19/10/2019
Política

Una campaña insustancial

El empeño de los principales líderes, que afrontan sin nuevas ideas el 26-J, es convencer a los electores de que la solución para evitar un nuevo fracaso en las negociaciones de investidura es darle la victoria clara a un solo partido

AHORA / Rosa Paz - 20/05/2016 - Número 34
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Una campaña insustancial
Rajoy tomando unas cañas en Málaga con Fátima Báñez y Juanma Moreno. JORGE ZAPATA / EFE
Cuando faltan cinco semanas para las elecciones generales del 26 de junio, los principales partidos siguen sin encontrar el mensaje con que dirigirse a los electores. “Esta es una semana valle”, comentan en las distintas formaciones, por no decir que es una semana inane. Aunque lo sea solo de puertas afuera, porque los equipos trabajan a contrarreloj en la elaboración de la guía de campaña, la búsqueda de los eslóganes y la preparación de los actos.

Mientras tanto los candidatos siguen haciendo mítines, concediendo entrevistas, yendo de acá para allá. Pero en estas intervenciones, hasta ahora, todos ellos se están limitando a buscar la manera de fidelizar a quienes les votaron el 20-D, especialmente por el método tradicional de descalificar al resto de los rivales. En el caso del PP y el PSOE, buscan también reconquistar a quienes hace cinco meses les abandonaron para buscar refugio en los nuevos partidos.

Marcados por la frustración

Puede ser que la campaña del 26-J vaya a consistir solo en eso, en reprochar a los demás la incapacidad para pactar un gobierno y en olvidarse de lo que plantearon como alternativas a los problemas graves de los españoles en la campaña de diciembre. Como si tras esta nanolegislatura de tres meses y medio se sintieran desfondados y en falta con la ciudadanía.

Los partidos buscan nuevos mensajes, pero parecen sentirse en falta con los votantes por ser incapaces de pactar

La impresión que transmiten es que ese fracaso les ha marcado más de lo que se podría sospechar. O que siendo esta de la repetición electoral una situación nueva, sobre la que no tienen experiencias previas, no saben bien cómo manejarla. Especialmente porque ninguno de los partidos y de sus estrategas correspondientes saben si sus votantes les van a castigar por no haber formado gobierno ni en qué puede consistir ese castigo: si en una mayor abstención o en elegir la papeleta de otro en las urnas.

Los sondeos, de momento, indican que la inmensa mayoría de los electores votará lo mismo y que el corrimiento de voto se produce entre todos, de manera que si vuelven votantes de Ciudadanos al PP o de Podemos —Unidos Podemos tras la alianza con Izquierda Unida— al PSOE, también puede haber electores que se habían mantenido fieles al PP y al PSOE que ahora pueden irse a los partidos emergentes. En una especie de ecuación de suma cero, de resultados similares a los del 20-D.

Lo que sí se percibe como mensaje común al PP, PSOE y Unidos Podemos es que los tres partidos intentan convencer a la ciudadanía de que la única manera de que haya un gobierno es que ganen ellos. Ciudadanos, más modesto, es el único que habla de qué pactos de gobierno se podrán hacer tras las elecciones.

Sin pedagogía

Pero los otros tres quieren demostrar que la repetición de las elecciones se produce por la falta de flexibilidad y generosidad de sus contrarios y que la única manera de no reincidir en esa situación no es ejercitar más esas virtudes de la renuncia y la inteligencia para alcanzar acuerdos, sino que uno de ellos, como en la época del bipartidismo, gane las elecciones con suficiente mayoría como para gobernar. No admiten que vayan a tener que pactar, tampoco que entre sus miedos para el acuerdo estaba el de que sus electores no entendieran las cesiones que tendrían que hacer para lograrlo. Siguen sin saber si tras el 26-J esos votantes lo van a entender mejor —ellos tampoco hacen la pedagogía necesaria para ir preparando a sus seguidores para esa situación— y se refuerzan en el planteamiento de “hay que ganar para no tener que pactar”.

