universal (Lorca, Omar Kayan), y también ideas musicales propias entre el blues y el flamenco, además de alguna composición completa (la histórica rumba “Volando voy”). Kiko Veneno es uno de los ideólogos de un hito del que ya entonces sabía que sería vital e histórico. Pero de nuevo tuvo una mediana acogida por parte de la crítica y fue un completo fracaso de llegada al público.

En 1980, casado y con un niño, se refugió del desastre en las interminables playas de Conil, donde se montó un chiringuito que le diera para vivir. Mientras servía bebidas al Joselito que más adelante inmortalizó en su canción, comenzó una larga década de éxodo musical. Casi nada de lo que hizo en los 12 años siguientes cuajó. Mientras, en plena época del bombazo del pop español y de nuevas olas movidas por tanto talento como payolas y dinero público, muchos otros saborearon las mieles del éxito. Hizo sus discos menos conocidos y reconocidos y, no obstante, extraordinariamente aprovechables. Fueron años marcados por la escasez de confianza, la falta total de condiciones para la profesionalización e intentos de acoplarse a tendencias contemporáneas. Pero también años en los que firmó un puñado de canciones que siguen creciendo en el tiempo, volviéndose raros testimonios de caminos no recorridos, clamores de inspiración modernista y de contemporaneidad pasadas por el filtro de una mirada ya completamente personal e instalada en un singular relato poético de lo común.

Galardones y consolidación profesional le pillan de vuelta de todo y no le han cegado 

El primer LP de Kiko Veneno, Seré mecánico por ti, se grabó en Madrid en 1981. Se planteaba como un disco-cómic, aunque finalmente no salió como tal. Frente a Veneno, hay quien percibe en Seré mecánico por ti cierta orfandad de la anarquía callejera, chabolista y subversiva de la década anterior. Pero el álbum es puro Kiko Veneno, además de un conjunto de temas muy sugestivos compositiva y líricamente hablando, con canciones que continúan lo anterior (“Más al sur”, “Ratitas divinas”, “Tú mismo”) y otras que se asoman con lucidez a su presente. Erotismo (“Será mecánico por ti”), costumbrismo almodovariano y vainiquero (“Quítate la bata”, “Un catalán muy fino”, “Farmacia de guardia”, “La catástrofe mayor”) y cuentos infantiles para adultos (“Pata palo”, “Noé”) aparecen en un álbum de rock funky y aflamencado que explica lo que pasa en la calle y en la música españolas del momento tan bien como cualquier otro contemporáneo, a la vez que se separa de la pura tendencia.



Como ocurre en el maxisingle de tecnopop funk, gamberro y sureño, con Martirio en los coros, Si tú, si yo, un pequeño disco tan visionario como incomprendido cuyo mayor error es la firma de Veneno (pues guarda escasa relación con la banda que grabó aquel debut, aunque estén Kiko y Raimundo). La canción que da título es sumamente adictiva, aunque quizá el artefacto más curioso sea “El deportista por la ventana”, que parece una fantástica respuesta de todo a 100 a la “Escuela de calor” de Radio Futura. (Quizá no sea una conexión gratuita: Si tú, si yo fue grabado y mezclado en la primavera de 1984 por Jesús Gómez, el mismo ingeniero que acababa de terminar de ayudar a Radio Futura con La ley del desierto / La ley del mar en los mismos estudios Doubletronics de Madrid.) Se ve de forma más pronunciada en las canciones que compone hacia 1985, durante su participación en La Bola de Cristal. El swing electro-funk con ráfagas de guitarra de flamenco-blues de la magistral “Me siento tan feliz”, las más electro y funk aún si cabe y con coqueteos con el hip hop “No adivino nada” y “Desaprender” hoy parecen el principio de un camino que, de haberse recorrido con decisión y apoyos, probablemente habría dado a parar en váyase a saber qué territorio musical.

