15/10/2019
Política

La (mejorable) oratoria de nuestros políticos

Los líderes españoles no se toman la comunicación en serio, a juicio de expertas en foniatría

Juan Luis Gallego - 20/05/2016 - Número 34
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La (mejorable) oratoria de nuestros políticos
El socialista Pedro Sánchez es, de entre los cuatro principales líderes políticos, el mejor orador. Al menos desde el punto de vista de la foniatría, es el que reúne las cualidades más idóneas. Su voz, segura y grave; su prosodia, correcta y a veces atildada; su postura, disciplinada como la del deportista que fue, incluso la gesticulación con la que acompaña su discurso es superior a la de sus adversarios. Si acaso, podría trabajar un poco más la dicción, para potenciar las virtudes que posee.

Mariano Rajoy es, sin duda, el peor. A un evidente problema de dicción, que podría rayar en la dislalia —trastorno que impide pronunciar correctamente ciertos sonidos o grupos de sonidos—, se unen una entonación monótona, que resta credibilidad a su discurso, y una gesticulación repetitiva. Gana presencia cuando “se viste” de hombre de Estado, aunque sea a costa de un discurso técnico y farragoso, a veces incomprensible para la ciudadanía.

A Pablo Iglesias, correcto sintácticamente y con capacidad para transmitir mensajes a borbotones, le pierde la postura, con los hombros proyectados hacia delante y el tórax hundido, que transmite al oyente una sensación incómoda, prácticamente imperceptible pero real, como esos pitidos de elevada frecuencia instalados en algunas zonas de las grandes ciudades para evitar concentraciones de jóvenes.

Y Albert Rivera une a una voz débil, con escaso empaque, una gesticulación desordenada, pero le avala su capacidad para situarse al lado del oyente, sin mirarle por encima del hombro, de igual a igual.

La foniatría es la parte de la medicina que se ocupa del diagnóstico y rehabilitación de la voz. Un análisis foniátrico analiza aspectos como el tono, el timbre, la intensidad, pero también la articulación o la dicción. Nada que ver con el significado de lo que se está diciendo. Complementado con el punto de vista de la fonética, ese análisis repara también en la entonación y el énfasis, su correspondencia con el significado gramatical de cada oración y en otros aspectos como la longitud de los enunciados o la duración y situación de las pausas. Mucho que ver con el discurso de un político, a pesar de que, a tenor de los resultados, ninguno de los analizados en este artículo le haya dedicado mucho tiempo a esta cuestión.

Las conclusiones que encabezan este texto —así como los análisis personalizados que siguen a continuación— son un resumen, obligadamente simplificado, de las opiniones de Marisa Lois, médica especializada en terapia de voz y acúfenos, con numerosos estudios sobre la voz como instrumento de trabajo, y Carolina Pérez, doctora en Lingüística Aplicada y experta en foniatría, con una amplia experiencia como entrenadora de voces y autora de los blogs La Voz del Poder y Power At Speech.

En declaraciones a AHORA, coinciden en una conclusión que expresan de forma tajante. “La política española es patética —dice Carolina Pérez—. Los políticos no se toman la comunicación en serio, lo que me hace pensar que no se toman a los ciudadanos en serio. Los cursos de comunicación que reciben son demasiado superficiales. Y muchos políticos son demasiado engreídos como para aceptar consejos. Solo los aceptan de sus personas de confianza, que, por supuesto, no suelen ser expertos en nada de esto.”

Marisa Lois remacha la idea sobre el mal asesoramiento con un ejemplo: “Es como cuando un paciente al que le duele el estómago cuenta que le ha preguntado al vecino. Sí, él también tiene estómago, pero ¿es la persona más adecuada? El nivel de oratoria de los políticos españoles, efectivamente, no es para tirar cohetes”.

LOS PROBLEMAS DE MARIANO RAJOY

La dificultad para pronunciar la ese, los gestos repetitivos, la monotonía en la prosodia no estimulan el cerebro del oyente y le acaban cansando

El candidato popular es el que peores condiciones reúne como orador. En primer lugar, por su “evidente problema de dicción”, como lo califica Marisa Lois, que Carolina Pérez cree síntoma de dislalia, un trastorno del lenguaje que se manifiesta en la dificultad de articular ciertos conjuntos de sonidos, y que en el caso del presidente es evidente en su sigmatismo o déficit de articulación del sonido ese. Pero su voz tampoco ayuda. Marisa Lois utiliza el ejemplo de un coche para explicar lo que sucede: por un lado está la potencia del vehículo, sus características, y por otro la conducción. En el caso de Rajoy, el coche en sí, es decir, la voz, ya falla. 

