20/1/2020
Música

PJ Harvey: reivindicación de la belleza torcida

Su música no ha caducado gracias a la actitud radical que la situó al margen de las tendencias

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PJ Harvey: reivindicación de la belleza torcida
‘Let England Shake’ (2011) es el último álbum de estudio de PJ Harvey.Chris Floyd / Camera press / Contacto
PJ Harvey (Bridport, Reino Unido, 1969) se le escapan las palabras de los dedos. A lo largo de su extensa carrera artística, sus textos han parecido el resultado de un cuenco vertiendo miles de letras sobre unas manos que dejaban filtrar las más crudas, fieras y salvajes. El resultado siempre fueron canciones frontales, en las que la plasticidad verbal de sus versos jugaba un papel tan relevante como la fricción abrasiva de su arquitectura sonora.

A principiso de los 90, Polly Jean Harvey explicaba que se tiende a exagerar el papel de las letras en el contexto de la música rock. Según ella, no tenían sentido como entes separados de lo estrictamente musical. De ahí que sus discos jamás incluyeran, al menos entonces, libretos con las letras completas de sus composiciones. Quizá por ello el mensaje de sus canciones, el mismo que contribuyó a definir su imagen radicalmente feminista, fuera tan directo, resultado lógico de un armazón musical violento, sucio y visceral.

A contracorriente

PJ Harvey ya no es la misma clase de escritora, aunque el cuenco de miles de letras desde el que cimentó su reputación continúe volcando litros de narrativa poética. Ahora Harvey ya no las amalgama en torno a notas e instrumentos, sino que las moldea para que tengan significado en sí mismas, al margen de cualquier otra connotación. El paso de los años, la transición de la revolucionaria juventud a la reflexiva madurez, ha derivado en una suerte de novela-río permanente en la que Harvey, quizá hastiada por la omnipresencia de su figura musical, ha pasado de estrella a artista. Harvey, que empezó tocando el saxofón en una banda cuando todavía era una adolescente, es una creadora total cuya figura intelectual hace lustros que escapó al cliché del rock. En este proceso la poesía juega un papel capital, como pone de manifiesto El hueco de la mano (Sexto Piso, 2015), su primer poemario, tan delicado como brutal, tan emotivo como oscuro.

Hubo un tiempo en el que la música de PJ Harvey, aunque encaminada hacia otras direcciones, compartía idénticas virtudes con su recopilación de poemas, en una reivindicación de la belleza torcida que definió no solo su carrera musical sino también su figura pública y, quizá, la memoria que se tiene de ella. PJ Harvey se puede contar entre algunas de las mujeres más influyentes y revolucionarias de la historia del rock, un género artístico dominado por los hombres, en un coto privado que siempre ha parecido hostil a los personalismos femeninos.

Puede que por eso parte de las mujeres mitificadas deban una porción de su reconocimiento a discursos sonoros tan revolucionarios como, a priori, masculinos.Harvey encaja a la perfección en la anterior descripción. Su irrupción a principios de los 90 —fue mejor debutante femenina según Rolling Stone con su primer álbum en solitario, Dry— en el panorama de la música independiente obtuvo una visibilidad sin parangón gracias a un talento y a una fuerza poética incontenibles. Pero también a un sinfín de contradicciones y de actitudes a contracorriente que le reservaron un sitio al margen de tendencias y modelos, de explicaciones estructurales y de referencias remotas.

Cuando apareció Rid of Me (Island Records, 1993), su segundo disco, el mundo aún admiraba con fervorosa pasión la eclosión de Nirvana y de la estela de grupos que continuaron su éxito. Estados Unidos exploraba las posibilidades masivas de la escena independiente, relegada a un plano marginal durante la década anterior, y plagaba sus radiofórmulas de guitarras pesadas y canciones sobre la desazón y la inexistencia de un futuro probable. En aquel proceso, el feminismo contó con cierto protagonismo. Espoleadas por los estertores del hardcore tardío, un puñado de bandas englobadas bajo la etiqueta-paraguas riot grrrl apuñalaban sus guitarras desde el amateurismo, entonando mensajes agresivos y de carácter subversivo que resonaban con especial virulencia dentro de un espectro mediático dominado en su totalidad por varones.