En 1986 empezó a trabajar como coordinador de actividades culturales de la Diputación de Sevilla, donde estuvo hasta encontrar el sendero del éxito, seis años más tarde. Oficina por las mañanas y música por la tardes. Antes de que acabara la década lanzó dos discos que han sido vilipendiados. Pero ni Pequeño salvaje (1987), producido y firmado por él mismo, ni El pueblo guapeao (1989) son las catástrofes que algunos han querido ver, ni Kiko está tan lejos de ser lo que había sido y lo que fue después. En el primero se equivocó con unos arreglos que confunden el jazz fusión, el funk afro y el rap con una total y gamberra falta de ayuda a la voz y su melodía, por momentos desconectadas del resto de instrumentos (cuando no demasiado desentonadas). También falta algo de trabajo en la composición. Son canciones que sintonizan con su época como lo podían hacer las de Ciudad Jardín, El Último de la Fila o Radio Futura, pero no llegan a los estándares de delineación y pulimiento de esos grupos españoles que sí funcionaban.

Búsqueda a ciegas

El pueblo guapeao, producido por Kiko con la ayuda de Carlos Martos, tiene canciones potencialmente enormes pero de nuevo rebajadas, mermadas por un enfoque corto, un sonido errado y un plano hundido para la voz que no ayuda. Dicen que no llegó a mezclarse propiamente y se nota. En toda esta etapa se percibe la influencia de los Radio Futura posteriores a Música moderna, es decir, de amantes sofisticados del funk afro y piratas del Caribe de pasado más o menos punk como The Stranglers, los The Clash de London Calling y Sandinista o Talking Heads. Pero ni Kiko Veneno es un frontman como Santiago Auserón, ni esa especie de Veneno de serie B que graba El pueblo guapeao es una banda consolidada como Radio Futura, ni el compromiso de producción alcanza. Funciona estropeado.

Se puede encontrar verdad y belleza en esa búsqueda a ciegas de nuevos horizontes del Kiko de los 80 y una salida natural a esa calle del mundo universal, esa vida cotidiana y esas intimidades. Aunque no cabe duda de que esta década de no entrar en calor, de probar y no encontrar un cauce propio de comunicación con el público, fue un segundo lance mortal al que Kiko Veneno tuvo que sobreponerse.

Lo hizo precisamente de la mano de Santiago Auserón, el hombre en la sombra. Contribuyó decisivamente a que Kiko asentara sus canciones y las puliera hasta que brillaran como si fueran de oro. Después le animó a trabajar con el productor que tanto había ayudado en el despegue de Radio Futura, el inglés Joe Dworniak. Pensando alegremente en el doble o nada, Kiko se fue a Londres con algunos músicos sevillanos y un conjunto de canciones que con una buena dirección en cuanto a sonido y producción acercan la rumba y lo andaluz a África a través del Caribe. Salió ganador. Échate un cantecito es, 15 años después de Veneno, otro disco decisivo, histórico, con canciones sobre personajes (“Lobo López”, “En un Mercedes blanco”, “Joselito”), estampas e historietas de cómic (“Superhéroes de barrio”) y baladas tan hermosas que se convierten en uno de sus máximos poderes (“Me siento en la cama”, “Salta la rana”, “Reír y llorar”).

Con la voz en su sitio, con los tempos medidos y las melodías cuidadas, reapareció la sonrisa sonora de Kiko, esa cosa en la voz que da alegría y humor a los temas que aquí volvía a imponerse incluso en la amargura del desguace vital (las adicciones, el desamor, el desconcierto). Diez temas en que se depositó el poso compositivo de 20 años, un conjunto de letras inapelables, los romances y coplas, las canciones dobles, las inspiradas intros y codas, destilados todos de sabiduría popular singularizada.

