14/12/2018
Literatura

En la piel del otro. La ficción como motor de la empatía

Las neuronas espejo se activan cuando se ve ejecutar una acción y también cuando se realiza, y podrían hacerlo además con la lectura de experiencias ajenas

Ana Llurba - 27/11/2015 - Número 11
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En la piel del otro. La ficción como motor de la empatía
Patricia Bolinches
La pregunta sobre qué es la empatía —¿una aptitud específicamente humana?— fue planteada de manera magistral en una de las escenas más sugestivas de Blade Runner, la famosa adaptación que hizo Ridley Scott de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, donde las ruinas de un futuro cercano juntan a Rick Deckard (un  detective trasplantado de la serie noir, interpretado por Harrison Ford) con Rachel Tyrell (la estilosa geisha occidental retrofuturista a la que da vida la actriz Sean Young). Y en una icónica escena del cine de todos los tiempos, el detective  evalúa a una mujer sospechosa de ser un Nexus 6 (un modelo de androide tan avanzado que su inteligencia artificial casi se confunde con la humana)  con el test Voight-Kampf, asentando en el imaginario visual contemporáneo la prueba ficticia que mide el grado de empatía de un sujeto para determinar si es humano o una máquina. 

Las neuronas espejo

En la fascinante fusión de ciencia ficción blanda y paradojas demiúrgicas novelada por Philip K. Dick, el test se inspira en el de Alan Turing para inteligencia artificial. Su forma actual se manifiesta en esa serie de caracteres alfanuméricos en una imagen distorsionada que obliga a teclear en un campo de texto para ejecutar determinadas acciones en páginas web: el CAPTCHA. Esta prueba tan pedestre, que realizamos innumerables veces como una rutina de validación de nuestra humanidad, es  una evidencia de la omnipresencia y las sencillas aplicaciones prácticas de ese debate científico-ético, más allá de las gélidas salas de laboratorio, en nuestras prosaicas vidas cotidianas.

En las últimas dos décadas, la investigación científica ha desplazado el foco de la inteligencia artificial con la intención de dilucidar qué es la empatía desde diferentes perspectivas disciplinares como la neurobiología, las ciencias cognitivas, la sociología, el ensayo político y, también, la teoría literaria. Las neuronas espejo en primates fueron descubiertas por un equipo de científicos en la Universidad de Parma (Italia) a mediados de los 90. Desde entonces se ha visto que esas neuronas están también en el cerebro humano y en algunas especies de  aves. Son las que se activan cuando un animal ejecuta una acción y cuando observa esa misma acción ser realizada por otro individuo, sobre todo si este pertenece a la misma especie. Estas neuronas imitan  “reflejando” la acción de otro y de ahí deriva su nombre. 

La investigación científica ha desplazado el foco de la inteligencia artificial hacia la empatía

Sus consecuencias en la vida social y emocional está demostrada en Las neuronas espejo: empatía, neuropolítica, autismo, imitación, o de cómo entendemos a los otros (Katz, 2009), de Marco Iacoboni, un singular título de divulgación científica que obliga a repensar de modo plausible las formas complejas de cognición e interacción sociales al proponer que el ser humano llega al mundo con las conexiones necesarias para la empatía y la colaboración, y que la evolución lo ha preparado también para cuidar a los demás y no solo para competir. Sugiere que el descubrimiento de las neuronas espejo puede hacer por la neurociencia lo mismo que el descubrimiento del ADN hizo por la biología y que el desarrollo de su investigación desempeñará un papel crucial en campos en expansión como la neuroética, el neuromarketing o la neuropolítica. 

En 2010 Jeremy Rifkin, ensayista, activista y asesor sobre cambio climático, seguridad energética y desarrollo sostenible para la UE, pronosticó una transformación sin equivalente en la sociedad humana en La civilización empática (Paidós Ibérica). Según Rifkin, el impacto psicológico y emocional de la globalización se sobrepondría al económico y ecológico, reuniendo la diáspora global de la humanidad contemporánea en un encuentro “cara a cara” en la “plaza pública universal” de la que emergería una nueva “civilización empática”.

