18/9/2019
Europa

Vieja Ucrania, nueva Ucrania

Conviven un proceso revolucionario de aspiración transformadora y una profunda crisis del modelo político

Vieja Ucrania, nueva Ucrania
Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán. F. de Borja Lasheras
En los 90, cuando los niños entonaban el himno nacional, como todos los lunes, en su escuela en Sambir (al oeste de Ucrania), Anna no sentía nada. Era un rito ajeno, relativo a un ente impersonal, el Estado, que no concitaba muchos sentimientos. Más bien, recelos. Ante esa superestructura burocrática corrupta, al igual que en Rebelión en la Granja de George Orwell, unos eran más iguales que otros. Una superestructura capaz de prestar algunos servicios públicos —y de oprimir cualquier atisbo de disidencia—. El nuevo Estado independiente se parecía mucho al anterior, en la URSS. 

En Ucrania, de manera aún más acusada que en otros países del extinto bloque comunista, las élites soviéticas se adaptaron para preservar sus cuotas de poder, repartiéndose los recursos públicos con los oligarcas. Estos, hasta hoy, han sido los dueños (literalmente) del país, divididos en clanes como el de Donétsk, al que pertenecía el caído presidente Víktor Yanukóvych.

Veinte años y varias revoluciones fallidas después, las revueltas del Maidán y la guerra han impulsado un patriotismo diferente en la sociedad ucraniana, más transversal, uniendo por momentos distintas sensibilidades identitarias. Han conferido un nuevo significado, más tangible, a lo que antes eran ritos y símbolos más bien formales. Algo que mostraron recientemente el cineasta Oleh Sentsov y el activista de izquierdas Oleksander Kolchenko, cantando el himno ucraniano tras escuchar sus sentencias —criticadas por organizaciones como Human Rights Watch— de 10 y 20 años de cárcel. El tribunal militar ruso les condenó por planificar supuestamente actos terroristas en la anexionada Crimea, de la que ambos son originarios.

Las revueltas y la guerra han impulsado un patriotismo transversal en la sociedad ucraniana 



La revolución del Maidán catalizó un profundo hastío ante la impunidad y el abuso de tales élites cleptocráticas y su Estado  —lo que los rusos llaman proizvol (tiranía, arbitrariedad)—. En la escena pública ucraniana actual, la protesta en la calle y fuera de las instituciones ha dado paso a movimientos cívicos de modernización de ese mismo Estado oligárquico, también desde dentro de sus instituciones. Pero al conflicto político le siguió la guerra, casi al mismo tiempo que Yanukóvich huía de su dacha con las sacas llenas. Este novedoso discurso de reformas compite, pues, con otro de defensa del Estado, subrayando la urgencia de su independencia. 

Un espacio público alternativo

Los nuevos tiempos los encarna un movimiento voluntario, cívico, casi inédito en el espacio postsoviético y en otras conflictivas partes de Europa, como los Balcanes. Este activismo se desarrolla al margen de ese mismo Estado que sigue sin inspirar confianza, y a menudo lo sustituye en la prestación de servicios como la asistencia a desplazados internos o a soldados inválidos. Es casi un espacio público paralelo, que intenta no contaminarse por la vieja Ucrania. Así, el dilema central es que es un Estado al que hay que defender frente a la agresión, pero es también un Estado contra el que hay que luchar para cambiar el país.

En Kiev, Kateryna se expresa en ruso, como es habitual en la capital, e inglés, como es frecuente entre los jóvenes activistas que hoy participan en la política ucraniana. Ella tiene, como unos pocos elegidos, un visado Schengen y está impresionada con las carreteras de Polonia y Alemania, muy distintas a las de su país, cuyo mal estado es una de las fuentes de rechazo a las autoridades locales, asociadas con el mal gobierno o con vínculos con tramas criminales. Existe frustración por la lentitud del proceso para liberalizar visados con la UE y las falsas expectativas alimentadas por el Gobierno de Arseni Yatsenyuk. Kateryna confiesa no tener interés alguno en viajar a otros países para los que los ucranianos no necesitan visado, como Rusia, Bielorrusia o Azerbaiyán. Visitó Rusia una vez, pero ya no quiere volver allí. Parece lógico ante las crecientes detenciones y juicios sin garantías, como el de Sentsov y otros tantos, reminiscentes de épocas anteriores. La deriva autoritaria en Rusia da miedo.

