Análisis

La economía no es una ciencia (a pesar del premio Nobel)

Gran parte de la economía es política disfrazada de tecnocracia y reconocerlo ayudaría a impulsar el debate político que tanto ha faltado en las últimas décadas

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La economía no es una ciencia (a pesar del premio Nobel)
Entrega del Nobel de Economía a Jean Tirole (2014). Pascal Le Segretain / Getty
Este otoño se cumplen ocho años desde que prácticamente todos los economistas mainstream —la profesión entera— fueron sorprendidos por el crash financiero global y “el peor pánico desde los años 30 del siglo pasado”. Aun así, el lunes 10 de octubre continuará la glorificación de la economía como un campo científico junto a la física, la química y la medicina. El Sveriges Riksbank anunciará el ganador de este año del “premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel” (ese es su nombre oficial) y todo el mundo continuará actuando como si la economía fuera una ciencia exacta.

El problema no es que haya un premio Nobel de Economía, sino que no hay premios equivalentes en psicología, sociología o antropología. La economía, parece esto decir, es como la física o la química. Esto llena de orgullo desmedido a los economistas y, lo que es peor, cambia la forma en la que todos pensamos en la economía.

El PIB, la inflación o las cifras de crecimiento no son medidas de temperatura objetivas de la economía

Un premio Nobel de Economía implica que los humanos operan como la física: que pueden ser descritos y entendidos en términos objetivos, y que se prestan a ser modelados, como las reacciones químicas o el movimiento de las estrellas. 

Para ilustrar lo peligroso que es creer eso, podemos recordar el destino de Long-Term Capital Management, un hedge fund creado, entre otros, por los economistas Myron Scholes y Robert Merton en 1994. Con su trabajo en los derivados, Scholes y Merton parecían haber alcanzado una fórmula que cosechaba una segura pero lucrativa estrategia comercial. En 1997 les concedieron el premio Nobel. Un año después, Long-Term Capital Management perdió 4.600 millones de dólares en menos de cuatro meses y fue necesario el rescate para evitar la amenaza contra el sistema financiero global.

De la complacencia al desastre

En la década siguiente, el mismo exceso de confianza en el poder y sabiduría de los modelos financieros cultivó una desastrosa cultura de la complacencia que terminó en el crash de 2008. ¿Por qué los banqueros deberían preguntarse si un lucrativo y nuevo complejo producto financiero es seguro, cuando los modelos les dicen que sí lo es? ¿Por qué darle a los reguladores poder real, cuando los modelos pueden hacer el trabajo por ellos?

Muchos economistas parecen pensar en su campo en términos científicos: un cuerpo de conocimiento objetivo en desarrollo. La economía mainstream es algo cada vez más matemático en las universidades, centrada en los complejos análisis estadísticos y los modelos, en detrimento de la observación de la realidad.

Consideren esta desechable línea de quien fuera presidente de la Autoridad británica de Servicios Financieros y director de la London School of Economics, Howard Davies, en su libro de 2010 The Financial Crisis: Who Is to Blame?: “Hay una falta de investigación de la vida real en los propios patios de operaciones bursátiles”. A lo que uno puede añadir: bueno, sí, ¿qué tal si hacemos algo al respecto? Después de todo, Davies estaba en ese momento dirigiendo probablemente la institución más prestigiosa para la investigación económica en Europa, situada a tiro de piedra de los bancos que habían volado por los aires.

Todos esos bancos tienen “comités de aprobación de productos estructurados”, en los que un equipo del banco se sienta para decidir si su entidad debería adoptar un particular nuevo y complejo producto financiero. Si la economía actuara como la sociología o la antropología, los profesionales se entrevistarían con los miembros de esos comités para escudriñar las reuniones e intentarían ir a cuantas fuera posible. Así es como opera el trabajo de campo de las ciencias sociales “cualitativas” que los economistas describen como “blandas” y sin rigor científico. Este acercamiento también tiene serias advertencias metodológicas, como la verificabilidad, la selección y la observación de las preferencias. La diferencia es que otras ciencias sociales están abiertas a estas limitaciones, argumentando que, mientras el conocimiento humano sobre los humanos es fundamentalmente diferente del conocimiento humano sobre el mundo natural, esas observaciones imperfectas son extremadamente importantes.