“Su voz se encuentra en el límite agudo de su registro de pecho, a punto de pasarse de falsete”, escribe Carolina Pérez en lavozdelpoder.com. Una voz que, en ocasiones parece de mujer. Así lo vio esta experta al analizar, incluso con espectrograma, el discurso que, el 1 de agosto de 2013, pronunció en el Senado sobre el caso Bárcenas, en el que su máxima concesión consistió en reconocer que había sido un “error” confiar en el extesorero del PP. “La tensión de su laringe es manifiesta: sibien empieza su intervención con una voz casi relajada, 149 Hz (hercios) de frecuencia media, la mayor parte de su discurso alcanza los 220 Hz, más agudo que la frecuencia media de la voz de la mayoría de las mujeres españolas, y en ocasiones supera los 280 Hz”. “Un tono gritón y crispado  —añade Pérez—  a medio camino entre “el parte” y la cantinela del feriante que anuncia los premios de la tómbola.” Marisa Lois añade más defectos a la capacidad comunicativa de Rajoy: esos “gestos repetitivos, esa monotonía en la prosodia que no estimula el cerebro del oyente, que le acaban cansando”. A su juicio, ese conjunto de factores transmite la sensación de que “está deseando irse”.

El candidato popular presenta su mejor cara cuando tira de datos, como hizo, por ejemplo, en el debate del Estado de la nación de 2014, cuyo análisis llevó a Carolina Pérez a afirmar: “Abruma, y aburre, al oyente mediante la gran profusión de datos, cifras y tecnicismos que despliega. Sus enunciados son largos, enrevesados, y contienen demasiadas ideas: es un discurso denso que resulta poco adecuado para ser seguido, procesado y comprendido por vía auditiva”. Pero, añade, “suena profesional”.

EL PEINADO DE PEDRO SÁNCHEZ

“No modula las cadencias de su discurso a base de cambios de voz, que mantiene segura y sin florituras.  Juega más con la longitud de los grupos fónicos”

El socialista es el que mejores condiciones como orador reúne. “Es quizás —dice Marisa Lois— el que tiene la prosodia más variada, con la calidad vocal más estética. Enérgica y a la vez conciliadora” que, además, armoniza con el movimiento de las manos.

“Cuidadoso, Pedro Sánchez pronuncia las equis y las eses con precisión. Sus vocales son exactas. El oyente le importa: habla para que le entienda”, afirma Carolina Pérez, quien añade: “Su liderazgo de izquierdas atildado y pulcro se materializa en su articulación clara y sosegada”. Respeta, por ejemplo, la isocronía silábica, es decir, no se come sílabas y pronuncia incluso las des de las terminaciones en “ado”. Su gesticulación también ayuda. Puede tener que ver con su pasado deportista, como jugador de baloncesto, y la capacidad que eso le otorga para controlar su cuerpo y, por ejemplo, mantener la espalda recta.

No modula las cadencias de su discurso a base de cambios de voz, que mantiene segura y sin florituras. Juega más con la longitud de los grupos fónicos, es decir, de las cadenas de palabras que enlaza entre dos pausas inspiratorias.

Carolina Pérez escribe en lavozdelpoder.com, tomando como referencia su discurso, el 13 de julio de 2014, tras proclamarse secretario general del PSOE, que su clave es la siguiente: “Al inicio de la unidad, los grupos fónicos contienen 10 o 12 palabras, una duración normal. La intensidad es moderada. Después viene uno especialmente corto: son solo 4 palabras. La intensidad de la voz baja al pronunciarlo, y lo acaba de manera abrupta y efectista. El último enunciado, que se funde con los aplausos, es largo y encendido: 27 palabras con que el nuevo secretario general promete […] que el partido […] está preparado para el futuro. Y aquí ya, a voz en cuello”, y usando la velocidad como recurso enfático cuando la ocasión lo requiere: los enunciados oscilan entre las 375 y las 563 sílabas por minuto.

“Cada vez que termina un enunciado cierra los labios, de forma que cada final de frase es tan perfecto como su peinado”, remacha Carolina Pérez.

