21/7/2019
Política

La política de los emoticonos

El cambio fundamental no se ha dado en el hemiciclo sino fuera, en los pasillos del Congreso, en la escenificación política, en el ajetreo diario de declaraciones y las ruedas de prensa televisadas

José Luis Sastre - 22/04/2016 - Número 30
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La política de los emoticonos
Los diputados socialistas aplauden a Patxi López tras ser elegido presidente del Congreso el 13 de enero. Sergio Barrenechea / EFE
La primera vez que Pablo Iglesias pisó el hemiciclo del Congreso apenas pudo avanzar entre los fotógrafos. Los ujieres de las Cortes, que pasan los plenos disimulando su curiosidad, se acercaron para comprobar si era más o menos alto de lo que parece en la tele mientras los periodistas lanzaban preguntas al azar por si alguna llegaba a darle. No hacía falta que Iglesias respondiera con frases muy largas, de las que no se separa, sino que un monosílabo y alguna imagen de recurso hubiera dado para varias crónicas. Paso a paso, Iglesias llegó sin querer al centro del hemiciclo, notó que, visto de abajo, era más pequeño de lo que imaginaba y fue a sentarse en uno de los escaños. De piel azul. Los del Gobierno. Iglesias se puso entonces a recrear cómo sería su gobierno y tuvo que evocarlo a la vista, sin intimidad, ante las cámaras, los periodistas y los curiosos. Aquel tumulto pertenecía ya a una nueva forma de hacer en el Parlamento a la que ahora se aplican todos los partidos, nuevos o viejos. Los pasillos del Congreso, tan sobrios, se han vuelto platós de televisión con un carrusel constante de declaraciones y, a cambio, la Cámara ha recuperado el centro de la agenda política, espacio que perdió durante la mayoría absoluta del PP.

El Congreso de los Diputados se fue alejando del debate público los últimos cuatro años, como si las vallas que levantó la policía frente a los manifestantes le hubieran separado de buena parte de la ciudadanía. Los nuevos partidos emergían fuera del Parlamento y de las encuestas oficiales y las posibilidades de confrontación se ahogaban en la mayoría del partido en el Gobierno, que vetó en más de 100 ocasiones la comparecencia del presidente Rajoy y que aprobó sin consenso algunas de las reformas más polémicas en decenios. Ocurrió que el interés en la política, y también la indignación, crecieron al margen del Congreso: en la calle, en las librerías y los quioscos, en las tertulias de la radio, en las redes y, de manera significativa, en los estudios de televisión, medio que supieron aprovechar Podemos y Ciudadanos para traducir sus apoyos en escaños.

Más grupos, más tensión

La llegada de las nuevas fuerzas cambió los hábitos de la Cámara. Hay ahora más grupos y entre los dos primeros no alcanzan para las grandes reformas. Hay también más tensión entre ellos cuando debaten y han surgido nuevos ejes de oposición: al contrario de lo que podría pensarse, los diputados del PP sonreían con algunos discursos de Podemos y se encendían sin embargo con el mensaje de Ciudadanos. La imagen se daba también a la inversa, porque la enemistad tiende siempre a ser correspondida. Otro tanto sucedía entre los parlamentarios socialistas y los de Podemos. El nuevo tiempo ha generado nuevas tensiones y algunas complicidades inesperadas.

Hay consensos, pero no para el gobierno, como si los partidos pudieran llegar a acuerdos pero no al acuerdo

Resultó curioso averiguar que fue el PSOE quien propuso llevar a Podemos al gallinero del hemiciclo, pese a haber resultado la tercera fuerza en las elecciones generales. Para empezar la legislatura, los socialistas diseñaron un reparto de los escaños que convencía a PP y Ciudadanos y dejaba a Pablo Iglesias a cuatro filas del banco azul. Podemos, acusado por los demás de excluirse de cualquier negociación parlamentaria, buscó luego el concurso del PP para corregir el reparto. De manera que cuando Podemos propuso en la mesa de la Cámara que se enmendara la distribución del hemiciclo, solo el PSOE pidió tiempo para estudiarlo. Hubo de votar con los demás y a contrapié para que no pareciera el único que quería a Podemos en lo alto del Parlamento.