Sin embargo, esta hipotética “plaza pública universal”, una sugestiva aplicación de las posibilidades de la empatía humana al territorio de la teoría política y la sociología que emocionó a más de un televidente cuando la Primavera árabe, el 15-M o Occupy Wall Street estaban en todas las pantallas del globo, ha sido ampliamente desbordada. La apatía y la falta de acción de los líderes mundiales por los millones de refugiados que llegan a las costas del Mediterráneo huyendo de la guerra, la violencia política y la persecución religiosa, parecen demostrar exactamente lo contrario. 

La literatura y el otro

Desde un original cruce entre los campos de las ciencias cognitivas y el análisis literario, se plantea la hipótesis de que la empatía no es una cuestión exclusiva de la benevolencia y la aceptación positiva de los demás. En Culturas de la empatía (Katz, 2011), Fritz Breithaupt (una rara avis académica: profesor de literatura germánica en la universidad de Indiana, ha hecho interesantes aportes a la literatura comparada y la estética de la recepción desde una perspectiva cognitivista) sostiene, basándose en la comprobada existencia de las neuronas espejo, que la capacidad de comprender intelectual y emocionalmente a los demás se apoya en gran medida en “las capacidades innatas del mimetismo y las posibilidades de las bases neuronales que nos permiten experimentar el comportamiento observado en los otros como una acción propia”. Y, por eso, según este autor, la literatura cumpliría un papel esencial a la hora de practicar patrones de empatía. 

Desde su perspectiva, mientras que la mayoría de las teorías asume que la escena primaria de la empatía involucra a dos sujetos (uno que siente empatía hacia otro), Breithaupt afirma que, en realidad, esta involucra a tres: uno que observa un conflicto entre otros dos, que toma mentalmente partido por uno de ellos y que probablemente desenvolverá la empatía como una legitimación emocional de esa decisión. 

Desde un enfoque transdiciplinar planteado en su índice, este libro tiene sus propias instrucciones de uso dependiendo de si el lector está más interesado en el enfoque cognitivo o en la teoría literaria, en la que destacan sus análisis sobre el distanciamiento brechtiano, las complejas relaciones entre el incipiente yo romántico y su relación con el público en la dramaturgia de Gotthold Ephrain Lessing o la narración romántica del trauma y sus diferencias con el complejo de temor y compasión en Aristóteles. 

La lectura de ficción aumentaría la capacidad para detectar y comprender las emociones de los demás

Otro género literario que despierta interés en los estudios acerca de la literatura y su relación con la empatía es la poesía. En un reciente estudio, el investigador Marc Roberts de la Universidad de Staffordshire, en Reino Unido, advierte de la utilidad de la enseñanza de poesía en los programas educativos de futuros enfermeros o técnicos auxiliares en el campo de la salud mental con el fin de  desarrollar la inteligencia emocional y la empatía entre sus alumnos. 

Distanciado del utilitarismo característico de los anglosajones, el poeta, crítico y editor catalán Unai Velasco sostiene que “el asunto de la empatía en poesía parece reducirse a su acepción solidaria, a la presencia de los temas sociales que durante un tiempo (como en la  poesía social española de los 50 y los 60) parecieron dar un salvoconducto emocional, pero no se sabe hasta qué punto el mero hecho de referir un asunto social producía efectos empáticos o solo lograba un asentimiento ético en la mente del lector”. 

Por eso, Velasco (Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández 2013 y editor de Ultramarinos, especializada en poesía y de inminente aparición) propone que un punto de partida para pensar la poesía desde sus posibilidades empáticas sea la transparencia formal. Esto “no significa que el poema sea fácilmente comunicable en su sentido, sino que el lenguaje se manifieste como experiencia, esa experiencia sea ‘patética’ y eso active mecanismos empáticos en el lector”. Velasco propone a Borges como “ejemplo total de esa escritura hiperconsciente con la que se puede empatizar porque aviva las palabras y las hace susceptibles de emoción, pero de emoción por sí mismas, no por la idea a la que remiten”. 

