13/10/2019
Análisis

La economía exterior y sus incompetencias

España reúne muchos talentos, pero necesita adoptar políticas que le permitan reducir los obstáculos para el desarrollo de su internacionalización

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La economía exterior y sus incompetencias
Un empleado rellena una barrica de vino en la bodega Marqués de Riscal, en Elciego, Álava. César Manso / AFP / GETTY
La crisis ha obligado al Gobierno y a la sociedad española a repensar su modelo productivo. Una vez que la economía se ha estabilizado y que llevamos ya varios años de crecimiento, se pueden dibujar ciertas líneas estratégicas para mejorar la inserción internacional de la economía española. No se trata necesariamente de pasar a un modelo como el de Alemania, China o Japón, donde las exportaciones son el principal motor del crecimiento, pero los países que cuentan con un sector exterior dinámico y empresas internacionalizadas juegan con ventaja, especialmente en momentos de escasez de crédito, turbulencias en los mercados financieros internacionales e incertidumbre macroeconómica global. Por lo tanto, aunque España es un país con enorme talento, es necesario adoptar políticas que reduzcan los obstáculos para el desarrollo de sus capacidades de internacionalización.

Crecer para exportar

Primero, es necesario aumentar el tamaño medio de la empresa española para lograr que haya más compañías exportadoras, así como para conseguir su inserción estratégica en las cadenas de suministro globales, que hoy determinan los patrones comerciales y de inversión. España cuenta con unas 40.000 empresas exportadoras, algunas de ellas de primer nivel. Pero aunque este número puede parecer elevado, en realidad las exportaciones están muy concentradas. Un pequeño grupo formado por alrededor de 500 grandes empresas, que representa el 1,25% del total de firmas exportadoras, realizan casi el 60% del total de exportaciones. Esto permite concluir que en España todavía exportan pocas empresas, por lo que la principal asignatura pendiente de la internacionalización de la economía española es aumentar el número de empresas que venden fuera.

Un pequeño grupo formado por cerca de 500 grandes empresas realiza casi el 60% del total de exportaciones

Diversos estudios han identificado el tamaño de la empresa como la clave para mejorar su capacidad exportadora. Las empresas grandes tienen mayor productividad que las pequeñas, se insertan mejor en las cadenas de suministro globales, tienen menor tasa de temporalidad, invierten más en I+D y acceden a mejores condiciones de financiación, lo que les permite tener muchas más posibilidades de competir en los mercados exteriores. De hecho, en España el 90% de las empresas de más de 200 trabajadores exporta, mientras que solo el 25% de las empresas de menos de 20 trabajadores tiene actividad internacional. Además, las empresas españolas de más de 250 empleados son tan productivas como las estadounidenses o las europeas. El problema es que hay muchas menos empresas grandes en España y, sobre todo, que el empleo en España se concentra en empresas pequeñas (un 61% en empresas con menos de 50 trabajadores, por un 42% en Alemania o un 37% en Estados Unidos).

Por lo tanto, es necesario impulsar reformas destinadas a aumentar el tamaño medio de la empresa. Esto supone simplificar la regulación y las trabas legales y administrativas, reduciendo sobre todo las dificultades regulatorias que enfrentan las compañías a partir de un determinado tamaño, utilizar la regulación laboral y los incentivos fiscales para facilitar las fusiones y adquisiciones y apoyar financieramente a las pymes para que puedan aumentar su tamaño mediante la internacionalización. Estas medidas deben complementar a las acciones de apoyo que desde hace años vienen poniendo en marcha el ICEX, CESCE o el ICO para respaldar financiera y técnicamente la internacionalización de las medianas empresas. 

