23/7/2019
Política

La crisis y la corrupción agravan el desprestigio de los sindicatos

Las centrales admiten ahora que desatendieron a los parados, los trabajadores en precario y las mujeres excluidas del mercado

José Bejarano - 26/02/2016 - Número 23
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La crisis y la corrupción agravan el desprestigio de los sindicatos
Los secretarios generales de UGT y de CC.OO al llegar a una reunión con Rajoy, en diciembre de 2014. JAVIER SORIANO / AFP / GETTY
Desprestigiados, sin discurso ante la sociedad, endeudados, con estructuras obsoletas, despojados de las cuantiosas ayudas para los cursos de formación, sin más ingresos que las menguadas subvenciones del Estado y la cuota de sus afiliados, los sindicatos mayoritarios, CC.OO. y UGT, están sumidos en una crisis que puede incluso amenazar su existencia. En la enumeración de causas que han llevado a esta situación están la crisis económica, los errores de estrategia, el cúmulo de irregularidades cometidas en los últimos años en la gestión de los fondos públicos y la reforma laboral. Todo unido a la campaña de la derecha, que apuesta por la desregulación de las relaciones laborales.

Las únicas áreas donde no flaquean las centrales sindicales son las de la llamada “burguesía laboral”, compuesta por los empleados públicos y por los trabajadores de las grandes empresas. En el resto del mundo laboral se extienden la debilidad de CC.OO. y UGT y la fragmentación en organizaciones pequeñas, cuando no al servicio de las propias empresas. Un panorama sombrío a la hora de hacer frente a condiciones de trabajo precarias, impensables antes de la crisis.

Paro y corrupción

El descrédito sindical no es de anteayer. Ya en los tiempos de bonanza económica se criticaba a CC.OO. y UGT que centraran su actuación casi en exclusiva en la defensa de los ocupados. También el empresariado, con el auxilio de los medios de comunicación afines, les lanzaba periódicas acusaciones de haber logrado una legión de delegados a sueldo de las empresas, dedicados a sostener los aparatos sindicales.

Los ciudadanos valoraban con un 2,6 a los sindicatos y con un 2,2 a los partidos en el CIS de abril de 2015

Pero aquellas críticas hicieron poca mella hasta que irrumpió la crisis económica y, sobre todo, cuando empezaron a destaparse multitud de escándalos como el cobro de los sindicatos por su intermediación en los expedientes de regulación de empleo —práctica legal y extendida por toda España, aunque las críticas se centraron en Andalucía—, el manejo de facturas amañadas para justificar ayudas a la formación ocupacional, la ocultación a Hacienda de 1,4 millones de euros por parte del líder minero de Soma-UGT de Asturias —que se acogió a la amnistía fiscal de Montoro para aflorarlos—, los sobresueldos de dirigentes de CC.OO. por asistir a consejos de dirección de cajas y bancos o el uso de tarjetas black de Caja Madrid, entre otros. Ese vendaval desarboló hace dos años a la dirección de UGT-Andalucía —con Cataluña, una de sus federaciones más poderosas— e inferió un golpe brutal al conjunto de la organización. Muchos dudaron incluso de que la central socialista lograse sobrevivir.

Mejor parada parecía haber salido CC.OO. hasta la publicación de los sobresueldos cobrados por algunos de sus delegados de la federación de banca. Hasta 3,7 millones de euros llegaron a percibir los sindicalistas entre 2008 y 2012, dinero que era solo una parte de los 8,3 millones recibidos por el sindicato de los bancos, cajas de ahorros, aseguradoras y patronales. En ese periodo, esos sindicalistas fueron blandos con la reducción de 30.000 empleos de las plantillas de los bancos (algunos de ellos rescatados con dinero público). CC.OO. tuvo que asumir las críticas y anunció que sus dirigentes harían públicos sus bienes.

La pérdida de legitimidad social no la niegan ni siquiera los máximos dirigentes sindicales, que tratan de desplegar una batería de justificaciones con las que no consiguen convencer a casi nadie. Porque en la opinión pública ha calado muy hondo el chaparrón de noticias sobre el dinero de cursos que acababa en comidas de la Feria de Abril, en mariscadas o en regalos de bolsos de viaje. Desde entonces, UGT ha proclamado, sin éxito, que no tiene a ningún militante imputado por llevarse un céntimo a su casa ni sorprendido con cuentas en Suiza.

