26/4/2019
Literatura

La escritura bastarda

En Thérèse e Isabelle, relato que fue censurado, Violette Leduc cuenta el despertar sexual de dos muchachas

  • A
  • a
La escritura bastarda
Violette Leduc en un fotograma de un documental de Esther Hoffenberg.
La escritura siempre fue para Violette Leduc (Arras, 1907 - Faucon, 1972) una manera de no caer al vacío, de saberse a salvo de las grietas de la vida. Hija ilegítima de Berthe Leduc y André Debaralle, nunca escapó a su condición de bastarda. En L’asphyxie (1946), su primera novela —que contó con el apoyo de Albert Camus en Gallimard—, describió una dolorosa infancia: “Mi madre no me ha dado nunca la mano... Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde las costuras de la manga es fácil de asir”.

En La bastarda (1964), un libro de memorias con el que ganó el Goncourt en 1964, escribió que el pasado no la alimentaba, que se iría de este mundo tal y como llegó: intacta, cargada con todos los defectos que la habían torturado. “Los bastardos están malditos, un amigo me lo ha dicho. Los bastardos están malditos. […] ¿Por qué los bastardos no se ayudan entre sí? ¿Por qué se rehúyen? ¿Por qué se detestan? ¿Por qué no crean una cofradía? Debieran perdonárselo todo, puesto que tienen en común lo más preciado, lo más frágil, lo más fuerte, lo más sombrío que poseen: una infancia torcida como un viejo manzano.”

De ‘best seller’ a los márgenes

En su escritura voraz y electrizante se desnudó por completo. Fueron Maurice Sachs y  Simone de Beauvoir quienes la animaron desde el principio y supieron ver en ella la febril llama del talento literario. Beauvoir escribió el prólogo de La bastarda dándole así la confianza que necesitaba para entregarse al público francés. El libro se convirtió en un best seller. En Francia, Violette Leduc ha sido comparada con autoras como Marguerite Duras y Nathalie Sarraute, pero también fue censurada y abandonada en los márgenes de la historia de la literatura francesa.

Dos chicas se desean

En 1955 se publicó Ravages, su tercer libro, que fue sometido a la censura y la versión íntegra no se publicó hasta el año 2000. Thérèse e Isabelle, libro que Mármara ha editado en España con una impecable traducción de Delfín G. Marcos, abría Ravages, pero fue arrancado de raíz como la mala hierba.

Ha sido comparada con Duras y Sarraute, pero también fue censurada y relegada a los márgenes

Thérèse e Isabelle es el relato de dos chicas adolescentes que descubren el sexo entre las paredes de su internado. Al comienzo, este argumento puede recordar a Los hermosos años de castigo (Tusquets, 2009) de Fleur Jaeggy, pero, a medida que se avanza en la lectura, se va descubriendo que la de Leduc es una historia feroz y con una prosa descarnada, lejos de las frases breves y sutiles de Jaeggy. Thérèse, la narradora, se deja llevar por el deseo y rompe los muros de la carne. En 1968 Radley Metzger adaptó este relato al cine.

Leduc contra el tabú

“Hay que cortarle la lengua”, esas fueron las palabras exactas que los editores de Gallimard le dijeron a Simone de Beauvoir después de leer Thérèse e Isabelle. Leduc estuvo a punto de sufrir un colapso: había tardado tres años en escribirla.

Este libro no guarda ningún secreto, es una extraordinaria nouvelle —casi erótica—sobre la intimidad de dos cuerpos que comienzan a conocerse y la agotadora invención del amor: “Seguíamos estrechándonos, nos queríamos engullir. Nos habíamos liberado de nuestra familia, del mundo, del tiempo, de las certezas. La estreché contra mi pecho, contra mi corazón abierto en canal: quería que Isabelle entrase”.

Leduc escribía porque no sabía hacer otra cosa. Escribió de manera honesta y obsesiva sobre lo que más conocía: ella misma. Y destapó algunos tabúes en torno al cuerpo y la sexualidad de las mujeres: el aborto, la bisexualidad, la fealdad, el incesto. Aurora Venturini escribió que la relación de Leduc con el universo circundante fue neblinosa y tétrica, y que eso hizo que brotara su prodigioso genio.

Thérèse e Isabelle
Thérèse e Isabelle

Violette Leduc
Traducción de
Delfín G. Marcos
Mármara, Madrid,
2015, 128 págs.