Diversificar para expandirse

Segundo, es necesario continuar la diversificación geográfica de las exportaciones y las inversiones mediante nuevos acuerdos comerciales y una mejor acción exterior. Más del 60% de las exportaciones españolas tiene como destino la Unión Europea. Asimismo, las inversiones españolas, aunque cada vez están más diversificadas gracias a su implantación en América Latina (y cada vez más en Estados Unidos), también tienen como origen y destino principal la Unión Europea. Esta concentración geográfica genera una vulnerabilidad para España porque Europa será una de las regiones del mundo con un crecimiento más lento durante la próxima década. Por lo tanto, es necesario acelerar el proceso de diversificación hacia mercados con mayor potencial de crecimiento,  tal y como se viene haciendo en los últimos años (en 1995 el 70% de las exportaciones tenían como destino la Unión Europea, por lo que ya se han producido avances).

A pesar de que la economía mundial se encuentra en una de las etapas más abiertas para el comercio y las inversiones de toda su historia, aún persisten importantes barreras. Además, como demuestran el Brexit o el creciente auge de los movimientos nacionalistas (y xenófobos) en Europa y Estados Unidos, la apertura de la economía global no puede darse por sentada. Por lo tanto, avanzar en acuerdos que reduzcan este proteccionismo resulta clave para que las empresas españolas puedan acceder con mayor facilidad a los mercados no europeos (sobre todo los de los países emergentes), que son los más cerrados y los que mayor potencial de crecimiento tienen. Asimismo, es imperativo reducir el auge del neoproteccionismo con políticas redistributivas que compensen a los “perdedores de la globalización”.

Por esta razón, la Unión Europea, en quien España ha delegado la política comercial y de inversiones, ha iniciado un ambicioso programa de acuerdos preferenciales mediante los que intenta superar la parálisis en la que se encuentran las negociaciones multilaterales en la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, cerrar estos acuerdos, aun siendo un avance importante, no garantizará una mayor penetración de las empresas españolas en el exterior. Será necesario que la acción exterior española se dote de instrumentos económicos adecuados para acompañar dicho proceso.

Las firmas españolas de más de 250 empleados son tan productivas como las de EE.UU. o las de otros países europeos

Por una parte, la diplomacia comercial —que no es una política en absoluto europeizada y por lo tanto debe ser diseñada desde Madrid mediante una fluida cooperación entre distintos ministerios, así como entre la Administración y las empresas— es cada vez más importante para abrir nuevos mercados. Es especialmente importante en los países emergentes donde las empresas (sobre todo las pymes) se enfrentan a un entorno de mayor incertidumbre y cuentan con peor información, así como para lograr grandes contratos internacionales, algo que solo está al alcance de las grandes empresas, pero que requiere del apoyo de la alta diplomacia económica para materializarse.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que la mejora de la marca país influye de forma decisiva en la percepción que se tiene de los productos y la tecnología españolas, y el conjunto de la diplomacia pública y de la acción exterior pueden moldearla. Son precisamente los países que tienen un sistema de acción exterior mejor articulado y acompañado por una inteligencia económica desarrollada los que son capaces de sacar provecho de las oportunidades económicas, así como de anticipar (y reaccionar) ante los riesgos. Y a España todavía le queda mucho por hacer en estos ámbitos.

Un reto transversal

Por último, y como complemento esencial de las dos actuaciones anteriores, urge mejorar la capacitación en idiomas extranjeros entre los emprendedores españoles, sobre todo en las pymes. La enseñanza de idiomas, especialmente del inglés, que se ha erigido como lengua franca de la globalización, continúa siendo deficiente en España. Esto cierra muchas puertas a las empresas españolas. Al aumentar tanto la percepción subjetiva de riesgo de las actividades empresariales en el exterior como su coste objetivo, opera como un techo de cristal para la internacionalización. Así, excelentes productos e ideas procedentes del talento español no logran abrirse camino. Aunque mejorar los idiomas es un reto transversal para España que va más allá de los problemas del sector exterior, y que debería por tanto ser abordado mediante una reforma integral del sistema educativo, pueden articularse iniciativas de apoyo explícito a las empresas a través de programas desde la Administración, aunque estos tienen que contar con un proceso de evaluación riguroso que asegure su efectividad.