21/7/2019
Europa

La austeridad no condiciona las elecciones en Portugal

Las encuestas auguran la victoria de la coalición conservadora en los comicios del 4 de octubre a pesar del descontento generado durante cuatro años de duros recortes

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La austeridad no condiciona las elecciones en Portugal
Pedro Passos Coelho saluda a António Costa momentos antes de iniciar un debate electoral en Lisboa. PATRICIA DE MELO MOREIRA / AFP / Getty Images
Frederico Mendes, lisboeta de 36 años, tiene un Volkswagen Golf de cuando el escudo era la moneda oficial de Portugal. Con casi 20 años de vida, el coche gris ha recorrido cientos de miles de kilómetros, pero Mendes se resiste a reemplazarlo. “Podría comprarme otro, pero no me fío mucho de los coches nuevos”, explica Mendes.  “Hace unos cinco años invertí 4.000 euros en cambiar todas las piezas gastadas del motor. Mientras siga funcionando, yo seguiré con él.” La lealtad que Mendes muestra hacia su coche no es mero sentimentalismo, sino algo más emblemático de la idiosincrasia lusa, que valora más lo malo conocido que lo bueno por conocer.

El domingo 4 de octubre se verá si ese mismo pragmatismo cauteloso se hace extensivo a los 9,5 millones de portugueses llamados a votar en las elecciones legislativas, comicios que servirán como una suerte de referéndum sobre las políticas de austeridad impuestas por el Gobierno los últimos cuatro años.

El bipartidismo vive

Las consecuencias de la crisis financiera en Portugal, que provocó el rescate del país en 2011, y la consiguiente intervención de la troika han sido significativas. El PIB sufrió tres años de caídas continuas, retrocediendo desde 179.929 millones de euros en 2010 a 169.394 en 2013, y el año pasado solo consiguió crecer un 0,9%. De una tasa de desempleo del 7,6% en 2008, el número de personas en paro alcanzó el 16,2% en 2013 y hoy todavía ronda el 13,9%. Según el Instituto Nacional de Estadística de Portugal, una tercera parte de quienes trabajan hacen malabarismos para llegar a fin de mes con salarios de menos de 600 euros brutos, mientras que el 61% de los trabajadores vive con menos de 900 euros mensuales. Con un salario medio que ronda los 813 euros, Portugal es el quinto país de la eurozona en términos del número de trabajadores en riesgo de pobreza. Muchos han optado por buscar mejores condiciones de vida fuera del país, y la emigración ha alcanzado números récord: 485.048 portugueses dejaron su tierra atrás entre 2011 y 2014.

El bipartidismo que ha definido el régimen democrático de los últimos 40 años mantiene su vigor

Condiciones similares han provocado seísmos políticos en otros países de la eurozona, fomentando el auge de partidos populistas.

Sin embargo, en Portugal el bipartidismo que ha definido el régimen democrático de los últimos 40 años mantiene su vigor. “Portugal no es ni España ni Grecia,” afirma Cidalisa Guerra, periodista de la Rádio e Televisão de Portugal (RTP). “Los griegos se indignan, los españoles dan golpes sobre la mesa, pero los portugueses prefieren la estabilidad por encima de todo.” 

En efecto, mientras Syriza gobierna en Grecia y Podemos conserva ciertas expectativas en España, en Portugal el debate se mantiene entre los dos partidos que forman la actual coalición de Gobierno de centro-derecha, compuesta por el Partido Democrático Social (PSD, según sus siglas en portugués) y el Centro Democrático Social-Partido Popular (CDS-PP) —liderados, respectivamente, por el primer ministro Pedro Passos Coelho y el viceprimer ministro Paulo Portas— y el antaño poderoso Partido Socialista (PS) del exalcalde de Lisboa António Costa.

Tras una legislatura marcada por los recortes y la austeridad lo normal sería que en las encuestas el PS disfrutara de una ventaja considerable sobre el Gobierno, pero una campaña electoral mal gestionada y la resistencia al cambio tan característica de los lusos hace que sea cada vez más probable que la coalición conservadora siga ocupando el Palacio de São Bento. El último sondeo de Intercampus daba el 38,8% de los votos a la coalición gobernante, frente al 31,6% de los socialistas.