La revolución del Maidán catalizó un profundo hastío ante la impunidad de las élites cleptocráticas



Kateryna, rusófona del sudeste de Ucrania, formaría parte de una de las categorías que dice proteger Vladimir Putin en su concepto de civilización rusa (Russki Mir) y que nacionalistas radicales rusos incluirían en el fallido proyecto de Novorrusia. Los ucranianos hoy, por primera vez en su desgarrada historia, pueden empezar a elegir entre dos modelos básicos, o dos y medio: esta Europa llena de contradicciones e hipocresías y la Rusia de Putin, junto con esa noción de Eurasia que quiere imponer el Kremlin. Para muchos ucranianos como Kateryna, no hay dudas. Y no tienen ganas de ser ese puente neutral entre Occidente y Eurasia del que hablaba Putin en la Asamblea General de la ONU, y que mencionan tantos diplomáticos y estrategas como solución mágica a la crisis de Ucrania. 

En otro bullicioso distrito de Kiev, Bohdan, un diplomático que dimitió en una etapa Yanukóvych marcada por los abusos (incluidas palizas de titushkis, o matones a sueldo, a periodistas y oposición), expone sus ideas de reforma radical del Estado ucraniano. Para él y otros tantos, estas son la prioridad. Por ello rechazan las provisiones de los Acuerdos de Minsk que obligan a Ucrania a reformar su Constitución para dotar de estatus cuasiindependiente a los territorios de los oblast de Donétsk y Lugánsk, en manos de los separatistas apoyados por Moscú. Minsk es muy impopular. Se ve casi como imposición de una UE que, con Alemania a la cabeza, no es capaz de defender sus propios valores, tiene prisa ante crisis más acuciantes como Siria, y prefiere hacer concesiones a Putin. Para muchos, reintegrar en Ucrania estos territorios, en tales condiciones, lastraría el futuro del país y su frágil camino hacia Europa. Hay temor a que esto beneficie a fuerzas nacionalistas y populistas, aún en minoría —como podría pasar en las próximas elecciones locales—, alimentando la inestabilidad política. Bohdan y su ONG asesoran a fuerzas parlamentarias para establecer un bloqueo con tales territorios y responsabilizar a Rusia de su administración, conforme al derecho internacional sobre territorios ocupados.

Olexiy no comparte esta idea de desconexión con la región oriental de Ucrania, el Donbás. Este periodista de Donétsk amenazado por las milicias rebeldes forma parte de una minoría que aboga por opciones de reconciliación y diálogo con los habitantes al otro lado de la línea de contacto. Eso independientemente de los líderes que Moscú pone y quita a conveniencia. Como muchos ciudadanos y activistas de Donétsk y Lugánsk, tuvo que huir a la zona bajo control gubernamental. En los territorios en manos rebeldes —y rusas— hay un sentir contrario a Kiev, sin duda acrecentado por la campaña militar “antiterrorista” del Gobierno y explotado por la propaganda rusa. Más allá de un sentimiento, en diversos grados, de vínculo con Rusia, según Olexiy reinan sobre todo la indiferencia frente a Kiev y Moscú y el miedo a cambios políticos y sociales. Sensibilidades que las nuevas autoridades en Kiev no parecen tener en cuenta. Olexiy dirige proyectos de televisión plural para los territorios en cuestión, con fuentes anónimas en el interior, y promueve un periodismo de investigación sobre las tramas criminales del Donbás.

Gran parte de las narrativas preponderantes en Europa y Occidente sobre la llamada crisis de Ucrania, muchas veces caracterizadas por la simplificación o los prejuicios ideológicos, no encajan bien con la compleja realidad en este país ni la fase actual en que se encuentra.