LAS PARADOJAS DE PABLO IGLESIAS

 “Su discurso tiene la entonación y el ritmo de la arenga: enunciados cortos, todos con la misma cadencia, el mismo tono, la misma intensidad

Si vas a tocar un piano, aunque seas un virtuoso, es importante que esté bien asentado.” Con esa sencillez ejemplifica Marisa Lois el que considera uno de los principales fallos del secretario general de Podemos como orador: su postura, un tanto encorvada, los movimientos “paradójicos” de su rostro, que le llevan a “fruncir el ceño y exagerar el movimiento de los labios, de forma que cuando se relaja pierde movilidad y transmite la sensación de estar sobreactuando”. Es una demostración de cómo el cuerpo influye en la ejecución de la voz, hasta el punto de lastrar las cualidades comunicativas de alguien que, como Iglesias, tiene a su favor para hablar en público su experiencia como profesor. “Aunque de forma imperceptible, su puesta en escena transmite cierta sensación de malestar o sufrimiento al oyente.”

Tanto Marisa Lois como Carolina Pérez coinciden en destacar, además, el “exceso de contenido”, en palabras de la primera, en las intervenciones de Iglesias, que llega a “cansar” al oyente. “Su discurso —afirma Carolina Pérez— tiene la entonación y el
ritmo de la arenga: enunciados cortos, todos con la misma cadencia, el mismo tono, la misma intensidad. Es monótono porque prima el contenido frente al acto de comunicación.”

“Su voz es ligera —añade esta experta en Lingüística—, con un toque de nasalidad que en la distancia corta se percibe como asertiva, educada y nada crispada, pero que en el discurso público se siente débil, floja, sin materia. Le falta aire, diafragma, pulmones, tripas. Vísceras.”

No hay, sin embargo, excesivos problemas en su dicción, que es capaz de mantener inalterable incluso cuando habla rápido, casi 600 sílabas por minuto. Tampoco en la construcción sintáctica de sus enunciados, fáciles de entender, y sin latiguillos ni rellenos recurrentes, como “mire usted”, tan comunes en otros políticos. Sí es defectuosa su respiración o, mejor dicho, las pausas para respirar, que ejecuta en cualquier lugar, interrumpiendo incluso la frase. “Tiene tanta urgencia por seguir hablando que los pliegues vocales no tienen el tiempo suficiente de abrirse y dejar que entre una cantidad de aire necesaria”, explica Carolina Pérez, quien añade una reflexión que toca directamente a la supuesta transversalidad de Podemos: “Para llegar a todos los oyentes que podrían ser receptivos a su mensaje, más allá de las consignas, sería bueno que equilibrara el cuerpo y la mente en su comunicación”

LAS EMOCIONES DE ALBERT RIVERA

“Refleja con su voz las emociones que le provocan sus palabras. Así se coloca a la altura del oyente con un tipo de fonación suave y de poca intensidad”

La voz de Albert Rivera es pobre, no tiene cuerpo, no tiene empaque. Su tono agudo, 176 Hz de media, le hace parecer aún más joven de lo que es y su timbre medio afónico, que delata unos pliegues vocales deshidratados, le podría mostrar casi tímido. Sin embargo, el líder de Ciudadanos es un orador fuerte y seguro.”

Carolina Pérez escribió este análisis a raíz de la intervención del líder de Ciudadanos en el Teatro Goya de Madrid, el 26 de octubre de 2013. Han pasado dos años y medio y el análisis que hace ahora Marisa Lois incide más en sus deficiencias que en sus supuestas virtudes. La foniatra se centra en la expresión de su cara, que le hace parecer a veces “como ido, con la mirada perdida”, y en su gesticulación, excesiva y desordenada, con “balanceos y una mala colocación”. El primer aspecto lastra su capacidad de llegar al oyente, “no transmite”, dice Lois; el segundo emana cierta sensación de “inseguridad”.

Carolina Pérez destaca otros dos aspectos. Por un lado, que “refleja con su voz las emociones que le provocan sus palabras”. Así, se coloca casi a la altura del oyente, como pensando en voz alta, “con un tipo de fonación suave y de poca intensidad, 62 decibelios”, cuando expresa un contenido subjetivo, para mostrar, por ejemplo, con preguntas retóricas —“¿alguien me lo puede explicar?”— su desconcierto ante ciertos comportamientos en la vida política que pretende cambiar. Pero eleva la intensidad, hasta los 79 decibelios, y utiliza una voz fuerte y firme cuando su discurso refleja la realidad, las verdades objetivas e indiscutibles.

El segundo aspecto es que no arenga al público, no utiliza un discurso in crescendo para desgañitarse en el punto culminante. Por el contrario, pronuncia las ideas fuerza con menos intensidad y tono más graves, 132 Hz frente a los 200 del resto. Carolina Pérez resume así lo que este recurso vocal transmite: “No es necesario que grite para explicar nada, considera a los oyentes tan inteligentes como él. No es un guía, es solo la cabeza visible de las ideas de todos.  El líder que no mira por encima del hombro a los ciudadanos”.