Tras el último y definitivo espaldarazo del efecto Auserón, la gira española de 1993 “Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante”, gracias a la cual el venenoso cantecito recorrió España y se encontró con el gran público, comenzó otra historia para nuestro protagonista: la del encuentro con un reconocimiento inmediato que se le había negado hasta la fecha. Subido a esa inercia de buenas críticas, buenas ventas y conciertos, en 1995 Kiko se reunió de nuevo con Dworniak y dieron lugar al LP Está muy bien eso del cariño, una continuación natural más caribeña y algo más flamenca-blues que lo anterior.

En el conjunto, donde lo notable sustituye a lo excelso, destaca por un lado una magistral adaptación de “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again” que consolidó esa antigua relación con Dylan (que ya se había visto en “Los delincuentes”, “El pueblo guapeao” y siguió viéndose en “La chispa”). Y sobre todo destaca una de las incontestables joyas de la corona de todo el cancionero de Kiko Veneno, la penetrante historia de amor con resonancias enigmáticas disparadas en diversas direcciones (Lorca y Dalí, sus propios padres) “Casa cuartel”, una de esas baladas suyas de emoción jonda y melodía preciosa, poesía y una especie de “tristalegría” flamenca o africana.

Hacia la tercera remontada

Sucedió aquí que, reforzado por la acogida de público y crítica y la profesionalización musical, Kiko entró en una fase de estabilidad que pareció llevar su música a cierto conservadurismo y repetición de jugadas ganadoras. Punta Paloma y La familia pollo no son un horror y sus estrategias y sonido están muy cerca de los dos discos anteriores. Son trabajos  acústicos, rítmicos, con toques de blues-rock y africanos, sobre historias corrientes como salidas de un folklore que reconocemos. Contienen aciertos como “Por todos los santos”, “Te llevo dentro”, “Coge la guitarra” o “Tengo el corazón de tinta”. Pero huelen a agua estancada.

Sus guiños al día a día del pueblo llano, las historias-caricaturas a pie de avenida, el costumbrismo mágico, la poética de lo que parece baladí con la que tan bien había captado el tiempo que pasa, son como calcomanías, se diluyen cerca del cliché y la autocopia. En general, sus melodías están menos inspiradas, los cambios de registro y la apropiación de canciones ajenas se ven venir de lejos y apenas sorprenden. La producción, que en su momento había ayudado a dar brillo al oro, se repite y empieza a esterilizar y dificultar que las canciones ganen con las escuchas. Quizá es que llegados a este punto se le pedía más. Quizá es que él mismo, cebado en el juego, se exigía sacar otro cantecito. Y a nadie, ni siquiera Kiko a sí mismo, debe pedírsele algo así.

Esta es la tercera remontada que tuvo que hacer. A la caída de tendido contribuyeron fuertes desavenencias con la compañía de discos. Se percibe en el agotamiento de una fórmula, aquella a cuya maldición deben ser ajenos los buenos compositores. Como ocurriera después de Veneno, Kiko se involucró en proyectos ajenos y tardó un lustro en publicar algo que mostrara su recuperación. Fue en 2005 con El hombre invisible, un disco largo grabado en Sevilla más a su aire (aunque, en parte, ya había grabado así La familia pollo) que se abre con el artista invocando a la inspiración. La encontró en numerosos momentos junto con una renovada energía y alegría. Se ven en canciones sólidas, como la enorme “Bilonguis” o “Mi morena”, donde Dylan vuelve a aparecer atravesado por el toque de Calamaro y donde la marca de una cierta fusión de rock callejero, aflamencado con rítmicas afro-cubanas se apodera de “Contigo”, “Nos estamos mudando” o “Pistachito” y de todo en general, pese a buenos intentos de enrockecer como “Los notas del derrumbe” o las pruebas beatlescas con arreglos de cámara de “Hoy no”.

