21/7/2019
Internacional

La lucha por el poder entre Erdogan, Gülen y el Ejército

El intento de golpe de Estado en Turquía es la culminación del enfrentamiento entre un dirigente autoritario, un teólogo millonario y los garantes del laicismo

Daniel Iriarte - 22/07/2016 - Número 43
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La lucha por el poder entre Erdogan, Gülen y el Ejército
La gente ondea banderas turcas frente a un panel electrónico con la cara del presidente Erdogan tras el fracaso del golpe del 15 de julio. Chris McGrath / Getty
Sesenta mil represaliados y subiendo. Esa es la cifra provisional de personas que han sido destituidas en Turquía en la semana posterior al intento del golpe de Estado contra el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, que se suman a los miles de detenidos por su presunta implicación directa en la asonada. A quienes han perdido su empleo se les acusa de ser miembros o simpatizantes de la cofradía del teólogo Fethullah Gülen, al que Erdogan culpa del golpe, y su despido es parte de un plan del Ejecutivo para limpiar la Administración de gülenistas, lo que ellos llaman “el Estado paralelo”.

¿Existe de verdad esa estructura paraestatal? Lo cierto es que lo que está sucediendo en Turquía no es sino la culminación de una lucha de poder que lleva más de una década en marcha entre tres actores principales: Erdogan, Gülen y el aparato militar turco, que siempre se ha considerado a sí mismo el árbitro de la vida política turca y garante del laicismo, por lo que percibe con abierta hostilidad a estas dos figuras de perfil marcadamente islamista.

El teólogo Fethullah Gülen vive en un exilio autoimpuesto en Pensilvania (EE.UU.). Desde allí controla una organización religiosa que cuenta con millones de miembros en Turquía y otros países. El llamado movimiento Hizmet (servicio, en turco) posee, todavía hoy, una vasta red de empresas, medios de comunicación, escuelas y centros educativos en 140 países donde, entre otras cosas, se enseña la particular cosmovisión de Gülen. La cofradía predica la tolerancia y el diálogo interreligioso, y su discurso siempre ha sido favorable a la apertura democrática de las sociedades musulmanas. Sin embargo, muchas voces críticas acusan al movimiento de ser, en la práctica, una secta. “Gülen incluso elige los nombres de los hijos de sus seguidores más cercanos”, afirma un profesional que conoce la organización por dentro.

Fiscales y policías vinculados a Gülen lanzaron operaciones anticorrupción contra el entorno de Erdogan

Durante décadas, los seguidores de Gülen han trabajado para crear un conglomerado empresarial y educativo que, en los años 90, alcanzó proporciones gigantescas y empezó a producir beneficios multimillonarios. El movimiento Hizmet alcanzó su apogeo durante el gobierno islamista de Necmettin Erbakan, que llegó al poder en 1996. Pero cuando este fue derrocado por un golpe de Estado incruento al año siguiente, llevado a cabo por una junta de laicistas radicales, muchos gülenistas perdieron su empleo y fueron represaliados. En 1999, Gülen viajó a Estados Unidos supuestamente para recibir tratamiento médico, aunque probablemente, advertido de antemano, pretendiese escapar. Semanas después, una televisión turca emitió una grabación en la que podía verse al teólogo dando una subversiva charla a algunos de sus seguidores.

“El sistema existente todavía está en el poder. Nuestros amigos en cargos importantes en instituciones legislativas y administrativas deben aprender sus detalles y permanecer vigilantes en todo momento para que puedan transformarlo y ser más eficaces para el islam de cara a una regeneración nacional”, afirmaba Gülen en la grabación. “Pero deben esperar hasta que las condiciones sean más favorables. En otras palabras, no deben hacer su aparición antes de tiempo”, remarcaba. Gülen aseguró entonces que sus palabras estaban sacadas de contexto, pero ante el clima político que reinaba en Turquía, optó por permanecer en EE.UU. Al año siguiente fue juzgado in absentia por conspiración.

Librarse de la tutela militar

La situación cambió con la llegada al poder del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Erdogan en 2002. Cuando este decidió promover como presidente a Abdullah Gül, un popular político conocido por su religiosidad —Erdogan era entonces primer ministro—, Hizmet unió fuerzas con el partido, lo que permitió a sus miembros posicionarse en el seno de la administración pública, especialmente en la Policía, la Gendarmería y la Judicatura. Justo lo que había ordenado Gülen en la grabación filtrada.

El movimiento no dudó en utilizar este poder para perseguir a sus enemigos políticos, especialmente a partir de 2007. Ese año, el descubrimiento de pequeños arsenales relacionados con diversos atentados y asesinatos dio inicio a un macrojuicio que acabaría conociéndose como el caso Ergenekon, una supuesta trama golpista según la cual altos cargos del Ejército habrían alentado la comisión de actos desestabilizadores que justificasen una intervención de las fuerzas armadas contra el Gobierno islamista de Erdogan. No obstante, a medida que avanzaba el proceso, quedó claro que tanto Erdogan como Gülen lo estaban utilizando para deshacerse de sus rivales políticos, en ocasiones con pruebas amañadas.

