21/2/2019
Ciencia

La génesis de la ciencia moderna

El físico y premio Nobel neoyorquino Steven Weinberg traza en su ensayo una historia de los orígenes del pensamiento científico

La génesis de la ciencia moderna
Steven Weinberg. Taurus
Una historia de los orígenes del pensamiento científico siempre resulta atractiva de entrada, y más cuando viene escrita por un físico teórico que, además de ser premio Nobel, demostró sus dotes de divulgador con una pequeña joya de la literatura científica: Los tres primeros minutos del universo (Alianza, 2009). Steven Weinberg  (Nueva York, 1933) ha sido uno de los grandes actores secundarios de la historia de la física contemporánea y solo por eso su libro promete, más aún cuando el autor se permite sentenciar en la introducción que “la historia de la ciencia es un tema demasiado importante para dejárselo a los historiadores”.

Weinberg advierte de que su libro no es una historia de la ciencia al uso, es esencialmente una historia de la física y, en particular, la astronomía (las menciones a otras ciencias no pasan de anecdóticas), justificándose en que la física y la astronomía no solo son un buen modelo del progreso de la ciencia en general, sino que fueron las primeras disciplinas científicas en el sentido moderno. También declara que su propósito no es solo exponer cómo hemos aprendido lo que hemos aprendido del mundo, también cómo hemos aprendido a aprender.

El científico no pierde ocasión para atacar a los historiadores posmodernos que ponen en duda la realidad de la revolución científica que tuvo lugar al final de la época renacentista. Encuentra escasa afinidad entre la ciencia de la antigüedad y la ciencia moderna, y solo a partir del siglo XVI comienza a ver una ciencia parecida a la que él mismo practica, caracterizada por la búsqueda de leyes impersonales expresadas matemáticamente que permiten predicciones precisas de una amplia gama de fenómenos.

No es una historia de la ciencia al uso, sino una historia de la física y, en particular, de la astronomía

Ateo militante y, como Richard Dawkins, activo evangelista de su irreligión, Weinberg tampoco desaprovecha la oportunidad de atacar el dogmatismo religioso, al que considera responsable del aborto prematuro de la ciencia helénica en ciernes y del retraso en el desarrollo de la ciencia moderna. Aunque reconoce la importante contribución de los musulmanes a la ciencia medieval, que puso los cimientos del futuro edificio de la ciencia occidental. Para Weinberg, la religión siempre ha sido un freno para el progreso científico. No voy a negar esta tesis, pero lo cierto es que muchos de los grandes científicos que menciona en su libro eran profundamente religiosos, y algunos —como Kepler o Newton— acudieron a la ciencia por una inquietud mística. Esta es una cuestión incómoda sobre la que el autor pasa de puntillas.

De la filosofía a la ciencia

Weinberg tampoco deja en muy buen lugar a los filósofos, a los que trata con desdén (quizá queriendo emular al añorado Richard
Feynman, el héroe de todos los físicos de partículas, pero sin su sentido del humor). En consonancia con su visión esencialmente empirista de la ciencia, critica el esnobismo intelectual de los filósofos antiguos que creían que el mundo podía aprehenderse solo con los recursos del pensamiento, sin necesidad de “mancharse las manos” diseñando experimentos. Para curarse en salud, advierte de que, a diferencia de los historiadores al uso, no pretende ponerse en la piel de los pensadores del pasado ni tiene inconveniente en juzgarlos según los estándares científicos actuales. El problema de este enfoque es que transmite la impresión de que los pensadores de la antigüedad eran unos ingenuos con teorías ridículas del mundo, una impresión que el autor promueve con valoraciones del estilo de que Aristóteles era un pelmazo y Platón, un gilipollas. No critico esta irreverencia per se, que puede resultar hasta saludable, pero Weinberg es muy injusto con filósofos como Tales o Demócrito. ¿Cómo puede afirmar que sus teorías no aportaban ninguna información nueva sobre la naturaleza? Se trata, nada menos, de los primeros intentos de ofrecer una explicación materialista del mundo, sin elementos religiosos o mágicos. Incumpliendo su promesa inicial, Weinberg no se molesta en intentar explicar este salto cuántico intelectual. De hecho, para él ni siquiera existió, lo que justifica con el discutible argumento de que su intención era más poética y estética que otra cosa, sin ningún intento serio de contrastar sus teorías con los hechos. Pero cuando Tales propuso que todo el mundo material era agua se inspiró en el hecho de que el agua se da en todos los estados de la materia (sólido, líquido y gaseoso), y Demócrito justificó su idea de los átomos con el razonamiento heurístico de que si la materia fuera una sustancia continua, no podría cortarse una manzana con un cuchillo.

