18/6/2019
Internacional

La resurrección de Trump puede ser la muerte de su partido

El republicano remonta en las encuestas a dos meses de las elecciones, pero pierde a las minorías

Dori Toribio - 09/09/2016 - Número 50
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La resurrección de Trump puede ser la muerte de su partido
Donald Trump en campaña en Virginia. MOLLY RILEY / AFP / Getty
Lo hemos visto mil veces en esta campaña electoral, convertida en una montaña rusa política. Donald Trump comete una grave imprudencia verbal, las críticas arrecian, las encuestas se hunden, la campaña se tambalea y, de repente, cuando parece imposible salir del hoyo y muchos le dan por perdido, el magnate lanza un golpe de efecto inesperado y resurge de la tempestad fortalecido. Ahora ha vuelto a hacerlo. El candidato presidencial republicano ha inaugurado septiembre con un ascenso en los sondeos tras un verano desastroso. Se ha dejado, eso sí, grandes apoyos por el camino de todos aquellos decepcionados al ver que no puede ni quiere cambiar. No hay otro Trump. Es hora de aceptarlo. ¿Puede eso hacer un daño irreparable al partido republicano?

Agosto fue el peor mes del millonario empresario en su carrera hacia la Casa Blanca. Las crisis se agolpaban sin control. Primero, los insultos a la familia de Humayun Khan, soldado musulmán estadounidense que murió en un atentado con coche bomba en Irak en 2004 y es considerado un héroe de guerra. Después acusó a Barack Obama de ser “el fundador de ISIS”. Y puso la guinda al sugerir que los seguidores de la segunda enmienda constitucional, la que permite portar armas, podrían disparar a la candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, para detener su ascenso.

Criticado por todos, hundido en las encuestas y aislado por su propio partido, Donald Trump intentó arreglar las cosas y cambiar su mensaje. Pidió disculpas entre dientes a “aquellos que se hubieran podido sentir ofendidos”, despidió a su jefe de su campaña, nombró a un grupo de asesores hispanos y dejó caer que podría estar a punto de suavizar sus propuestas sobre inmigración. Esto generó indignación entre su núcleo duro de votantes, pero también olas de comprensión en los moderados y expectación en los medios.

A México y a Luisiana

Después sorprendió con dos viajes relámpago poco convencionales en campaña electoral. Fue el primero en visitar Luisiana tras las graves inundaciones, pese a que las tareas de rescate aún estaban en marcha, mientras criticaba a Obama por jugar al golf en su retiro estival privilegiado de Martha’s Vineyard y atacaba a Clinton por estar desaparecida. También fue el primero en aceptar la invitación del presidente de México, Enrique Peña Nieto, y embarcarse en una visita al país vecino, pese a que los insultos al pueblo mexicano han sido el eje de su campaña.

“A Trump se le perdonará todo salvo cambiar sus políticas de inmigración”, escribe Ann Coulter

El entorno de Trump le convenció de lo valiosa que sería la imagen de su primera reunión con un jefe de Estado internacional para demostrar al mundo su talante presidencial. La jugada le salió bien. El candidato republicano controló los tiempos y puso las condiciones. La comparecencia fue prudente y contenida. El magnate se las arregló para no disculparse ante los mexicanos por haberles llamado violadores y criminales y defendió en casa del presidente de México su idea de construir un muro fronterizo sin que este rechistara.

Para cuando el ingenuo Peña Nieto se dio cuenta de lo que había pasado, Trump ya estaba a bordo de su avión privado camino de Arizona. Esa misma noche lanzó en Phoenix uno de sus discursos migratorios más duros. Prometió que México pagaría el muro, redobló sus amenazas contra los inmigrantes y aseguró que deportaría no solo a los que tuvieran antecedentes penales, sino a millones de inmigrantes que viven indocumentados en Estados Unidos. “Dejamos que entre cualquiera”, concluyó. “Y se acabó.” El discurso fue recibido con rotundos vítores y entregadas ovaciones entre los suyos. Y ojos como platos en el resto del país. Trump no había suavizado nada. Esa misma noche varios asesores hispanos de su campaña dimitieron. Estaba claro que no iba a virar su mensaje hacia el centro, en busca del voto moderado y las minorías, sino que pretendía reconfortar a su núcleo duro de seguidores. Y le han recompensado.