La novela, reina de la empatía

Sin embargo, el género literario sobre cuyas aptitudes para desarrollar la empatía más se ha investigado es la novela. Un ejemplo claro son las declaraciones que hizo en agosto pasado a la revista The Atlantic el escritor y activista egipcio Alaa al Aswany en el artículo “How Literature Inspires Empathy”. Explicó que su escena favorita de la novela autobiográfica Recuerdos de la casa muerta (también traducida al castellano como Recuerdos de la casa de los muertos), en la que Fiódor Dostoievski narró sus dramáticas experiencias como prisionero político en un campo de trabajo en Siberia,  representa para él la ficción para inspirar la empatía, “enseñándonos cómo sentir lo que otra gente sufre. Cuando lees una buena novela te olvidas de la nacionalidad del protagonista. Te olvidas de su religión. No recuerdas su color de piel. Solo comprendes al ser humano, entiendes qué es ser humano. Y por eso las grandes novelas pueden convertirnos en mejores seres humanos”.

A pesar de lo conmovedor de los argumentos de Al Aswany, no dejan de expresar la opinión personal de un autor intentando contagiar su devoción por la alta literatura como motor del desarrollo ético-moral de los lectores. Sin embargo, otras documentadas investigaciones transdisciplinares podrían ampliar la idea de que la calidad de la ficción no afecta necesariamente al efecto empático en sus lectores.

Es el caso de la investigadora Suzanne Keen (Universidad Washington and Lee) con Empathy and the Novel (Oxford University Press, 2010), donde analizó un debate que se prolonga desde hace tres siglos sobre el papel de la ficción en el comportamiento emocional de los lectores para cuestionar la idea altruista de la experiencia empática en los que leen de ficción. De acuerdo con esta autora, la percepción de la ficción aumenta el placer empático de los lectores también porque los libera de las demandas reales de los demás. 

La narrativa empática sería, según Keen, la herramienta estratégica y el tema principal de los grandes novelistas actuales (un ejemplo sería la aptitud para contagiar la experiencia del multiculturalismo en los descendientes de inmigrantes caribeños en Zadie Smith o Junot Díaz). Sin embargo, sostiene la autora, si nos la tomamos realmente en serio, entonces el amplio público lector, sobre todo, el femenino, que consume literatura middlebrow o ficción popular, como novelas románticas o thrillers (y que en España son el público que prácticamente sostiene la frágil economía de la industria editorial), merece un lugar central en los estudios cognitivos de la recepción literaria, que deberían extenderse más allá de las novelas literarias canónicas como objeto de estudio. 

Keen amplió el campo de juego literario hacia un terreno que abarca experiencias de lectura y, sobre todo, las lectoras de novela, realizando un estudio integral desde la psicología social, la neurociencia, la filosofía cognitiva, la teoría feminista, el poscolonialismo y la narratología que resultó ser un importante aporte en una dimensión ignorada por la crítica y la sociología de la literatura.

Tipos de ficción 

Más allá del riguroso estudio de Keen, que desmonta algunos prejuicios sobre la ficción popular y la llamada womens’ fiction, quizás lo más interesante sean las investigaciones que comparan las reacciones empáticas ante diferentes tipos de ficción, de acuerdo con su calidad. Así lo hizo un estudio de los psicólogos David Comer Kidd y Emanuele Castano de la New School for Social Research de
Nueva York.

A través de cinco experimentos, asignaron diferentes fragmentos de textos de ficción a 1.000 participantes de manera aleatoria. Dicha selección contaba con una ecléctica gama de estilos y calidades literarias, en la que convivían fragmentos de un longseller (de la reina de la novela romántica Danielle Steel al thriller Perdida de Gillian Flynn) con textos eminentemente literarios, como la novela ganadora del Orange Prize, La esposa del tigre de Téa Obreht, con relatos de Don DeLillo o de Antón Chéjov.

Durante el experimento, los investigadores recurrieron a una variedad de técnicas para medir con precisión las reacciones de los participantes y su capacidad de identificarse con las emociones de los demás. Y la sorpresa fue que los puntajes fueron consistentemente más altos entre los que habían leído la ficción literaria que entre aquellos que leyeron ficción popular o no ficción.