En aquella época, Erdogan y Gülen eran aliados: el objetivo de ambos era librarse de la tutela de los militares al tiempo que islamizaban el país. Pero a medida que el poder de los gülenistas crecía en el seno del Estado, también lo hacía su ambición. Hasta que llegó un momento en el que creyeron que podrían corregir la política del primer ministro. En 2012 Erdogan, por conveniencia política, decidió iniciar negociaciones en secreto con la guerrilla kurda del PKK, que Ankara considera una organización terrorista. Dado que según la legislación turca del momento dichas conversaciones eran ilegales, le encargó la tarea al jefe de los servicios de inteligencia, Hakan Fidan, hombre de su confianza. La sorpresa llegó cuando los fiscales gülenistas utilizaron los mismos tribunales especiales que se habían creado para juzgar a los militares para tratar de sentar a Fidan en el banquillo de los acusados.

Erdogan lo consideró una declaración de guerra, y trató de cerrar una de las principales fuentes de ingresos del movimiento: su red de instituciones educativas. La venganza no tardó en llegar. En diciembre de 2013, fiscales y policías vinculados a Gülen lanzaron una serie de operaciones anticorrupción contra el entorno de Erdogan —incluyendo a su hijo Bilal— que estuvieron a punto de tumbar al Gobierno.

Purga de gülenistas

Si en aquel momento el mandatario turco hubiese dudado, habría caído. Pero su reacción fue fulminante: calificó las operaciones policiales de “golpe de Estado encubierto” y al movimiento Gülen de “estado paralelo”, destituyó a los miembros de la judicatura a cargo de las investigaciones e inició una purga generalizada de gülenistas en las instituciones estatales. Una depuración que culmina ahora, dos años y medio después.

Las represalias muestran que las listas de nombres a purgar estaban preparadas desde hace meses

Durante este tiempo, la guerra entre ambos grupos ha tenido varios episodios intensos: fueron oficiales de la Gendarmería vinculados a Gülen quienes expusieron las operaciones del Servicio de Inteligencia de Turquía (MIT) para armar a grupos yihadistas en Siria. Y probablemente también quienes filtraron una grabación de Fidan proponiendo un atentado bajo falsa bandera para justificar una intervención turca contra el régimen de Al Asad.

Al quedar desacreditado el trabajo de los fiscales gülenistas, todos los militares y civiles condenados por el caso Ergenekon fueron puestos en libertad. Pero al no poder fiarse ni del Ejército ni de la Policía o la Gendarmería, el Gobierno de Erdogan amplió enormemente los poderes del MIT, que desde entonces gozaría de impunidad casi absoluta.

Tras la última intentona, la escala de las represalias muestra que las listas de nombres a purgar estaban preparadas desde hace meses. Los rumores de que dicha depuración se iba a producir en agosto, de hecho, podrían haber acelerado el inicio del golpe, cuando todavía no estaba preparado del todo. Desde el primer momento, Erdogan ha acusado a Gülen de ser el organizador de la asonada. Sin embargo, el hecho de que un tercio de los generales y almirantes en activo hayan sido detenidos por su presunta participación indica dos cosas: o bien que la influencia de Gülen entre sus antiguos enemigos del Ejército llega más lejos de lo que todos pensaban, o que Erdogan está aprovechando la ocasión para deshacerse de sus enemigos de una vez por todas.

Vendedor de zumos, futbolista, presidente

Daniel Iriarte
Si hay algo que no se le puede negar a Erdogan es que es obstinado y tiene coraje. En los últimos tres años, el mandatario turco se ha enfrentado a tres crisis que hubieran hecho caer a cualquier otro líder: la revuelta de Gezi (por el parque de Estambul cuya destrucción dio inicio a una insurrección contra el autoritarismo del Gobierno), las operaciones anticorrupción contra ministros y figuras cercanas al entonces primer ministro y el reciente cuartelazo. En los tres casos, Erdogan ha optado por hacer frente al desafío. Y ha salido vencedor.

Es la lección aprendida en las calles de Kasimpasa, el barrio obrero de Estambul donde se crió pobre, conservador y duro. Antes de iniciar su carrera política tuvo todo tipo de trabajos: fue vendedor callejero y futbolista semiprofesional en el equipo del barrio. Estudió en una escuela religiosa para formación de imanes y se graduó en Economía y Comercio, al tiempo que militaba en diversas formaciones islamistas.

Durante años se ganó la vida como ejecutivo en empresas alimentarias, hasta que llegó su oportunidad política con el Partido del Bienestar de Necmettin Erbakan, que lo presentó como candidato a la alcaldía de Estambul en 1994. Ganó sin problemas y no tardó en labrarse una reputación de gestor eficiente. Pero cuatro años después, tras el golpe antiislamista de 1997, fue encarcelado por la junta por un poema leído en un mitin electoral: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados".

A su salida de la cárcel fue inhabilitado por un tiempo para la vida política. Cuando se le permitió regresar lo hizo por la puerta grande, fundando el Partido Justicia y Desarrollo y ganando las generales en 2002. Desde entonces, su carrera ha sido una sucesión de victorias en las que muchos turcos lo votan a él, no a sus ideas. En el proceso, las promesas de democratización han sido aparcadas en favor de un estilo cada vez más personalista y que podría culminar en la adopción de un sistema presidencialista con casi todos los poderes. Tras el golpe, ya no hay nada que se lo impida.