Con su promesa de mano dura contra la inmigración y de ser el candidato que restaurará la ley y el orden, Trump ha empezado septiembre con una notable subida en las encuestas. Clinton sigue siendo la líder indiscutible de la carrera, pero el magnate ha conseguido acortar las distancias. Según el último sondeo de NBC, Hillary tiene un 48% de intención de voto frente al 42% de Trump, que recorta casi a la mitad los 10 puntos que le separaban de su oponente tras la convención demócrata celebrada en Filadelfia. En estados clave como Ohio o Florida ambos candidatos están prácticamente empatados. Y algunas encuestas, como la última de CNN, incluso sitúan a Trump (45%) por encima de Clinton (43%).

La tendencia actual es indiscutible: él remonta y ella cae, fruto de las dudas sobre su honestidad tras el escándalo, investigado por el FBI, del uso de cuentas y servidores privados para enviar correos electrónicos cuando era secretaria de Estado. “No hay nada que Trump pueda hacer que no se le perdonará, excepto cambiar sus políticas de inmigración”, escribe la polémica columnista ultraconservadora Ann Coulter en su nuevo libro In Trump we trust (En Trump confiamos), una de las voces antiinmigrantes más consolidadas del país.

Para llegar a la Casa Blanca un candidato necesita el 40% del voto latino y el republicano tiene el 20%

No importa que el panorama oscuro y aterrador que dibuja no sea real. Las tasas de inmigración y criminalidad en Estados Unidos están en mínimos históricos. El balance del flujo migratorio transfronterizo es cero porque desde la gran crisis financiera retornan más inmigrantes de los que llegan. Y el presupuesto destinado a reforzar la seguridad fronteriza se ha duplicado durante la Administración Obama, el presidente con más deportaciones de la historia del país. Tampoco importan el caos diplomático causado en México o las medias verdades de sus promesas. Su mensaje está dirigido principalmente “a hombres blancos”, aseguró el ex jefe de campaña de Trump en CNN, Corey Lewandowski. “Quería tenerlos asegurados.” Y los tiene. El problema es que con la misma jugada ha eliminado de raíz cualquier posibilidad de recuperar el voto de las minorías, imprescindibles para ganar las elecciones. Según el último sondeo de NBC News, Trump cuenta apenas con el 1% del voto afroamericano. Entre los hispanos, la cifra es del 20%. Insuficiente, teniendo en cuenta que cualquier candidato que quiera llegar a la Casa Blanca necesita como mínimo el 40% del voto latino.

El daño ya está hecho

Los republicanos podrían tardar décadas en recuperar el voto de afroamericanos e hispanos. Ante esa perspectiva, aumentan las tensiones en el seno del partido de Lincoln, conscientes de que se quedan atrás ante la evolución demográfica del país. “Sencillamente no puedo votarlo”, anunciaba hace unos días el senador republicano de Arizona Jeff Flake. “No votaría a Hillary Clinton, pero tampoco votaría a Donald Trump.” Muchos esperaban que el candidato presidencial republicano se hubiera moderado a estas alturas con un mensaje conciliador para unir a un país profundamente dividido, que lograra ampliar la base votante del partido. Pero el discurso sobre inmigración de Trump dejó claro que no lo hará. Su foco está en conservar a los votantes que ya tiene. Y así será extremadamente difícil ganar en noviembre. Sin el voto de las minorías, Trump necesitaría alcanzar el 65% del voto blanco para hacerse con la Presidencia. Algo que solo ha logrado un candidato en los últimos 40 años: Ronald Reagan en 1984.

“No quiero cambiar”, dijo Trump en la televisión WKBT-TV. “Me ha ido muy bien. Tienes que ser tú mismo. Si empiezas a cambiar, entonces no estás siendo honesto con la gente.” Así ha arrancado oficialmente en septiembre la campaña presidencial. Sin cambios. Las salidas de tono de Donald Trump seguirán causando inevitables turbulencias y generando un ruido ensordecedor que distrae de los profundos puntos débiles que arrastra Hillary Clinton.

Cada vez más estadounidenses aseguran en las encuestas que no quieren a ninguno de los dos. Ambos candidatos, altamente impopulares, se verán las caras el 26 de septiembre en el primer debate presidencial, que se espera bata récords en la historia política de Estados Unidos, igual que la campaña electoral, una de las más impredecibles, menos ortodoxas y más negativas que se recuerdan.