La situación

A estas alturas, especialmente con lo que se ha destapado en el campo de la corrupción política en los últimos años y en las últimas semanas, no parece que la herida vaya a ser mortal para UGT y CC.OO. Es a lo que apuntan los resultados de las elecciones sindicales de 2014-2015. En pleno chaparrón de escándalos, las dos grandes centrales mantienen su hegemonía con casi el 70% de los delegados elegidos. En las elecciones de 2011 acaparaban el 73%.

La organización de Ignacio Fernández Toxo se ha alzado con el 36,1% de los delegados, frente al 33,1% de la de Cándido Méndez. Como se ha elegido un menor número de delegados por cierre de empresas y reducción de empleados públicos, la bajada de CC.OO. con respecto a las anteriores elecciones sindicales fue del 1,6% y algo mayor, el 2,6%, la de UGT.

Ese escaso margen porcentual lo gana una amalgama de medianos y pequeños sindicatos (CSIF, SATSE, USO, USTEA, CGT, sindicatos nacionalistas, y una amplia relación de siglas y candidaturas), que suman entre todas casi el 30% del total. En cifras absolutas, CC.OO. tiene en este momento 93.504 delegados y UGT 85.771. A gran distancia se quedan el tercer sindicato, USO, con 10.175 delegados, y el cuarto, CSIF, con 9.683.

La conclusión de las elecciones es el que el sistema sindical hegemónico de CC.OO.-UGT se sostiene, en contraposición al debilitamiento del bipartidismo de PP-PSOE. También apuntan en esa dirección las cifras de afiliación sindical: en el caso de CC.OO., el número oficial es de 945.650 afiliados, 16.600 menos que en 2014. Un dato curioso es que a lo largo de 2014, Comisiones registró 65.000 bajas y 60.000 altas. UGT dice que cuenta con 928.846 afiliados, casi 130.000 menos que en 2014. Nada más empezar la crisis, la encuesta sobre condiciones de trabajo en las empresas (Ministerio de Empleo, 2010) otorgaba dos millones de afiliados a los sindicatos.

La mayor caída de afiliación es atribuida por las centrales al aumento del paro, aunque reconocen que algo tiene que ver también el descrédito. Hay sectores, como el de la construcción, con mucha presencia de los sindicatos de clase, donde prácticamente han desaparecido. Resiste la presencia sindical en la metalurgia y en las administraciones públicas, aunque en estas se registra un avance del Central Sindical Independiente de Funcionarios (CSIF). El desempleo se nota también en el sector servicios o en el transporte. Y en el trasvase de las cuotas de empleados (11 euros de media al mes) a cuotas de parados (unos 3 euros de media). Es probable que los escándalos sean responsables de la caída en la hegemonía sindical de UGT, superada por CC.OO. en las recientes elecciones sindicales.

Descrédito general

La pérdida de credibilidad de los dos sindicatos mayoritarios no es muy diferente de la que sufren los partidos políticos, la justicia, la monarquía, la prensa, la banca o la iglesia. En el barómetro de abril de 2015 la valoración de los sindicatos era de 2,6 puntos sobre 10. Claro que los partidos están por debajo (2,2 puntos sobre 10). Ambos comparten la peor puntuación de la tabla con el Gobierno (2,7) y el Parlamento (2,8). Pese al descrédito, los sindicatos siguen superando con creces la militancia de cualquier otra organización política, social o cultural.

Algunos líderes sindicales consultados por AHORA reconocen haber perdido legitimidad entre la población, pero agregan que prevalece la labor de los delegados sindicales en el día a día de las empresas. Un dirigente de UGT destaca la ingrata labor de los sindicalistas que se enfrentaron durante meses a las fotocopias de los periódicos pinchadas en los tablones de anuncio y a los comentarios hirientes de los compañeros de fábrica. Pero han resistido resolviendo problemas a pie de obra. Y por eso los siguen votando. Con los delegados sindicales sucede algo similar a los concejales y alcaldes, cuyo conocimiento directo amortigua el desprestigio de las cúpulas de sus partidos.

Las estructuras de base son las que pueden salvar a los sindicatos, especialmente en el caso de UGT, cuyo líder, Cándido Méndez, se retira después de 22 años en la secretaría general. Si no lo deja en el peor momento de sus 125 años de historia, sí en el peor de la democracia.