Y el resarcimiento se confirmó en 2010 con Dice la gente. El mejor disco desde el cantecito, producido por Kiko Veneno con ayuda de su habitual técnico de sonido, Jacobo Fernández, y con una mezcla cristalina de Joe Dworniak. Se abre inmejorablemente con “La chispa”, que sirve de metáfora de lo que caracteriza al álbum, y desde ahí va siempre bien, funcionan las estructuras y tempos, todo se ajusta a la voz, incluida la sencillez de una acertadísima producción con predominio de la instrumentación acústica y rítmico-percusiva con un abierto acercamiento a lo africano de peso. En “Dice la gente” (que recuerda a Toumani Diabaté) o en “Cadena de oro” exploró su pasión declarada por el folklore vivo de Mali y Senegal, ya presente en temas de los 80 y 90 (como “La canoa”). Algo en el madurado entusiasmo de este disco recuerda por momentos a lo que ha construido Caetano Veloso.

Kiko Veneno recibió ese año la Medalla al mérito en las Bellas Artes y, ya en un bucle virtuoso de reconocimiento, en 2012 el premio Nacional de las Músicas Actuales. En la última década el compositor ha alcanzado su mejor momento en cuanto a atención mediática y contratación de conciertos. Pero galardones y consolidación profesional le pillan de vuelta de todo. No le han cegado como quizá ocurrió en la resaca de 1994. En sus entrevistas no deja títere con cabeza al hablar del estado de la música y sus industrias, de la política o de la sociedad. Y sus últimos cuatro discos cuajan en una capacidad de desobediencia y autogestión que quizá sea comparable a la de los años 70.

Trayectoria en espiral

Desde luego, en lo sonoro sus últimas dos publicaciones son las más interesantes y arriesgadas desde aquella frustración de la primera mitad de los años 80. En 2013 publicó Sensación térmica, disco con nivel de inspiración casi parejo al de Dice la gente, o sea muy notable. Contó con la lúcida producción del barcelonés Raül Fernández, Refree, que logra dar un toque más pictórico y variado al sonido y un tono entre experimentador y casero pero muy bien puesto. Esas pinceladas más difusas dan algo musicalmente muy hecho, a la vez que dejan huecos para que encaje la personalidad de Kiko. Brilla especialmente en letras cuya actitud de rebeldía y denuncia se mezcla con poesía recién sacada del horno.

Por ejemplo, en “Mala suerte”, en la eufórica “La vida es dulce”, en “Namasté”, en la revisión electro de lo afro de “Babú” o en “Malagueña de San Juan de la Cruz”, donde adapta con desenfado vacilón el Cántico Espiritual. Enseguida publicó El pimiento indomable, disco a dos voces, junto al uruguayo Martín Buscaglia, que irradia libertad. Son canciones cosechadas al alimón bajo el influjo del movimiento 15-M, tras meses de comunicación transoceánica y en un encuentro de poco menos de un mes en Montevideo. Composiciones (“Cuando”, “Don Perogrullo”, “América es más grande”, “Dos locos”, “Pescaíto enroscao”) desenfadadas, desprendidas, alegres, de una cotidianidad muy fresca pero de más importancia de la que aparentan. El proyecto ha desembocado recientemente en una gira donde ambos se han presentado desnudos tocando guitarras, pequeños instrumentos electrónicos y acústicos (percusión, ukelele, turuta, armónica).

El Kiko que nos encontramos en 2015 está en un gran momento: maduro, sabio, reposado; letrista, poeta y filósofo de la rúa, compositor sólido e inspirado. Pero sobre todo es alguien que tiene mucho que ofrecer y probar, que no se refugia en comodidades, ni se amuerma, ni se duerme, sino que se mueve por su inquietud e inconformismo. A lo largo de cuatro décadas dedicado a la música ha superado como pocos hasta cuatro fuegos: la buena estrella y el rostro de la gracia ignorados, la mala carretera hacia una esquiva providencia, la fortuna de pronto y explotando de cara y los laureles postreros que entierran en los años de canas. Como un bólido o un meteoro encendido, Kiko Veneno ha descrito una trayectoria no lineal, en espiral, para atravesar su desierto hiperespacio particular. El lugar desde el que ahora sonríe es un planeta gemelo del de sus comienzos. Y brilla.