Aunque el cambio fundamental se ha dado fuera, en los pasillos. Es en su ajetreo diario, en la continua exposición a las declaraciones, donde se ha escenificado la negociación para intentar la investidura. “Escenificar es la palabra adecuada, porque la cosa ha ido de eso desde que se votó”, según reconocen diputados de grupos distintos. “Han utilizado los medios de comunicación para influir en las negociaciones y también para crear apariencias ante la opinión pública por si se repetían las elecciones”, coinciden varios corresponsales parlamentarios. Las ruedas de prensa, televisadas las más de las veces, se alargan para que los partidos fijen el mensaje que han prefabricado antes mientras los corrillos con los periodistas, donde los portavoces suelen sincerarse sin eslóganes, son fugaces. El PP, que pese a ganar las elecciones renunció a tomar la iniciativa para acordar gobierno, fue desplegando el diccionario para desacreditar un proceso del que se excluyó. Mientras esperaban el fracaso de los demás, los dirigentes del PP hablaron de teatrillo, vodevil, farsa y hasta de “circo de siete pistas en el que Sánchez solo pretende salvar su culo”, en expresión de Celia Villalobos, que al mantenerse como vicepresidenta de la Cámara preserva su poder sobre el gobierno del Congreso.

Prometieron “más nivel”, pero los primeros debates y reproches han sido similares a los de antes

Villalobos se ocupa de llevar a la mesa la posición del PP. Ella defiende que el Congreso no puede controlar al Gobierno en funciones. Acompañada de las diputadas Alicia Sánchez Camacho y Rosa Romero, la exministra acumula más experiencia y conoce mejor los resortes parlamentarios. Ella es la que, durante los plenos, llama la atención de Patxi López si los diputados gritan en sus escaños. Desde la tribuna se la ve susurrar a López y a este volverse como un niño que discute con sus padres. Villalobos le pide que ponga orden o que afee al orador si se alarga hablando en catalán o en euskera. A la vicepresidenta y al presidente les une una distancia extraña que se evidenció cuando López dio un mes a Pedro Sánchez para que intentara la investidura pese a que el PP —también Podemos— le hubiera dado dos semanas. La fecha la puso al final Patxi López, que percibió entonces que preside el Congreso en minoría, a expensas de que el PP pueda pactar con Ciudadanos o incluso con Podemos. “Es el precio que pagaron por obstinarse en presidir el Parlamento”, comentaron luego en el PP. Aunque también el PP sacó su propia conclusión de aquellas: fue la primera ocasión en que se notó sin mayoría absoluta. A menudo, los dirigentes no entienden bien el resultado electoral hasta que tratan de tomar una decisión. Por eso ensayan fórmulas de pacto.

La legislatura ha tenido algunos consensos. Para empezar, Ciudadanos acordó con el PSOE y con el PP el reparto de la mesa. El propósito de Albert Rivera era extender su papel de árbitro hasta la investidura, pero no pudo. Con los primeros plenos y comisiones, y pese a que PSOE y Ciudadanos habían cerrado ya su acuerdo con 200 medidas, los socialistas coincidieron con Podemos en varias votaciones, como la paralización de la ley educativa o la necesidad de negociar la llamada ley 25 para garantizar derechos sociales. “Es la demostración de que es posible un gobierno del cambio”, clamaba Íñigo Errejón; “y la prueba de que es Podemos quien lo bloquea”, replicaba Antonio Hernando. Atrapado en una espiral de reparto de culpas y acusaciones —“lucha de egos”, se reprochan unos a otros—, el Congreso llegó a aprobar por unanimidad una resolución contraria a las deportaciones colectivas de refugiados en Europa. Pero, pese a los avances, se atascaron las conversaciones para formar gobierno. Como si los partidos, que plantearon las elecciones con aires de transición y reformas, pudieran llegar a acuerdos pero no al acuerdo, conscientes del riesgo de frustrar las expectativas que ellos mismos habían alentado.

La Cámara ha vivido el inicio de legislatura con la sensación de que podría ser la precampaña electoral

Se entregaron a las imágenes de reuniones bajo la promesa de que iban a ser transparentes, aunque constataron las diferencias entre la transparencia y el posado. “Reuniones para hacernos la foto, no hacemos”, decían los portavoces de PSOE y Ciudadanos. “Las fotos pueden quedar bien, pero hay que pasar a los hechos”, emplazaban en Podemos. “Al postureo con fotos yo le llamo foteo”, se despachaba Rafa Hernando por el PP.

