26/1/2021
Literatura

La ecuación de la literatura

La literatura que habla sobre la enfermedad se centra en otros aspectos y suele dejar fuera el cuerpo

Begoña Huertas - 28/11/2015 - Número 11
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El comensal, primera novela de Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983), se abre con una nota previa que declara que “esta novela es una reconstrucción libre de la historia de mi familia”. Esa nota no está llamando la atención sobre la libertad para fabular de la escritora —que se da por hecho— sino lo contrario, lo que quiere es enfatizar que no se trata solo de una ficción, aunque se llame novela. Entonces la pregunta sería por qué algo se vende como novela si lo primero que se hace es dejar clara su condición de no ficción.

Aquí convergen dos factores. Uno es la confusión entre literatura y ficción (la literatura puede ser de ficción o de no ficción, y tan literario puede ser un cuento como un testimonio o una crónica). En segundo lugar es probable que se trate de una decisión editorial para facilitar la comercialización y la distribución del libro, decisión que incluye criterios no literarios. Sea como sea, en la contraportada el texto se define con un término que se ha hecho frecuente en los últimos tiempos: “novela autobiográfica”. 

Sacks o Hitchens son algunos de los nombres que han escrito sobre su experiencia con el cáncer

El paratexto condiciona la lectura. Condiciona cómo se lee un libro, pero también lo que se espera de él. En la literatura testimonial, en la crónica, en el relato autobiográfico, los lazos entre el lector y el narrador-autor se estrechan al situarse la narración en el mismo plano de lo real compartido por ambos. En este sentido el texto de Gabriela Ybarra no defrauda. La contención de la prosa, el tono confesional y el efecto de inmediatez periodística, sobre todo en la trama del secuestro y muerte del abuelo a manos de ETA, apuntalan un relato ameno, eficaz, que mantiene la tensión narrativa en todo momento. La historia del abuelo está bien hilada, además, a la historia de la muerte de la madre por un tumor intestinal, y ambas se desarrollan y se cierran cobrando un sentido que solo puede aportar la literatura. 

Este año se ha publicado otro texto que testimonia esta enfermedad, escrito también por una persona ajena al ámbito literario y de la misma edad que Ybarra. Se trata del libro de Raquel Taranilla titulado Mi cuerpo también (Libros del lince, 2015). Taranilla, diagnosticada de cáncer, evoca el proceso —y en este caso el final feliz, la cura— de su enfermedad. Y lo hace sin épica y sin sentimentalismos, consiguiendo un relato muy interesante no solo a nivel humano sino literariamente, como literatura de no ficción. El libro de Taranilla es una inteligente mezcla de varios registros: autobiografía, ensayo y novela.

Roberto Bolaño titulaba así un artículo: “Literatura + enfermedad = enfermedad”. Sin embargo, esa ecuación también puede ser la fórmula del arte, en el sentido más básico del término, arte como catarsis. Mirar lo que duele ser mirado es un asunto que se resuelve en el hecho artístico. Bolaño estaba escribiendo ese breve ensayo desde el lado de la realidad de su propio dolor, pero no se dio cuenta de que el mismo acto de formular esa ecuación resultaba un hecho artístico, literario. “Hacer visible la muerte para asumirla”, “no esconder los procesos de deterioro y fin de la vida” y “reconciliación con la enfermedad sin puritanismo ni autocompasión” se lee en la contraportada de El comensal. Anatole Broyard, Oliver Sacks o Christopher Hitchens son algunos de los últimos nombres que han testimoniado su experiencia con el cáncer. Pero también Emmanuel Carrère en Vidas ajenas da voz a enfermos. 

Los textos de Ybarra y Taranilla abordan un tema con mucho potencial pero poco transitado. Decía Virginia Woolf en su ensayo On Being III: “Se hace extraño que no haya ocupado un puesto entre los temas literarios esenciales, junto al amor, la guerra y los celos.” Es asombroso que la literatura haya dejado fuera al cuerpo y que casi todas las enfermedades sean mentales o parezcan no tener mayor incidencia sobre la vida de los personajes. Quizás se deba a una inercia propiciada por los tabúes que rodean a la muerte y el miedo atroz al sufrimiento físico. Quizás esa inercia comienza a romperse. Después de todo la ecuación de la literatura consiste en recrear un mundo cerrado, completo, con principio y fin. Consiste en dar sentido a algo que no lo tiene.
El comensal
El comensal
Gabriela Ybarra

Caballo de Troya, Madrid, 2015,
176 págs. 

Mi cuerpo también
Mi cuerpo también
Raquel Taranilla

Libros del lince, Madrid, 2015,
200 págs.