CC.OO. y UGT siguen siendo hegemónicas con casi el 70% de los delegados sindicales en grandes empresas

Los sindicalistas admiten que han cometido muchos errores, cuya enumeración empieza por haber creado enormes aparatos sindicales, superestructuras burocráticas que consumen demasiados recursos y que tienden a alejarse de los tajos. Eso originó la excesiva dependencia de las subvenciones públicas y su corolario de irregularidades en la intermediación de los ERE y en la organización de cursos, convertidos en un fin en sí mismos en vez de en un medio para capacitar a los trabajadores.

El segundo gran error que muchos reconocen ha sido vivir más pendientes de las relaciones institucionales —políticas o empresariales— que de los delegados sindicales y los trabajadores. Mucha política y poco sindicalismo. O sindicalismo de despacho, burocrático o político, enfrascado en el juego de la concertación social sin prestarle toda la atención que se merece la interlocución con los trabajadores. Lo que pesa es el exceso de institucionalización o el defecto en la otra pata sindical. Negociación y reivindicación. “Hemos vivido cogidos de la lámpara, pero sin los pies en el suelo”, en expresión de un destacado ugetista.

Ninguno de los líderes consultados abomina de haber dedicado horas y esfuerzo a la política porque defienden que eso es inherente al sindicalismo de clase. Como las huelgas generales de marzo y noviembre de 2012 y las manifestaciones masivas contra la reforma laboral de Mariano Rajoy, después de su victoria en 2011.

El tercer error fue no haber encontrado respuesta a las necesidades de amplios colectivos excluidos del sistema. Como los desempleados de larga duración o las 400.000 mujeres apartadas del mercado laboral por la crisis. Ahora los sindicatos reconocen como un error la antigua crítica que no supieron escuchar. Lo mismo que no haber incorporado a los jóvenes a los sindicatos, cuya consecuencia es que amplios sectores de profesiones emergentes los vean como reliquias del pasado.

Qué hacer

Reinventarse o morir. Así de drásticos se muestran en UGT. Movilizar al sindicato para que la gente se sienta respaldada en las empresas y en la calle, responden en CC.OO. La clave es ser útiles a una sociedad que tiene una tasa de pobreza del 40%, dice UGT, y sufre un retroceso de derechos que, según CC.OO., supone el derribo de una parte importante del edificio laboral. Para conseguir el objetivo de ser útiles lo primero es aligerar las estructuras, algo que ya están haciendo por pura necesidad: han diezmado enormemente las subvenciones que servían para pagar centenares de sueldos. Tres federaciones tendrá UGT en lugar de las seis anteriores. Economía de guerra.

Nadie sabe si eso será suficiente. Lo que parece seguro es que no será fácil y que la operación requiere tiempo y claridad de ideas. Y como los aparatos tienden a perpetuarse, para cambiar tienen que tener también en cuenta las debilidades propias y las crecientes fuerzas del adversario. De su debilidad se vale el Gobierno, que los oye pero no los escucha a la hora de elaborar los Presupuestos Generales del Estado o en las comisiones parlamentarias. El Consejo Económico y Social languidece. La ministra de Empleo, Fátima Báñez, deja fuera a los sindicatos a la hora de organizar cursos de formación. El Gobierno usa todos los resquicios que puede para abrir espacio a centrales menos beligerantes o afines, como antes el PSOE hacía con UGT.

La crisis y los consecuentes recortes de los presupuestos públicos tampoco han dejado mucho margen para la negociación sindical. Al contrario que en los periodos de expansión, cuando se administran recursos muy mermados, las empresas y administraciones tienen poco que ceder y son escuálidos los resultados que los sindicatos pueden mostrar. En 2015 se firmó entre la patronal y los sindicatos un nuevo Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva que supuso un exiguo 1% de aumento salarial para ese año y un 1,5% para 2016.

Queda por saber si los sindicatos mayoritarios son capaces de recobrar la influencia que tuvieron en el pasado, pero para eso habrá que esperar a ver cómo se sale de la crisis económica y, sobre todo, la voluntad política del partido que gobierne para echarles una mano o dejarlos morir. No va a ser fácil para el sindicalismo de clase reinventarse, pero tampoco tiene más alternativa si pretende seguir aspirando a una sociedad de bienestar y con menos desequilibrios.