Dejar pasar los días

Se vio a los equipos negociadores compartiendo despachos en el Parlamento, en especial la sala Martínez Noval de las dependencias socialistas. Aunque ha habido conversaciones en secreto. Puede que las más trascendentes. Podemos aún recuerda que durante su primer contacto con el equipo socialista faltó uno de los negociadores más hábiles del PSOE. A José Enrique Serrano le descubrieron los periodistas citándose a escondidas con el equipo de Ciudadanos. Se vio después a Sánchez con Rivera —frente al cuadro de El abrazo—, a Iglesias con Sánchez y por verse se vio a Rajoy negarle la mano a Sánchez. Lo que también se vio fue cómo, llegados al punto en el que no avanzaba la cosa, los partidos acabaron por coincidir en la estrategia de dejar los días pasar. Las ruedas de prensa y las entrevistas en directo desde los pasillos —los dúplex— se han llenado de eslóganes y frases de argumentario. Los portavoces se preparan para la posibilidad de una campaña a la contra, en la que más que pedir el voto a favor de una propuesta determinada lo harán como castigo al oponente. Desde las nueve de la mañana y hasta la noche, lo habitual desde la zona de prensa de la planta baja y hasta la cafetería de la tercera es encontrarse con algún diputado opinando sobre la actualidad. Sea en una convocatoria formal a la prensa o en un improvisado canutazo, como se les llama. Quizá a la calle, en vista de un Congreso espectacularizado y tenso, solo llegue el ruido, “pero para que eso lo entiendan los que mandan lo tiene que decir alguna encuesta”, repone sarcástico un parlamentario que ha vivido ya varias legislaturas.

El primer día de Pablo Iglesias probando las hechuras de los escaños fue también el primer día de Albert Rivera en el hemiciclo, aunque él no llegó a sentarse. Le acompañó el mismo séquito de curiosos y, antes de que entrara en el Salón de Sesiones, coincidió con Iglesias en prometer “más nivel” de los oradores. Los primeros debates, sin embargo, han dejado discursos muy parecidos a los de antes, hasta con reproches entre Iglesias y Rivera sobre un supuesto “cuñadismo” que no han definido del todo. “A veces me rebelo, porque el pleno parece un bar”, se confesó hace poco uno de los diputados con más responsabilidad. En el acta de la segunda sesión de investidura, donde las taquígrafas recogen lo que se ha dicho y lo que han oído —los aplausos, los rumores o las risas—, aparecen más aplausos y rumores que la palabra “acuerdo” y constan más carcajadas de diputados que apelaciones al diálogo.

Antes se hablaba con un café, ahora con el móvil. Antes había que interpretar un gesto, ahora emoticonos

La Cámara, en suma, ha vivido el inicio de la legislatura con la sensación de que podría ser el final, con la poscampaña superpuesta a la precampaña electoral. Para evitar el desgaste por si hay que volver a las urnas, el Gobierno decidió plantar al Congreso y se vio por primera vez a ministros y al presidente en funciones faltar a las sesiones de control. “Igual que el Congreso tiene sus letrados con un informe, nosotros tenemos nuestros abogados con otros informes. Aquí informes podemos hacer todos”, llegó a soltar un miembro del Ejecutivo para justificar su rechazo a que la Cámara les fiscalizara. “Lo único que quieren es la foto contra el Gobierno”, añadía cada vez que escuchaba a los demás partidos —todos, salvo el PP— advertir de la anomalía que supone tener un Gobierno que no rinde cuentas. Algún ministro expresó su reserva con la posición del Gobierno, pero se impuso el criterio de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. De manera que el primer gran hito de la legislatura ha sido el enfrentamiento entre dos de los poderes del Estado, el legislativo y el ejecutivo, que espera la resolución del tercer poder. “Un grave conflicto institucional” para Patxi López que ha dejado la insólita imagen de diputados que, en comisiones, preguntaban a las sillas vacías de los ministros.

El conflicto por el control parlamentario ha resultado ser uno de los hallazgos del nuevo tiempo, como lo fue el rechazo de Rajoy al rey para formar gobierno, la votación fallida de la investidura o la tercera ronda de consultas a los partidos en el Palacio de la Zarzuela. España está de estreno a los 40 años de democracia. Apenas hay día sin convulsión política y todo se transmite en directo, con la posibilidad de calcular de inmediato los costes electorales de cada decisión. Los periodistas tratan de que baje la intensidad y puedan acercarse calmadamente a los políticos, para cazar algo más que un monosílabo y saber así cuáles son las estrategias de fondo, si es que hay estrategia o se limitan a gestionar la improvisación. Pero lo que antes se hacía con una conversación y un café, ahora se hace sobre todo a través del móvil, porque lo que cuentan lo cuentan con whatsapps o con mensajes de Telegram, la aplicación que Podemos ha puesto de moda en el Parlamento. En los móviles están aquellas conversaciones que antes se extendían en el patio y en los pasillos de las Cortes, y si entonces había que interpretar gestos y medias sonrisas ahora al periodista le toca interpretar emoticonos. Y no es lo mismo. Hasta que se resuelva la transición política, si es que ha empezado ya, el Congreso se acostumbra a una transición mediática, que se desarrolla a medio camino entre la Cámara y las cámaras.