Un horizonte de cinco minutos

Comparemos esa humildad con la del expresidente de la Reserva Federal de EE.UU., Alan Greenspan, uno de los arquitectos de la desregulación financiera y un gran defensor de los modelos. Tras el crash, Greenspan compareció ante un comité del Congreso estadounidense para explicarse. “Cometí un error pensando que el propio interés de las organizaciones, específicamente de los bancos y otras entidades, era tal que serían capaces de proteger a sus propios accionistas y sus participaciones en las firmas”, dijo el hombre cuyos colegas economistas y la mayoría de los medios económicos solían describir como “el maestro”.

Greenspan había sido incapaz de imaginar que los banqueros llevarían al traste a sus propios bancos. Si el maestro se hubiera leído los pocos libros de antropología financiera que hay, le habría sido más fácil imaginar ese comportamiento. Habría sabido que durante las últimas décadas los bancos han adoptado “cero seguridad laboral” en la cultura de contratar y despedir, alimentando una mentalidad de “cero lealtad” que se puede resumir así: “Si te pueden poner en la puerta en cinco minutos, tu horizonte se cuenta en cinco minutos”.

El Nobel de Economía ni siquiera es un premio Nobel “real”, ya que fue el banco central sueco el que lo creó en 1969

Mientras esto era aparentemente algo nuevo para Greenspan, no lo era para la antropóloga Karen Ho, quien durante años realizó trabajo de campo en un banco de Wall Street. Su libro Liquidated subraya el papel clave de la “cero seguridad laboral” en Wall Street y la City de Londres.

Quizá el efecto más pernicioso del estatus de la economía en la vida pública ha sido la hegemonía del pensamiento tecnócrata. Las preguntas políticas sobre cómo conducir la sociedad están ahora enmarcadas en problemas técnicos, rebajando la importancia de la política como el espacio donde la sociedad debate sobre medios y fines. Tomemos como ejemplo un concepto tan importante como el producto interior bruto (PIB). Como Ha-Joon Chang expone en 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, las opciones sobre lo que no incluir en el PIB (el trabajo doméstico, por ejemplo) son ideológicas. Lo mismo aplica a la inflación, ya que no hay nada neutral en la decisión de no darle un mayor peso a la explosión de los precios del mercado inmobiliario y bursátil cuando se calcula la inflación.

El PIB, la inflación e incluso las cifras de crecimiento no son medidas de temperatura objetivas de la economía. Al contrario, gran parte de la economía es política disfrazada de tecnocracia, y reconocerlo puede ayudar a abrir espacio para el debate político y el cambio que tan poco presentes hna estado en las últimas décadas.

Premiar las ciencias sociales

¿Por qué no revisar los premios para incluir a todas las ciencias sociales? El Nobel de Economía ni siquiera es un premio Nobel “real”, ya que fue el banco central sueco el que lo estableció en 1969. En años recientes puede que hayan galardonado a más figuras no convencionales, como el psicólogo Daniel Kahneman. En cualquier caso, Kahneman fue reconocido por su contribución a la economía, poniendo de todos modos ese campo en el centro de la escena.

Pensemos en cómo el Nobel de Literatura eleva a escritores y poetas al escenario global, y cómo el de la Paz despierta conversaciones en todo el planeta: el Nobel al egipcio Naguib Mahfouz introdujo la literatura árabe a una audiencia global, mientras el de la Paz a Kailash Satyarthi y Malala Yousafzai puso en la agenda el derecho a la educación de todos los niños. Recientes premios Nobel en Economía, sin embargo, han sido para “métodos de análisis de series temporales económicas con volatilidad variable en el tiempo” y “con tendencias comunes” (Robert Engle y Clive Granger, 2003), o para el “análisis del consumo, la pobreza y el bienestar” (Angus Deaton, el año pasado).

Un premio Nobel en Ciencias Sociales podría alimentar la conversación global con conocimientos de las ciencias sociales, siempre enfatizando la necesidad de tratar con humildad el conocimiento de los humanos sobre los humanos. Un buen candidato sería el sociólogo Zygmunt Bauman por su concepto de “modernidad líquida” del capitalismo postutópico. Otro sería Richard Sennett por su obra La corrosión del carácter, sobre las condiciones de los trabajadores en las precarias economías actuales. ¿Se presentarán voluntarios los economistas para compartir su premio? Sus propios supuestos económicos mainstream sobre el egoísmo humano sugieren que no.

Traducción del inglés de Noelia Sastre