Ambos científicos atribuyeron esta significante diferencia a una distinción ya célebre elaborada por Roland Barthes en El placer del texto. El teórico y ensayista francés propuso la noción  de “texto escribible”, en el cual el lector reinterpreta libremente y adquiere un papel activo en el proceso creativo, a diferencia de un “texto legible”, en el cual estas posibilidades se restringen y que es simplemente leído, entendiendo la lectura como la decodificación de un sistema de signos. Según Kidd, “lo que grandes escritores hacen es convertirte en escritor. En la ficción literaria, el carácter incompleto de los personajes, por ejemplo, alienta en tu mente la necesidad  de entender la mente de los demás”. 

El trasvase de la experiencia adquirida gracias a la ficción a situaciones del mundo real fue un salto natural, según  Kidd, porque “los procesos psicológicos que se utilizan para transitar por la ficción literaria son los mismos a los que recurrimos en las relaciones reales”. Así, la lectura de ficción aumentaría la capacidad para detectar y comprender las emociones de los demás, una habilidad crucial en la complejidad de las relaciones sociales. La ficción no sería un simulador de experiencia social sino una experiencia social en sí misma.

La ventana y el espejo

Ana Llurba
Después de su celebrado debut con El armario de la ginebra (Sexto piso, 2014), una oscura novela sobre la dependencia y la desolación en la que exhibía sus dotes para auscultar en el imaginario de la enfermedad y el dolor ajeno, llega esta colección de viscerales y reveladores textos de no ficción. En cada uno de ellos, Leslie Jamison despeja las sospechas de solipsismo e irritante autoindulgencia que se han cernido sobre el ensayo confesional a través del relato de episodios autobiográficos (trabajar como actriz para médicos, un aborto, una operación del corazón o la omnipresente violencia en sus estancias en Latinoamérica). Al confrontar el dolor real con el imaginario, Jamison descubre una urgencia personal de sentir con el otro: “La empatía no es solo algo que nos ocurre —un aluvión de sinapsis que surcan el cerebro como una lluvia de estrellas—, sino que también interviene nuestra voluntad: de prestar atención, de prolongarnos. Es fruto del esfuerzo, ese pariente menos agraciado del impulso”.
La lectura de El anzuelo del diablo transmite una sensación epidérmica que se debe al equilibrio entre la meticulosidad descriptiva y oportunos recursos líricos para hablar de su cuerpo y el de los demás. Hace participar al lector en una exploración que se extiende mucho más allá de su biografía, y que abarca amplio territorio que va del turismo de la pobreza a las enfermedades imaginarias, pasando por la violencia callejera, la telerrealidad y una crítica de la banalización del dolor en “Teoría unificada del dolor femenino”.
Su estilo rezuma sentido del humor cáustico. En “Morfología del golpe” narra el sinsentido y la mala conciencia que la asedian después de que un desconocido le quebrara la nariz en Nicaragua, elaborando una parodia de la famosa estructura actancial planteada por el teórico Vladimir Propp en Morfología del cuento, paradigmático para el estructuralismo y la corriente narratológica en teoría literaria. Recuerda a la irreverencia con que Zadie Smith o David Foster Wallace parodiaron el discurso académico en sus ensayos. 

Quizás la referencia más cercana a este libro sea Ante el dolor de los demás (Alfaguara, 2003) de Susan Sontag, las memorias del duelo de Joan Didion, el afán confesional pero a la vez involuntariamente sociológico de Te elige de Miranda July (Seix Barral, 2011) o la conmovedora correspondencia compilada en Pequeñas cosas bellas (Roca, 2014) que, en un ejercicio de empatía radical, Cheryl Strayed mantuvo con sus lectores. Estos ensayos vuelven a interpelar sobre la capacidad de identificación con los demás, funcionando como espejo y, también, como ventana a través de la original y lúcida visión literaria acerca del dolor, el melodrama y hasta el sentimentalismo.