Como en los ayuntamientos

Así, el PP ha retomado el discurso del miedo a que todos los que ellos consideran “los logros” de su Gobierno se vayan por el sumidero si no sigue Mariano Rajoy en La Moncloa. Porque los de Pablo Iglesias y Alberto Garzón son “radicales antisistema” que llevarán España “a la situación de Venezuela”, y el PSOE el partido que les dará la posibilidad de hacerlo. “No hay más que ver lo que está ocurriendo en los ayuntamientos. En Barcelona el PSC acaba de incorporarse al equipo de Ada Colau, y en Madrid la portavoz socialista ha expresado su intención de entrar en el gobierno de Manuela Carmena”, asegura un veterano dirigente del PP.

Sánchez como presidenciable

El líder del PSOE, por su parte, trata de prolongar la imagen de presidenciable con la que ganó en valoración popular cuando intentó conseguir un pacto para su investidura. Y ahora se presenta como el único candidato que puede desbancar al PP y a Rajoy. Es su baza principal en la campaña, tras insistir en que el PSOE no facilitará un gobierno del PP ni con su voto ni con su abstención, y que, “como se ha visto en estos meses”, Podemos no ha querido pactar su investidura. Así que el mensaje parece ser también sencillo: “O me votáis a mí o sigue Rajoy”. Sánchez ha conseguido una frágil tregua con los barones críticos de su partido —no con el presidente de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig, enfadado porque no le ha dejado hacer listas conjuntas para el Senado con Unidos Podemos— y ha presentado incluso a su equipo de gobierno, un grupo de mujeres y hombres, de jóvenes y veteranos, de militantes e independientes.

Pablo Iglesias ya había presentado a sus ministrables en las elecciones de diciembre e inmediatamente después, cuando se autoproclamó vicepresidente in pectore del gobierno de Sánchez, rodeado de media docena de los ministros de su partido. Ahora hace declaraciones en las que se muestra dispuesto a incorporar a los socialistas a su gobierno, dando a entender que ganará y también que fue el PSOE el que impidió el acuerdo al no aceptar ministros de Podemos.

Anguita, el referente

Tras escenificar el pacto con Alberto Garzón, ambos han recibido la bendición del viejo líder de IU Julio Anguita, el muñidor del acuerdo, que ve que estos jóvenes pueden conseguir su anhelado deseo de antaño: superar al PSOE. La alianza con IU le quita a Podemos ese marchamo de partido transversal, de los de abajo, y le coloca en la izquierda. Y ese pacto, junto con la veneración demostrada a Anguita, le relaciona más de lo que les gustaría con lo que ellos mismos llaman la vieja política. Pero también le otorga la posibilidad de conseguir el sorpasso y convertirse en la primera fuerza de la izquierda. Ese es, al menos, su objetivo.

Los problemas del paro, el trabajo precario, los recortes o las pensiones siguen ausentes en la campaña

Si la tendencia no cambia en las próximas semanas, la campaña estará centrada en estas estratagemas partidistas y no en lo que parece importarle más a  la ciudadanía —a la que también le interesa quién va a gobernar, claro—: qué soluciones plantea cada partido para acabar con el paro, con el trabajo precario, con los bajos salarios, con los recortes en la sanidad, en la educación, en las becas o qué van a hacer para reconducir la economía, para garantizar las pensiones, para devolver el subsidio a esos más de 700.000 hogares que no tienen ningún ingreso, según datos oficiales del Ministerio de Economía. También deberían hablar de la regeneración democrática, cuando las encuestas auguran que el partido más votado volverá a ser el PP, que podría seguir en el Gobierno pese a que está envenenado por la corrupción, sin que haya una semana en que no se conozca un nuevo escándalo. Ciudadanos le tendría que dar su apoyo, pero su línea roja está precisamente en su intolerancia total a la corrupción.