Una campaña calamitosa

Si las elecciones se hubiesen celebrado en mayo Portugal estaría en manos del partido de Costa, que partía —según las encuestas— con una ventaja de más de cinco puntos sobre la coalición gobernante. Con la promesa de poner fin a la austeridad impuesta por la troika y asumida como política de Estado por Passos Coelho, el entonces regidor de Lisboa irrumpió como la gran esperanza de los socialistas después de la detención del ex primer ministro Sócrates por corrupción y malversación de fondos en noviembre de 2014.

Sin embargo, la campaña de Costa ha sido complicada desde el primer momento. La formalización de su candidatura coincidió con las primeras señales claras de una mejora sustancial de la economía lusa —el Banco de Portugal estima un 1,7% de crecimiento en 2015—, factor que revitalizó los argumentos del Gobierno en defensa de la austeridad. En respuesta, el PS moderó su discurso para acercarse al centro, abandonando así las posiciones que le diferenciaban de la coalición y adoptando un programa electoral timorato en el que figuran propuestas como el establecimiento de límites para las comisiones bancarias (sin especificar dónde fijarán esos límites) y la revisión del salario mínimo (sin comprometerse a subirlo). La promesa más problemática de Costa es la de revertir las privatizaciones llevadas a cabo durante los últimos cuatro años, entre ellas la de la antigua aerolínea estatal TAP y la recién anunciada venta del Metro de Oporto. Los economistas no ven cómo se podrían cancelar estas ventas sin provocar graves perjuicios económicos para el país, y el candidato no ha logrado convencer al público de lo contrario.

“Los valientes han emigrado, los que quedan no tienen interés en política,

solo en sobrevivir”

Para más desatino, la propia presentación del programa electoral terminó siendo un dolor de cabeza para el candidato, que tuvo que comparecer antes los medios poco después para desmentir un estudio técnico oficial presentado simultáneamente por su partido en el que se anunciaba la creación de 207.000 nuevos puestos bajo un eventual gobierno Costa.  “No podemos confundir compromisos con estudios técnicos”, insistió el candidato.

La bomba informativa se produjo con la salida de prisión del ex primer ministro Sócrates. Tras 10 meses encerrado en la cárcel de Évora, el 4 de septiembre —exactamente a un mes de las elecciones— el carismático exlíder de los socialistas volvió a Lisboa en régimen de prisión domiciliaria. “Es más importante preguntarle a Costa si va a visitar a José Sócrates que conocer sus propuestas para el futuro de la Seguridad Social”, criticaba el comentarista político Manuel Carvalho en su columna en el diario Publico.

Todos estos factores han contribuido a generar una percepción pública de ineptitud respecto a la campaña electoral. “Hay unos 400.000 o 500.000 votantes que van a decidir el resultado de estas elecciones”, explica el analista político y exministro democristiano Marcelo Rebelo de Sousa. “Están hartos de la coalición, pero el PS ha fracasado en su intento de convencerlos. Queda por ver si se abstendrán o si decidirán volver a votar al Gobierno actual.”

El continuismo del Gobierno

El Gobierno ha aprovechado las buenas noticias económicas y la evaporación de la ventaja electoral de los socialistas para reforzar su campaña continuista. Salvo la creación de beneficios económicos especiales para atraer start-ups y ventajas fiscales para las familias numerosas (guiños a los liberales fiscales del PSD y a los conservadores sociales del CDS-PP, respectivamente), la coalición promete pocas medidas nuevas. Las propuestas firmes han sido sustituidas por compromisos vagos, criticados por los medios por ser utópicos hasta rozar el absurdo.