Una figura compleja 

PJ Harvey surgió al otro lado del océano Atlántico, pero la ecuación lógica obligaba a enmarcarla y explicarla dentro de la anterior tendencia. Sin embargo, su figura era mucho más compleja, estaba repleta de aristas que dificultaban la comprensión no solo de sus canciones y sus discos, más retorcidos de lo que puedan aparentar a simple vista, sino de su interpretación como personaje público. Por un lado, Harvey se negaba a abrazar el feminismo como arma retórica, pese a que en las letras de sus canciones rompiera el cliché del hombre dominante y esbozara trazos de mujeres poderosas. Cuestionada por ello, siempre negaba toda perspectiva de género en sus composiciones y resumía su relato en una personal visión del universo. Antes que definirse en relación a los hombres, Harvey lo hacía deduciendo que el origen de sus letras solo podía encontrarse en sus demonios internos, siempre en colisión.

Tanto el torbellino enrabietado de Rid of Me como el conjunto de canciones excelsas de To Bring You My Love (Island Records, 1995) chocaban de forma directa con las concepciones geolocalizadas de la música independiente de los 90. PJ Harvey interpretaba las líneas de un blues rock ancestral, espoleada por los nudos en el estómago que le empujaban a depositar toneladas de exageración expresiva sobre el micrófono. Eminentemente británica, bordaba un género estadounidense que, además, podía enmarcarse sin demasiadas dificultades dentro de la ola de rock oscuro y deprimente que triunfaba en EE.UU.
 
Entre tanto, Reino Unido asistía al resurgimiento del pop británico y a la masificación de grupos que, bajo cualquier consideración, distaban miles de kilómetros del paisaje sonoro de PJ Harvey. ¿Dónde podía ubicarse a aquella fuerza de la naturaleza que, apagada la llama del grunge tras el suicidio de Kurt Cobain, publicaba su disco, hasta entonces, definitivo?

PJ Harvey no era explicable ni por resultado, ni por método, ni por armazón ideológico. Cuando la revista Melody Maker trató de ahondar en su personalidad, esquiva con los medios en sus primeros años, descubrió que el referente más evidente de todos los que la prensa había citado, Patti Smith, era del todo inservible: Harvey llegó a las canciones de Smith a través de las comparaciones, no la había escuchado antes. En una entrevista publicada en 1993 ofrecía pistas sobre su verdadera naturaleza: “Siempre estoy en busca de los extremos”. Solo así podía evitar la tendencia, el anquilosamiento. Dos décadas después de su consagración, la música de PJ Harvey no ha caducado fruto del paso de las modas, gracias en parte a la radicalización que la situó al margen de toda tendencia en un espacio de libertad creativa. El paso de los años limó sus aristas. Stories from the City, Stories from the Sea (Island Records, 2000) dejaba entrever una dócil reconversión hacia terrenos sonoros más amables, que no menos interesantes.



Su recorrido estos últimos años es el de una artista multidisciplinar, coherente pero también disruptiva en su crecimiento. Por su naturaleza desapegada de cualquier referencia y contexto ajeno, Harvey evolucionó solo en función de las cuestiones a resolver entre los recovecos de su alma. Así, la poesía o la escultura, vías de escape para una compositora cuya productividad ha caído durante los últimos 10 años, se entrelazaron con la exploración de géneros que le resultaban de lo más ajenos 20 años atrás. Del folk a la reivindicación política, Harvey apartó su indumentaria extravagante en beneficio de un perfil más reposado, sublimado primero en White Chalk (Island Records, 2007) y más tarde en Let England Shake (Island Records, 2011), trabajos etéreos que se sirven de la ensoñación sonora para articular relatos líricos.

Los dedos que compusieron algunas de las canciones más puras de los 90 se entremezclan de forma apasionada con la visión reflexiva e intelectual de los mismos dedos que escribieron uno de los discos más redondos de los últimos 15 años. Ese punto exacto, la mezcolanza idónea, es la definición más precisa de todo lo que es PJ Harvey.