Weinberg trata algo mejor a los filósofos posteriores del periodo helenístico, quienes, a diferencia de Platón y Aristóteles, se dejaron de construir grandiosos esquemas metafísicos y se dedicaron a abordar problemas más modestos y tratables (como estimar los tamaños y distancias de la Tierra, la Luna y el Sol), lo que les permitió hacer progresos auténticos en la dirección de la ciencia moderna.

Otro hito de la historia de la ciencia es la revolución copernicana: el sistema ptolemaico clásico, con la Tierra en el centro del cosmos, fue reemplazado por el modelo heliocéntrico de Copérnico. El autor vuelve a recurrir al argumento estético para explicar este cambio de paradigma, ya que el nuevo modelo no tenía mayor poder predictivo ni respaldo observacional que el antiguo. Pero su explicación omite que la preferencia por las teorías más simples no obedece solo a que sean más elegantes o “bonitas”, sino a que tienen mayor poder explicativo. En otras palabras, explican más con menos y proporcionan una mayor comprensión del mundo.

Oda a la experimentación

Para Weinberg, la ciencia moderna nace con los experimentos de Galileo para estudiar el movimiento de cuerpos en caída libre. Este fue otro salto cuántico: los científicos ya no se limitaron a observar los fenómenos naturales, comenzaron a interrogar activamente a la naturaleza. El énfasis que pone en la experimentación le lleva a no prestar la debida atención a otro científico no menos grande: Johannes Kepler, el primer pensador que contrastó su teoría del cosmos (inspirada en la mística pitagórica) con las observaciones más precisas disponibles en su época y cambió de idea. El gran mérito de Kepler fue dar su brazo a torcer ante la evidencia y aceptar que las órbitas planetarias que él creía circulares eran en realidad elípticas, haciendo gala de una autocrítica científica y una flexibilidad ideológica impropias de su tiempo.

Weinberg sostiene la tesis de que la religión siempre ha sido un freno para el progreso científico

Si Galileo fue el primer físico experimental, Newton es presentado como el primer físico teórico moderno, con la unificación de las leyes del cielo y la Tierra en la teoría de la gravitación universal. Weinberg parece querer dar a entender que no hay auténtica ciencia sin matemáticas: lo demás es filosofía o pura fenomenología. Pero, por ejemplo, la predicción de Darwin de que deberían encontrarse formas fósiles intermedias entre el ser humano moderno y los antropoides no es menos poderosa ni menos verificable por el hecho de que sea imprecisa y no se exprese en forma de ecuaciones. Lo que proporcionó la revolución científica no fue la integración de nuevas herramientas matemáticas ni un método universal para hacer ciencia, sino la apreciación de que el mundo es inteligible, que las explicaciones religiosas o mágicas no explican nada y que el mundo material requiere una explicación materialista.

En conclusión, el libro de Weinberg defrauda las expectativas que despierta en primera instancia. Es pródigo en detalles técnicos y matemáticos, pero el contexto histórico y el clima intelectual de la revolución científica en la Europa occidental del siglo XVI se ventilan en un párrafo. Mucha erudición y poca reflexión. Aunque, desde luego, puede ser útil para quienes quieran conocer más sobre la historia de la física y la astronomía, es un libro que no pasará a la historia de los libros de historia.

Explicar el mundo
Explicar el mundo
Steven Weinberg
Traducción de Damià Alou
Taurus, Barcelona, 2015, 432 págs.