Ante la fuga masiva de trabajadores cualificados y el preexistente problema demográfico de Portugal —que tiene una de las tasas de natalidad más bajas de Europa, con solo 7,9 nacimientos por cada 1.000 habitantes, frente a los 9,1 de España o los 12,3 de Francia—, la coalición dice que promoverá el regreso de los ciudadanos que se vieron obligados a emigrar. En la práctica, la propuesta consiste apenas en una campaña publicitaria en el extranjero pagada con los fondos comunitarios que consigan arrancar a Bruselas.
Otro compromiso es lograr que Portugal sea una de las 10 economías más competitivas del mundo en 2020, un milagro teniendo en cuenta que el país actualmente ocupa el número 36 en la lista de competitividad del Foro Económico Mundial. El Gobierno ha
presentado este objetivo sin explicar cómo pretende hacerlo.

“No es momento para euforias”, ha repetido Passos Coelho en sus mítines electorales. “No prometemos el cielo y la tierra, solo trabajo y dedicación.” Con su característica cautela, el primer ministro mantiene su estrategia de seducir al votante hablando del aprovechamiento del trabajo hecho, no sobre los retos del futuro. “No lo echemos todo a perder”, declaró desde Braga el domingo. “Aprovechemos lo que hemos conseguido; evitemos volver a la crisis.”

Ante todo, estabilidad

Con un panorama político dominado por una oposición en decadencia y un Gobierno que promete más de lo mismo, llama la atención que no haya surgido un Podemos o un Ciudadanos lusos, y que los portugueses se muestren tan dispuestos a repetir con la coalición.

“Portugal es un país tan viejo que lo ha visto todo”, explica el exministro Rebelo de Sousa. “El pueblo portugués se mantiene conservador en momentos cruciales y solo cambia el rumbo si la alternativa realmente le convence. Prefiere lo duro y penoso, pero conocido, frente a las promesas ambiguas.”

El analista político Eduardo Oliveira e Silva coincide con esta perspectiva. “Quienes tienen trabajo temen cualquier cambio que pueda poner en riesgo lo poco que tienen. Los valientes han emigrado; los que quedan no tienen interés en política, tienen interés en sobrevivir”. “Hemos sacado a los hijos de las escuelas privadas y pedido préstamos a los abuelos pensionistas. Tras arrimar el hombro, poner la casa en orden y sufrir para pagar la deuda con la troika, ¿cómo podemos tirar todo ese esfuerzo por tierra?”, concluye la periodista Guerra. Mientras siga funcionando el coche, ¿por qué cambiar de modelo? 

Mantener una deriva sin rumbo

Aitor Hernández-Morales
En las elecciones legislativas de 2011 hubo una abstención récord del 41,9%. Este domingo es probable que ese número se vea superado. Entre los desilusionados destacan los votantes jóvenes, que no se identifican con los partidos que se presentan ni con sus propuestas. Según un informe publicado por la Presidencia de la República en mayo de este año, el 57% de los jóvenes portugueses de entre 15 y 24 años declara no tener el menor interés en la política nacional. Desligados del pragmatismo salazarista, aceptan el bipartidismo por conformismo, si no por apatía. 

“¿Por qué voy a votar?”, pregunta retóricamente João Abrantes, modista portuense de 22 años. “Es igual que gane Passos o Costa, harán lo que les dé la gana.”  En Faro, el arquitecto de 29 años Vasco Cândido se muestra igual de desilusionado. Participará en estas elecciones, pero reconoce que el voto que dará a Livre, un partido minoritario socio-ecologista,  “no sirve de nada. No hay alternativas reales porque no hay líderes, y el sistema actual es inmodificable. Todo siempre sigue igual, no sorprende que muchos prefieran pasar el domingo en la playa”, concluye. 

Aunque tiene la intención de ejercer un voto útil, Diogo Medina, médico lisboeta de 28 años, expresa la misma frustración generacional: “Votaré a la coalición del Gobierno no porque sea la mejor opción, sino porque es la menos mala. Los otros partidos se definen por ser de oposición, nunca de alternativa”. 
Aunque Portugal está saliendo de la crisis financiera, el país “sigue sumido en una crisis más amplia, de visión”, denuncia Medina. “Hay otros países de la Unión que están en similares estados de entropía, pero
sus dirigentes parecen tener una idea del tipo de nación que quieren. En Portugal la preocupación siempre se centra en la solución del ahora, nunca en la del mañana”, añade.